Epílogo #2
La habitación podría haber sido incluso bonita si una se limitara a mirar solo hacia fuera, o si alguien hubiera usado una bola de demolición con ella.
Había dos camas y nada más. Las dos estaban hechas, con las sábanas y las colchas estiradas.
En la más cercana a la ventana, sentado con la espalda algo encorvada, se encontraba Newman.
Miró hacia la puerta cuando la vio entrar, no hizo ninguna señal de reconocerla y volvió a concentrarse en la ventana.
Le pareció que su cabello estaba un poco más largo que habitualmente y empezaba a notarse la falta de aquel tinte que cada quince días le había aplicado Elisa durante los últimos años.
Vestía un chándal y Nash sintió cómo se le encogía el corazón al verlo.
Ella nunca había tratado con Newman, pero sí lo había hecho con el fabuloso detective Star, y podía imaginar lo que diría de haberse visto con aquellas pintas.
Dos toques en la puerta y un auxiliar entró con una silla que colocó junto a la ventana, se despidió y se fue.
Nash la movió de lugar hasta colocarla frente a Newman.
Había estado muchas veces en instituciones como aquella, acompañando a pacientes, visitando a internos que ella misma había ingresado, y nunca había sido tan consciente de la desolación, del vacío, del frío institucional de aquel lugar que era capaz de competir con el calor bochornoso del verano en Baztán y ganar.
Newman miraba hacia fuera, hacia el esmeralda de los árboles que exudaban calor y olor verdoso de la tierra húmeda, el olor terroso del musgo absorbiendo la humedad del aire.
—Hola —dijo Nash.
La voz le salió aguda, inconsistente, de niña pequeña.
Ni una reacción.
Nash suspiró profundamente, notó cómo las manos le transpiraban, las apoyó en las rodillas y sintió que la humedad calaba la suave tela de su vestido de verano.
—Hola —repitió.
No hubo ninguna reacción.
Nash miró al hombre que era una sombra del hombre que había conocido. La ropa le colgaba como de una percha y estaba mal rasurado. En la comisura de los labios tenía una especie de costra que después de un rato identificó como puré de zanahorias seco.
—Háblame —dijo sin convicción.
Ninguna reacción.
—Háblame —repitió—. Háblame. —Notó cómo la voz se le rompía—. Háblame... Por favor.
Entonces todo el miedo, todo el dolor, las pesadillas, las manos apretando fuerte en su cuello, el afilado canto del marco de aquella puerta que casi podía sentir como una hendidura invisible que hubiera quedado para siempre dibujada en su cráneo, el tacto de las manos de aquel hombre tomando las suyas, toda la ciencia psiquiátrica del mundo, todas las huidizas miradas que la acosaban desde los espejos, desde el reflejo de los cristales, desde el fondo de sus ojos, susurrando reproches con voz femenina, con una voz ahogada, una voz que ahora sabía que era la suya, hicieron su labor y fueron suficientes, porque allí, en la habitación de un psiquiátrico, ante un viejo catatónico y en aquel desierto de desesperanza, Nash rompió a llorar.
Y lloró por sus manos vacías, y por las mujeres que paren solas, y por las madres que guardan secretos, y por las niñas sin padre, y por los padres sin niñas; por los niños abusados y la sangre seca bajo las uñas que solo se ve cuando se cierran los ojos.
Lloró mucho, mucho rato, y ni siquiera se cubrió el rostro ni enjugó sus lágrimas, porque aquel era el lugar adecuado, el lugar en el que se exhiben las vergüenzas y en el que nada humano es ajeno.
Después el llanto cesó, y sintió un cansancio y un vacío exagerados y supo que necesitaría comer y beber y bailar y follar para llenar aquel vacío. Y supo también que jamás volvería a ese lugar.
Se puso en pie y caminó hasta la puerta, giró el pomo y entonces oyó la voz. De niño. De niño pequeño. De niño pequeño que casi no sabía hablar.
—¿Volverás otro día?
Nash soltó la manilla y regresó sobre sus pasos. La mirada de Newman seguía tan fija como antes en algún punto entre los árboles y el horizonte.
—¿Quieres que vuelva? —le preguntó.
No dijo nada, pero asintió repetidamente, como lo hacen los niños. Incluso sonrió un poco.
Nash caminó de nuevo hasta la puerta, pero antes de abrirla se giró y le dijo:
—Lo haré. Te lo prometo.
Y antes de salir de la habitación se juró que lo haría. Alguien tenía que romper aquel cruel ciclo de niños abandonados.
Nash abrió la puerta y de la habitación contigua salió a la vez el padre Sarasola.
—Magnífico, doctora.
Nash lo miró incrédula.
—¿Estaba escuchando?
—Doctora, lo estaba viendo. Debemos documentar cada avance. Y usted no solo ha logrado que el niño esté presente, además ha hecho un grandísimo esfuerzo. Ha hablado. Se ha comunicado para evitar que usted se fuera.
—No me advirtió de que nos estaría observando.
—Por el amor de Dios, doctora, no se preocupe. Nadie más verá esas imágenes. Además, ¿por qué se tortura? Ha vivido una situación terrible. Su reacción no solamente es normal, sino que además su emotividad ha forjado el puente gracias al cual ha sido posible comunicarse con él.
—No vuelva a hacerlo —dijo con la dignidad que le quedaba. Se dio la vuelta mientras murmuraba—: Puto clero.
El padre Tadeo se asomó a la puerta.
—Doctora, tiene que volver.
Nash se detuvo.
—¿Qué pasa ahora? —contestó enfadada.
—Tiene que volver a entrar. Está hablando. La está llamando.
Nash abrió la puerta.
El hombre que estaba sentado en la cama no era el niño. Ya no era el niño.
Se incorporó. La espalda recta, los hombros cuadrados.
Con una mano se apartó el pelo de la frente en un gesto rápido y casi inconsciente, como quien recobra un hábito antiguo.
Con la otra se limpiaba la comisura de la boca con el dorso de la muñeca, sin prisa, con esa parsimonia de quien sabe exactamente el efecto que produce y no tiene ninguna intención de apresurarlo.
Quedaba aún un resto de puré en el cuello de la camisa, pero él no lo sabía o no le importaba.
Sus ojos, que hacía apenas unos minutos habían sido los de un niño asustado, ahora recorrían la habitación con aquella mirada de inventario que Nash ya conocía: clasificando, midiendo, decidiendo quién mandaba en ese espacio.
Cuando llegaron a ella, se detuvieron.
Nash no se movió del umbral.
Hubo un silencio de tres segundos que ninguno de los dos llenó. Ella notó que algo se aflojaba en algún lugar de su pecho.
No sonrió. Pero tampoco apartó la mirada.
Fue él quien habló primero.
—Y así es mi ciudad, ninguna buena acción queda sin castigo.
Quitas del medio a un asesino, ¿y quién acaba en el trullo?
El detective. —Hizo una pausa calculada, con ese punto de hastío divertido que era su modo de decir que estaba bien—.
Espero que pueda pagarme la fianza, querida.
Y la próxima vez que venga, tráigame mi ropa y un paquete de cigarrillos.