Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 70
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Nash despertó en Elbete, en casa de las Mitxelena.

Amy dormía tumbada a su lado y sintió el ronroneo plácido transmitiéndose desde el cuerpecillo de la gata hasta sus huesos.

Miró alrededor mientras se desperezaba. La blancura del edredón se extendía hacia los muebles y las paredes, con un efecto de noche islandesa, onírico y relajante.

Ya estaba bien avanzado el mes de junio, pero en el interior del caserío la temperatura seguía siendo fresca, lo que permitía taparse durante la noche y conseguir esa placidez templada que Nash había descubierto en los últimos tres meses y que se había convertido para ella en el mejor sustituto de un somnífero.

El teléfono vibró sobre la mesilla de madera hueca produciendo un sonido de sierra caladora, o de insecto moribundo.

Sonrió en cuanto vio el nombre en la pantalla y pensó que tenía que editar el contacto, que había guardado como «Robert, mayordomo de Benedict Newman».

Todavía estaba pensando en cómo tendría que reescribirlo cuando oyó su voz.

—Te echo de menos.

La sonrisa se dibujó plena, pero abortó las palabras que pugnaban por salir: «Y yo a ti». En lugar de eso, dijo:

—Iba a llamarte en cuanto hubiera tomado un café. Acabo de despertarme.

Él contestó:

—¿Dónde estás?

Y en su tono hubo eso que hace que esa pregunta no tenga nada que ver con la ubicación.

—En Elbete. Llegué muy tarde, de madrugada. He pasado la noche aquí.

—¿Qué haces allí?

Y de nuevo la pregunta estuvo llena de ecos y sonó diferente, como si le faltasen frases que la completaran: «¿Por qué no estás aquí?».

Nash hizo un esfuerzo mental para salir de aquella resaca de olas de urgencia y de deseo. Acompañó la decisión con la postura y se irguió en la cama ahuecando las almohadas tras su nuca, lo que espantó a Amy, que la miró ofendida mientras cambiaba de postura.

La imagen del fardo de lona azul. El cuerpo envuelto como un regalo obsceno.

—Tengo algunas cosas que hacer. No te preocupes, son asuntos personales, cosas pendientes. Aún no sé ni cómo debo ordenarlas en mi cabeza antes de poder siquiera nombrarlas, como en ese poema que ahora no recuerdo ni de quién es, pero tengo muchas tareas en mi lista.

—¿También comerás naranjas?

—Oh —respondió fascinada por la caprichosa coincidencia—. Sí, la compartí con Robert y con Amy, ellos se comieron un cuarto y yo la mitad. Robert, es increíble, mi gata se llama Amy, está aquí conmigo a mi lado ahora mismo.

—Espero que el resto del día te resulte tan fácil como el de Wendy Cope.

Nash susurró el final del poema:

—«Te quiero. Me alegra existir».

Lo oyó reír, y pensó que era la primera vez. Y a pesar de oírlo, le costó imaginarlo riendo, porque tenía, ahora se daba cuenta, prendida alguna clase de tristeza.

—Son asuntos que mi madre dejó sin resolver, pero volveré pronto.

Estuvo mirando la pantalla apagada durante al menos un minuto después de colgar, consciente de que, aunque se sentía en casa, lo que experimentaba al dejar de oír su voz era añoranza.

Cuando bajó a la cocina, Beth era la única que estaba allí. Se movía entre los fogones con la gracia de una bailarina, su melena naranja recogida en un moño alto. Sobre la cocina de leña humeaban varias cazuelas.

—Buenos días, dormilona —dijo sin volverse—. Estoy preparando cordero al chilindrón. Al estilo de Baztán. En tu honor.

Nash sonrió y se sirvió café de la cafetera que siempre estaba caliente.

—¿Dónde están las demás?

—Mi madre ha ido a hacer unos recados y Eva está en el tanatorio, preparando un servicio para esta tarde. —Beth se volvió y la miró con aquella intensidad suya—. ¿Has dormido bien?

—No había vuelto a dormir tan bien desde que salí de esta casa.

—Se nota. Tienes mejor cara.

Nash bebió un sorbo de café y lo abandonó sobre la mesa.

—Voy a ir hasta el cementerio; he quedado con el marmolista.

El camposanto había mejorado desde su última visita.

Alguien había cortado la hierba y, en contraste, los montones de tierra que levantaban los topos se veían más prominentes, como el trazado de un sistema sanguíneo hecho con tierra del Baztán.

Nash llegó antes que el marmolista y se quedó de pie frente a la tumba de su familia, mirando las lajas agrietadas que pronto serían sustituidas.

Oyó el motor de la furgoneta antes de verla. Ángel Otaño atravesó la reja del cementerio, con cuidado de dejarla cerrada a su espalda, y caminó hacia ella con ese paso lento y medido de los hombres del Baztán. Vestía la misma ropa de mahón de la vez anterior.

—Señora Elizondo.

—Gracias por venir.

El marmolista se quedó de pie junto a ella, mirando también la tumba. Nash dejó que el silencio se asentara antes de hablar, pero él lo hizo primero.

—Aún tardaré unos días en grabarlas, pero espero que no haya cambiado de opinión; las piedras ya están cortadas.

—No, ya le dije que no cambiaría de opinión, le ofrecí el dinero por adelantado, ¿lo recuerda?

El hombre movió la cabeza con cierto aire de ofensa y murmuró:

—Eso no es necesario.

—Le he pedido que venga porque hay algo que quiero preguntarle. Cuando nos vimos, me llamó la atención que después de tantos años recordara con tanta claridad a mi madre...

Él no contestó, pero Nash vio cómo sus hombros se tensaban casi imperceptiblemente.

—Usted me dijo algo que no he podido quitarme de la cabeza. Dijo que en ocasiones, cuando alguien ha sufrido una pérdida reciente, está un poco aturullado. Que mi madre encargó el trabajo y después no volvió.

—Eso dije.

—Pero mi madre no había sufrido ninguna pérdida reciente. Sus padres y sus hermanos llevaban muertos muchos años cuando ella vino a verle.

El marmolista se quitó la gorra y se pasó una mano por el pelo canoso. Miró hacia las montañas que rodeaban el valle antes de hablar.

—Era una de las primeras veces que iba yo solo a tomar un encargo. Mi padre se había quedado en el taller. Al llegar al cementerio, la vi aquí, junto a la tumba de su familia. —Hizo una pausa—. Estaba de rodillas.

Nash esperó.

—Tenía los ojos enrojecidos. Se notaba que había llorado mucho. Estaba pálida, y en la muñeca llevaba una pulsera de hospital.

—¿Una pulsera de hospital?

—De esas de plástico. Como las que te ponen cuando ingresas.

Nash sintió que algo se movía en su pecho, algo que no sabía si era dolor o inquietud.

—¿Qué le dijo?

El marmolista tardó en contestar.

—Me dijo que había tenido un aborto y se echó a llorar.

Todavía tenía el vientre bastante abultado; hasta llevaba uno de esos vestidos anchos de las mujeres embarazadas.

Me dijo que legalmente no podía enterrarlo aquí, pero que por favor la ayudase.

Llevaba una urna pequeña, de esas que se usan para las cenizas, como un termo.

—La miró directamente por primera vez—. Me pidió que abriera el panteón.

—Usted la creyó.

—Si la hubiera visto llorar..., he visto llorar a mi madre así. También tuvo abortos. Las criaturas abortivas de menos de ciento ochenta días no se consideran cuerpos, ¿sabe? Son desechos de quirófano. En aquellos tiempos puede que aún fuera peor.

—¿Y usted lo hizo?

—Abrí la losa. Hice un nudo corredizo en una soga y ella misma metió el termo. Después volví a cerrar.

Nash miró la tumba con ojos nuevos. Bajo aquellas lajas agrietadas, junto a los restos de sus abuelos y sus tíos, estaba algo que su madre había sepultado hacía más de treinta años. En la cabecera, los nombres escritos en arenisca de los padres y hermanos de su madre, formando un párrafo desleído.

—No hay ninguna inscripción, ni siquiera una fecha.

—Es lo normal en caso de criaturas abortivas; en ocasiones los padres piden que grabe una cruz pequeñita...

—Necesito que vuelva a abrirla.

El marmolista negó con la cabeza antes de que ella terminara la frase.

—No puedo hacer eso.

—Lo hizo para mi madre.

—Era una situación especial. Ella estaba sufriendo mucho, pero los tiempos han cambiado. Necesita un permiso municipal. Y yo no soy enterrador, soy marmolista.

—Señor Otaño...

—Lo siento, señora. De verdad que lo siento. Pero no puedo ayudarla.

Se puso la gorra de nuevo y caminó hacia su furgoneta sin mirar atrás. Nash lo observó marcharse, el motor arrancando, el vehículo desapareciendo por el camino de tierra.

Permaneció un par de minutos más mirando las losas rajadas y la tumba de su familia.

—Todavía llevabas la pulsera del hospital —susurró a las piedras.

«Confía en mí», oyó en su mente la voz esforzada y anhelante de su madre en su lecho de muerte.

Pasó frente a la tumba de Andrea Dancur y se detuvo un par de segundos para apreciar las pequeñas rosas de pitiminí, que formaban una coronita, como la que las niñas llevan en su comunión, y que alguien había dejado sobre la losa.

Estaba llegando a la reja del cementerio cuando sonó el teléfono. Al ver el nombre en la pantalla, retrocedió hasta sentarse en las gradas de piedra templada por el sol, que junto al muro ascendían hasta superarlo, como una infinita e invisible escalera de Jacob.

—Doctor Sarasola.

—Doctora Elizondo, la llamé anoche, pero fue imposible hablar con usted. Lo que tengo que contarle es de máxima importancia. Hemos hecho grandes avances en la catalogación del sistema; sabemos quién es el anfitrión.

Escuchó durante casi veinte minutos en un silencio que solo interrumpió para hacer breves preguntas mientras el psiquiatra le resumía las conclusiones de la sesión.

El detective Star interviniendo. El niño de cinco años.

La cera roja derretida en su mano. El modo en que había comenzado a frotarse los dedos contra la pared hasta sangrar.

Las vendas. Kevin explicando que el niño siempre tenía sangre en las manos, que por más que se las lavaba nunca conseguía quitársela de debajo de las uñas.

Y la revelación final: el Imperdonable no estaba encerrado solo por lo que había hecho, sino por lo que volvería a hacer si lo dejaban salir.

Él lo sabía. Todos ellos, el niño, Newman, la Santa, Kevin, el detective Star, solo existían para mantenerlo cautivo.