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Hay personas que construyen su carácter sobre el agravio. Es una cimentación sólida, pero envenena los cimientos.
B ENEDICT N EWMAN , en Los que paran
En ocasiones, un hombre tiene que tomar las riendas de su destino.
Y cuando ese hombre es además un detective privado, debe hacerlo todo el tiempo, aunque suponga llevarle la contraria a su cliente.
Nash Elizondo me había pedido que colaborase con los páter y, además, yo era consciente de mi situación legal después de mi segunda fuga del hospital y del confinamiento obligatorio al que habían sometido al padre de mi cliente.
Pero los días resbalaban encima como agua sucia por un canalón, y echaba de menos los ojos de color whisky de mi doctora favorita, así que aquella mañana tomé una decisión.
Por tercer día consecutivo me desperté con un dolor de cabeza de todos los demonios, y sin haber tocado una gota de alcohol. O quizá debido a eso. Lo cierto es que ni en un millón de años pensé que mi propuesta fuera a ser tan bien acogida por el páter.
—Escuche, Sarasola, no es que pretenda entender muy bien su trabajo, y no es algo que deba ofenderle.
Me consta que usted no comprende el mío.
Pero creo que ha llegado el momento de que me permita participar más activamente en lo que está haciendo o no podré seguir dedicándoles mi tiempo.
Estoy pensando en sacar a mi chica a cenar.
Sarasola miró al padre Tadeo y me invitó a sentarme.
—Explíqueme, detective.
—Mi propuesta es clara. Usted está investigando lo mismo que yo desde otro punto de vista, pero, si hay algo en esas sesiones a las que somete a Newman que pueda ser revelador para el caso que estoy investigando, deberíamos colaborar.
Sarasola es un tipo acostumbrado a mandar, se le nota, pero también a delegar, y reconoció la categoría de la oferta que le hacía. Enseguida vi un brillo en el fondo oscuro de sus ojos y estuve seguro de que aceptaría.
—¿En qué consistiría exactamente?
—Bueno, el otro día los escuché cuando hablaban con la doctora Elizondo.
Ella ahora no está, y yo podría tomar su lugar.
Le pido poder asistir a las sesiones. Le prometo que estaré calladito, pero puede que haya algo que Newman diga que tenga una interpretación para mí distinta de la que tiene para usted.
A fin de cuentas, los dos buscamos lo mismo: ayudarlo.
—Déjeme que lo aclare. ¿Está proponiendo asistir a las sesiones de hipnosis en las que indago en la mente de Newman?
—Exactamente. Oí que le decía a la doctora Elizondo que solo usted habla, y que cualquier pregunta debería pasársela por escrito.
Le prometo estar callado, pero puede que haya alguna pista en lo que dice.
Y estoy seguro de que la clase de preguntas que usted hace y las que haría yo no tienen nada que ver.
Sarasola estuvo inmóvil mirándome durante unos segundos. Después asintió lentamente.
—Puede ser muy interesante. ¿Qué le parece, padre Tadeo?
—Estoy de acuerdo con usted, padre. Puede ser muy interesante.
—Una cosa más —les corté.
—¿Sí?
—Deberíamos hacerlo en mi oficina.
Para mi sorpresa, Sarasola estuvo de acuerdo.
Así que aquí estamos. Me siento cómodo de nuevo en casa. Mi oficina tiene adosado un cuarto de baño con ducha, una minicocina suficiente para hacer café, una cama plegable, mi despacho y la sala de espera. Todo lo que un hombre puede necesitar.
En cuanto llegamos, el padre Tadeo desplegó su material técnico ocupando buena parte de mi mesa.
Me costó algo más de tiempo conseguir que Sarasola se sentara: recorría la estancia murmurando «fascinante» ante cada detalle, como si hubiera entrado en un museo.
Tuve que hacerles una llamadita de atención sobre el precioso tiempo que estábamos perdiendo y el recordatorio de que cobro por horas para que se pusieran a trabajar.
Tuve que armarme de paciencia y un par de tragos de whisky mientras Sarasola y Tadeo cuchicheaban como dos viejas los pormenores de la sesión.
—Señor Star... Colt Star. ¿Son dos nombres de armas? —preguntó Sarasola.
—Un revólver y una pistola.
—Dada la peculiaridad de esta sesión, es importante que empecemos por usted.
Pondremos esa música que le gusta, John Coltrane, y es importante que me escuche siempre con atención.
—Sarasola hizo una pausa—. Detective Star, le autorizo a estar presente en esta sesión, a escuchar todo lo que en esta sala se diga, a presenciarlo sin participar directamente.
Si tiene alguna pregunta, puede escribirla en la libreta que hemos dejado sobre la mesa.
Después deslícela hacia el padre Tadeo y él me pasará la nota cuando sea conveniente.
Recuerde que está aquí como observador. No puede intervenir ni interrumpir.
No debe hacerlo porque podría causar un gran daño al paciente. ¿Lo ha comprendido?
Asentí.
—Ya se lo dije en otra ocasión, padre, pero tiene una voz realmente hipnótica.
En los siguientes minutos me concentré en Coltrane.
Era como la sirena de un coche de policía en una callejuela oscura: te ponía los pelos de punta, pero te mantenía alerta ante cualquier peligro.
Sus notas eran como las huellas de un delincuente en la escena del crimen: difíciles de seguir, pero imposibles de ignorar.
Estuve sumido en el fabuloso caos de su sonido hasta que volví a oír la voz de Sarasola.
—Buenos días, Carcelero. Soy el doctor Sarasola y solicito su permiso para hablar con Kevin.
—El Carcelero siempre me deja salir. Digamos que somos buenos colegas.
—¡Joder, pareces un robot cuando hablas con él! —se burló una voz que no era la de antes—. «Solicito su permiso.» No tienes que ponerte tan serio.
—Hola, Kevin. Buenos días. Es muy interesante eso que has dicho, porque tengo entendido que hace relativamente poco que sales. Quiero decir que durante mucho tiempo el que ha estado al frente ha sido el escritor.
—Ah, bueno, eso es porque el escritor lo hace todo muy bien. Escribe historias, es rico, es famoso, es un tipo muy fino. Durante mucho tiempo lo llevó todo perfectamente, y yo estaba a lo mío. Hasta que todo comenzó a desmoronarse.
—Fue en comisaría, cuando le enseñaron esas fotos —dijo Sarasola.
—Menos mal que también estaba el detective. Ese sí que es un tipo duro. Es más como yo, un hombre. Él supo llevar la situación.
Asentí para mis adentros. Al menos alguien lo reconocía.
—Kevin, quizá puedas ayudarme —continuó Sarasola—. En mi conversación con el Carcelero, me dijo que Newman no es el anfitrión.
Kevin no contestó. Sarasola continuó:
—¿Significa eso que hay otro anfitrión?
Kevin se encogió de hombros.
—¡Vamos, Kevin! Soy un experto en sistemas.
El vuestro es complicado, pero siempre siempre hay un anfitrión.
El que estaba primero. Hemos establecido que lo denomináis «el Imperdonable», pero ese no es su nombre.
Ese no puede ser el nombre de nadie. Tengo algunas sospechas sobre quién puede ser, pero puede que, si siempre lo habéis llamado así, no sepáis de verdad cómo se llama. Y aquí es donde entras tú, Kevin.
El chico se sorprendió genuinamente.
—¿Yo?
—Sí, Kevin. Te di mi palabra de que jamás pasaría sobre ti, de que reconozco tu autoridad y el papel que haces cuidando al niño. Pero creo también que el niño quiere expresarse, y debe hacerlo. Y que desde su pureza y su sensibilidad puede ayudarme a entender muchas cosas.
Kevin iba a replicar, pero Sarasola lo interrumpió.
—Kevin, te estoy pidiendo permiso. Quiero tu autorización. Y del mismo modo que ocurrió en la otra sesión con el Carcelero, reconozco tu autoridad para interrumpirme si crees que el niño va a empezar a llorar. Te prometo que tendré muchísimo cuidado. ¿Qué me dices?
—Me quedaré aquí escuchando. Y si le haces llorar...
—En cuanto empiece a llorar, lo paras.
Kevin asintió.
Entonces ocurrió algo que no esperaba. Kevin retrocedió en la silla, y donde había estado sentado un adolescente ahora había un crío.
Nunca he sido bueno para calcular las edades de los chavales, pero le eché cuatro, quizá cinco años.
Miró alrededor sorprendido, con los ojos grandes y brillantes, anegados de algo que aún no era llanto.
—Hola, pequeño —saludó Sarasola—. ¿Te acuerdas de mí? Nos conocimos en el hospital, el día que te pusieron a conducir. Yo soy el que te dio las ceras de colores.
El pequeño sonrió.
—Hoy las he traído también. ¿Te gustaría dibujar?
El niño se removió, impaciente. Sonrió un poco. El padre Tadeo puso ante él un montoncito de folios en blanco y un estuche lleno de ceras de colores. El crío cogió la azul y comenzó a dibujar.
—El otro día me dijiste que no sabes escribir.
El pequeño negó.
—Pero quizá sepas poner tu nombre. Muchos niños que no saben escribir saben poner su nombre.
El niño negó de nuevo.
—Bueno, no te preocupes.
Sarasola se inclinó para mirar lo que el crío estaba dibujando. Estaba cubriendo de azul buena parte de la superficie de la hoja.
—¿Es agua? —preguntó Sarasola.
El niño asintió.
—Es preciosa. ¿Tú ves el agua?
Asintió.
—¿La ves desde tu casa?
Asintió.
—¿Te gusta?
Asintió.
—Me dijiste que tenías cinco años.
El crío levantó una mano mostrando los cinco dedos.
—Cinco años. Seguramente hasta entonces todo había ido bien. Pero algo cambió cuando cumpliste cinco años.
El pequeño se detuvo un momento. Tomó otra pintura, esta vez verde. Y siguió pintando.
—Hay algo que debes saber. Aquí estás a salvo. Soy un médico muy importante, igual que el doctor Tadeo. Estamos aquí para cuidar de ti. Puedes venir siempre que quieras.
El niño se detuvo, miró a su alrededor y sonrió.
—Es un buen lugar. Si vienes aquí, siempre estarás a salvo. Nadie te hará daño. Es un sitio especial: es el despacho de un detective. Él es un tipo muy duro. Quizá lo conozcas. Ni él ni ninguno de nosotros dejará que nadie vuelva a hacerte daño. ¿Qué te parece? ¿Hay trato?
Sarasola le tendió la mano. El niño dudó unos segundos, pero finalmente estiró su manita hacia la del sacerdote como un hombrecito. El páter dejó que pintara durante unos segundos más y después le dijo:
—Pero para que podamos protegerte, para que el detective sepa a quién no debe dejar entrar, debes decirnos quién te hizo daño.
El niño se detuvo en seco.
—No tienes nada que temer. Kevin está aquí, a tu lado.
Descartó la cera verde y cogió una roja. Apartó el primer dibujo y miró la hoja en blanco, como si pudiera ver en ella algo que los demás no alcanzábamos a vislumbrar.
—¡Vamos, pequeño! ¿Vas a dibujarlo?
El crío asintió muy lentamente, pero ya no estaba bien.
Se notaba a la legua, hasta para un tipo como yo que no entiende de críos.
Tenía la boca entreabierta y los ojos vidriosos.
He visto a muchos hombres con esa expresión, la de quien libra una batalla entre lo que debe hacer y lo que puede soportar.
La cera roja se partió entre sus dedos.
Abrió la mano y comprobamos que parte de la cera se había derretido en su palma manchándola de rojo. Por un instante, el terror se dibujó en sus ojos.
—Escucha, pequeño —dijo Sarasola llamando su atención—. ¡Mírame!
El crío levantó la vista.
—No pasa nada —dijo cuando captó de nuevo su atención—. No es nada. Ahí detrás hay un lavabo. Te acompañaré a lavarte. Solo es una pintura de cera, nada más. No tiene importancia. Tenemos muchísimas más y, cuando estas se acaben, te compraremos otras.
El niño asintió y se puso en pie. Siguió a Sarasola hasta el panel que ocultaba la pequeña cocina americana. Oí cómo abría el grifo.
—Ahí tienes jabón.
El crío comenzó a lavarse quitándose la cera derretida que se deshacía con el jabón.
Entonces levantó las manos y vio que el interior de las uñas se había teñido de rojo.
Comenzó a llorar.
Al principio fue un gemido quedo, propio de un niño muy pequeño. Las lágrimas anegaron sus ojos y empezaron a rodar por su rostro. Había algo contenido, enfermizo, en el modo en que lloraba. Tanto llanto, tantas lágrimas, sin emitir ningún ruido.
Y, sin previo aviso, levantó las manos y comenzó a frotar las puntas de sus dedos contra la pared, en los lugares donde entre los ladrillos se concentraban las juntas de cemento rugoso y vivo.
Frotó adelante y atrás, adelante y atrás.
Sarasola lo observaba sin intervenir, mientras el cemento se iba tiñendo de rojo con la sangre de las heridas que volvían a abrirse en sus manos.