75 #2
—Piensa esto. No hay ADN de John Biblia.
Las pocas muestras que se recogieron hace casi cuarenta años se han perdido en los diversos intentos comparativos con los sospechosos que han ido capturando en este tiempo.
Creo que Benedict Newman es Collin Doyle.
Creo que Noah Scott Sherrington lo conoció hace cuarenta años.
Y creo que Annie Doyle era la única prueba que lo confirmaría.
Desaparecida Annie, y su casa y cualquiera de sus pertenencias calcinadas, era imposible probar su relación con Collin.
El único cabo suelto que podía estropear el plan de Scott Sherrington de aparecer glorioso cuarenta años después, de poner punto final a la historia de su vida capturando a John Biblia.
Nash se obligó a colocar las manos sobre la mesa. Le temblaban visiblemente. Barezzi extendió la mano y tomó una de las suyas entre las de él. Clavó sus ojos grises en los de ella.
—Siento mucho todo lo que ha pasado —dijo—. Creo que Newman es Collin Doyle. Pero no tenemos ninguna manera de probarlo. Y creo que hay alguien muy interesado en que sea así.
Nash reunió el valor para hablar.
—Newman tiene un avión privado. Está en un aeródromo a unos ochenta kilómetros de aquí.
Creo que iba, o quizá regresaba de allí, el día que lo encontrasteis en el túnel.
El empleado me dijo que recibieron una petición de llenar el depósito hace unas semanas.
Pero anteayer fui allí. Y está vacío. Creo que el avión tiene autonomía para llegar hasta Irlanda.
Y creo que también hubo tiempo suficiente.
Barezzi le apretó suavemente la mano.
—Gracias por contármelo. Pero ya lo sabíamos.
No hay constancia de ese vuelo. Aunque la policía irlandesa habla de varios pequeños aeródromos cerca de Derry donde podía haber aterrizado.
Y quizá convenció a algún operario de hacer un repostaje que no constase, pagando en mano.
Si es así, no tenemos ninguna prueba. De lo que sí la tenemos es de que Scott Sherrington hizo escala en Derry antes de viajar a Escocia. Si es que es allí donde está.
Nash atendía mientras en su mente seguía oyendo la voz de su madre.
«Confía en mí.»
Acababa de escuchar a su madre diciéndole en una grabación que Benedict Newman era John Biblia.
La pregunta era si dejó de serlo. Si realmente alguien había vuelto desde el pasado para desenterrar a los muertos, para reclamar una gloria pasada.
Y si realmente Sarasola tenía razón en que lo que tenían ante ellos era alguien profundamente traumatizado que había enterrado en el fondo de su alma al hombre que fue, prisionero hasta el punto de crear un ramillete de personalidades que ejercían como carceleros, y que se autodenominaba «el Imperdonable».
¿Y si su madre no se había equivocado? ¿Y si su madre había decidido bien?
¿Y si su madre sabía que aquel hombre nunca volvería a matar?
Otra cosa era que no quisiera, que no pudiera estar a su lado.
Pero la doctora Natalia Elizondo estaba convencida de que aquel hombre, el que había cometido aquellos horribles crímenes, había cambiado. Era otra persona. Ya no era él.
Quizá su madre tenía razón. Y quizá Sarasola también tenía razón.
Benedict Newman fue John Biblia. Pero ya no lo era.
Hacía mucho tiempo que por propia voluntad había encerrado en el fondo de su alma a una parte de sí mismo a la que no podía perdonar.
Había creado esa suerte de personalidades para mantenerla sometida.
Y quizá, como decía el inspector, alguien había venido del pasado a desenterrar a los muertos en busca de gloria.
—Tenemos los resultados de las autopsias —continuó Barezzi—.
En las dos primeras, las que aparecían en los fardos como en los crímenes de Bilbao, era más difícil identificar las lesiones por el estado avanzado de descomposición de los cuerpos.
Pero en las dos últimas, la forense ha establecido que fueron asfixiadas repetidas veces y de modo manual.
Se requiere muchísima fuerza física. Y después terminó los crímenes usando un cordel, casi como si buscara emular los crímenes originales de John Biblia.
La propia puesta en escena: los dos primeros, los crímenes de Bilbao en 1983; los dos últimos imitando a los crímenes de John Biblia en Glasgow.
Los cadáveres expuestos, desnudos, con tampones esparcidos a su alrededor.
Todas las mujeres tenían la menstruación en el momento en que fueron atacadas. Como todas las víctimas de John Biblia.
—No puede ser Scott Sherrington —dijo Nash.
—Todavía no puedo afirmar que lo sea. Pero lo que tengo claro es que se trata de un imitador.
«Confía en mí.»
Nash se levantó. Dio las gracias al inspector y salió de la comisaría sin haber dicho nada de lo que había ido a contar.
Las imágenes del cajero automático que Barezzi le había mostrado seguían grabadas en su retina, aquella silueta borrosa persiguiendo a la joven, algo en su postura, en el modo de inclinar la cabeza, le había resultado extrañamente familiar.
Y entonces había recordado la grabación que la doctora Duval le había mostrado, la voz del visitante nocturno en el hospital preguntando al detective Star: «¿Me recuerdas?
». La teoría de Barezzi sobre un imitador obsesionado encajaba de pronto con una precisión inquietante.
Se detuvo junto a su coche y se quedó inmóvil, con las llaves en la mano.
Noah le había dicho que interpretó la pregunta de su madre como una confirmación de que John Biblia seguía vivo. «¿Estás seguro?» Pero su madre ya lo sabía. Llevaba treinta y tres años sabiéndolo. Viviendo con aquel secreto. Vigilándolo. Siendo su carcelera.
Lo que Natalia preguntaba era otra cosa: «¿Estás seguro de que ESTO es obra de John Biblia?».
Su madre había visto aquella fotografía en el periódico y había reconocido algo. O al contrario: había visto algo que no encajaba. Algo que la había aterrorizado tanto que no había podido soportarlo.
«Confía en mí», resonó la voz de su madre.
Y una nueva idea irrumpió con fuerza desoladora en la mente de Nash.
¿Y si su madre nunca había dudado de Newman?
¿Y si hasta el final había estado segura de que él había parado?
¿Quién estaba, entonces, matando como John Biblia?
Solo podía hacerlo alguien que lo conocía bien.
Alguien que sabía exactamente cómo lo hacía.
Nash abrió el coche y se sentó al volante sin arrancar. Necesitaba pensar.