Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 74
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El depósito de pruebas de la central de la policía en Glasgow olía como un osario.

La luz blanquecina y empobrecida parpadeaba desde el techo.

Noah alzó la cabeza y vio que la sala todavía se iluminaba con antiguos tubos fluorescentes, obsoletos y venenosos, que expandían su influjo mortecino sobre las estanterías metálicas que casi llegaban hasta el techo.

En distintos puntos de la sala algunas de las barras parecían dudar entre mantenerse encendidas o apagarse definitivamente, con aquel zumbido de cebador estropeado que siempre le había recordado a una polilla moribunda, y que lo trasladó como por ensalmo cuarenta años atrás.

Hacía frío allí. Y se percibía cierta humedad, a pesar de la media docena de deshumidificadores repartidos por el depósito.

Pero había algo más. Algo que no había podido averiguar entonces y que seguía sin poder explicarse. Un cabo suelto que llevaba cuarenta años tirando de él sin encontrar respuesta.

Había una sección entera dedicada a John Biblia.

En ella se almacenaban, además de las pruebas judiciales, la ropa que se había rescatado de las víctimas y los objetos que aparecieron alrededor de los cadáveres; todo lo recogido en Harmony Cottage: los libros, el contenido de los armarios, las pertenencias de John y las pocas cosas que su madre, sus tías y su joven esposa habían dejado atrás en su huida tras la identificación y posterior fuga de John Biblia.

Noah abrió una de las cajas. Encontró aquel bolso de Vivienne Westwood que perteneció a una de las víctimas y que John le regaló a su tía.

Ahora sabía por qué lo hizo. Natalia Elizondo se lo había explicado entonces, en Bilbao, antes de que la riada se lo llevara todo: John Biblia proyectaba en las mujeres de su familia la intención de matarlas, y por eso les regalaba objetos de sus víctimas.

Un recordatorio constante de lo que era capaz de hacer.

Un modo de someterlas sin necesidad de levantar la mano.

Abrió otra caja. Docenas de sobres en los que se había enumerado y descrito el contenido de un joyero hallado en aquel granero que John utilizaba como estudio, y en el que había ido guardando pendientes, pulseras, relojes, baratijas, la mayoría sin valor, de las que despojaba a sus víctimas antes de enterrarlas.

En otra de las cajas encontró la fotografía que recordaba haber visto cuarenta años atrás.

Una novia posando sola, sin novio, con un vestido blanco de encajes baratos.

Maggie Davidson. Miraba a la cámara con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

En las orejas llevaba unos pendientes que Noah reconoció: habían pertenecido a una de las víctimas de John Biblia.

Tuvo que abrir cuatro o cinco cajas más, etiquetadas simplemente como «ropa», antes de encontrar el vestido de novia.

No lo habían conservado bien. Alguien, seguramente con buena intención, lo había metido en una bolsa de plástico transparente.

Los encajes baratos y las perlas de fantasía se habían pegado al plástico, y, cuando Noah tiró de él para sacarlo de la bolsa, parte de los adornos quedó adherida al interior.

Le había dicho a Nash que cuarenta años atrás se había dejado un cabo suelto, y había tenido modo de despejar su duda entonces.

Su cabo suelto era aquel vestido de novia de talla tan grande.

El descubrimiento de que unos meses antes de su detención John Biblia se había casado con una muchacha de aquella población que no encajaba en absoluto con el perfil de mujeres que le atraían, que buscaba, que mataba.

Durante estos años había pensado millones de veces qué razón tendría para haber obrado así.

Un hombre que odiaba a las mujeres. Que había conseguido dominar a su entorno femenino.

Que llevaba una vida hedonista y complaciente.

Que cuando se acercaba a una mujer era para violarla y matarla.

¿Por qué se casaría con una chica que no se parecía en nada al perfil de mujer que él elegía?

¿Había diferencia entre las que le atraían y las que mataba?

Quizá. Pero aquel matrimonio seguía sin tener sentido.

Lucy Cross había sido el principio. La niña pelirroja que había desaparecido junto al lago.

La primera víctima. «En mi fin está mi principio.

» Y ahora, cuarenta años después, las mujeres que estaban muriendo volvían a ser pelirrojas.

Como si John Biblia estuviera regresando al origen.

Pero este vestido de novia, este matrimonio inexplicable, era otra pieza del puzle que no encajaba.

—¡Gibson! —gritó proyectando su voz hacia el otro extremo de la sala.

El capitán se había quedado junto al mostrador de la entrada hablando con el responsable del depósito.

—¡Voy para allá! —respondió a lo lejos.

Tardó casi un minuto en encontrarlo y, cuando lo hizo, exclamó:

—Joder, qué mal huele aquí.

Noah no le prestó atención.

—¿Qué me dices de esto?

Sostenía el vestido de novia ante él. Gibson lo miró con expresión de hastío.

—Pues no gran cosa. Lo que supimos entonces: que Maggie Davidson era una chica huérfana de la zona de los lagos.

Solo tenía un hermano, marino de profesión, autorizó la boda porque ella era menor, no tenían relación, parece que para él fue un alivio librarse de la responsabilidad. Ni siquiera estuvo en la boda.

Noah dijo, casi para sí mismo:

—Nunca he podido explicarme por qué se casó con ella.

—Yo mantengo lo mismo que entonces: como coartada. Un tipo casado es menos sospechoso. Y en cuanto a su aspecto, probablemente le daba igual. Recuerda que cuando fuimos a su casa comprobamos que ni siquiera dormía con ella. La novia compartía habitación con la madre y las tías.

Noah negó lentamente con la cabeza. No era suficiente. Un hombre como John Biblia no hacía nada sin un propósito. Y casarse con una chica menor de edad, huérfana, sin conexiones, no encajaba en ningún patrón que pudiera reconocer.

—¿Y su hermano? Creo que se llamaba David —preguntó Noah.

—En su momento conseguimos contactar con él a través de una naviera en la que trabajaba. El tipo no sabía nada de su hermana. Se hizo algún seguimiento con la policía de allí, pero no dio frutos.

—¿Y no conseguisteis contactar con algún otro familiar aquí?

—Sí, una prima lejana. Pero apenas tenían relación.

—¿Recuerdas cómo se llamaba?

Gibson resopló.

—Pues claro que no, Noah. ¿Qué cojones te crees que soy, el Trivial Pursuit?

Noah rio a pesar del cansancio.

—Seguro que puedes encontrarla.

—Seguro que sí —respondió el capitán Gibson, dirigiéndose hacia el ordenador de la entrada.

Edna Davidson vivía en Callander, a poco más de una hora de Glasgow.

Condujeron en silencio por la carretera que serpenteaba entre las colinas de los Trossachs, bordeando lagos que brillaban bajo el sol de media mañana.

Noah miraba el paisaje sin verlo, con la fotografía de la novia solitaria en el bolsillo interior de su chaqueta.

La casa de Edna era un cottage pequeño y descuidado en las afueras del pueblo.

Cuando abrió la puerta, faltaban diez minutos para el mediodía y ya se notaba que estaba borracha.

Tenía cincuenta y cuatro años más o menos, la misma edad que habría tenido su prima, pero aparentaba muchos más.

Los ojos acuosos, la piel enrojecida, el temblor en las manos.

—Pasen —dijo, haciéndose a un lado.

El interior olía a tabaco rancio y a alcohol. Edna se dejó caer en un sofá hundido y cogió un vaso que descansaba sobre la mesita. No les ofreció asiento, pero Noah y Gibson se sentaron de todos modos.

—Nos veíamos mientras íbamos a la escuela juntas —dijo Edna sin que nadie le preguntara—. Íbamos al mismo colegio, aunque en distintas clases. Maggie y su hermano eran la parte pobre de la familia. Mi madre nunca estimuló la relación entre los primos.

Bebió un trago largo.

—La pobre Maggie se esforzaba. No recuerdo si nos invitó a la ceremonia. Entonces era mi madre la que tomaba esas decisiones, la vieja bruja. Si lo hizo, no lo sé. De cualquier manera, nos mandó un recordatorio de su boda.

Noah se inclinó hacia delante.

—¿Todavía lo guarda? Quizá en el recordatorio aparezcan datos como en qué iglesia se ofició.

Edna soltó una carcajada amarga.

—Por supuesto que no lo tengo. Era una foto horrible.

Quemé todas las cosas de mi madre el día en que murió.

Saqué todo al patio y le prendí fuego. —Hizo una pausa y bebió otro trago—.

Pero la recuerdo perfectamente. Estaba muy cambiada, distinta de como la recordaba.

Había engordado muchísimo, se había cortado el pelo.

Estaba feísima. Mi madre puso la foto sobre el aparador y estuvo semanas burlándose de ella.

—¿Burlándose de ella? —preguntó Noah.

—Inspector, lo que tiene que entender es que mi madre era una hija de puta. Los que tenemos madres horribles no sabemos que lo son hasta que nosotras mismas tenemos hijos. Y mi madre era una madre horrible.

Noah pensó que ella tampoco debía de ser muy buena madre, pero no dijo nada.

Sacó la fotografía que llevaba en el bolsillo y se la mostró.

—¿Era esta?

Edna la miró con sus ojos legañosos y acuosos de borracha.

—Si no era esa, se parecía mucho.

—¿Recuerda lo que decía su madre de su prima?

La mujer rio amargamente y bebió otro trago.

—Pues cosas agradables y bonitas, en su línea. Que parecía una vaca vestida de novia. Que debería darle vergüenza haber posado para una foto con aquella pinta. Y que era una cerda que probablemente estaba preñada.

Noah volvió a mirar la foto. Recordó el tacto del enorme vestido en el depósito. Pensó en su propia hija, Noa, en el modo en que había acumulado líquidos durante el embarazo, en sus quejas constantes de que tenía que llevar ropa cuatro tallas por encima de la suya.

Edna se había levantado y había ido a trompicones hasta una estantería que se tambaleó cuando la tocó. Volvió con un cuadernillo en la mano.

—Pero la verdad es que la vieja bruja tenía razón —dijo, poniendo ante Noah un anuario escolar—. Lo he buscado cuando me han llamado antes para decirme que querían hablar de mi prima. La foto es mala porque es esa que nos hacían en el patio de la escuela cada curso, a toda la quinta junta.

Abrió el anuario y señaló con un dedo tembloroso.

—Esta soy yo —dijo, indicando a una chica que resultaba casi invisible entre el grupo—. Y esta es Maggie. Se la ve bastante bien.

Noah miró donde señalaba. Una chica delgada, no muy alta, de cabello largo y oscuro. En aquella foto sí que se parecía al perfil de las víctimas de John Biblia.

—¿Esa es Maggie?

—¿Ve a lo que me refiero? Se puso feísima.

Noah se levantó. Gibson hizo lo mismo.

La fotografía de la boda siempre había sido un misterio. Una novia posando sola, sin novio. Tenía que hablar con la persona que la había hecho.