Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 84
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El nombre que llevas no es tu identidad. Tu identidad es la historia que eres capaz de contarte sobre el hombre que lleva ese nombre.

B ENEDICT N EWMAN , en Los que paran

Dos movimientos. El cajón abierto y con la punta de los dedos rozando la tapa del cofre que guarda mi Colt. Salté sobre mi maltrecha mesa, que crujió bajo mi peso amenazando con desmoronarse. No lo hizo, aunque su crujido se fundió con mi grito al Imperdonable.

—¡Suéltala!

Me posicioné para que pudiera verme mientras sujetaba el Colt con ambas manos. Se giró un poco, lo suficiente para comprobar que lo apuntaba con un arma. Pero cuando me vio, sonrió. Y apretó con más fuerza.

No tuve ni una duda. Disparé.

Sentí el retroceso del arma en todo el cuerpo mientras el cañón se desviaba hacia el techo. El estruendo me dejó sordo y mi pequeño cubículo se llenó con el olor picante de la pólvora. Mi viejo enemigo se desplomó arrastrando a la doctora Elizondo con él.

Me arrodillé junto a ella buscándole el pulso. El cuello hinchado, rojo y caliente, palpitó bajo mis dedos. Gracias a Dios. Le levanté los párpados. Casi a la vez, ella comenzó a toser mientras jadeaba y abrió los ojos.

—No hable, querida. Todo ha terminado.

Como por ensalmo, y aunque no debería extrañarme, oí las sirenas de la policía que llegaba. Tarde, como siempre.

Me volví a mirar a Sarasola, que a pesar de su maltrecho estado había conseguido ponerse en pie. Más por pundonor, supuse, que por otra cosa.

Entonces noté un roce en mi mano. Mi viejo enemigo trataba de asirse a mí.

Tenía los ojos muy abiertos, y, aunque habría jurado que para ese momento ya no podía haber nada, permanecía un rastro de vida en ellos.

No por mucho tiempo. Un denso charco de sangre y algo blanco que no supe ni quise identificar se expandía lento pero inexorable alrededor de su cabeza.

Entonces dijo:

—Padre..., padre.

La voz le salió temblorosa y algo aguda, como la de alguien muchísimo más joven.

Miré a Sarasola, que no me quitaba ojo, y le hice una señal para que se acercara. El páter asintió, entendiendo que tenía trabajo. El desgraciado volvió a apretar mi mano y repitió:

—Padre..., perdóname. Perdóname.

Sarasola se había arrodillado a nuestro lado y lo vi santiguarse.

—Te equivocas de padre, yo no soy el cura —le dije mientras me sacudía su mano como si hubiera tocado una rata y le cedía mi lugar a Sarasola—. Inténtalo si quieres, pero no creo que haya absolución para el Imperdonable.

Me incorporé. Las sirenas sonaban cada vez más cerca. La doctora Elizondo tosía aún en el suelo, pero respiraba. Sarasola murmuraba algo en latín sobre el cuerpo del hombre que acababa de morir en mi despacho.

Guardé el Colt en el cajón, recogí mi cenicero del suelo y encendí un cigarrillo. Mis manos no temblaban. Nunca lo hacen.