Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 69
80%

69

La narrativa interna no es introspección narcisista. Es el mapa sin el cual no existe orientación posible. Y un hombre sin mapa no sabe a dónde va, pero tampoco sabe de dónde huye.

B ENEDICT N EWMAN , en Los que paran

Les llevó un rato conseguir que el crío se calmara antes de volver a sentarlo en la silla. Después, simplemente enmudeció. Esperé prudente hasta que el padre Tadeo terminó de hacerle las curas, vendándole las manos de nuevo como en los días anteriores. Entonces intervine.

—Padre, me va a perdonar, pero creo que esto se nos ha ido de las manos. Y nunca mejor dicho.

Sarasola me miró con interés.

—He estado escuchando como me han pedido, pero ese Kevin...

Creo que se están equivocando con él. Ese chaval es un suicida de libro, y no se le puede hablar así, por muy duro que él se crea.

Ya sé que usted es psiquiatra, pero se equivoca al pedirle tantos permisos.

Con esa clase de chico, eso no funciona.

Sarasola me miraba con interés creciente.

—¿Ah, no? ¿Qué sugiere? Parece que usted lo tiene claro.

—No hay más que verlo. Las palabrotas, el tipo de lenguaje que emplea e incluso su postura corporal.

¿Se ha dado cuenta del modo en que abre las piernas, como si exhibiera sus genitales?

Su postura habla de respeto a lo masculino.

Levanta los hombros como un gallo hinchado; quiere aparentar ser mayor de lo que es.

Ese crío solo le tiene respeto a la hombría, y perdóneme, pero, con un psiquiatra que además es sacerdote, no lo va a tener.

Y si ha estado atento, habrá notado que siente admiración por mí.

No es raro: encarno una figura masculina, el tipo de referente para un adolescente.

—Ilústreme —contestó Sarasola algo suspicaz.

—Sé que es usted el que tiene que hablar con él, pero ¿qué le parecería si yo le indico las preguntas? Dígale que las respuestas son para mí, para el caso que estoy investigando.

—A ver si me queda claro. Lo que usted pretende es pasarme una lista de preguntas y que yo las lea de su parte.

—Prístino, páter.

—De acuerdo. Escríbalas. Las revisaré.

Me llevó cosa de diez minutos garabatear las preguntas, aunque le advertí al páter de que lo mejor sería pasárselas según sus respuestas. Después volví a mi lugar.

Para mi sorpresa, Kevin no estaba tan cabreado como cabía esperar, aunque chasqueó la lengua al escuchar cómo Sarasola le pedía disculpas.

—Kevin, lamento mucho lo que ha pasado con el niño. Te doy mi palabra de que se descontroló de pronto. No le hicimos llorar, fue algo relacionado con la pintura. Quizá puedas explicármelo.

—Usted no tiene la culpa. Lo hace siempre. En cuanto se acuerda.

—¿En cuanto se acuerda de qué?

—De que tiene sangre en las manos. Que, por más que se las lave, siempre tiene sangre en las manos. Bajo las uñas. Intenta sacarla de ahí y lo único que consigue es hacerse daño.

Alcé las cejas tratando de llamar la atención de Sarasola. Estábamos perdiendo el tiempo con el pequeño: aquel crío era demasiado joven y estaba demasiado traumatizado. Había que centrarse en Kevin.

—Escucha, Kevin —continuó Sarasola—, el detective Star está llevando un caso bastante complicado y cree que podrías serle de ayuda.

El chaval se irguió perceptiblemente, armando los hombros en aquel gesto de niñato con ínfulas.

—¿Yo?

Noté que le encantaba. Se arregló la ropa y hasta se pasó una mano por el cabello para colocarse el flequillo.

—Sí. Me ha dado una lista de preguntas que debo hacerte.

—Dispare, padre.

Sarasola leyó la primera y pareció sentir la necesidad de aclarar:

—Que conste que es el detective Star el que dice: «Escucha, chaval.

Sé lo que es estar en el fondo del pozo, con la soga al cuello y sin un puto lugar al que agarrarse.

Pero los hombres de verdad se levantan, se sacuden el polvo y siguen adelante, sin importar las cicatrices. ¿Entiendes lo que te digo?».

Kevin asintió con parsimonia.

—Sí... Sé lo que dice, señor Star. Al menos su trabajo. Quizá algún día me gustaría hacer algo así.

Escribí mi respuesta en la libreta que tenía delante y la deslicé hacia el padre Tadeo. Sarasola la leyó:

—«¿Quieres ser detective, eh? Pues deja de actuar como un crío malcriado. La primera lección de este oficio es aprender a controlar tu propio genio. Si no eres capaz de dominarte a ti mismo, ¿cómo pretendes desentrañar los misterios de los demás? Piénsalo».

Y pareció genuinamente que el chaval se lo pensaba. Después asintió sin decir nada.

Me llevó unos minutos escribir la nota que le pasé a Tadeo.

—«Necesito tu colaboración, chaval. Si quieres demostrarme que eres un hombre de verdad y no un crío engreído, tendrás que ayudarme a resolver este caso.

Sé lo que estás haciendo, y lo respeto. Pero si quieres ser mi ayudante, tendrás que aprender a confiar en mí.

Los secretos solo hacen que las cosas sean más difíciles, y al final nadie sale ganando.

Así que si sabes algo que pueda ayudarme a resolver este caso, será mejor que me lo cuentes. ¿De acuerdo?»

Kevin contestó con voz firme:

—Soy un hombre. Estoy preparado.

Al decirlo le salió un gallo. Tuve que contener la risa.

Escribí la siguiente nota y la deslicé a Tadeo.

—«Un hombre no puede pasarse toda la vida cuidando de un crío, ni siquiera si es suyo.

Tiene que enseñarle a defenderse solo. Tienes que dejar que otros te ayuden y seguir adelante con tu vida.

Deberías ayudar al cura para que este ayude al pequeño.

Pero a mí no me importa el crío. A mí me interesa ese tipo al que el Carcelero tiene encerrado.

Ese del que nadie quiere hablar. Ese del que ni siquiera sabemos el nombre.

Tiene un mote, ¿verdad? El Imperdonable.

Y ese nombre deja las cosas claras: es un malnacido.

Pero ¿quién es en realidad y qué hizo para que nadie quiera nombrarlo? »

Kevin se quedó en silencio durante unos segundos. Cuando habló, su voz había perdido parte de la fanfarronería.

—Hay un par de cosas que no entiende, jefe.

La primera es que no está encerrado solo por lo que hizo, sino por lo que volvería a hacer si lo dejamos salir.

Y la segunda es que él lo sabe. Por eso estamos aquí todos nosotros: para evitarlo.

No hay un solo carcelero. Todos nosotros, el niño, Newman, la Santa, usted y yo, somos sus carceleros.