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La voz de su madre llenó el pequeño cubículo acristalado.
«A la atención del señor juez o de la policía. Hago esta grabación consciente de la gravedad de lo que voy a contar, y de mi implicación personal en esto al no denunciarlo directamente ante las autoridades por las razones que expongo a continuación.»
Nash observó la imagen en la pantalla. Su madre hizo una pausa y se llevó una mano al rostro para apartar un mechón de pelo rojo que le caía sobre los ojos. Le temblaban los dedos.
«Mi nombre es Natalia Elizondo, soy doctora en Psiquiatría, miembro de la comisión permanente de investigación de la conducta criminal de la Universidad de Deusto y tengo consulta privada en San Sebastián.
Hace aproximadamente dos años y medio comencé a tratar a un paciente que se presentó bajo el nombre de Benedict Newman.
Era un hombre joven profundamente traumatizado.
De nuestras sesiones extraje el perfil de alguien que había sufrido una infancia terrible marcada por una educación religiosa férrea y la influencia de las personas que le criaron cuando quedó huérfano.
Nunca tuve datos concretos, no conocía su historia con detalle, el paciente era reticente; pero mis deducciones me llevaron a concluir que se trataba de alguien que había pasado de una infancia muy traumática a una adolescencia más activa en la que se sintió más fuerte, y en la que alternaba periodos de euforia con depresión, coqueteando con el suicidio. »
La doctora Elizondo hizo otra pausa. Tragó saliva y continuó:
«Todo esto le llevó a una vida adulta en la que ejerció violencia.
Pero una circunstancia le alejó del foco de su educación y de su sociedad.
Su traslado a España ocasionó en él un tremendo cambio en el que se interesó por el origen de sus instintos violentos, y comenzó a replantearse una vida sin violencia.
En mi opinión, estaba ante un paciente muy evolucionado y maduro, consciente del adoctrinamiento que había sufrido, decidido a dejar esa vida atrás, pero no sin antes entenderla y curar sus traumas».
Nash vio cómo su madre cerraba los ojos un instante, como si necesitara reunir fuerzas para lo que venía.
«Fue precisamente eso, su madurez, el darme cuenta de que estaba ante un hombre que había aprendido, que había dejado atrás las balas de su primera juventud, y que ahora evolucionaba hacia un individuo que rechazaba profundamente aquella vida.
Un hombre que tomaba conciencia de la manipulación y del adoctrinamiento que había vivido, y de lo que eso puede llegar a hacer a un ser humano. »
La voz de su madre se quebró ligeramente.
«Me enamoré de mi paciente. Nos enamoramos. Entonces, lo derivé a otro profesional. Nos casamos y me quedé embarazada.»
Nash sintió una presión en el pecho. Era extraño escuchar aquello, la historia de su propia concepción narrada con la frialdad clínica de un informe y la fragilidad de una confesión.
«Cuando estaba cerca el momento del parto, el colega al que había derivado el caso se puso en contacto conmigo.
Me dijo que sospechaba que la identidad de Benedict Newman no era auténtica.
Yo ya había llegado a esa conclusión. No era tan extraño que alguien que había tenido que huir de su pasado tomase una nueva identidad para ser un hombre nuevo, para renacer.
Pero ya me había casado con Benedict Newman.
Benedict Newman era el padre de la criatura que llevaba en mis entrañas. »
Su madre se detuvo. Miró hacia un lado, como si recordara algo doloroso.
«Pero lo que me dijo mi colega se me quedó clavado. Me habló de algo más oscuro. Durante días pensé en aquello. Finalmente, unos días antes de dar a luz, aprovechando un momento en el que él no estaba en casa, registré todas sus cosas.»
Nash congeló la respiración en sus labios.
«Encontré pruebas irrefutables de algo que ya había presentido, pero ahora confirmaba.
Benedict Newman era Collin Doyle. Un terrorista.
Un soldado del IRA. Alguien responsable no solamente de haber matado, sino también de haberlo ordenado.
Collin Doyle era uno de los dirigentes más sanguinarios e idealistas del IRA. »
Su madre rompió a llorar en la pantalla. Se cubrió el rostro con las manos durante unos segundos. Cuando volvió a mirar a cámara, sus ojos estaban enrojecidos. Nash lloraba con ella.
«Sentí un ataque de pánico y una gran incapacidad para enfrentarme a él. Hace cuatro días salí de mi casa hacia el único lugar donde podía ir. Pasé dos días en Baztán, el pueblo donde nací. Dos días que dediqué a pensar, a valorar, a decidir qué iba a hacer con mi vida.»
Nash pensó en Elbete, en las ruinas del viejo caserío Elizondo.
«Amaba a aquel hombre. Llevaba a su criatura en el vientre.
Y saber lo que ahora sabía no cambiaba ese hecho.
Saber que era Collin Doyle solo confirmaba algo que había sospechado desde el principio: que aquel hombre había vivido adoctrinado en un ámbito de violencia extrema y de religión exacerbada.
Pero, si me había enamorado de él sabiendo eso, ¿qué cambiaba que ahora tuviera la confirmación?
Tenía un nombre, tenía una historia, tenía una educación, una familia y las manos manchadas de sangre.
Pero también seguía siendo el hombre que había renunciado a todo aquello, que había dejado esa vida atrás.
El amante gentil. El hombre tierno. El emergente escritor.
La persona de la que me había enamorado.
Si había podido tener piedad con mi paciente, si había admirado su decisión de ser un hombre libre de aquel terrible pasado, ¿podía dejar de dársela solo porque ahora sabía su nombre? »
Su madre hizo una pausa. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano.
«Estuve dos días alojada en una pequeña pensión, sola.
Y entonces comenzaron los dolores del parto.
Me subí a mi coche y conduje hasta San Sebastián.
Directamente a urgencias del Hospital Provincial.
Cuando en medio de los dolores de parto me preguntaron si quería que llamaran a alguien, contesté que no. »
Nash sintió que algo se rompía dentro de ella. Su madre había parido sola, y no se refería a entrar sola al paritorio, sino a saber que no tenía a nadie en el mundo.
«Pasé las siguientes doce horas sola, sintiendo cómo mi cuerpo se abría, llorando de un dolor que no era solo físico. Y cuando al fin tuve a mi hija en brazos, pedí a la enfermera que llamara a mi marido. Necesitaba volver a verle para saber qué hacer, para convencerme.»
La voz de su madre se suavizó al recordar.
«Cuando entró en la habitación, hace dos días, su rostro reflejaba tanto dolor como el mío.
Me miró con un desasosiego que no había visto nunca.
Se acercó a mí y, sin decirme nada, hundió su rostro en mi pecho y rompió a llorar.
Ninguno de los dos habló. Compartía el cuarto con otra paciente y en esos días no tuvimos ningún momento a solas. »
Nash escuchaba con el corazón encogido. Sabía que lo que venía sería peor.
«Hoy me han dado el alta del hospital. Al llegar a casa la he encontrado limpia, ordenada, la habitación de mi bebé lista. Y entonces por fin hemos podido hablar.»
Nash notó el cambio en la voz de su madre. Ya no hablaba de algo lejano. Hablaba de algo que acababa de ocurrir.
«Le he dicho: “Sé que no eres Benedict Newman. Sé quién eres. En el fondo siempre lo he sabido. Que tuviste una infancia de violencia, dolor, sangre y sometimiento. Y una adolescencia de fanatismo religioso, una educación sesgada y cimentada en la obligación y el pecado”.»
Su madre respiró hondo antes de continuar.
«Entonces él me ha contestado: “Nunca en mi vida he pasado tanto miedo como estos días. No quiero perderte. Me moriré si te vas. Me moriré de verdad porque no podré vivir, pues soy el hombre que soy por mí, pero lo soy para ti y para nuestra hija. Si me dejas, mi vida quedará sin sentido. Otra vez. Nunca te oculté mi dolor. Que tú pudieras verme como soy de verdad era parte de mi acto de contrición. Que tú entendieras lo que me había pasado, lo que me había empujado, el modo en que me utilizaron, en que abusaron de mí, en que me rompieron cuando era solo un niño. Si alguien como tú podía amarme a pesar de mi pasado, suponía que de verdad tenía una oportunidad. Que yo pueda perdonarme pasa por que me absuelvas tú”. »
Nash vio cómo su madre se llevaba una mano al pecho.
«He sabido que decía la verdad. Había comenzado siendo mi paciente.
Sabía bien que tenía un pasado tormentoso y aun así le acepté.
Y entonces le he dicho: “Te creo. Si me enamoré de ti, si me casé contigo, es porque siempre creí que habías renunciado a ese pasado, que fuiste una víctima de las circunstancias. Y lo hice bajo la premisa primera de mi trabajo, de mi oficio como psiquiatra, que pasa por reconocer que el daño mental puede llevar a alguien a actuar de un modo en que jamás lo haría de tener control sobre sí mismo”. »
Su madre hizo una pausa.
«Él me ha preguntado: “¿Dónde has estado?”. Pero yo le he contestado: “Lo que he descubierto me muestra tu verdad. Quién eres y lo que hiciste. Necesitaba alejarme para decidir si puedo vivir con eso”.»
Nash observó cómo el rostro de su madre se ensombrecía al recordar.
«Se ha quedado en silencio mirándome fijamente y después me ha dicho: “Estoy en tus manos. Haré lo que tú quieras”. Después, me ha preguntado: “¿Qué has decidido, amor mío?”. Y yo he contestado: “Estoy aquí, ¿no?”. Nos hemos fundido en un abrazo llorando los dos.»
La expresión de su madre cambió entonces. Algo se torció en su rostro, como si el recuerdo que venía fuera demasiado pesado para sostenerlo.