Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 65
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Noche en Ciudad

Nash condujo hasta Donostia con el pie hundido en el acelerador y la mente en blanco. No pensaba. No podía pensar. Solo conducía mientras el informe médico de Benedict Newman ardía en el asiento del copiloto como si fuera a prender fuego al cuero.

La misma fecha.

El mismo día.

La misma imagen.

Llegó a Donostia cuando la noche ya había caído por completo sobre la ciudad.

Se detuvo en doble fila frente al edificio de la calle Urbieta.

Estaba a punto de arriesgarse con la multa o con la grúa cuando vio que un coche salía dos plazas por delante.

Empujó la pesada puerta del portal y aspiró el calor acumulado del día y el olor familiar del regreso a casa.

El ascensor estaba ocupado; podía oír el ronroneo del motor mientras subía.

En otro momento habría esperado. Adoraba ese ascensor: la cabina de madera pulida, los botones de cobre, el asiento tapizado de terciopelo rojo y el recuerdo de su privilegio.

Pero esa noche no podía esperar. Se dirigió a la escalera y comenzó a subir los peldaños de dos en dos.

Al llegar a la segunda planta se detuvo frente a la puerta del piso de su madre.

Hacía pocos días que había estado allí, y sabía que cada vez que regresara la echaría de menos de un modo salvaje y doloroso al que nunca se acostumbraría.

Abrió la puerta. La recibió de nuevo el aroma a libros y al perfume de su madre, como una presencia fantasmal.

Accionó el interruptor y dejó que la presencia retrocediera hacia las sombras.

Miró el recibidor y recordó, con una claridad que le cortó la respiración, cómo habían encontrado a su madre tirada allí junto al teléfono de la entrada.

Su álbum de crónicas en el suelo a su lado.

Un montón de pequeños recortes de artículos de periódicos.

El tacto de su piel: húmeda, pálida, fría.

Los labios secos y agrietados entre los que asomaba una nube de espuma.

Los pies descalzos, tal como a ella le gustaba andar por casa.

El vestido extendido. Y el cabello —que siempre había llevado largo pero que en los últimos años apenas rozaba sus hombros, y que su peluquero seguiría manteniendo rojo hasta el final— desparramado como una orla alrededor de su cráneo.

Nash apartó la mirada dejando atrás el doloroso recuerdo y cruzó el rellano. Llamó al timbre de la puerta de enfrente.

Primero se abrió la rejilla de bronce que funcionaba como mirilla. Después, la puerta, y Nash vio a Enri ajustándose la mascarilla.

—Ah. Hola, Nash.

Lo dijo de ese modo, como quien de pronto se enfrenta a algo que se ha postergado pero se sabe inevitable.

Nash se volvió hacia su propia puerta.

—Ven a casa. Voy a hacer café.

Se detuvo y volvió a mirarla.

—Sigues tomando café, ¿verdad?

—Desde hace años, descafeinado. Pero no te preocupes. De cualquier modo, hoy no dormiré.

Diez minutos más tarde, Nash dispuso el café sobre la mesa del despacho de su madre y, mientras lo hacía, observó a Enri sentada en el sofá de terciopelo que no lograba seducirla con su comodidad.

Permanecía erguida, sin tocar el respaldo, con las manos juntas y cruzadas sobre el regazo.

Miraba alrededor, como si entre las sombras crecientes del despacho de Natalia Elizondo hubiese señales que solo ella podía ver.

Nash le tendió la taza y se sentó frente a ella.

—Enri, he venido a que me cuentes qué pasó el día del ictus.

—Ya sabes lo que pasó. La llamé y no abría. Sabía que estaba en casa, me preocupé y te llamé a ti. Entramos juntas.

—Cuando regresé al día siguiente para coger el neceser, los camisones, las cosas de mi madre, tú ya habías organizado el desorden. Lo que arrastró al caer. El teléfono, los recortes de periódico, los envoltorios de sueros y agujas que usaron los de la ambulancia. Recuerdo que me sentí agradecida.

Enri bajó la mirada solo un segundo antes de volver a clavar en ella sus ojos.

Nash continuó.

—Enri, he conocido a alguien. Un viejo amigo de mi madre.

En un momento fue su paciente, pero también colaboraron en un caso.

Era a él a quien mi madre llamaba mientras sufría el ictus.

Dice que mi madre comenzó a explicarse, atropellada, temblorosa, hasta que sus palabras se hicieron ininteligibles.

La comunicación se cortó. Llamó repetidas veces, pero ya sabemos por qué ella no contestó.

Hizo una pausa. Enri no se movió.

—Un tiempo después esa persona abrió un correo que le había llegado de una dirección que no tenía registrada.

Y resultó ser una foto de la página de un periódico.

Una foto que le envió mi madre aquel día.

La foto de un fardo que después se supo que contenía un cadáver.

Pero en aquel momento era solo un fardo hallado en la playa.

Y su visión, Enri, alteró tanto a mi madre, le causó tal terror, que mientras llamaba a su viejo amigo sufrió el ictus.

Enri cerró los ojos y encogió los labios, mordiéndolos desde dentro.

—Pero eso no es lo más alucinante —continuó Nash—, Benedict Newman —se preparó mentalmente antes de decirlo—, mi padre, también fue víctima de un ataque, de otra índole, mucho menos severo que el de mi madre, pero fue el mismo día.

Ocurrió mientras hojeaba la prensa durante el desayuno, y creo que vio la misma foto que ella.

Enri se llevó una mano a la boca, como si quisiera contener lo que guardaba allí, y después volvió a cruzarla con la otra sobre su regazo.

—Nash, siento que tu madre tiene que estar revolviéndose en su tumba. Se lo prometí...

«Confía en mí», oyó Nash en su recuerdo, pero lo desdeñó.

—Haces lo correcto, Enri. Tienes que contármelo.

Enri movió negativamente la cabeza, aunque a la vez comenzó a hablar, como si lo que hacía y lo que deseaba hacer entraran en profundo conflicto.

—Lo primero que tienes que saber es que yo no lo sé todo. Probablemente, soy la persona que mejor conoció a tu madre, pero sabes que Natalia era... inabordable. Solo sé lo que ella me quiso contar.

—Pues va siendo hora de que me lo cuentes a mí.

Enri tomó aire.

—Llevaba poco tiempo con la consulta abierta cuando comenzó a tratar a Newman. Se enamoraron enseguida. Se casaron. Para entonces ella lo había derivado a otro psiquiatra, un amigo suyo.

Nash asintió.

—El doctor Muniategui —susurró.

Enri continuó.

—Un día el psiquiatra llamó a tu madre y le dijo que sospechaba que el nombre que usaba Newman no era su verdadera identidad.

Tu madre ya suponía que tenía un pasado truculento, y esa era la razón por la que necesitaba terapia.

Pero entonces ya estaba embarazada de ti, muy avanzada, a punto de dar a luz.

Cuando me lo contó, yo misma le aconsejé que aclarase las cosas.

Ya sabes cómo era. Mientras él estaba fuera, ella hizo un registro a fondo de sus pertenencias.

Se detuvo, como si le costara continuar.

—Nash, nunca me contó qué fue lo que encontró. Pero se disgustó terriblemente. Me dijo que no podía enfrentarse a él, que se iba unos días fuera, a pensar, a decidir qué hacer.

—¿Te dijo a dónde iba?

—Se lo pregunté. Me contestó que iba «a casa».

Nash frunció el ceño.

—Cuando él volvió, ella ya se había ido.

Por supuesto, llamó a mi puerta. Y yo le dije que no sabía nada.

Estuvo fuera dos días. La siguiente noticia que tuve fue que había regresado, que estaba en el hospital y que acababa de dar a luz.

Fui a verla y él estaba allí con vosotras. No pudimos hablar. No pude preguntarle.

Enri apretó las manos sobre su regazo.

—Cuando os dieron el alta del hospital y regresasteis a casa, no parecía haber problemas entre ellos.

Pensé que quizá no era tan grave y se habían reconciliado.

Pero esa misma noche tu madre llamó a mi puerta.

Cargaba contigo. Todavía estaba convaleciente; era la misma imagen de la debilidad, pero además estaba desolada.

Te puso en mis brazos y me pidió que te cuidara, que no dejara que nadie más se te llevara.

Me hizo jurarlo. Me dijo que no podía explicármelo, pero que tenía que irse y que volvería muy pronto.

La voz de Enri se había vuelto más tenue.

—Cumplió su palabra. Estuvo fuera menos de doce horas.

Yo te cuidé lo mejor que pude. Él no apareció por aquí.

Cuando tu madre regresó, me dijo que todo entre ellos había terminado.

Que no volvería a verlo jamás. Que había descubierto algo terrible sobre él.

Nunca me explicó qué. Estos días he visto en la tele que puede que sea un terrorista irlandés...

Nash se había inclinado hacia delante sin darse cuenta. Quizá porque la voz de Enri se iba extinguiendo, como si le faltasen fuerzas.

—Yo me asusté mucho, por supuesto —continuó Enri—. Le pregunté si estaba segura de que no volvería para hacerle daño. Ella me dijo que tenía un seguro. Un sistema de seguridad por el que todo se haría público si él volvía a acercarse.

—¿Qué sistema?

—No lo sé, Nash.

—¿Te dijo en qué consistía? ¿A dónde había ido? ¿Qué había estado haciendo?

Enri fue negando cada una de sus preguntas.

—Enri, tú tienes que saberlo. Tú misma lo has dicho: eres la única persona en la que confiaba. Te hizo guardiana de sus secretos. Debió dejarte alguna señal. Al menos cómo se activaría su sistema de seguridad.

Enri asintió despacio.

—Me dijo que había barajado la posibilidad de dármelo a mí. Pero habría sido lo más obvio, y no quería ponerme en peligro si alguna vez pasaba algo. Solo debía recordar que las pruebas las tenía su familia.

Nash se quedó mirando a Enri y abrió la boca como si fuera a decir algo, pero después la cerró mientras negaba muy despacio con la cabeza.

—¿Sus tíos de Pamplona?

No era una pregunta. Solo era la extrañeza ante el hecho.

¿Llevaría su madre las pruebas de algo terrible a los tíos que la habían cuidado cuando quedó huérfana?

Nash calculó que entonces rondarían los cincuenta años.

Ahora estaban muertos. Si le parecía impensable poner a Enri en peligro, ¿lo haría con su única familia?

Enri la miraba en silencio, como si también se hubiera hecho esa misma pregunta mil veces y nunca hubiera encontrado respuesta.

Nash se puso de pie. La taza de café seguía intacta sobre la mesa.

—Gracias, Enri.

—¿A dónde vas?

Nash ya estaba en la puerta. Miró a su vecina de toda la vida y sonrió antes de contestar con las palabras de su madre.

—A casa.

—Nash, es muy tarde. Son más de las once de la noche.

—Lo sé. Pero no puedo quedarme aquí.

Enri se levantó del sofá con aquella gracia suya.

La rigidez parecía haberla abandonado, y por un momento Nash la quiso mucho, por todas las meriendas y las tardes de deberes, por todas las ocasiones en las que la había cuidado mientras su madre trabajaba.

Había sido lo más parecido a tener una tía y, como si lo fuera, Enri le dijo:

— Kontuz ibili, maitia .

Nash asintió y salió al rellano. Bajó las escaleras sin esperar el ascensor y salió a la noche de Donostia con una sola certeza: su madre no había llevado las pruebas a Pamplona.

Las había llevado a Elbete.

A su verdadera familia.