82
El detective Colt Star se sentaba tras una mesa.
Alguien había bajado la persiana a su espalda.
Sobre uno de los ficheros metálicos, un pequeño trípode sostenía la minúscula cámara, y en la mesa se veían dispuestas las grabadoras.
De no haber estado tan nerviosa, de no haber tenido tanto miedo, quizá se habría fijado en las manos del detective, apoyadas sobre los muslos, la posición inmóvil.
Y en que, aunque tenía los ojos abiertos, estaba en trance.
Pero no lo hizo, a pesar de que mientras atravesaba la salita de espera ya había oído la voz persuasiva y dominante del padre Sarasola en una fase de relajación.
Antes de llegar a la altura de su mesa, dijo:
—El Imperdonable.
El doctor Sarasola la miró sin comprender y saludó, amable como siempre:
—Doctora Elizondo, no la esperábamos, pero sea bienvenida.
Nash apenas le prestó atención. Se dirigió directamente hacia el detective Star.
—Detective, creo que he encontrado a su viejo enemigo. El Imperdonable está aquí.
Star no reaccionó. Seguía inmóvil junto a la ventana, con la mirada perdida.
—¿Detective Star?
Sarasola se había puesto en pie.
—No puede oírla, doctora Elizondo. O mejor dicho, sí que puede oírla, pero ahora está bajo hipnosis. El detective Star es un invitado en esta sesión, como en días anteriores. En cuanto el padre Tadeo regrese, intentaremos ver quién se siente hoy animado a hablar.
Entonces se fijó en su rostro contenido, casi como si aguantase la respiración. Robert había entrado tras ella, y Nash y Sarasola oyeron perfectamente cómo accionaba la llave que había en la puerta y echaba el pestillo.
Aun así, Nash intentó disimular a la desesperada.
—Padre Sarasola, lo lamento muchísimo, no deberíamos haber interrumpido la sesión, ignorábamos que había comenzado ya, nos vamos, podemos hablar después —dijo atropellada.
Mientras hablaba, pareció que el padre Sarasola la interrumpiría y contestaría que no tenía de qué preocuparse, que por supuesto era bienvenida, pero había detectado algo extraño en su voz. Sus ojos se habían desplazado hacia Robert, que avanzaba ya hacia la mesa.
—Qué lástima —dijo Robert, girándose para encararlos—. Iba todo tan bien —añadió con el mismo tono que si la lluvia hubiera interrumpido un pícnic en el campo.
Nash empezó a murmurar:
—Robert...
Él la cortó.
—Te doy mi palabra de que no había pensado que fuera así.
Sarasola había comenzado a desplazarse sutilmente en dirección a Nash, de ese modo tan propio de él en el que se posicionaba cuando elegía bando.
Robert extendió la mano hacia el enorme cenicero de cristal verde, aquel monumento a Bette Davis, y lo tomó al vuelo y lo estrelló contra la frente de Sarasola.
El borde del cristal abrió una brecha bajo el nacimiento del pelo y la sangre brotó de inmediato y se derramó por el rostro del sacerdote como en un crucificado medieval.
Abrió la boca, pero no emitió ningún sonido y se desplomó de lado.
Nash gritó, pero el grito le salió ahogado, como cuando gritas en un sueño.
El hombre al que estaba besando apenas cinco minutos antes la tomaba ahora del cuello con ambas manos y la hacía retroceder hasta que sintió el marco de la puerta clavándose afilado en su cráneo.
En algún lugar muy lejos oyó sonar su teléfono.
—Robert —consiguió decir.
—Llámame John. Así es como me llamó mi madre.
Se giró levemente hacia Newman, que seguía catatónico con la vista perdida en el vacío.
—Igual que mi padre.
Con los ojos anegados en lágrimas, Nash negó con la cabeza.
—No.
—Sí. Casi se me para el corazón cuando te vi con el lazo puesto. Estabas preciosa. Y tengo que reconocer que la idea del incesto me parecía un remate perfecto.
Comenzó a apretar de una manera constante pero contenida. Nash aspiró el aire con todas sus fuerzas y sintió cómo un hilo de vida entraba en ella emitiendo un sonido atascado y urgente que le trajo a la memoria el de su propia madre mientras moría.
Él disminuyó la presión un poco.
—¿Sabes por qué Caín mató a Abel? —dijo—. Por culpa de Dios. Dios fue el culpable. Dios debería amar a sus hijos por igual.
Volvió a apretar. Y Nash sintió cómo la presión hacía vibrar sus tímpanos con el zumbido ensordecedor que precede al desmayo.
—Él sabía de mí igual que sabía de ti. Tú con tu madre. Yo con esos demonios. No hay ninguna justificación, porque él sabía lo que ellas me harían. Y me dejó allí. Dejó que lo hicieran.
Cedió de nuevo. Nash jadeó desesperadamente.
—¿Qué clase de Dios hace eso?
El padre Sarasola se había arrastrado hasta el fichero metálico, alejándose del lugar donde lo había derribado el golpe, escondiéndose, por puro instinto de protección, o quizá buscando un ángulo de visión del sillón donde Newman permanecía inmóvil, ajeno.
Nash vio que el sacerdote se llevaba la mano al rostro ensangrentado y la miraba sobrecogido.
Robert aumentó la presión.
—Tanto dinero para una niña que ni siquiera lo necesitaba, mientras que yo sobrevivía en la indigencia recortando cupones. ¿Qué clase de Dios hace eso?
Sarasola los observaba, pero Nash era consciente incluso en ese momento de que apenas los veía, con los ojos cubiertos de sangre y la expresión vacua, como la de un pequeño animal atropellado que agoniza sin saber siquiera lo que le ha pasado, por qué grotesco capricho del mundo su vida se estaba terminando.
Robert aflojó un poco mientras se volvía levemente hacia Newman, que permanecía estático con la vista en el vacío.
—¿Qué clase de Dios le da a uno de sus hijos el cielo y al otro lo olvida? Ni siquiera recibí el odio de mi padre. Pero yo no dejaré que me olvide.
Volvió a apretar. Nash había alzado las manos y las colocaba sobre las de él, pero sabía que era inútil.
Apretó con más fuerza. Nash supo que se iba a desmayar. Entonces la dejó respirar un poco, y el aire al entrar en su tráquea volvió a sonar igual que su madre mientras moría.
«Confía en mí», la oyó.
Sarasola palpaba con manos torpes y ensangrentadas los bolsillos de su chaqueta infructuosamente mientras continuaba arrastrándose, como si pretendiera esconderse detrás de la mesa.
Nash pensó que buscaba el móvil. Y también que eso no iba a servirle de nada.
Cuando acabara con ella, Robert lo remataría a él.
Y cuando Margot y Tadeo regresaran con los cafés, creerían que había sido Newman.
Un hombre catatónico sería el único testigo.
No habría nadie más para contar la historia de lo que había pasado allí.
La pechera de la camisa de Sarasola se volvía brillante por la sangre y lo oyó respirar jadeando de ese modo irregular de lo que se apaga. Nash supuso que se estaba muriendo y casi a la vez supo que ella también.
Entonces el sacerdote alzó una de sus manos y le hizo una señal. O eso creyó ella, porque ya no veía bien.
Nash alzó las manos hacia el rostro de Robert y lo tocó muy despacio, casi lo acarició, con la misma delicadeza con que se toca lo que ya no se puede salvar, un preciado objeto que se te ha roto entre los dedos.
Nash ya no tenía voz. No tenía aire. Solo tenía eso: las manos sobre aquella cara, y la palabra no formándose en sus labios sin que ningún sonido saliera de ellos.
No era una súplica; era su última llamada.
Él la contempló casi con sorpresa, como si intentase encontrar en lo profundo de sus ojos una respuesta. Después sonrió con aquella sonrisa encantadora suya y apoyó sus labios en los de ella, sellando el paso del poco aire que podía entrar.
Entonces Nash oyó la voz de Sarasola. Había perdido algo de fuerza, pero nunca había sido tan imperiosa en su orden.
—¡Vuelva, detective Star!