Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 70 #2
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Cuando Sarasola terminó, Nash permaneció callada unos segundos.

—Entonces el Imperdonable es el anfitrión —dijo.

—Eso creo. Un anfitrión sepultado bajo un sistema de personalidades cuya única función es contenerlo.

Pero sin ninguna duda lo más importante es lo último que dijo Kevin, y es que él lo sabe.

El anfitrión sabe que debe permanecer enterrado en lo más hondo de la mente; es casi como si fuera un confinamiento voluntario, porque él mismo ha creado todas las demás personalidades para expiar su mal, para que sean sus carceleros.

Ese niño vio morir a sus padres, tuvo su sangre en las manos; aún sigue viéndola bajo sus uñas.

—Sería la explicación para las heridas de las manos.

—Se las causa cuando es el niño. Sufrió tanto, y durante tantos años, que hubo un momento en su adolescencia en que no pudo más e intentó acabar con su propia vida.

Nash pensó en Kevin, chulo y bravucón. Llevándose las manos al cuello, arrancándose la corbata del detective Star como si de una soga se tratara.

—Y la Santa enloquecida y febril que representa las creencias protestantes exacerbadas y delirantes contra los católicos.

Y como respuesta, como parte de una educación sesgada cimentada en la venganza, algo despertó en su interior, un modo de dirigir ese horror hacia la violencia.

Collin Doyle abrazó ese modo de vida como la única posible.

Durante un tiempo se abandonó a la violencia, a la siembra del horror, pero algo ocurrió, algo que le hizo cambiar, probablemente salir del ámbito de influencia de la organización, pero no solo eso; de algún modo descubrió que otra vida era posible, algo le hizo tomar conciencia de lo que estaba haciendo y darse cuenta de que aquello era simplemente...

—Imperdonable —dijo Nash.

—Doctora, cuadra totalmente con la tesis que Benedict Newman expuso en su ensayo Los que paran .

Ese libro es una especie de constitución de estatutos para el resto de su vida.

Expone cómo un hombre toma conciencia del mal que ha hecho, del dolor que ha causado, pero también de las causas que lo originaron, del origen del dolor insoportable.

Lo que Benedict Newman escribió en ese ensayo es un absoluto acto de contrición, el firme propósito de nunca más pecar.

Pero no es una decisión huera basada en el deseo; está cimentada en el aprendizaje, en la comprensión de la naturaleza del mal.

Sarasola hizo una pausa y, con el tono medido de quien va a dictar sentencia profesional, continuó:

—Mi equipo y yo creemos que el caso Newman sentará un precedente en la historia de la psiquiatría moderna por el modo fascinante en el que habla del control de los más bajos impulsos.

—¿Y cómo explica eso que la policía le considere sospechoso de esos terribles crímenes? ¿Cómo explica eso que haya detallado en su última novela unos asesinatos de los que solo él parece tener los detalles?

—No lo sé, doctora, pero voy a decirle algo que me enseñó Amaia Salazar hace mucho tiempo: «Tendrás todas las respuestas cuando sepas formular todas las preguntas».

Nash se cubrió el rostro con la otra mano mientras negaba.

—Gracias, padre. Le llamaré pronto. —Colgó y permaneció otro par de minutos sin moverse—. Quizá no hay que hacer las preguntas si sabes dónde están las respuestas —le dijo al camposanto desierto.

Cuando llegó al caserío Mitxelena, las tres estaban en la cocina. Susana removía algo en una cazuela mientras Eva ponía la mesa. Beth cortaba pan con movimientos precisos. La escena era tan doméstica, tan cálida que Nash sintió una punzada de culpa por lo que estaba a punto de pedirles.

—Siéntate —dijo Susana sin volverse—. Tienes cara de necesitar un vino.

—Necesito algo más que vino.

Las tres la miraron. Nash se sentó a la mesa y comenzó a hablar.

Les contó lo del marmolista. La historia que él le había revelado: su madre llegando al cementerio destrozada, con la pulsera de hospital, diciendo que había tenido un aborto, pidiendo que abriera la tumba para meter un termo con los supuestos restos.

Pero, ahora, él se había negado a abrirla de nuevo.

Después les contó lo que Sarasola acababa de decirle.

El niño de cinco años que veía sangre en sus manos constantemente, que se frotaba los dedos hasta hacerse heridas intentando quitársela.

Kevin explicando que todas las personalidades existían con un único propósito: mantener encerrado al Imperdonable.

Que este era consciente de quién era y de lo que haría si salía.

Que no había un solo carcelero, sino un sistema entero dedicado a contenerlo.

—Creo que mi padre es el anfitrión original —dijo Nash—.

Pero un anfitrión enterrado bajo capas y capas de otras identidades creadas para mantenerlo a raya.

Y creo que mi madre lo descubrió. Descubrió quién era realmente y lo que había hecho.

Por eso huyó. Por eso me tuvo sola. Por eso creó un sistema de seguridad para protegerse.

—¿Y piensas que ese sistema de seguridad está en la tumba? —preguntó Eva.

—Estoy segura. Mi madre le dijo a Enri que había llevado las pruebas a su familia. Yo pensé en mis tíos de Pamplona, pero ellos no eran su verdadera familia. Su verdadera familia está enterrada aquí.

Susana dejó la cuchara de madera sobre la encimera y se volvió hacia Nash.

—Dime una cosa, ¿Amaia sabe que estás aquí?

Nash negó con la cabeza.

—Quizá es mejor que no lo sepa, porque estoy aquí para cometer un delito. —Hizo una pausa—. Diría que la confirmación ha llegado después de hablar con el marmolista, pero en el fondo lo he sabido desde el instante en que salí de la casa de mi madre y decidí que tenía que venir a Elbete.

Las Mitxelena intercambiaron una mirada. Esa clase de mirada que solo comparten las mujeres que llevan toda la vida entendiéndose sin palabras.

—Necesito vuestra ayuda —dijo Nash—. Voy a abrir la tumba de mi madre.