Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 79
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Mientras se acercaban al garaje de la calle Mayor, Nash vio a través del parabrisas al padre Tadeo y a Margot que salían del edificio. Entraron en el Starbucks de al lado. Robert también lo vio, pero no dijo nada.

El garaje del edificio estaba casi vacío.

Robert aparcó en el mismo lugar en que lo habían hecho Margot y ella en la ocasión anterior, junto al ascensor.

Se quedaron quietos por un momento, las manos entrelazadas.

Nash se inclinó hacia él y lo besó suavemente.

Él le devolvió el beso, bastante más apasionado. Ella sonrió mientras se separaba.

—En cuanto esto acabe, prometo dedicarte tiempo —murmuró mientras abría la manija de la puerta.

Salió del coche y caminó hacia el ascensor. Iba a pulsar el botón de llamada cuando oyó una voz a su espalda.

—Disculpe, amigo, ¿podría echarme una mano?

Se volvió. Cinco o seis plazas más allá, un hombre forcejeaba con una baca que intentaba instalar sobre el techo de su vehículo. Robert intercambió una mirada con ella e hizo un gesto de asentimiento.

—¿Me das un minuto?

Nash asintió y lo observó alejarse mientras pensaba en lo bien que le sentaba el traje azul marino, tan oscuro como sus ojos.

Volvió a sonreír. Pulsó el botón del ascensor y comprobó la placa luminosa.

Descendía desde uno de los pisos más altos.

Buscó con la mirada la puerta de la escalera, planteándose si subir andando.

Entonces lo vio.

El extremo de algo blanco asomaba por el maletero del coche de Robert. Una bolsa de plástico, o quizá un trozo de tela. Como si lo hubiera pillado al cerrarlo.

Más allá, Robert sujetaba la baca mientras el hombre apretaba los tornillos.

Nash se acercó al coche y accionó la manija del portón.

Una mano blanca cayó hacia el exterior. Contuvo el grito mientras, de modo automático, miraba a Robert, que seguía ayudando al vecino. Empujó hacia dentro la mano que estaba helada mientras reconocía la cuidada manicura francesa.

De entre los dedos inertes resbaló un pequeño objeto dorado, que quedó vuelto bocarriba brillando bajo la fría luz blanca del garaje. Uno de los gemelos de Robert. La serpiente mítica que se muerde la cola, que se devora a sí misma. Un uróboro.

Robert se despedía del hombre.

Nash bajó el portón sin hacer ruido. Junto a la rueda trasera brillaba el objeto que había caído.

El ascensor emitió un pitido.

Robert venía hacia ella.

Nash deslizó el gemelo bajo el coche con la punta del zapato.

El ascensor se abrió justo cuando él llegaba a su altura. Le puso una mano en la cintura y entraron juntos. Nash pulsó el botón de la entreplanta y las puertas se cerraron.

El teléfono vibró en su bolsillo. Lo sacó y vio que era de nuevo una llamada de Noah; la silenció y apretó el teléfono contra el muslo intentando contener el temblor de su cuerpo.

Aspiró lenta y profundamente tratando de serenarse y percibió el olor de sudor por estrés que comenzaba a emanar de su piel.

Se preguntó si él también podía olerlo, si podía notar el miedo que le salía por los poros.

—¿No vas a responder? —preguntó Robert.

—Se cortaría. Aquí no hay cobertura.

Cuando el ascensor comenzó a subir, Robert le tomó de nuevo la otra mano.

Nash bajó la mirada a la camisa blanca, impecable; la manga asomaba los dos centímetros de rigor, lo suficiente para que el gemelo quedara a la vista.

Pensó en cómo lo había visto al llegar a la mansión, colocándose apresuradamente la chaqueta en el pasillo, ajustándose la ropa.

El modo en que se había resistido cuando ella insistió en que fueran en el coche de Robert, no en el Mustang.

En el Volvo aparcado en la parte trasera de la casa, junto a la lavandería, una ubicación que nunca habría llamado la atención de no ser porque Nash se había dado cuenta ahora de que no era ropa sucia lo que había en el maletero...

El abogado le había dicho que Karim había huido, que también faltaba la enfermera. Y ahora que ya sabía dónde estaba ella, se preguntó si Karim también estaba en el amplio maletero del Volvo.

Nash notaba el pulso en las sienes, en el cuello, en las muñecas.

Estaba segura de que él podría sentirlo palpitando en sus manos.

Fijó la vista en las puertas metálicas. El reflejo del hombre que tenía a su lado, distorsionado junto al suyo propio, y el modo en que su cabello rojo refulgía iluminado por la luz del ascensor.

El inspector Barezzi tenía razón. No era John Biblia.

Era un imitador. Aunque se había equivocado al pensar que era Noah Scott Sherrington.

Y Noah también se equivocaba al creer que Newman era John Biblia redivivo, que las víctimas pelirrojas tenían que ver con aquella niña que había desaparecido en el lago Katrine hacía décadas.

Y en ese instante, de alguna manera, Nash supo que tenía que ver con ella, con el color de su pelo, con el color del cabello que había heredado de su madre, con el nombre que su padre le puso al nacer, y que siempre le pareció ajeno.

Sonó la señal de un mensaje.

Separó el teléfono de su muslo y lo inclinó sin levantarlo para leerlo.

«John Biblia tuvo un hijo o una hija. Ten cuidado.»

Se contuvo para no cerrar los ojos bajo el peso de lo que aquello significaba.

«Fue un hijo, Noah, está aquí a mi lado —le contestó mentalmente— y mi única posibilidad es que no sepa que lo sé.»

El ascensor se detuvo y las puertas se abrieron.

—Después de ti —dijo él, extendiendo el brazo hacia el panel para mantener las puertas abiertas.

Nash salió. Y mientras lo hacía, alcanzó a ver el puño impecable de su mano izquierda extendido hacia el panel de mandos del ascensor, y el lugar vacío que debía haber ocupado el gemelo con un pequeño uróboro.

Fue un instante, una porción de segundo, y supo que había sido un error casi mientras lo hacía.

Porque, aunque siguió caminando con fingida naturalidad y Nash no necesitó volverse para mirarle, se dio cuenta de que él había seguido la trayectoria de sus ojos hasta el puño.

Estuvo segura cuando lo oyó tomar aire profundamente y suspirar.

Nada más, después solo sus pasos pausados, tranquilos.

A mitad del corredor, Nash se detuvo frente a la puerta de la oficina del detective Star. Llamó suavemente y entró.