76
La residencia de ancianos de Tarbet estaba a orillas del lago Lomond, en un edificio victoriano rodeado de jardines que en otro tiempo debieron de ser espléndidos.
Gibson aparcó junto a la verja y ambos se acercaron a la entrada.
Un cartel les recordó que las visitas estaban restringidas por las medidas sanitarias.
Una enfermera salió a recibirlos. Hablaron a través de la valla metálica.
—El señor Brodie los está esperando. Pero les advierto que siempre tiene hambre. Se le olvida que ha comido.
—¿Está lúcido? —preguntó Noah.
—El pasado lo recuerda perfectamente. Es el presente lo que se le escapa.
Los condujo hasta un banco en el jardín, al otro lado de la valla. El anciano ya estaba allí, envuelto en una manta a pesar de que la mañana era templada. Tendría unos ochenta años, el rostro surcado de arrugas profundas y unos ojos azules que conservaban cierta viveza.
—Señor Brodie, estos señores quieren preguntarle por una de sus novias —dijo la enfermera.
—Siempre quieren preguntarme por las novias —respondió él con una sonrisa desdentada—. He fotografiado a miles.
Noah sacó la foto de Maggie y se la mostró a través de los barrotes.
—¿Recuerda esta?
El anciano guiñó los ojos y acercó la imagen a su rostro. Tardó unos segundos.
—Claro que la recuerdo. Solo hice esa foto. Una única foto. De la novia sola.
—¿El novio no vino?
—Ni a tomarse la foto ni a acompañarla. Fue uno de esos matrimonios forzados. Por la situación. —Hizo un gesto elocuente señalando su vientre—. Estaba claro que, aunque el novio había accedido a reparar su falta, no la quería. La chica era bastante patética. Daba mucha pena.
Noah sintió que se le aceleraba el pulso.
—¿La acompañó alguien?
—Unas urracas. Las tías del novio, creo.
Mujeres horribles, vestidas de negro, con cara de malas pulgas.
La pobre chica estaba hinchada como un globo.
Le hice la foto sentada porque de pie el vestido reventaba.
Tuve que desabrochárselo por detrás. Ni siquiera tenía ramo.
Posó con unas flores de plástico que yo tenía en el estudio.
—¿Está seguro de que estaba embarazada?
El anciano soltó una carcajada seca.
—Joven, he fotografiado a miles de novias. Siempre se me dio bien reconocer a las que se casaban embarazadas. Y esta lo estaba. Bastante avanzada, diría yo. Aunque, como estaba tan gorda, era difícil saber de cuánto.
Noah guardó silencio un momento. El anciano miró hacia la residencia.
—¿Ya es la hora de comer?
—Acaba de desayunar, señor Brodie —dijo la enfermera con paciencia.
Noah le dio las gracias y se alejó de la valla junto a Gibson. Caminaron en silencio hacia el coche. Cuando estuvieron dentro, Gibson arrancó el motor.
—¿Y bien?
Noah miraba el lago a través de la ventanilla. Todo encontraba su lugar. John Biblia se había casado con aquella chica porque estaba embarazada. Y después, cuando él fue identificado y tuvo que huir, su madre, sus tías y su joven esposa desaparecieron. Se esfumaron.
Pero el bebé. El bebé habría nacido.
—John Biblia tuvo un hijo —murmuró Noah.