68
Habían pasado la jornada anterior en las dependencias de la central de policía de Glasgow, tras vencer todos los reductos burocráticos.
El caso de la niña Cross se había tratado en su momento como un accidente, no como una desaparición dolosa dentro del marco de un delito, lo que hacía imposible acceder a él desde los registros criminales habituales.
Había sido necesario buscar en los archivos de sucesos, en las hemerotecas digitalizadas, en los registros civiles de defunciones.
Pero finalmente habían dado con ella. Con la pequeña Lucy.
Las primeras pesquisas los llevaron a conclusiones desoladoras.
Los padres de Lucy habían fallecido hacía años.
Era hija única. Existían tíos, primos lejanos que siempre habían vivido en otras poblaciones, pero no era la clase de relación que pudiera haber tenido conocimiento íntimo de la vida de una niña dada por muerta casi sesenta años atrás.
En su momento no hubo sospechosos. La zona era tranquila, no había delincuentes y los niños jugaban en las calles, en los lagos.
Pescar y nadar eran prácticas habituales.
Pero en primavera, cuando las tormentas eran frecuentes y estallaban en cualquier momento, los niños tenían prohibido acercarse a los lagos crecidos y a los lodazales.
Lucy Cross había desobedecido esa norma. O eso decía el informe.
Noah cerró el cuaderno y miró a Gibson, que terminaba su segunda taza de té.
—Necesitamos a alguien que la conociera —dijo Noah—. Alguien que recuerde cómo era, quiénes eran sus amigos, y si pudo tener alguna relación con John Clyde cuando era pequeño, incluso si pudo ir a la escuela con él.
—Podemos llamar al Ayuntamiento de Killin —dijo Gibson—, pero con Clyde todo se difumina hasta casi desaparecer.
En su momento ya lo investigamos, y ni siquiera en los primeros años es fácil establecer la edad del chico.
Se sabe que era un chaval listo y en la escuela pudieron adelantarle algún curso, con lo cual los registros escolares no son fiables.
En aquellos tiempos las inscripciones de nacimiento se hacían en las parroquias, y ya sospechamos que el nacimiento de John pudiera ser lo que por entonces se llamaba «vergonzoso» para su madre.
Nos confirmaron la pertenencia de toda la familia a la parroquia, pero desgraciadamente los registros bautismales se perdieron en un incendio que asoló la iglesia a consecuencia de un rayo.
Los datos volvieron a tomarse en el ayuntamiento atendiendo a las declaraciones de los vecinos, pero dejaron de ser fiables.
Ya en la investigación de 1983 encontramos al menos tres referencias distintas para la edad de John Clyde.
—Y estoy seguro de que al menos en las de su vida adulta él fue directamente responsable de borrar esa huella —dijo Noah.
La llamada la hizo Gibson. Noah escuchó cómo explicaba la situación con esa mezcla de autoridad y cortesía que solo los policías veteranos dominan. La funcionaria que les atendió fue amable y eficiente. Hasta que Gibson mencionó el nombre.
—Lucy Cross —repitió Gibson—. Desapareció en 1961, en la zona de los lagos.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Después, la voz había cambiado de tono:
—¿Por qué están interesados en ese caso?
Gibson miró a Noah antes de responder.
—Estamos investigando a una persona que quizá ella conoció.
Otro silencio. Más largo.
—Lucy Cross era mi hermana.
Noah se inclinó hacia delante. Gibson frunció el ceño.
—Disculpe, debe de haber un error. Según los datos que tenemos, Lucy Cross era hija única. Desapareció en los lagos hace aproximadamente cincuenta y nueve años.
—Mis padres se quedaron desolados tras la muerte de Lucy —dijo la voz al otro lado—. Yo nací seis años después. No conocí a mi hermana, pero he vivido con su recuerdo, tan presente como si cada día hubiera estado en mi casa.
El viaje hasta Killin les llevó algo más de una hora.
Gibson conducía en silencio mientras Noah observaba el paisaje que se abría ante ellos: colinas verdes salpicadas de ovejas, bosques de abedules y pinos, y de vez en cuando el destello plateado de un lago entre los árboles.
Era fácil imaginar cómo habría sido ese lugar en 1961.
Aislado. Hermoso. Y peligroso para una niña de doce años.
Mhairi Cross vivía en una casa de piedra gris en las afueras del pueblo, tenía un pequeño jardín delantero donde crecían rosas silvestres.
Les abrió la puerta antes de que llamaran, como si hubiera estado esperándolos junto a la ventana.
Era una mujer de algo más de cincuenta años, menuda, con el cabello castaño recogido en un moño sencillo y unos ojos que parecían haber visto demasiado.
—Capitán Gibson. Señor Scott Sherrington.
—Les tendió la mano a ambos—. Pasen, por favor.
Tengo un rato ahora, mi marido ha ido a llevar a nuestros hijos a la estación, acaban de retomar las clases tras la pandemia.
Han sido tres meses muy raros teniéndolos todo el día en casa, y ahora me va a costar más a mí que a ellos volver a la rutina.
—Les indicó el sofá—. Peter regresará en un rato, así que...
No terminó la frase, pero el mensaje estaba claro.
La sala de estar era pequeña y acogedora, con muebles que parecían heredados de otra época.
Había un stick de hockey junto a la chimenea apagada, una consola PlayStation aún conectada al televisor, mandos inalámbricos sobre la alfombra, un balón de rugby en una esquina.
En las paredes y sobre la repisa de la chimenea había fotografías: Mhairi junto a un hombre de expresión afable y tres chicos entre dieciocho y veintitantos que debían de ser sus hijos.
Noah se fijó en que, entre las fotos familiares, había otras más antiguas, en blanco y negro, que mostraban a una niña diferente.
Mhairi siguió su mirada.
—Lucy —dijo como si hiciera una presentación—. He preparado té.
Se sentaron en el sofá tapizado de flores mientras ella servía con movimientos precisos.
—Cuando llamaron esta mañana al ayuntamiento —comenzó, acomodándose frente a ellos—, supe que este día llegaría. Siempre lo supe.
—¿Por qué? —preguntó Noah.
Mhairi sostuvo la taza entre las manos sin beber.
—Porque cuando se suspendieron las búsquedas y se dio por muerta a Lucy, mis padres no dejaron de buscar. No en los lagos, sino en sus propias cabezas. Intentando entender qué había pasado. Y yo crecí escuchando sus preguntas.
—Usted nació seis años después —dijo Gibson.
—Sí. Mis padres ya eran mayores cuando me tuvieron.
Pero, como mi propio nombre indica, siempre me sentí muy amada.
—Sonrió levemente. Mhairi, «amada» en gaélico—.
Dormí en la habitación de Lucy, usé su ropa cuando era pequeña, viví siempre con su presencia.
Siento que, de alguna manera, hasta que murieron mis padres me esforcé por ser la sombra de Lucy. Y no me arrepiento de ello.
Noah intercambió una mirada con Gibson antes de hablar.
—Señora Cross, estamos investigando a un hombre que creemos que pudo conocer a su hermana. Se llamaba John Clyde.
Mhairi frunció el ceño.
—¿Se refiere a ese John Clyde? ¿El que se sospechaba que podía ser John Biblia?
—Sí.
Mhairi negó lentamente.
—Años después de la muerte de Lucy, cuando empezó a correr esa historia sobre John Clyde, mis padres se preguntaron lo mismo. Pero ese chico ni siquiera vivía en el pueblo. Vivía en una casa en las afueras de Killin. No tengo constancia de que se conocieran y creo que él era algo mayor.
Hizo una pausa, como si algo hubiera acudido a su memoria.
—Aunque... —Se detuvo—. En los diarios de Lucy había un chico que le gustaba. Lo llamaba simplemente J. Es una práctica habitual en las chicas cuando escriben sus diarios: poner solo las iniciales, por si en algún momento llega a leerlos alguien que no debiera.
Noah se inclinó hacia delante.
—¿Podríamos ver esos diarios?
—De acuerdo, si esperan un momento...
Se disculpó y fue hasta el fondo de la casa, entrando en lo que parecía un dormitorio.
Regresó al cabo de un instante con una caja de cartón que depositó sobre la mesa de centro.
Apartó la tapa y comenzó a sacar objetos: cintas de algodón desteñidas, una pulsera de cuentas, un pequeño espejo de mano con el marco de plata ennegrecido.
—Guardo algunas cosas de ella —explicó—. Me crie leyendo sus diarios. Antes de cumplir la edad que tenía Lucy cuando desapareció ya los había leído mil veces.
Sacó tres cuadernos pequeños con tapas cubiertas de rosas gastadas, que a Gibson le recordaron las flores descoloridas de los cementerios.
—¿Me permite...? —preguntó Noah con delicadeza.
—Claro. Pero no pueden llevárselos. De cualquier modo, puedo hacerles un resumen.
Noah tomó uno de los diarios con cuidado. La caligrafía era redonda, infantil, con letras grandes y bucles exagerados. La tinta azul se había desvaído en algunas páginas. Pasó las hojas muy despacio buscando las entradas donde aparecía la inicial.
—Todo lo que dice sobre J. es que le gustaba —continuó Mhairi—.
Era algo muy inocente. Le parecía guapo, le encantaba cómo sonreía.
Él era amable con ella. Se conocían desde pequeños; probablemente, se veían en la escuela, aunque no parece que estuvieran en la misma clase.
Pero a esa edad ella comenzó a sentir otro tipo de interés por él.
Ya saben, las chicas maduran antes. Y daba a entender que J.
no había madurado tanto. En su momento pregunté a mis padres, pero recordaban a varios niños de más o menos su edad llamados Jake, Jason, Jude o Jarlath, incluso había un Séamus, al que podrían llamar James.
—¿Algo más?
—También menciona que nadie debe enterarse. Que a sus padres no les habría hecho gracia. Parece que J. no respondía a las pretensiones románticas de ella. —Mhairi se encogió de hombros—. No hay nada más.
Noah cerró el cuaderno y se lo devolvió.
—Pero como le digo —añadió Mhairi—, J. es una inicial muy común por aquí. Mis propios hijos se llaman Jude, James y Jeremy.
Noah asintió. No insistió.
—¿Tiene alguna fotografía de ella?
Mhairi indicó una de las fotos sobre la repisa y sacó un álbum de la caja.
—A pesar de la época, mis padres tenían documentada la vida de Lucy. Se puede imaginar, una hija única. —Hizo una pausa—. ¿Sabe que casi no hay fotos mías?
Abrió el álbum y lo giró hacia ellos. La mayoría de las fotografías eran en blanco y negro: un bebé en brazos de una mujer de expresión seria, una niña de tres o cuatro años junto a un perro, la misma niña algo mayor montada en una bicicleta.
Las últimas fotos del álbum eran viejas Polaroids en color que se habían apagado con el tiempo. Mhairi pasó las páginas hasta llegar casi al final.
—Una de las últimas fotos es más grande y en color. Es la que se utilizó para los pasquines cuando desapareció.
Noah aspiró profundo y sostuvo el aire unos segundos.
Era un primer plano, una foto de estudio.
Una niña de ojos claros y pelo rojo como el de una princesa escocesa sonreía a la cámara.
Aunque aún se apreciaban sus dientes algo desiguales, propios de la edad, se adivinaba que habría sido una mujer preciosa.
Llevaba el largo cabello recogido en lo alto de la cabeza con un lazo rojo.
—Era pelirroja —murmuró Noah.
—Sí, sorprendentemente pelirroja. Mis padres tenían el pelo castaño, como yo. Pero nuestra abuela Mirta tenía el pelo rojo.
Mhairi señaló el lazo.
—Siempre llevaba lazos rojos. Decía que quedaban bien con el cabello rojo. Tenía docenas. —Sonrió con cierta melancolía—. Fue la única cosa de mi hermana que nunca usé. En mi pelo no quedan bien.
Noah apenas la escuchaba. Miraba la fotografía de Lucy Cross, sus ojos claros, su cabello rojo, la forma del rostro. Aunque él no había conocido a Nash Elizondo cuando tenía doce años, incluso ahora que era una mujer, el parecido era asombroso.