Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 81
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Noah era incapaz de subirse al coche. Daba vueltas alrededor de él.

Nervioso, tan alterado como uno de esos perros que intenta morder los neumáticos cuando pasas por un despoblado, y aunque una suave llovizna había comenzado a caer y su amigo el capitán Gibson había abierto las puertas intentando que se resguardara y con intención de sentarse en el interior, al final optó por quedarse fuera, observando las idas y venidas de Scott Sherrington, que miraba desesperado la pantalla de su teléfono mientras la lluvia iba calando en su pelo.

Una señal auditiva delató que habían llegado varios mensajes. Los abrió mientras Gibson se colocaba a su lado intentando ver algo.

—Maldita sea —exclamó Noah.

Esperó a que las fotos terminaran de descargarse y las fue abriendo una a una. Karim. Margot. Owen Mitchell. Hasta que llegó a la de Robert.

Era un retrato en escorzo, elegante. Miraba al objetivo serio, pero accesible. Noah sacó las gafas, que casi nunca usaba, del bolsillo interior de su americana, se las puso y usó dos dedos para aumentar la fotografía hasta que los ojos de Robert ocuparon toda la pantalla.

Azul oscuro. Profundos. Aquella mirada.

El olor del lodo volvió a él. El olor del lago.

El golpe de la pala contra sus piernas, la caída, el peso de John Clyde sobre su pecho, la pala cruzada contra su cuello.

Había liberado la mano derecha y golpeado con el puño cerrado aquel rostro hasta que cayó de lado como un muñeco.

Recordaba haberse sentado a horcajadas sobre él, retorcerle los brazos, el chasquido del grillete cerrándose sobre su muñeca.

Lo había puesto de rodillas para que pudiera respirar mientras la lluvia amainaba y los cadáveres del cementerio particular de aquel monstruo comenzaban a salir a flote, liberados por la fuerza de la tormenta.

Y entonces había necesitado respirar. Inhaló profundamente, y esa fue la última vez que lo hizo.

El infarto lo fulminó con la misma velocidad con que brilló el rayo que cruzaba el cielo en ese mismo instante.

Pero antes de caer, antes de morir por primera vez, había visto aquellos ojos. El lodo y la lluvia habrían sido suficientes para enturbiar el rostro de aquel hombre, pero nunca aquella mirada. Nunca aquellos ojos. Los había llevado clavados en los suyos durante los últimos cuarenta años.

Ahora no iba a parársele el corazón. Tenía en su pecho el de un campeón.

Entonces respondió a la pregunta que él mismo le había hecho a Newman aquella noche, cuando fue a verlo al hospital, cuando antes de emprender su viaje al pasado necesitó ver los ojos de aquel hombre para estar seguro.

«¿Me recuerdas?»

Y ahora, mientras miraba aquellos ojos en la pantalla, él mismo contestó:

—Te recuerdo.