Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 75
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El ronroneo grave del motor del Mustang vibraba bajo sus pies, a través del asiento, en sus manos aferradas al volante.

Era lo único que la mantenía anclada. Había reducido la velocidad y notaba cómo los vehículos la rebasaban, pero no le importaba.

Aquel sonido, aquella vibración constante, era el único lugar donde se sentía a salvo.

El único sitio que reconocía en un mundo que había dejado de tener sentido.

Había pasado toda la noche visionando los microfilmes. Llevaba las dos copias en el bolsillo de su chaqueta, junto al lazo rojo.

Recordó las palabras que le había dicho a Amaia Salazar días atrás: «No conozco a nadie más que sea hija de un asesino».

Lo había dicho convencida de que podía manejarlo, de que podía admitir que aquel desconocido que casualmente era su padre también pudiera haber hecho cosas terribles.

Pero entonces Benedict Newman era solo eso: un desconocido.

Un extraño que acababa de aparecer en su vida.

A través de las palabras de su madre, aquel asesino había dejado de ser un concepto abstracto para convertirse, por primera vez, en su padre.

Las imágenes de los microfilmes seguían reproduciéndose en su mente como una película que no podía detener: el rostro demacrado de su madre, la pulsera del hospital, aquellas palabras que habían cambiado todo lo que creía saber sobre su vida.

Benedict Newman era John Biblia. Su padre era un asesino en serie.

Su madre lo había sabido desde poco después de que ella naciera y había cargado con aquel secreto hasta el momento de su muerte.

En su mente volvía a ver la imagen de su madre en la pantalla.

Joven. Más joven que ella misma ahora. Demacrada.

Con el rostro marcado aún por las petequias del esfuerzo del parto, los ojos enrojecidos, la voz quebrada.

Y las últimas palabras que le había dicho mientras moría, reuniendo todo su aliento, todas sus fuerzas, en la magia del momento místico de la claridad terminal.

«Confía en mí.»

Nash sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

Se le escapó un murmullo que apenas reconoció como su propia voz.

Ahora entendía lo que había ocurrido aquel día de agosto.

Su madre había abierto el periódico y había visto aquella fotografía, el cuerpo envuelto en lonas, la firma inconfundible de John Biblia.

Y lo había reconocido. Después de casi cuatro décadas vigilando, coleccionando recortes, asegurándose de que no volvía a matar, Natalia había visto la prueba de que todo había sido en vano.

De que el monstruo había regresado. El peso de aquella culpa, la certeza de haberse equivocado, de haber confiado en quien no debía, había sido demasiado para su corazón y para su cerebro.

—Lo siento, ama . Lo siento. Perdóname. Debí hacerte caso.

Condujo sin rumbo durante un tiempo que no supo calcular. Cuando detuvo el coche y alzó la vista, se dio cuenta de que estaba frente a la comisaría de policía. No recordaba haber tomado la decisión de ir allí, pero allí estaba.

Esperó dentro del coche. No sabía cuánto tiempo pasó hasta que vio la figura del inspector Barezzi acercándose por la acera. Entonces abrió la puerta y salió, casi cuando él llegaba a su altura.

Barezzi la miró con sus ojos grises de depredador, esos ojos fríos de cazador que todo lo registraban.

Nash sabía que estaba en shock , pero también que su aspecto exterior no lo reflejaba.

En ocasiones, cuando alguien está hirviendo por dentro, su apariencia es de inmovilidad absoluta, una extraña calma que parece casi sonambulismo.

—¿Quieres pasar? —preguntó él señalando la comisaría.

Había una cafetería justo enfrente.

—No —dijo Nash—. Mejor allí.

Cruzaron la calle. El interior del local estaba casi vacío.

La mañana era templada a pesar de ser primera hora, y la mayoría de la gente seguía reticente a entrar en espacios cerrados.

Fueron hacia una mesa del fondo. Tenían que llevar las mascarillas puestas, aunque podían retirarlas lo suficiente para tomar el café.

Nash quería contarle todo. Los microfilmes.

La confesión de su madre. Benedict Newman.

John Biblia. Tenía un torbellino de pensamientos y cosas que decirle, pero no encontraba las palabras.

Una y otra vez buscaba la manera de empezar, pero no podía.

Le temblaban las manos y las escondió bajo la mesa para que él no pudiera verlas.

«Confía en mí.»

Antes de que Nash se decidiera, el inspector habló primero.

—Tengo que contarte algo. Mis sospechas han cambiado completamente de dirección.

Nash lo miró sin decir nada. En su mente, la voz de su madre seguía resonando.

—Noah Scott Sherrington —dijo Barezzi—. John Biblia cometió tres crímenes entre 1968 y 1969, y después se esfumó.

Se organizó la mayor operación de búsqueda de un hombre de toda la historia de la policía escocesa, pero no sirvió de nada.

Scott Sherrington era uno de tantos inspectores obsesionados con cazar al mítico John Biblia.

Estuvo años tras su pista. Es conocido que desarrolló un método victimológico para cribar a las mujeres desaparecidas.

Todo apunta a que dio con él, que consiguió llegar hasta el hombre.

Pero, cuando iba a detenerlo, sufrió un ataque y Biblia huyó, desapareciendo de nuevo. Oficialmente, sigue desaparecido.

Nash sintió que le temblaban las piernas. Se obligó a mantener la compostura.

—Scott vino a España siguiendo un pálpito —continuó Barezzi—, tras la pista de un tipo que creía que era John Biblia.

Cuando llegó aquí no se puso en contacto con la policía.

Según él, lo persiguió, lo cercó y fue abatido en un tiroteo.

Su cuerpo cayó al río y fue arrastrado por las aguas mientras se producía una de las mayores inundaciones de la historia reciente de nuestro país.

Días después se recuperó un cadáver que su futuro socio identificó como el tipo que habían estado persiguiendo.

Él nunca llegó a verlo, porque entonces estaba en un hospital, y no salió hasta casi un año después.

El inspector clavó sus ojos grises en los de Nash.

—Lo cierto es que la policía española nunca tuvo constancia de que John Biblia hubiera estado aquí.

Es verdad que aparecieron varios cadáveres flotando en el mar, envueltos en lonas y atados con unos nudos característicos.

Pero ese no era el modus operandi de John Biblia.

La policía de la época admitió que en algún momento había habido un asesino activo y muy violento en la ciudad, pero, a pesar de que se compararon los modus operandi con la información que llegaba desde Escocia, no se estableció que pudiera ser John Biblia.

Y así, el gozo de Noah Scott Sherrington quedó en un pozo.

Lo que sí se pudo establecer es que Collin Doyle, un dirigente del IRA, estaba en la ciudad en aquella época.

«Confía en mí.»

—Personalmente, creo que John Biblia nunca vino a España —dijo Barezzi—.

No tengo claro cómo Benedict Newman llegó a describir esos crímenes en su novela.

Quizá, como tú dijiste, lo leyó en la prensa, o se documentó sobre la historia de ese asesino mítico.

Muchos escritores lo hacen. Quizá lo que ocurrió en comisaría aquella noche solo fue un ataque de pánico al enfrentar a un hombre de letras a la crudeza de un crimen real.

Barezzi se inclinó un poco hacia ella antes de continuar, bajando la voz.

—Lo que sé es que desde ese momento Noah Scott Sherrington ha reaparecido como si hubiera resucitado.

Sostiene que él mismo escribe un libro sobre John Biblia.

Lo localizamos merodeando por el escenario en el que apareció una de las víctimas.

Ya te lo había contado. Su obsesión con John Biblia le ha llevado a salir del país y a viajar en un momento en el que la entrada en Escocia supone quince días de cuarentena.

Y aunque hemos tratado de localizarlo, no aparece registrado en ningún hotel.

Nash escuchaba mientras luchaba por controlar el temblor de sus manos bajo la mesa.

—¿Qué es lo que me estás diciendo? ¿Ahora sospechas que Noah Scott Sherrington es...?

—Nash, tú eres psiquiatra. Sabes que en ocasiones hay profesionales que llegan a obsesionarse tanto con un caso, con hacer bien su trabajo y con la gloria que eso supone, que cometen delitos solamente para recuperar la sensación de tenerlos.

Noah Scott Sherrington quedó frustrado cuando seguramente había atrapado a uno de los asesinos más míticos de la historia de la criminalidad.

Creo que nunca lo superó. Vino a España siguiendo una pista errónea.

Y ten en cuenta que no negamos que hubiera habido un asesino activo en aquel momento en Bilbao.

Pero no era John Biblia. Y eso no es suficiente para el gran Scott Sherrington.

—Espero que tengas algo más que argumente lo que estás diciendo —dijo Nash—. Porque, según tú, se supone que Noah Scott Sherrington estaba fuera del país antes de que se cometiera el último asesinato.

—No. Estaba fuera del país cuando apareció el bolso de la última víctima.

Pero recuerda lo que te dije: hacía un par de días que no llovía y, sin embargo, el bolso tenía notables marcas de agua, agua de lluvia reciente.

A diferencia del otro, no estaba en una zona concurrida.

Lo pudieron dejar a posta allí para que apareciera más tarde.

Lo mismo con la víctima. La forense ha establecido que llevaba al menos cuatro días a la intemperie cuando la encontraron.

Pudo perfectamente haber sembrado su escenario antes de salir del país.

—Me parece algo bastante traído por los pelos.

—Pero es que hay algo más. El avión de Noah Scott Sherrington hizo escala en el aeropuerto de Derry, en Irlanda, veinticuatro horas antes de que la policía detectase que Annie Doyle estaba desaparecida.

«Confía en mí.»

—¿Y crees que él tuvo algo que ver con su desaparición?