Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 64 #2
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Hubo una pausa al otro lado de la línea.

—Entonces, el señor Newman empezó a sospechar.

—¿De cuánto dinero estamos hablando? —preguntó Nash.

—Si pasa a la página 12, verá el consolidado. Entre las becas fantasma y las facturas de Meridian, el señor Sahim ha desviado aproximadamente seis millones de euros en los últimos dos años.

El silencio en el despacho se volvió denso.

Robert estudiaba su expresión, muy serio.

Ella lo miraba fijamente, sin verlo, mientras su cabeza construía una pregunta que no quería terminar de formular.

¿Qué haría alguien con una mente capaz de elaborar un sistema tan codicioso y maquiavélico si sospechase que Newman estaba cerca de descubrir el engaño?

¿Habría sido capaz de poner en marcha un plan para destruirlo?

Nash calculó el impacto antes de lanzar su pregunta.

—Necesito entender cómo empezó todo. El abogado del señor Newman había revisado las auditorías anuales y no había detectado nada irregular. ¿Por qué sospechó Newman de Karim?

—El señor Newman se interesó por el trabajo de uno de los estudiantes becados. Un chico que había escrito un ensayo sobre criminología victoriana. Se puso en contacto con él personalmente.

—¿Y?

—El estudiante le dijo que empezaba a pensar que estaba en un mundo paralelo, o que todo era una estafa. Había intentado hablar con los otros becados a través de las direcciones publicadas en la web de la fundación, y nadie le había contestado. Como si fuesen fantasmas.

Nash sintió la carga de la revelación.

—¿Fantasmas?

—Correos que no existían. Perfiles que no correspondían a personas reales.

Fue entonces cuando el señor Newman nos contrató.

Lo que encontramos... Bueno, ya sabe el resto.

Quedamos a la espera de las decisiones que suponemos que tendrá que tomar —continuó Thorne—.

Entendemos que emprenderán acciones legales contra el señor Sahim.

Estamos a su disposición para cualquier procedimiento judicial que requiera nuestro testimonio pericial.

Nash agradeció a Thorne su ayuda y colgó.

El silencio que siguió fue denso, cargado de todo lo que acababan de escuchar. Robert seguía de pie junto a ella, el sobre encima de la mesa, la mandíbula apretada.

—Lo he tenido delante todo este tiempo, Nash, en todos estos meses.

Algunas mañanas Benedict se quedaba mirando la taza de café como si no recordara para qué servía.

En alguna ocasión le pregunté si se encontraba bien; me contestaba que estaba algo preocupado, nada más, y cambiaba de conversación. No se lo comenté a nadie.

Levantó la vista hacia ella.

—Tú eres psiquiatra. ¿Crees que toda esta tensión que Karim le ha ido creando en silencio puede haber sido lo que le provocó el ataque?

Nash tardó en contestar. No porque no tuviera respuesta, sino porque la tenía desde el instante en que Robert había hablado de la taza de café.

—No lo sé, Robert. Con honestidad. Clínicamente no se puede afirmar que la tensión provoque por sí sola un episodio así.

Pero sí sabemos que, en pacientes con cuadros preexistentes, un aumento sostenido de presión, de soledad, de carga emocional, puede desencadenar episodios indeseables.

Si la mente estaba ya fracturada por dentro, algo así es como una grieta que se abre en una pared ya cedida.

Robert asintió muy despacio sin apartar la mirada de la de Nash. Estaba personalmente ofendido, podía verse.

Nash sintió que se le hacía un nudo en la garganta.

Pensó en Newman cerrando la puerta del despacho para hablar con un auditor suizo.

En las noches cocinando platos que después se tiraban.

En las novelas guardadas como copias de seguridad en pendrives escondidos en el escritorio.

En la soledad exhaustiva de sostener solo algo tan grande; ¿sería esa la pauta de su vida? , se preguntó.

Miró de nuevo las cifras en su teléfono mientras negaba suavemente con la cabeza.

—Karim —dijo, y la palabra sonó como una acusación—. Desde el principio. Intentó manipularme desde el primer momento. Intentó ponerme en contra de...

Se detuvo. Miró a Robert, que le sostenía la mirada con aquella intensidad oscura que ella aún no sabía interpretar del todo.

—De ti —completó—. Intentó ponerme en tu contra.

Robert asintió.

—Y supongo que yo no te lo he puesto fácil.

Nunca he ocultado que mi lealtad está con Newman —dijo.

En su voz había una gravedad propia de los asuntos de honor que resultaba demodé, y a la vez le producía fascinación—.

Pero ahora siento que también está contigo.

Es muy importante para mí que sepas que en ningún momento fue mi intención mentirte ni ocultarte nada.

Solo quiero proteger a un hombre, que es una excelente persona, y que ahora está muy enfermo.

Hizo una pausa, como si buscara las palabras exactas.

—En el tiempo que hace que le conozco, solo me ha dado razones para ganarse mi respeto y mi admiración, y eso es mucho decir de alguien para quien trabajas.

Entiendo que tu posición es muy difícil; Newman ha llegado a tu vida en su peor momento, y a mí no me conoces de nada; no soy quién para pedirte que confíes en mi palabra.

Pero si le he protegido como lo he hecho ha sido únicamente porque creo que la situación es muy injusta para él, y ahora no puede defenderse, y porque me duele que sospeches de él.

Estoy seguro de que, si le conocieras como yo, no tendrías ni la más mínima duda, como no la tiene Margot, como no la tiene Mitchell.

Nash lo escuchaba sin interrumpir, sintiendo cómo algo se aflojaba en su interior, una tensión que llevaba días cargando sin ser del todo consciente.

—Quiero ayudarte —continuó Robert—. Siempre que tú priorices buscar ayuda para Newman y probar su inocencia. Estoy de tu parte si tú estás de parte de Newman.

Nash se apoyó contra el escritorio, dejando que el borde de la mesa sostuviera parte de su peso. Clavó en Robert su mirada más profesional.

—Karim me dijo que ni siquiera eras inglés.

Robert bajó la cabeza. Cuando volvió a alzarla, sus ojos —aquel azul que a Nash le parecía imposible llamar azul— brillaban con algo que podría haber sido vulnerabilidad.

—Nash, acabo de darte mi palabra de que no te mentiré ni te ocultaré nada, y lo haré aunque eso suponga ponerme en una situación difícil.

Sacó su teléfono del bolsillo y tecleó algo en el buscador. Le mostró la pantalla: la página web del Colegio Kensington de Mayordomos, con su escudo heráldico y su aire de tradición centenaria. Pulsó el número de teléfono y puso el altavoz.

—Buenos días, quisiera hablar con el director Ash­worth —dijo con un acento británico impecable—. Dígale que soy Robert Hetfield.

Unos segundos de silencio. Luego, una voz cálida al otro lado.

—Mi querido Robert, es un placer escucharte. ¿Qué puedo hacer por ti?

—Clayton, estoy aquí con la doctora Nash Elizondo. Es la hija de mi señor, Benedict Newman. Tiene dudas sobre mi procedencia y nacimiento.

Al otro lado de la línea se oyó un suspiro grave y a continuación la voz templada del director:

—Es un placer saludarla, doctora Elizondo. Soy Clayton Ashworth, director del Colegio Kensington de Mayordomos. El señor Robert Hetfield nació en Southampton, cursó estudios de Ciencias Políticas en la Universidad de Durham y entró en nuestra academia con unas credenciales impecables...

Robert le interrumpió.

—Clayton, querido amigo, te lo agradezco.

Pero Nash Elizondo es alguien importante para mí.

¿Recuerdas que una vez lo hablamos? Llegaría alguien que sería importante de verdad.

Clayton, ella me importa de verdad —dijo sin apartar los ojos de los de Nash—.

Así que, tal y como teníamos pactado, te autorizo a que le cuentes la verdad.

Nash intentó sosegarse mientras sentía que el suelo perdía solidez bajo sus pies. No estaba preparada para aquello.

Varios segundos de silencio se extendieron al otro lado del teléfono.

—¿Estás seguro, Robert? —preguntó el director con un tono distinto, en el que Nash percibió una suerte de duda y emoción.

—En mi vida he estado más seguro de nada —contestó él.

La voz de Ashworth cambió de registro, volviéndose más grave, más íntima.

—Doctora Elizondo, Robert Hetfield nació en Newark, Nueva Jersey, en Estados Unidos.

En el seno de una familia trabajadora. Su madre falleció cuando él era muy joven.

Trabajó duramente para pagarse sus estudios y llegó a mi academia con una seguridad y una decisión que me impactaron.

Se formó con nosotros durante cuatro años y es uno de los mejores mayordomos que ha salido de esta institución.

Robert no apartó la mirada; Nash tampoco.

El director hizo una pausa.

—No le será ajeno que el concepto de mayordomo muy a menudo va ligado al origen inglés.

Esto no es un impedimento para la formación; tenemos excelentes mayordomos japoneses, holandeses, italianos, españoles.

Pero tampoco es raro que el cliente exija que sea británico.

Es el caso de su padre, el señor Newman.

Sin embargo, había tantas exigencias respecto a la formación, el carácter y la edad del perfil que buscaba, y Robert encajaba tan perfectamente, que incluso aceptó hacerse cargo de aspectos adicionales de su formación con tal de que fuera él.

Decidimos obviar el hecho de que no había nacido en las islas británicas y, por su acento, nadie lo dudaría.

Robert cerró los ojos y se llevó las manos al rostro en un gesto que Nash nunca le había visto; se presionó los ojos con las puntas de los dedos. Como si quisiera ocultarse.

Otra pausa y un ligero cambio de tono, quizá preocupación en la voz del director.

—Me consta que Robert se ha esmerado para ofrecer el mejor servicio a su padre durante este tiempo. Espero que este pequeño detalle no sea la razón para que prescinda de sus servicios.

Robert dio las gracias a Clayton y colgó. Sus ojos buscaron los de Nash.