Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 83
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Los que paran son los que, en el momento decisivo, tienen suficiente historia propia para saber que lo que están a punto de hacer no forma parte de ella.

B ENEDICT N EWMAN , en Los que paran

Aquella mañana me desperté temprano para ver el amanecer sucio sobre las colinas de Ciudad.

Me duché, me afeité y me vestí con un traje azul que no recordaba haber comprado y que iba perfecto con mis ojos.

El sol del inicio del verano había conseguido disipar la capa de niebla, y, aunque la contaminación persistía como un recuerdo turbio flotando sobre la urbe, no había sido suficiente para oscurecer el hermoso recuerdo que mi doctora favorita me había dejado la noche anterior.

Al final, lo que había planeado como una cena romántica había estado a punto de convertirse en una pesadísima sesión de casos médicos narrados por unos y por otros.

Pero a la hora de los postres tomé a mi doctora por la cintura e hicimos mutis por el jardín.

Nos besamos bajo un magnolio que olía a gloria, y en ese momento pensé que estaba deseando resolver el caso para que, una vez terminado el peligro, Newman volviera a casa, yo regresara a mi apartamento y recobrara mi libertad de movimientos.

No era fácil seducir a una dama con dos curas mirando.

Pero quince minutos después Sarasola me recordó que al día siguiente habíamos quedado para repasar el caso en mi despacho.

Tuve que admitir que tenía razón. Y, al fin y al cabo, para eso me pagaban.

Y eran espléndidos. Aunque de haber sabido que tenía que renunciar a tanto, habría pedido una prima. Quizá todavía estaba a tiempo.

Acompañé a mi chica hasta su coche y ella volvió a besarme antes de irse. Muy turbio se tendría que poner el día para borrarme la sonrisa y el recuerdo de aquel beso.

Bajé a desayunar y apuré mis habituales tres huevos, dos lonchas de beicon y una porción de alubias que Elisa cocinaba como los ángeles. Me sentía generoso, así que se lo dije mientras terminaba de engullir la segunda tostada. Sería lo único que echaría de menos cuando regresara a mi apartamento.

Salimos para mi oficina hacia las nueve.

Íbamos a empezar a exponer el caso y los avances que había tenido hasta el momento cuando a los curas se les antojó tomar café.

Nunca digo que no a un café, a menos que la otra opción sea un whisky.

Reconozco que dediqué casi un minuto a valorar la posibilidad de abrir el cajón donde guardo la botella y el revólver, pero decidí que quizá no sería tan buena idea.

El padre Tadeo no conocía el barrio, así que mi Sylvie se ofreció a acompañarle.

Sarasola y yo nos quedamos en silencio, como les ocurre a menudo a los hombres cuando se quedan solos, o al menos a los que pertenecen a mundos tan diferentes. A mí no me importaba. Lo vi deslizar entre sus dedos las cuentas de un rosario.

—Con permiso —se disculpó, aunque no hacía falta.

Giré mi silla hacia la ventana y me incliné hacia delante, separando con los dedos las lamas de la persiana para poder contemplar los tejados de la ciudad mientras hacía un repaso mental del estado del caso. Las piezas encajaban, pero faltaba algo. Siempre faltaba algo.

—¡Vuelva, detective Star!

La voz de Sarasola sonó con una fuerza que no le había oído nunca. Me giré sin entender. ¿Volver de dónde?

Y entonces lo vi.

Un hombre estrangulaba a una mujer contra el marco de la puerta. La mujer tenía el rostro enrojecido, los ojos cerrados. Sarasola estaba en el suelo, la frente abierta, empapado de sangre. Newman seguía en su sillón, inmóvil, ausente.

No hubo tiempo para pensar. No hubo tiempo para preguntar.

Abrí el cajón. El Colt estaba donde siempre.