Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 64 #3
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—Ahora mi carrera, mi vida están en tus manos.

Puedes despedirme como ha dicho Clayton.

Pero el borrón que supondrá en mi currículum será irreversible.

Pocos señores de la categoría de Benedict Newman contratarían a un mayordomo que ha mentido en su currículum.

La veracidad en cada uno de los actos de alguien que trabaja como yo es primordial.

Nash lo miraba sin parpadear. Compuso un gesto de absoluta extrañeza.

—¿Por qué lo has hecho, Robert? Podrías haberlo negado. Te habría creído. ¿Por qué has llamado a Ashworth? ¿Por qué te has expuesto así?

Él la miró con una intensidad que a Nash le cortó la respiración.

—Ya sabes por qué —dijo—. Porque tú me im­portas.

Ella tenía los ojos clavados en los de él, entonces le parecieron todavía más oscuros, más profundos, como un mar de invierno. Nash levantó una mano y con un gesto de dos dedos le indicó que se acercara.

Toda la contención de movimientos que siempre había visto en Robert, los gestos comedidos, la delicadeza estudiada, desapareció en un instante. Avanzó un paso largo hacia ella, le tomó el rostro entre las manos y la besó profundamente en la boca.

Nash lo rodeó primero con los brazos hacia la nuca mientras aspiraba el aroma primario de su piel y notaba su saliva fresca en sus labios.

Después con las piernas, para atraerlo más contra su cuerpo.

Él respondió apretándola contra sí, y ella sintió la fuerza contenida de sus brazos, el calor que irradiaba a través de la camisa impecablemente planchada.

Deslizó las manos por sus hombros hasta sus manos, las tomó y las llevó a sus labios para besarlas mientras reparaba en los gemelos dorados que había tomado por coronas de laurel y que eran realmente unos pequeños uróboros.

Sonrió mientras susurraba: «El ciclo eterno», y se separó de él lo suficiente para volver a mirarlo, para ver el deseo reflejado en aquellos ojos imposibles.

Después lo atrajo de nuevo contra su cuerpo y hacia su boca.

Notaba sus brazos ciñéndola contra su pecho mientras aspiraba el olor a piedra limpia y a lima que desprendía su piel, y lo deseó.

Él se detuvo para mirarla, sonriendo por primera vez sin reservas. Deslizó una mano suave, lenta, por su pelo, y el lazo con el que se lo había recogido resbaló por su melena. Robert lo tomó entre los dedos.

—Este lazo...

Nash parpadeó.

—Estaba en el despacho de Newman. ¿Lo habías visto alguna vez?

—Sí. Alguna vez mientras trabajaba, solía tenerlo entre los dedos. Pero no sabía que lo conservase. Hacía mucho tiempo que no lo veía.

—Estaba dentro de su caja fuerte.

Sin soltarse del abrazo de Robert, Nash volvió la mirada hacia el abultado sobre blanco que seguía sobre la mesa, a su lado.

—¡Lo has encontrado!

Estiró la mano y lo levantó ante sus ojos. En el sobre, el logo del Centre Médical du Léman.

Se soltó de sus brazos, sacó las placas del interior y fue a la ventana para verlas a contraluz. Las radiografías mostraban el cerebro de Benedict Newman en cortes transversales, con las zonas afectadas marcadas por el radiólogo. Los informes adjuntos estaban escritos en francés.

—El ataque fue real —murmuró Nash mientras los leía, más para sí misma que para Robert—.

Tuvo mucha suerte, no fue un ictus como el de mi madre —dijo con mucha tristeza—.

Debió de ser providencial la ayuda de Margot, que lo trasladó inmediatamente; ellos tampoco están seguros de que fuera un ictus, pero en algún momento se produjo un gran apagón.

En los TAC posteriores se ve que no le quedó rastro.

—¿Qué significa eso? —preguntó Robert acercándose.

—Significa que mis razonamientos sobre lo que le está pasando a Newman pueden estar equivocados. Sufrió un terrible ataque, una especie de cortocircuito, y por Margot sabemos que durante unos minutos disoció antes de fundir a negro, después se recuperó. Puede que ahora le esté ocurriendo lo mismo.

Entonces reparó en algo en lo que no se había fijado hasta aquel momento.

Algo en la placa le había llamado la atención: una pequeña hilera de caracteres impresos en la esquina superior derecha. Su cerebro, ocupado todavía en traducir los datos clínicos y en la voz de Robert junto a ella, no había terminado de procesarlo.

Bajó la placa muy despacio. Cerró los ojos.

Y la imagen vino con la nitidez que no se pide.

El recibidor del piso de su madre. La puerta abierta.

Natalia tendida sobre la alfombra, descalza, con el vestido largo desplegado como si alguien lo hubiera preparado para un retrato.

El teléfono descolgado junto a su mano. Y al otro lado, caído, abierto, el álbum de crónicas donde durante décadas había ido pegando recortes de periódico.

Los últimos años, le había contado después Enri, ya no los pegaba.

Los doblaba y los metía entre las páginas.

Por eso ese día estaban desparramados alrededor del cuerpo como una baraja que alguien hubiera arrojado.

El álbum abierto por la última página. Su madre metiendo un recorte nuevo.

Un recorte de esa misma mañana.

Nash abrió los ojos y volvió a mirar la placa a contraluz.

La fecha estaba ahí, impresa con la frialdad administrativa de los hospitales. Repetida en cada placa. Repetida en cada informe.

Uno de agosto.

El aire abandonó sus pulmones como si alguien le hubiera dado un puñetazo en el estómago.

—La fecha —susurró.

—¿Qué ocurre? —Robert se había acercado preocupado por el cambio en su expresión.

Nash no contestó. Tomó su teléfono y marcó el número de Margot con dedos que de pronto le temblaban.