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Cuando Nash llegó a la mansión, se quedó dentro del coche, detenida frente a la entrada, sin fuerzas para salir.
Le pesaban los párpados, le pesaban las manos sobre el volante, le pesaba el cuerpo entero como si durante la noche se hubiera convertido en piedra.
Vio que Elisa se asomaba por la puerta principal con expresión preocupada.
Por un momento pareció que iba a dar un paso hacia el coche, y Nash no tenía energía para eso. No ahora.
Rodeó la casa con el Mustang y aparcó junto al jardín trasero. Subió la escalinata flanqueada por balaustradas sintiendo cada peldaño como una pequeña montaña y entró en el despacho de Newman por la puerta que daba al jardín.
El abogado Owen Mitchell estaba dentro con tres personas. Había carpetas abiertas sobre la mesa, ordenadores portátiles, cajas de documentos que cubrían casi toda la superficie disponible. Cuando la vio, se puso en pie inmediatamente, caminó hacia ella y le estrechó la mano con gesto profesional.
—Nash. Me pongo a tu entera disposición. Te prometo que vamos a desenmarañar todo lo que ha ocurrido. Me siento en parte responsable de que esto haya llegado tan lejos.
Tenía ojeras profundas y el aspecto de alguien que cargaba con un peso enorme sobre los hombros.
—El auditor forense me dijo que el sistema era muy sofisticado —respondió Nash—. No te tortures. Parecía difícil de detectar.
Pero él seguía pareciendo torturado.
—¿Dónde está Karim? —preguntó Nash.
—Cometí un error. Le llamé. Creo que de alguna manera he espantado la liebre.
Cuando he llegado esta mañana, ya no estaba.
Robert y yo hemos entrado en su apartamento.
Se ha llevado la ropa, sus cosas. También falta su coche.
Se ha ido. Supongo que a estas horas ya estará en un barco rumbo a Turquía.
Nash le miró con una desolación que no intentó disimular.
—Parece que había comenzado una relación íntima con una de las enfermeras —continuó el abogado—. Virginia Tomás. Ella tampoco está.
Nash asintió lentamente. Había visto a Virginia entrar repetidas veces en casa de Karim.
Sabía que estaban juntos. Pero la enfermera llevaba unos días prestando servicio en aquella casa.
No conocía a Karim de antes. No le parecía raro que tuvieran una aventura, pero no tenía mucho sentido que huyera con él tras un desfalco, a menos, claro, que no lo supiera.
Cuando salió del despacho, vio a Robert que venía hacia ella. Se estaba poniendo la chaqueta apresuradamente, ajustándose los puños para dejar a la vista los gemelos en aquel gesto tan suyo, casi como si hubiera sido pillado en falta. Nash sonrió ante su pulcritud.
—No te preocupes —dijo—. Estás muy guapo.
Él se detuvo al llegar a su altura, terminó de arreglarse la chaqueta y le devolvió la sonrisa. Una luz cálida se reflejó en sus ojos azul oscuro.
—Nash... Has vuelto.
Le tendió la mano con naturalidad y ella la tomó.
La condujo suavemente hacia la biblioteca.
La estancia había recuperado el orden perfecto de la primera vez que Nash había estado allí, aquella elipse de madera noble y libros antiguos que olía a cuero y a papel.
Habían desaparecido la mesa plegable, las sillas, los micrófonos, las cámaras.
Como si las sesiones de hipnosis nunca hubieran tenido lugar.
—Pensaba que estarían aquí —dijo Nash.
—No. Por lo visto la sesión de ayer fue un éxito. Han decidido que la llevarán a cabo en el despacho de Star. Margot propuso que podía ser buena idea que trabajaran allí. Y Sarasola sugirió que si Star creía que ella era su secretaria, lo lógico era que ella estuviera también.
Robert la miró detenidamente, reparando en las marcas de cansancio bajo sus ojos, la palidez de su rostro, el temblor casi imperceptible de sus manos. Levantó los dedos y los llevó suavemente hasta el contorno ensombrecido en su mirada.
Ella no habló, y de pronto se sintió perdida.
—Pobrecita —dijo con una ternura que desarmó a Nash—. Voy a tener que cuidarte mucho.
Nash le miró y sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Todo el peso de la noche, de los microfilmes, de la voz de su madre joven y rota hablando a una cámara, de las revelaciones que habían pulverizado todo lo que creía saber, todo eso pugnaba por salir.
—No he dormido en toda la noche. Hay un montón de cosas que ahora sé.
Robert, mi madre..., creo que... ella creía que...
Creo que tenía razón. Pero no sé por qué he dudado de ella.
Esta mañana he conducido hasta la comisaría, convencida de la culpabilidad de Benedict, pero tú tenías razón, Newman es un buen hombre.
Es un nuevo hombre, y yo estaba equivocada. Todo ha cambiado, Robert, todo ha...
Él le acarició el rostro con una delicadeza que la hizo callar antes de que sus dedos llegaran a sus labios. Después la besó. Un beso largo y profundo que sabía a promesa.
—Tienes que descansar —murmuró contra su boca—. Todo va a arreglarse. Yo te ayudaré.
—No puedo descansar. Tengo que ir a la sesión. Tengo que ir.
—Estás agotada.
—Llévame tú —rogó.
—Claro. Por supuesto.
Salieron por la puerta principal hacia el coche de Robert, que estaba aparcado en la entrada.
—¿No prefieres que vayamos en tu coche? —preguntó él.
—No. Mejor vamos en el tuyo. Estoy demasiado cansada para conducir.
—Déjame conducirlo a mí.
—Lo siento, norma de la casa, nadie conduce mi coche, demasiado nervio para alguien acostumbrado a la estabilidad de un tanque como este.
—Nash sonrió por primera vez en horas, observando su reacción—.
Quizá algún día haga una excepción, pero para que te dé mis llaves aún te quedan muchos méritos por hacer.
Él asintió con una media sonrisa y le abrió la puerta del copiloto del Volvo. Nash se dejó caer en el asiento mientras Robert rodeaba el coche y se ponía al volante. Cuando arrancó, ella cerró los ojos y dejó que el movimiento la meciera.
Nash metió la mano en el bolsillo y sus dedos encontraron el lazo de raso roja. Lo acarició mientras en su mente resonaba el mensaje de su madre.
«Confía en mí.»
Su madre había sido una profesional. Sí, en el momento en que tomó aquella decisión era una joven traumatizada que acababa de dar a luz, con las hormonas alteradas y los nervios rotos.
Pero el hecho era que había mantenido esa decisión el resto de su vida.
Y aquella mujer no era solo una joven asustada: era una de las mejores psiquiatras forenses del país. Y no se había equivocado.
Se había mantenido firme en su promesa de convertirse en la carcelera de Newman.
Pero él también había cumplido su parte.
Aquel lazo guardado como una reliquia. El ensayo Los que paran , dedicado a ella.
Y el modo en que había confinado en lo más profundo de su mente a aquella parte de él a la que no podía perdonar, a la que no perdonaría jamás. Todo eso era la prueba.
Natalia Elizondo había sido la primera en dibujar el perfil perfecto de aquel monstruo. Conocía sus impulsos, la raíz de su dolor, su evolución. Lo conocía como nadie.
Cuando llamó a Noah Scott Sherrington aquel día, no estaba preguntando si John Biblia seguía vivo. Estaba señalando un copycat , y quizá hasta al autor.