Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 64 #4
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—¡Nash! Tengo que contarte un montón de cosas. La novela de Newman va como un tiro, es el número uno en medio mundo, las ventas están...

—Margot, escúchame. —La cortó con una urgencia que hizo callar a la editora al instante—. Esto es muy importante. Me dijiste que estabas con Newman cuando tuvo el ataque.

—Sí, ya te lo dije. Él estaba desayunando y yo llegué al comedor.

—Tienes que decirme qué estaba haciendo exactamente. Desayunaba, ¿y qué más?

Margot se tomó un segundo.

—Desayunaba..., leía la prensa, como siempre. Está abonado al menos a seis diarios. Los ojea mientras desayuna, tiene esa costumbre.

Tapó el auricular del teléfono y preguntó:

—Robert, ¿a qué periódicos está suscrito Newman?

Él los enumeró. Nash lo escuchaba sin mirarlo. A medida que los nombres caían uno tras otro, su cabeza iba cruzando cada uno con la hemeroteca mental que ya tenía: en qué diario había aparecido la fotografía del fardo recuperado en la playa. La encontró en el tercero que Robert nombró.

Se volvió a apoyar en el borde del escritorio como si necesitara algo firme contra lo que sostenerse.

Y entonces, ante sus ojos, nítida como si la tuviera delante, surgió la imagen del fardo de lona azul.

El cuerpo envuelto como un regalo obsceno.

La fotografía que había aparecido en al menos uno de los periódicos que Newman leía a diario.

El mismo día. La misma fotografía. Benedict Newman en Ginebra desayunando, Natalia Elizondo en Donostia clasificando recortes.

Y cada uno, al ver aquella imagen, había visto algo que solo ellos dos podían reconocer.

A ella le había reventado una arteria y la había dejado sin habla.

A él lo había fundido a negro de un modo que, quizá, no había terminado.

Aunque oía de fondo las preguntas de la editora, Nash colgó sin despedirse.

La misma fotografía que su madre estaba recortando cuando sufrió el ictus.

—¿Qué haces?, ¿qué pasa?, ¿estás bien?

Volvió a meter las placas en el sobre con movimientos mecánicos. Robert la observaba con expresión alarmada.

—Robert, tengo que irme. —Se dirigió hacia la puerta con pasos rápidos, el sobre apretado contra el pecho—. No puedo acercarte a la mansión. ¿Crees que podrás volver solo?

—Claro, no te preocupes por mí —intentó sonreír—. Pero ¿qué pasa? ¿No vas a decírmelo?

Ella se detuvo en el umbral y se volvió a mirarlo. Sereno, con su mirada azul y profunda, una sonrisa apenas insinuada en los labios. No tenía respuesta; eso era precisamente lo que iba a buscar. Pero fue consciente de que todo había cambiado entre ellos.

—Todavía no lo sé, Robert, pero la fecha que aparece en el ingreso de Newman en esa clínica es el 1 de agosto.

Él la miró encogiéndose de hombros.

Nash sintió que el aire de aquel despacho era insuficiente, tomó todo el que pudo mientras a su mente acudía de nuevo la imagen de su madre tirada en el suelo, rodeada de todos aquellos recortes, la fotografía del fardo azul que Scott Sherrington había recibido en su teléfono, aquel recorte que estaba entre el contenido de la bolsa que Enri intentó destruir por encargo de su madre.

No podía decirle todo aquello, pero tenía razón, tampoco podía dejarle sin respuestas, así que añadió:

—El 1 de agosto es la fecha en la que mi madre sufrió el ictus.

Nash oyó su propia voz y de pronto el argumento que sonaba tan poderoso en su mente le pareció vano.

—¿Y no crees que sea casual? —dijo Robert.

—Aún no lo sé, pero lo averiguaré.

Iba a cruzar la puerta cuando él la alcanzó, la tomó de nuevo entre sus brazos y la besó en la boca, atrayéndola contra su cuerpo, resistiéndose a dejarla ir.

Nash le devolvió el beso con una intensidad que la sorprendió a ella misma, y durante un instante el mundo entero se redujo a aquel contacto, a aquel calor, a aquella promesa de algo que tendría que esperar.

Le sorprendió su ruego:

—Nash, no harás nada que le perjudique, ¿verdad?

Ella se separó un paso.

—Ya te dije que solo busco la verdad.

—Lo sé, pero Benedict es un hombre enfermo y, además, es tu padre.

Ella se separó otro paso.

—Disculpa si no lo veo así. Es un padre que nunca estuvo, que nunca formó parte de mi vida, al que no conocía y al que no conozco.

Ahora fue Robert el que retrocedió dos pasos. Tomó aire y apretó los labios un par de segundos antes de decir:

—Acabas de escuchar a Clayton explicar mi origen, la historia humilde de mi familia, el enorme sacrificio de mi madre para sacarme adelante.

No ha mencionado a ningún padre, ¿y sabes por qué?

Mi padre nos abandonó cuando ella estaba embarazada, jamás volvimos a tener noticias de él, ni siquiera sé si está vivo.

Nash, desconozco lo que ocurrió entre tus padres y por qué razón decidieron que él se mantuviera al margen, pero lo que sí sé es que nunca dejó de cuidar de ti.

El día en que vio la esquela de tu madre en el periódico me mandó a buscarte, ¿lo recuerdas?

Te dio la opción de conocerle o no. Luego las cosas se precipitaron con su enfermedad, y es verdad que ahora no es el mismo, pero ese hombre me mandó a buscarte, y eso es más de lo que yo he tenido nunca.