Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 71
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Debían esperar a que anocheciera.

Beth sirvió el cordero al chilindrón y comieron en silencio, con la quietud que precede a las cosas importantes. Susana abrió una botella de vino tinto y llenó las copas sin preguntar. Eva puso música, algo suave, instrumental, que flotaba sobre la conversación que evitaban como una oración.

Charlaron de cosas banales, de la reapertura del curso al que Beth debía regresar, de la cantidad de gente que había muerto durante la pandemia, de los que seguían cayendo en un goteo ahora más lento, pero igual de cruel.

Perdieron la cuenta de los cafés, de las bromas, de las risas intercaladas con miradas torvas, cargadas del peso de lo que iban a hacer.

Cuando la luz del día comenzó a desvanecerse tras los montes, Susana se levantó de la mesa.

—Voy a por las herramientas.

Nash la siguió con la mirada mientras desaparecía hacia la zona del antiguo tanatorio. Beth recogió las tazas y las puso en la fregadera.

Caminaron las cuatro juntas por el sendero que bordeaba el caserío, evitando salir a la carretera hasta que pasaron la gasolinera.

Susana llevaba una bolsa de lona con las herramientas.

Eva, dos linternas. Beth, una manta que había insistido en traer «por si acaso».

Nash no llevaba nada, solo la preocupación por lo que se avecinaba.

El cementerio de Elbete aparecía entre los árboles como una promesa oscura en contraste con la única farola de luz anaranjada que no llegaba a tocar la puerta.

Apenas ciento veinte metros cuadrados de camposanto rodeados por un muro bajo de piedra.

Nash empujó la cancela y el chirrido metálico rasgó el silencio.

Se detuvo un instante para que sus ojos se acostumbraran a la penumbra.

A su derecha distinguió el panteón Murrieta, soberbio tras su herrumbrosa baranda, y hasta creyó percibir la rosada presencia de las flores de pitiminí.

La certeza de que iba a volver a ver el ataúd de su madre le trajo aquella idea absurda que había tenido al verlo en la catedral del Buen Pastor: le parecía imposible que una caja pudiera contener la magnitud de todo lo que era su madre.

Los abultamientos de tierra de los topos salpicaban el suelo como si alguien estuviera intentando salir del fondo de la tierra.

Nash aseguraba los pasos sobre el terreno blando y húmedo como si con cada avance decidido consiguiera infundirse el valor que comenzaba a perder.

Beth pareció notarlo y se puso a su lado, la sujetó por el codo y la guio hasta la tumba de la familia Elizondo.

Las lajas de distintos tamaños cubrían la fosa con esa sensación de abandono que ya conocía.

En la lápida de cabecera apenas se distinguían los nombres grabados.

Pronto el marmolista vendría a sustituirla.

Pero esa noche, Nash necesitaba ver lo que había debajo.

Aun así la angustia escapó de su boca en forma de suspiro.

—Nash, si no estás segura, podemos volver a casa.

Intentó sonreír aliviada por la percepción de aquellas mujeres, dispuestas a acompañarla pero entendiendo su dilema y la carga que suponía para ella abrir la tumba de su madre. Respiró hasta el fondo el aire terroso del cementerio.

—«Hacer lo que hay que hacer.»

Susana dejó la bolsa en el suelo y sacó una palanca de hierro; con este gesto tomó el mando, como un general.

—Habrá que mover primero las lajas pequeñas de los bordes — dijo con voz profesional, explicando un procedimiento rutinario—. Después podremos levantar la grande del centro.

Eva encendió las linternas y las colocó en el suelo formando un perímetro de luz alrededor de la tumba. Beth extendió la manta sobre la hierba húmeda, un gesto doméstico que resultaba casi absurdo en aquel contexto.

Nash se arrodilló junto a Susana.

—Déjame ayudar.

—Tú sujeta la linterna. Esto es trabajo nuestro.

No había reproche en su voz, solo la autoridad tranquila de quien sabe lo que hace. Susana introdujo la palanca bajo el borde de la primera laja y empujó. La piedra se resistió un instante antes de ceder con un gruñido sordo. Eva se acercó para ayudarla a apartarla.

Trabajaron en silencio durante casi media hora.

Una a una, las lajas fueron revelando el hueco oscuro que se abría debajo.

Cuando finalmente retiraron la losa central deslizándola sobre una barra de hierro, Nash sintió que el corazón le latía en la garganta mientras el sonido de metal y piedra rasgaba la noche.

Eva enfocó la linterna hacia el interior.

La tumba era como un sarcófago de cemento construido en el suelo, más profunda de lo que Nash había imaginado; recordó entonces que el día del entierro no había querido mirar dentro.

Un sistema de andamiaje metálico sostenía los ataúdes en distintos niveles.

El de su madre, el más reciente, descansaba en la parte superior.

La madera aún brillaba un poco bajo la luz de la linterna.

Verlo de nuevo le produjo una extraña sensación: de algún modo había esperado que no estuviera allí, como si el entierro de su madre se hubiera producido en una fosa insondable o en un agujero de gusano, un lugar invisible e incierto.

Le rompió el corazón. Y supo con absoluta certeza por qué los panteones no son de cristal, por qué no hay una ventana para ver el interior. Eva susurró a su lado:

—No están aquí, Nash. Hace mucho que se fueron.

Nash asintió intentando interiorizar las palabras y haciendo un esfuerzo desvió la mirada del escaso brillo de la tapa del ataúd, que ya empezaba a desaparecer bajo una capa de polvo.

Debajo se adivinaban otros féretros, algunos en muy mal estado, y los tableros mates, como los restos de un naufragio, carcomidos por el tiempo y la humedad.

—Creo que eso puede ser lo que buscamos —dijo Susana cuando el haz de la linterna iluminó un pequeño objeto metálico. En un rincón, apoyado contra la pared de cemento, un cilindro de acero inoxidable mantenía su brillo intacto entre una cortina de oscuras telarañas.

—Ahí está —susurró.

Susana se asomó al borde y evaluó la profundidad con ojo experto.

—Algo más que la altura de una persona. Tendré que bajar.

—Puedo hacerlo yo —dijo Nash.

—No. —Susana ya estaba sentándose en el borde, tanteando con los pies el primer travesaño del andamiaje—. Me vas a deber un favor gordísimo por esto, pero no voy a consentir que bajes ahí.

Descendió con la agilidad de quien ha pasado toda su vida moviéndose entre los muertos. Nash la observaba desde arriba conteniendo la respiración. Susana llegó al fondo, se agachó, retiró las telarañas y sus dedos se cerraron alrededor del termo.

—Lo tengo.

Se lo tendió a Nash, que lo recibió con manos temblorosas. El metal estaba frío y pesaba más de lo que esperaba. Susana trepó de vuelta por el andamiaje y Eva la ayudó a salir.

—Vamos a cerrar esto —dijo Susana sacudiéndose el polvo de los pantalones.

Entre las tres volvieron a colocar las lajas en su sitio. Cuando la última piedra encajó en su lugar, Nash miró la tumba. Nada había cambiado en apariencia. Pero todo era diferente.

Regresaron a casa caminando por el mismo sendero que las había llevado hasta el camposanto.

Cuando llegaron, Susana abrió el portón de la antigua funeraria.

Las cuatro entraron por allí y se lavaron las manos en el pilón metálico que durante tantos años estuvo destinado a quitarse de las uñas los restos lúgubres de los entierros.

Susana roció el cilindro metálico con un espray desinfectante y, con cuidado, apartó las telarañas.

Después se lo tendió de nuevo a Nash. Como si lo hubieran pactado de antemano se dirigieron a la cocina.

Nash dejó el cilindro sobre la mesa y retrocedió un paso mientras lo observaba.

—Ábrelo —dijo Beth.

Nash giró la tapa. No cedió. Volvió a intentarlo, apretando con más fuerza, pero el cierre se había soldado por décadas de inmovilidad.

—Déjame a mí.

Susana tomó el termo y lo sujetó con firmeza. Sus manos, acostumbradas a trabajos más duros, giraron la tapa con un movimiento seco. Sonó un chasquido metálico y el cierre cedió.

Se lo devolvió a Nash.

—Es tuyo.

Nash volcó el contenido sobre su mano. Durante una décima de segundo pareció sentir las cenizas pálidas de aquel pequeño cadáver que su madre había inventado. No cayeron cenizas, sino dos pequeños estuches de plástico transparente que contenían rollos de película diminutos.

—¿Qué es eso? —preguntó Eva.

Nash los sostuvo ante sus ojos.

—Microfilmes. Mi madre formó parte de una comisión permanente de investigación. Es habitual en los documentalistas grabar en microfilmes. Durante años tuvo una máquina para grabarlos en casa. Después desapareció, pero sé dónde hay una para visionarlos.

El silencio invadió la cocina. Las cuatro miraban los pequeños rollos de película como si fueran reliquias de otro tiempo. En cierto modo, lo eran.

—¿Y ahora qué? —preguntó Eva.

Nash no contestó. Fue Beth quien lo hizo, con esa claridad suya que a veces resultaba casi brutal.

—Nash no dormirá hoy en casa. Tiene trabajo.