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«Y entonces me ha dicho: “Nunca os haría daño ni a ti ni a Lucía. Aquellas mujeres... Rezo por ellas cada día, pido perdón a Dios por lo que hice. Pero te juro, mi vida, que no era yo, que era un monstruo innombrable, una abominación cargada de odio que vivía en mí y que se fue diluyendo, desapareciendo, perdiendo sentido en cuanto me alejé de aquel lugar. Apenas recuerdo lo que ocurría mientras lo hacía. Era como un animal furioso escondido en algún lugar dentro de mí, y cuando él salía, yo ya no estaba. Ocurrió algo. Una mujer..., la vi en la trasera de mi coche, creía que estaba muerta, pero no lo estaba. Y aunque lo intenté, no pude matarla”. »
Nash vio cómo su madre palidecía en la grabación.
«“¿De qué hablas?”, le he preguntado aterrada, sin entender una palabra de todo lo que estaba diciendo.
Él ha continuado: “Fue como si me hubiera partido en dos. Lo que era antes quedó atrás, y el nuevo hombre ya no sentía esa furia, ya no tenía esa hambre y esa sed. Él la atacó, él intentó matarla. Y yo me encontré con sus consecuencias, pero no la maté, Natalia, no pude. Y entonces supe que ya no era él, que había otra vida, que ya no tenía por qué ser él. Que aquella sería la última de todas aquellas mujeres”. »
Su madre rompió a llorar de nuevo. Se apartó las lágrimas del rostro con gesto brusco.
«Mientras escuchaba, iba tomando conciencia de lo que decía.
No estaba ante un guerrillero, ante un soldado criado entre el odio como tantos combatientes en el mundo.
Estaba ante otra cosa. Entonces sus palabras, todas las que había dicho antes, han cobrado un nuevo sentido: “Que tú pudieras verme como soy de verdad era parte de mi acto de contrición. Que tú entendieras lo que me había pasado, lo que me había empujado, el modo en que me utilizaron, en que abusaron de mí, en que me rompieron cuando era solo un niño”. »
Nash sintió náuseas.
«Me he sentido desfallecer, no le he mentido cuando le he dicho que estaba muy cansada, que necesitaba tumbarme, descansar.
Él tenía que salir, debía ir al registro civil a inscribir a nuestra hija, Lucía, con el nombre que él mismo ha elegido para ella, y un montón de encargos en la farmacia, en un supermercado.
En cuanto ha salido de casa, he dejado a la bebé con mi vecina y he venido aquí a grabar esto. »
Su madre miró directamente a la cámara. Sus ojos, a pesar de las lágrimas, tenían una determinación feroz.
«Señor juez, Benedict Newman no es Collin Doyle. Benedict Newman es el asesino en serie John Biblia.»
Nash dejó de respirar.
«Conocí al inspector de la policía escocesa Noah Scott Sherrington en verano de 1983, hace casi cuatro años.
Le ayudé con el proceso de la terrible enfermedad que sufría entonces, y comencé a colaborar en el caso que le había traído a Bilbao: la persecución de un asesino de mujeres conocido en Escocia como John Biblia.
Creíamos que Biblia había muerto durante la gran riada que asoló la ciudad ese verano. »
Su madre negó lentamente con la cabeza.
«Está claro que sobrevivió. Que se obsesionó con el hombre que lo había perseguido desde su pasado, y seguramente con todos los que estuvimos implicados en la investigación de su caso.
No sé cómo llegó hasta mí. Ese año cerré mi consulta en Bilbao y la abrí en San Sebastián.
No conocí a Benedict Newman hasta un año después.
Seguramente, el tiempo que tardó en localizarme. »
Su madre volvió a llorar amargamente.
«La única razón que le trajo hasta mí fue su vanidad, su narcisismo.
“Que tú pudieras verme como soy de verdad. Que tú entendieras lo que me había pasado, lo que me había empujado, el modo en que me utilizaron, en que abusaron de mí, en que me rompieron.” Mi análisis de su pulsión se había convertido en una confirmación para todo lo que él quería creer. »
Se secó las lágrimas y miró a la cámara con expresión desolada.
«No puedo creer que esté aquí ahora mismo.
Que hace solo unas horas estuviera dispuesta a admitir a mi lado a un guerrillero, a un soldado del que me sentía capaz de justificar sus acciones.
Pero me equivocaba. No puedo justificarlas todas.
Quizá hubiera podido con las de un soldado enardecido de odio, adoctrinado en la venganza.
Pero no puedo con un asesino. Con el psicópata infame que se llevó por delante la vida de tantas mujeres. »
Hizo una pausa.
«Y aun así le creo. No tendría sentido que fuera capaz de entender que un terrorista decida parar y no le dé la misma credibilidad a otra clase de asesino.
Y es que en eso tiene razón: yo lo vi, yo lo comprendí, yo entendí lo que le habían hecho, cómo lo transformaron, lo confundieron, lo volvieron un monstruo.
Me casé con este hombre y lo hice padre de mi hija. »
Nash vio cómo su madre respiraba profundamente, tomando una decisión.
«Que esté grabando esto y no contándolo en una comisaría de policía ya debería darle una dimensión de lo que voy a hacer.
Creo que ha parado. Creo que él quiso parar, y además creo que lo consiguió.
He amado a ese hombre y es el padre de mi hija.
Voy a darle una oportunidad, aunque no sea a mi lado.
Voy a sacarle de mi vida y de la de mi niña.
Voy a darle la oportunidad que no dio a sus víctimas. Voy a dejarle vivir.»
Su madre miró directamente a la cámara.
«Y voy a convertirme en su carcelera. Si alguna vez tengo noticia de un crimen que se asemeje ni remotamente a los que John Biblia cometió, o si algo llega a ocurrirme a mí o a nuestra hija, he dejado instrucciones para que encuentren esta grabación y llegue hasta el juez.»
Hizo una última pausa.
«Señoría, espero no tener que arrepentirme nunca de lo que estoy haciendo hoy.»
La pantalla quedó en negro.
Nash permaneció inmóvil durante un tiempo que no supo calcular. Las palabras de su madre resonaban en el silencio del laboratorio. Carcelera.
Lucía.
Su padre la había llamado Lucía. Un nombre con el que nunca se sintió identificada, que dejó de usar en la adolescencia y que cambió legalmente en cuanto fue mayor de edad. Siempre le había parecido curioso que su madre no se hubiera opuesto ni mínimamente.
Buscó el teléfono con dedos torpes. Abrió el mensaje de Noah. La fotografía llenó la pantalla.
Una niña de doce años la miraba desde el pasado.
Ojos claros, pelo rojo como el fuego recogido en lo alto de la cabeza con un lazo también rojo.
Sonreía a la cámara con esa inocencia de quien no sabe lo que está por venir.
Nash metió la mano en el bolsillo de su pantalón.
Sus dedos encontraron la cinta de raso. La sacó y la sostuvo ante sus ojos.
Un lazo rojo.
Miró la fotografía. Miró el lazo en su mano.
Una niña que podría haber sido ella con doce años.
Una niña que se llamaba Lucy. Como ella.