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La sala de autopsias del Instituto de Medicina Legal tenía esa luz blanquecina de los hospitales que hacía que todo, las paredes de azulejo, las mesas de acero inoxidable, la piel de los vivos, adquiriera un tono grisáceo y enfermizo.
El inspector Barezzi se ajustó la bata desechable y se puso los guantes de goma mientras observaba el cuerpo que yacía sobre la mesa.
El subinspector Ruano ya había ocupado su lugar de «aparcamiento» habitual junto a la pared del fondo.
Barezzi no tenía fuerzas para echárselo en cara, y menos después de lo que había ocurrido en la anterior autopsia.
La doctora Cánovas levantó la mirada cuando él se acercó.
—Buenos días, inspector.
—Doctora.
El cuerpo era muy distinto al de Sofía, la víctima anterior.
Este había pasado días expuesto a la intemperie, tal vez cuatro, calculaba Cánovas, en una zona boscosa cerca de una carretera secundaria.
Como si lo hubieran arrojado desde un coche parado al borde del camino, sin más ceremonia.
La descomposición ya había comenzado su labor, y también los animales: roedores pequeños, pájaros carroñeros.
Barezzi apartó la mirada de las zonas donde la carne había sido mordisqueada y se concentró en el rostro.
Pelirroja. Joven. Unos veinticinco años.
El bolso había aparecido días antes, tirado en una esquina sin documentación, así que aún no habían podido identificarla.
No había nadie esperando en la sala contigua esta vez, ningún padre al que tener que mentirle después.
—¿Causa de la muerte? —preguntó, aunque ya intuía la respuesta.
—Estrangulamiento —dijo Cánovas mientras examinaba el cuello con una linterna—. Igual que la anterior.
Barezzi sintió que algo se le contraía en el estómago.
—¿Repetido?
—Igual. Cinco o seis veces. Primero con las manos. La estranguló hasta que estaba a punto de perder el conocimiento, la dejó respirar y volvió a empezar. Una y otra vez. Después, cuando ya estaba muerta o casi muerta, le puso esto.
Señaló las marcas más profundas en el cuello, donde el cordel de tender la ropa había dejado su surco definitivo.
—Cordel.
—Sí. Pero el daño principal es anterior. Del mismo modo que con la otra víctima, el cordel es... casi decorativo.
Barezzi apretó los dientes. Decorativo. Como si el asesino quisiera firmar su obra con un detalle específico, una referencia que solo algunos podrían comprender.
—¿Algo más?
Cánovas señaló la zona pélvica con un gesto profesional que no lograba disimular del todo su disgusto.
—No hubo penetración, aunque la puesta en escena era la de una violación. Tenía la menstruación en el momento de la agresión; quizá eso le cortó.
—¿Está segura?
—Completamente. Y hay algo más... que es idéntico. Los de Rastros me lo han dicho. Tampones. Tirados alrededor del cuerpo, o quizá debemos empezar a decir colocados alrededor del cuerpo. Como en el caso anterior.
—Gracias, doctora.
Salió de la sala de autopsias con Ruano pisándole los talones mientras se deshacía de la protección plástica. El aire del pasillo, aunque cargado del olor a desinfectante, le supo a gloria después del ambiente claustrofóbico de la sala. Ruano carraspeó.
—¿Qué hacemos ahora, jefe?
—Tú vete a comisaría. Yo tengo algo que hacer.
Ruano asintió y se alejó por el pasillo sin hacer más preguntas.
Barezzi salió del edificio y caminó por las calles con las manos hundidas en los bolsillos de la americana.
Las imágenes del cajero le rondaban la cabeza como una letanía obsesiva: la víctima anterior, Sofía, caminando por la calle a las once de la noche.
Y unos pasos detrás, su perseguidor. Un hombre alto, delgado, que caminaba como un hombre joven.
Traje oscuro, camisa blanca sin corbata.
No se le veía la cara. Complexión media. La mitad de la población masculina.
Llegó a la calle Capuchinos y se detuvo frente a un portal viejo con la pintura desconchada.
No había ascensor. Subió hasta el tercer piso.
El aroma a brócoli hervido y a ropa tendida se filtraba por las ventanas abiertas que daban a los patios interiores y le recordaba todas las razones por las que había jurado no acabar como su padre.
No se molestó en llamar al timbre. Usó su propia llave.
El televisor estaba encendido en la pequeña salita, proyectando su luz parpadeante hacia el pasillo oscuro. Todas las persianas estaban bajadas. Barezzi entró directamente en la sala y las subió con un gesto brusco, dejando que la luz del sol iluminara regueros de polvo en suspensión.
—¿Por qué tienes todo cerrado?
—Porque es mi puta casa y la tengo como me sale de los cojones —respondió una versión de Barezzi con treinta años más y un par de siglos de amargura.
Barezzi se volvió a mirar a su padre. Era tan delgado como él, todavía iba vestido con el pijama de rayas azules que probablemente llevaría puesto el resto del día.
Su salud estaba bien, solo estaba cabreado.
Llevaba así desde que su madre, harta de vivir con un «vinagres» —así lo llamaba ella—, se lio la manta a la cabeza y pidió el divorcio el mismo día en que él se jubilaba.
«Cariño, si he conseguido aguantarle todos estos años es porque se pasaba dieciséis horas al día fuera de casa.
O me voy, o un día salimos en los papeles», le había dicho su madre.
Y lo peor es que sabía que tenía razón. Ahora ella vivía en Mijas; Barezzi la veía cinco o seis veces al año.
En su casa no había televisor, olía a salitre y siempre entraba el sol.
—Se nota que has dormido bien. Estás de buen humor —le dijo mientras apartaba del sofá tres o cuatro prendas y un envase de comida para llevar.
—No estoy para hostias. ¿Qué quieres?
—Tranquilo, que acabo enseguida y te dejo a gustito como un cerdo en su cochiquera. Es por un caso.
Barezzi se abrió la amplia americana y sacó un informe que había enrollado en forma de tubo. Lo dejó en las manos huesudas de su padre, que bajó el volumen del televisor sin apagarlo mientras se ponía las gafas para leer.
Ojeó las primeras páginas. El viejo lobo alzó las cejas, tan grises y peludas como las de su hijo.
—Háblame de Noah Scott Sherrington —pidió Barezzi.
Su padre se volvió hacia él con expresión de sorpresa.
—Pensaba que querías hablar de un caso.
—Y eso es lo que estamos haciendo. Háblame de Scott Sherrington.
El viejo siguió revisando los papeles durante unos segundos. Cuando pareció que no iba a decir nada, comenzó a hablar.
—Es... un «poli estrella de los cojones», ya sabes.
Hasta aparece en los libros de criminología.
O mejor dicho, de victimología —dijo imitando las comillas con los dedos—.
Una puta mierda. Creó un método que consistía en hacer una lista de posibles víctimas y las iba catalogando y descartando para obtener así el radio de acción de un depredador.
Según su versión, llegó a atraparlo, pero, ¡oh, fortuna!
, un infarto lo fulminó justo en ese momento y el tipo huyó.
Si quieres mi opinión, no me creo una puta mierda.
Hizo una pausa para quitarse las gafas y limpiarlas con el borde del pijama.
—Llegó a Bilbao en los ochenta. Un poco antes de la gran inundación de la ciudad.
Según él, vino persiguiendo a su asesino mítico.
Lo acorraló y volvió a atraparlo justo en el momento en que el río se desbordaba y arrasaba la ciudad, liberando todos los cadáveres que su asesino mítico había ido almacenando en una especie de cobertizo junto al puerto.
Y, ¡oh, fortuna de nuevo!, volvió a caer fulminado.
Según él, abatió al asesino mítico, que el que luego fue su socio identificó como un tipo que trabajaba en el puerto.
—¿Y?
—Oficialmente, nunca nos creímos nada. El tipo del puerto que apareció muerto era eso, un trabajador del puerto, y no se pudo establecer ninguna relación con unos cadáveres que aparecieron flotando.
Conclusión: pues sí que había alguien matando mujeres en Bilbao en esa época.
Las envolvía en fardos de lona y las tiraba al río.
Comparamos todo lo que teníamos con la policía escocesa.
El modus operandi no tenía nada que ver con el asesino mítico. En resumen: pamplinas.
El viejo lobo se quitó las gafas y las dejó colgando del cuello mientras miraba a su hijo con los ojos entornados, calibrando el efecto de lo que iba a decir.
—Lo que yo creo, que al fin y al cabo es lo que has venido a escuchar: el poli estrella de los cojones puede que idease un método, pero luego se obsesionó; les ha pasado a muchos, quieres atraparlos, no puedes, pasan los años, la obsesión se transforma en enfermedad...
Es lo mismo que esos bomberos que se vuelven incendiarios.
Necesitas acción, y si el panorama criminal no te la da, la creas.
Barezzi miró a su padre mientras pensaba en cómo podía ser que su propio padre le cayera tan mal.
—¿Y con lo que hay en ese informe?
El padre se volvió a poner las gafas y ojeó el informe forense que la doctora Cánovas acababa de emitir.
—Nada que ver. Pero nada de nada. Al menos las víctimas de Bilbao se correspondían con el perfil de víctima que el asesino mítico elegía en Glasgow.
Estas ni siquiera eso. Pelirrojas. Y esto de la estrangulación repetitiva...
John Biblia, que así es como se llamaba el mítico, lo hacía con un cordel.
En alguna ocasión, también con las medias o con los cinturones que llevaban las chicas, pero después empezó a llevar cuerda de tender.
Las violaba, y posteriormente dejaba tirados alrededor del cuerpo los tampones y las compresas.
Porque todas, y esta es la guarrada que prueba que estaba como un puto cencerro, todas tenían la berza cuando las violó y las mató.
Barezzi lo miró incrédulo.
—¿La berza?
—No me jodas, inspector. Sí, joder, la berza. El tío del pueblo, la maldición.
Barezzi le mantuvo la mirada muy serio.
—La menstruación, joder.
—Te había entendido —murmuró Barezzi.
Su padre no lo oyó.
—Entonces, ¿no crees que pueda ser él?
—En primer lugar, tiene que ser un viejo. Y para todas estas mierdas sexuales, con los años se va desgastando el ímpetu en la misma medida que no se les levanta el pito.
El viejo lobo se quitó las gafas y se echó hacia atrás mirando fijamente a su hijo.
—Sí que tiene algo que recuerda a John Biblia —reconoció—. Pero no es un imitador haciendo un homenaje; de serlo, elegiría chicas morenas.
Barezzi miró a su padre y asintió lentamente antes de hablar.
—Los dos primeros cadáveres aparecieron flotando, el primero hace casi un año, el otro, hace unos días, aunque había desaparecido justo antes del confinamiento.
Envueltos en lonas azules, con unos nudos que recuerdan mucho a los de Bilbao.
He visto los informes. Las otras dos: una en un parque, la otra a un lado de una carretera boscosa.
Estranguladas con las manos, como pone el informe, pero después por encima les puso cordel de tender.
Barezzi dejó caer la voz, consciente de lo que venía.
—Había tampones alrededor de los dos cuerpos.
Con la primera ni lo pregunté, y la forense tampoco lo mencionó; supongo que le pareció casual.
Pero acabo de salir de la autopsia de esta y sí que lo he preguntado.
Las dos tenían la regla. Con las primeras no hay modo de saberlo; el forense no lo mencionó y los cadáveres estaban en muy mal estado.
El viejo lobo frunció el labio superior, dejando a la vista su afilado colmillo.
—¿Dónde está Scott Sherrington?
—Salió del país hace unos días. Por lo visto, está escribiendo un libro sobre el asesino mítico, sobre John Biblia.
El viejo lobo lo miró durante varios segundos.
—Pues ahora la pregunta es: ¿qué te ha dicho ese cadáver?
Barezzi sostuvo la mirada de su padre.
—Dice lo mismo que tú estás pensando.