Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 78
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Elisa estaba sola en la cocina. El aroma del estofado que llevaba horas cocinándose a fuego lento llenaba el espacio con una densidad reconfortante, y el vapor que ascendía de la olla empañaba levemente los cristales de la campana extractora, que resultaba inaudible.

Consultó el reloj de pared y calculó que aún faltaba una hora para que la carne alcanzara el punto exacto de ternura que al señor Newman tanto le gustaba.

Tomó un trapo y secó las gotas condensadas sobre el cristal.

Dobló el paño con cuidado y entró en la despensa a buscar las especias.

Fue entonces cuando lo notó. Algunos botes y paquetes estaban fuera de su sitio, como si alguien hubiera zarandeado la estantería.

Frunció el ceño. Ella conocía cada centímetro de aquella despensa; cada lata y cada tarro ocupaban un lugar preciso en su memoria, y aquel desorden le produjo una irritación instintiva y se puso a colocarlos de nuevo en su posición correcta.

Mientras reubicaba un paquete de harina, lo oyó.

Un murmullo. Un sonido sordo y apagado que parecía provenir de algún lugar por debajo de ella.

Por un instante, hasta llegó a pensar en la presencia de un roedor.

Le aterraban las ratas, rogó que no hubiera ninguna mientras un escalofrío de asco recorría su espalda.

Se quedó inmóvil, conteniendo la respiración, y el sonido volvió a repetirse: un gemido, o quizá un roce, algo que se arrastraba.

La lavandería.

Elisa caminó hasta el fondo de la despensa, donde la puerta escamoteada, casi invisible entre los estantes, daba acceso a las escaleras que descendían al sótano. Presionó el panel, pero la puerta apenas se movió unos centímetros. Algo la bloqueaba desde el otro lado.

Empujó con más fuerza, sintiendo cómo la madera cedía contra un peso blando que ofrecía resistencia. Forcejeó durante unos segundos que se le hicieron eternos hasta que por fin consiguió abrir lo suficiente para asomar la cabeza.

Lo que vio le arrancó un grito que se le ahogó en la garganta como un gorgoteo.

Karim estaba desplomado en los primeros peldaños de la escalera, con el cuerpo en una posición grotesca y antinatural, como una marioneta a la que le hubieran cortado los hilos. La sangre que manaba de su cabeza había formado un charco oscuro que se extendía lentamente por la piedra.

Elisa se llevó las manos a la boca, incapaz de moverse, incapaz de pensar.

Y entonces Karim levantó el rostro.

Tenía los ojos abiertos, vidriosos, cubiertos por una película de sangre que le resbalaba desde la frente. Sus labios se movieron, apenas un temblor, y de ellos salió un susurro tan débil que Elisa tuvo que inclinarse para oírlo.

—Llama a la policía.