Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 72
83%

72

En su mente resonaban las palabras que Sarasola le había dicho unos días antes: «El Baztán ya la ha atrapado, no suelta a quienes ya han entrado a su servicio».

Siempre se había preguntado por qué su madre había pedido ser enterrada allí cuando toda su vida había vivido de espaldas al lugar donde había nacido. Ahora, sintiendo en el bolsillo las dos cajitas de plástico que contenían los microfilmes, empezaba a entenderlo.

El teléfono sonó de pronto a un volumen exagerado.

El coche entraba en el túnel de Lamiarri y la comunicación se cortó.

Aun así, tuvo tiempo de ver el nombre en la pantalla.

Noah Scott Sherrington. El viejo zorro aparecía de nuevo.

Casi sin darse cuenta, llevó su mano hasta el bolsillo de su chaqueta, y decidió que, de momento, aquel asunto seguiría siendo privado.

Cuando salió del túnel volvió a entrar la llamada.

—Noah. ¿Estás en Escocia?

—Sí.

—He tenido que enterarme por el inspector Barezzi. ¿Por qué no me lo dijiste?

Lo oyó suspirar antes de contestar.

—Nash, porque cuando vine aquí lo hice siguiendo una corazonada, como aquella que me llevó hasta Bilbao. No sé cómo explicarlo, es un ímpetu que me obliga con gran convencimiento a hacer lo que tengo que hacer, pero eso no significa que pueda razonarlo, ni que esté seguro.

—¿Lo estás ahora?

—He descubierto algo, Nash. Algo que se me pasó por alto hace cuarenta años.

Nash apretó las manos sobre el volante. El tono de Noah había cambiado.

—Como todos los asesinos en serie, John Biblia fue sofisticando su método con cada nueva víctima, pero fue bastante eficiente desde los primeros crímenes que se le adjudicaron, los de la sala Barrowland, sus tres víctimas oficiales entre 1968 y 1969.

Los testigos coincidían en describir a un hombre muy joven, y eso es lo que me llevó a sospechar que tenía que haber empezado antes.

Lo hablamos cuando valoramos la edad de Newman, ¿recuerdas?

Después de eso se detuvo y hubo un tiempo de silencio, pero yo estaba convencido de que simplemente había cambiado de estrategia.

Un tipo como ese no se esfuma ni desaparece así como así.

—Así es como desarrollaste el método para detectar posibles víctimas entre las mujeres desaparecidas de toda Escocia.

—Debían encajar en el perfil de las víctimas oficiales de John Biblia, morenas, no muy altas.

Después de aquella noche en que lo atrapé y se me escapó, la policía comprobó que las mujeres de su familia encajaban en ese perfil.

Fue tu madre la que estableció que probablemente John Biblia había sido víctima de abusos en su infancia.

Abusos que se habrían prolongado hasta que fue capaz de darle la vuelta a la situación.

Nash sintió una gran desazón. Sabía todo aquello, pero escucharlo de labios de Noah, conectado con su madre, le daba una dimensión nueva.

—Todas las víctimas de Bilbao encajaban en ese perfil, no muy altas, el cabello oscuro —continuó Noah—.

Lo que se me escapó entonces, Nash, es un dato que establecieron en sus estudios Robert Ressler y sus amigos del FBI.

Y es que a menudo los asesinos de este tipo cometen su primer crimen junto a su casa.

—¿Qué quieres decir?

—Nash, no puedo probarlo, pero creo que John Biblia mató a su primera víctima cuando solo tenía doce años. Por impulso, por el modo en que se manifiesta la psicopatía, como un afán destructor y una terrible ira.

El aire se anudó en la garganta de Nash.

—Era una niña de su misma edad, de una población cercana. Desapareció durante una tormenta y su muerte se catalogó como accidental. Su cadáver nunca apareció.

—¿Y cómo llegas a esa conclusión ahora?

—Hemos podido establecer que se conocieron. A ella le gustaba John, lo escribió en su diario. Él no mostraba interés, probablemente porque ella era bastante más madura. Hay algo más que escribió en su diario. Dos días antes de su desaparición, tuvo la primera menstruación.

Nash aspiró por la boca y tuvo la sensación de que tomaba todo el aire del interior del vehículo.

—Ya sé que puede parecer que no cambia demasiado saber cuándo comenzó —dijo Noah—.

Lo que importa es por quién comenzó. Había muchas cosas que no me cuadraban con el crimen de la princesa escocesa y las víctimas pelirrojas, con esa especie de remember por el que el asesino ha ido mezclando distintas puestas en escena, como las de Bilbao, como las de Glasgow.

Pero las víctimas no encajaban. Esa belleza escocesa, esas melenas rojas...

Nash notó cómo algo se movía en su pecho.

—Voy a mandarte la foto de Lucy Cross. Tienes que verla, Nash.

El teléfono emitió un sonido que indicaba la llegada de un mensaje. La carretera serpenteaba entre las colinas oscuras y necesitaba ambas manos en el volante.

—No puedo verla ahora, Noah, estoy conduciendo.

—La niña era pelirroja —dijo Noah—. Como las víctimas actuales. Creo que es él, y no ha cambiado. Por alguna razón está volviendo a sus inicios. Nash, creo que Benedict Newman es John Biblia.

El silencio que siguió fue tan denso que Nash podía oír su propia respiración por encima del potente motor.

—¿Nash?, ¿sigues ahí?

—Sí —dijo finalmente—. Estoy aquí.

—El conocimiento del detalle de los crímenes que muestra en Todas las noches, todas las ciudades solo puede proceder del mismísimo John Biblia, o de alguien que le conoció íntimamente. ¿Qué opinas tú?

—No lo sé, Noah. Sarasola sostiene que Benedict Newman solo es una personalidad creada para ser funcional.

Coinciden algunos elementos: el niño traumatizado, el adolescente rebelde y un anfitrión «imperdonable» que estaría encerrado por propia voluntad.

Ellos creen que se trata de Collin, y todo cuadra, Noah: vio morir a sus padres acribillados por el ejército, se crio con su hermana en un clima de odio y venganza, y llegó a ser uno de los dirigentes principales del IRA, hasta que se le pierde el rastro en Bilbao.

—Nos consta que Collin y John Biblia se conocieron —admitió Noah—.

Pero ¿por qué, si Collin consiguió crearse una vida nueva, ser respetado y admirado como un escritor famoso, pondría todo ese equilibrio ahora en peligro?

Primero contando los crímenes de John Biblia en una novela, y después ¿llevándolos a cabo? ¿Con qué fin?

Nash sopló.

—Hablé con una escritora que me contó que existen varios casos de autores que terminaron narrando en sus novelas los crímenes que habían cometido, aunque eso implicara que los atraparan.

Y Sarasola ha documentado una personalidad destructiva, una que conoce toda su verdad y lo sabotea, creo que esa personalidad fue la que nos drogó.

Y creo también que pudo ser quien informó a la prensa.

Está saboteando el sistema, pero no se detendrá ahí, está preparada para matarlo, ya lo ha intentado.

—¿Qué quieres decir? ¿Te crees lo de las personalidades?

—Lo que trato de decir es que no lo tengo tan claro como tú, Noah.

No sé si es Collin contando los crímenes de John Biblia, no sé si es John Biblia buscando su autodestrucción, o una farsa de proporciones extraordinarias.

No sé lo que se puede llegar a hacer por vender libros.

Y hay algo más. La hermana de Collin Doyle, su único familiar vivo con el que podría compararse el ADN, ha desaparecido.

Su casa ha ardido hasta los cimientos, y la policía irlandesa no sabe dónde está.

—Y crees que se ha ocultado para evitar que identifiquen a su hermano.

—No lo sé, pero sí sé a dónde se dirigía el detective Star cuando se fugó del hospital; lo interceptaron bien entrada la mañana en el interior de un túnel.

Iba, o quizá regresaba, del aeródromo en el que Newman tiene su avión privado.

El empleado dice que días antes se recibió la orden de llenar el depósito, y ahora está completamente seco.

—¿Y?

—Y nada, Noah, no tienen registro de ningún vuelo, pero con ese combustible y ese avión habría tenido autonomía y tiempo suficiente para volar hasta Irlanda y regresar en poco más de cinco horas.

Sonó la señal de una llamada entrante.

—Seguí tu consejo, Noah. Encontré las pruebas del ataque que sufrió Newman: ocurrió el 1 de agosto del año pasado, el mismo día que el de mi madre.

Creo que lo que lo causó fue lo mismo: vio en la prensa esa foto que mi madre te mandó.

Los dos reconocieron lo que estaban viendo, pero ¿por qué la visión de esa imagen aterraría a Newman si él era el autor?

—Nash...

—Ahora no puedo explicarte más, Noah. Tengo que hacer algo. Te llamaré mañana.

Colgó antes de que él pudiera responder.

Apenas había pasado un segundo cuando la voz de Kalo llenó el habitáculo.

—¿Estás cerca?

—A cinco minutos.

—Date prisa. He trasladado el lector de microfilmes a mi laboratorio. Pesa un huevo, he tenido que traerlo en un carrito de la biblioteca. El vigilante acaba de empezar la ronda en el otro edificio, pero no tardará más de veinte minutos en volver.

—Voy.

—No aparques en el parking principal. Ven por detrás, tienes que entrar por la ventana.

Nash pisó el acelerador.

El edificio de la Facultad de Medicina se alzaba en la oscuridad como un gigante dormido. Nash rodeó el parking principal y condujo hasta la parte trasera. Aparcó el Mustang tras los contenedores de basura. Apagó el motor y salió del coche.

La ventana del primer piso estaba abierta. La silueta de Kalo se recortaba contra la luz del interior.

—Date prisa —susurró.

Había una pequeña cornisa inclinada a unos sesenta centímetros del suelo, en la pared. Nash trepó sin pensarlo, sintiendo que el mortero rugoso arañaba sus manos. Kalo la ayudó a entrar.

El laboratorio olía a una mezcla de desinfectante y café. Las encimeras estaban cubiertas de probetas y microscopios, y en una esquina zumbaba una nevera industrial. Nash miró alrededor buscando la máquina lectora.

—La he llevado a la cabina acristalada, ¿recuerdas dónde procesamos el hueso de tu momia? No te preocupes, está higienizada, hace semanas que no tocamos huesos. Y ahí estarás tranquila y segura, el vigilante suele detenerse en mi puerta, pero no entra.

Nash se sintió trasladada a unos meses antes, cuando la doctora Kalo la había ayudado a procesar la primera muestra de hueso hallada en la sima de Legarrea.

La estancia era pequeña, pero suficiente para contener el triturador de huesos, las limas y los esmeriles bajo su campana de vacío, un contenedor de nitrógeno y un microscopio electrónico.

Pero lo que captó la atención de Nash fue el aparato que descansaba sobre un carrito de madera en el centro de la sala: una máquina de visionado de microfilmes, antigua pero funcional, con una pantalla de cristal esmerilado y un carrete vacío esperando.

—Ni siquiera sabía que la universidad tuviera uno de estos cacharros, y resulta que hay tres. Me he decidido por este porque es el más moderno, está dotado de sonido —dijo Kalo—. Y parece que funciona. Ya lo he enchufado.

Nash sacó los microfilmes del bolsillo de su chaqueta. Dos pequeños estuches de plástico. Suspiró intentando aliviar la carga emocional que la abrumaba.

—Te dejo sola —dijo Kalo—. No sé cuánto tiempo te llevará, pero aquí no viene nadie hasta las seis, cuando cambia el turno del vigilante. Cuando termines mándame un mensaje al móvil, le entretendré invitándole a un café en la máquina de la sala de profesores para que puedas salir sin problema.

—Gracias.

Kalo le puso una mano en el hombro.

—Buena suerte. Te quiero, reina. Ni te imaginas cuánto.

—Y yo a ti.

Después salió y cerró la puerta tras ella.

Nash se quedó sola en el laboratorio. El silencio era casi total, roto únicamente por zumbidos que no pudo identificar y el latido de su propio corazón.

Se sentó frente a la máquina. Abrió el primer estuche y extrajo el rollo con dedos temblorosos. Lo colocó en el carrete, ajustó la lente y encendió la luz.

La pantalla cobró vida.

Y allí estaba su madre.

Joven. Mucho más joven de lo que Nash la había visto jamás.

Demacrada. Llevaba el pelo rojo suelto, notablemente más largo de lo que nunca se lo había visto, partido en dos guedejas que le bajaban por los lados del rostro, acentuando su palidez.

Parecía agotada, con ojeras profundas y petequias rojas, que casi parecían pecas.

En la muñeca llevaba una pulsera de plástico del hospital y un vestido hippy de corte suelto y estampado paisley, rematado a la altura de las clavículas con dos cintas de cuero trenzado.

Sus ojos, arrasados por las lágrimas, miraban directamente a la cámara.

Nash sintió el impulso de tocar la imagen, levantó su mano hacia ella.

Y entonces su madre comenzó a hablar.