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El edificio de la calle Mayor susurraba historias entre sus paneles de madera y metales bruñidos; olía ligeramente a la trementina del limpiametales.
Nash accionó la llave que conservaba desde su anterior visita con Margot y empujó la puerta cuya mitad superior de cristal exhibía el nombre grabado en negro: COLT STAR .
DETECTIVE PRIVADO . Volvió a sorprenderle la sensación de estar entrando en el decorado de una vieja película hollywoodiense, como si Humphrey Bogart pudiera aparecer en cualquier momento entre las sombras con un cigarrillo colgando de los labios.
La pequeña sala de espera con sus cuatro sillas dispares y su mesita cubierta de revistas daba paso al despacho propiamente dicho, sumido en aquella penumbra perpetua que solo rompía la vieja lámpara Fase proyectando su luz sobre el escritorio desvencijado.
El olor a humo de cigarrillos impregnaba cada superficie.
Nash avanzó hacia el escritorio mientras Robert se dirigía a los ficheros metálicos.
—¿Cómo es lo que buscamos? —preguntó él deteniéndose con la mano en el primer cajón—. ¿Tienes alguna idea de cómo puede ser el documento?
Nash sonrió, consciente de que lo había dicho en plural.
—Puede ser un sobre pequeño y alargado con varios pliegos de papel en su interior si es un informe médico —dijo—.
O también el típico sobre ocre, de un tamaño superior, en el que se podrían guardar fotografías o radiografías.
Es muy probable que tenga el logo de un hospital o de una clínica privada.
Robert asintió y comenzó a revisar el contenido del fichero con movimientos metódicos mientras Nash recorría la superficie del escritorio con la mirada.
El cenicero de cristal verde seguía allí, una escultura a un tiempo en el que el tabaco había formado parte de la narrativa de tantas historias en blanco y negro, con sus colillas aplastadas, junto al mechero Ronson plateado con las iniciales C.
S. grabadas en el costado. Los vasos de culo grueso, la botella de whisky mediada, el teléfono negro, el secante de piel. Todo exactamente como lo recordaba.
Entonces vio la postal.
Estaba sobre la mesa, junto al teléfono, como si alguien la hubiera dejado allí recientemente.
Nash la tomó y observó el anverso: un grabado antiguo de estilo inglés que representaba un cernícalo en pleno vuelo, con su nombre en latín impreso debajo en tipografía elegante: Falco tinnunculus .
Le dio la vuelta. En el reverso, escrita a lápiz con aquella caligrafía contenida y densa de Newman, una sola palabra: Thorne.
El corazón le dio un vuelco. Abrió su bolso y sacó la tarjeta que había tomado del despacho del escritor días atrás.
Orbis Solutions Ginebra-Nueva York
Marcus Thorne Gestión de Continuidad +41 22 501 8847
Thorne. Marcus Thorne. La conexión era evidente.
—Robert —llamó, pero él estaba concentrado en los ficheros y apenas alzó la vista.
Nash tomó su teléfono y marcó el número suizo.
Un tono. Dos. Tres.
—Orbis.
De nuevo la voz humana, profesional, desprovista de emoción. Sin saludo, sin ofrecimiento de ayuda. Solo el nombre de la empresa, pronunciado como una contraseña.
—Hola..., quisiera hablar con el señor Marcus Thorne, por favor.
—¿A quién debo anunciar?
Nash percibió algo en el tono del operador, una especie de filtro invisible que separaba a los que sabían de los que no.
—Soy Nash Elizondo. Hija de Benedict Newman. Mi padre se encuentra gravemente enfermo y estoy ahora al frente de la administración de sus bienes; llamé ayer.
Hubo un cambio casi imperceptible en la voz al otro lado, una apertura mínima.
—Un momento, por favor... Para verificar su autorización de contacto, ¿cuál es la referencia del proyecto?
—¿Referencia del proyecto?
Nash miró la postal que aún sostenía en la mano izquierda. El cernícalo la observaba con su ojo redondo y fijo.
— Falco tinnunculus —dijo intentando que la duda no se traspasase a su voz.
El silencio al otro lado duró apenas un segundo, pero a Nash se le antojó eterno.
Le pareció que su interlocutor sonreía al decir:
—Con «cernícalo» habría bastado. Un momento, por favor. Le paso con el señor Thorne.
Mientras esperaba, Robert se había acercado con un sobre blanco grande en las manos. Nash le hizo un gesto para que aguardara y entonces una voz masculina, cálida pero profesional, habló al otro lado de la línea.
—Señora Newman, soy Marcus Thorne. —Nash no corrigió su apellido—.
Es un placer hablar con usted. Hemos tenido noticias de la situación de nuestro cliente a través de la prensa, y me informaron de que llamó usted por teléfono ayer.
Como comprenderá, debido a la naturaleza de nuestro trabajo, no podíamos dar por válido el contacto sin la clave.
Esperamos sinceramente que el señor Newman se recupere.
—Señor Thorne, me temo que Benedict Newman no está en situación de explicarme cuál es la «naturaleza» de la relación que los une. Necesito entender a qué se dedican exactamente.
—Somos auditores forenses, señora Newman.
Nos especializamos en lo que llamamos gestión de continuidad.
Para el mundo exterior, eso significa planes de contingencia de negocio.
Para nosotros, asegurar la continuidad de los intereses de nuestro cliente si surge algún...
problema. ¿Tiene acceso a un correo electrónico?
Será más fácil si le envío la documentación mientras hablamos.
Nash le dio su dirección de correo y en cuestión de segundos su teléfono vibró con la notificación de un mensaje entrante. Abrió el archivo adjunto y la pantalla se llenó de gráficos, tablas y documentos que no entendía. Mientras revisaba los archivos, indicó a Robert con un gesto que se acercara.
—Lo que está viendo en la primera página es un resumen ejecutivo de nuestra investigación —explicó Thorne—. Su padre nos contrató hace aproximadamente dos meses porque sospechaba irregularidades en la gestión de su fundación.
—¿Irregularidades?
—Desvío sistemático de fondos, señora Newman.
Y debo advertirle de que nos enfrentamos a un nivel de sofisticación que rara vez vemos.
Nos llevó dos meses de disección intensiva, persecución de pistas y análisis forense de cuentas hasta comprender la ingeniería completa que el señor Karim Sahim había construido alrededor de la Fundación Newman.
—Señor Thorne, me acompaña Robert Hetfield. —Nash intercambió una mirada con Robert—. Es el asistente personal de Benedict Newman, quiero que escuche la conversación, a menos que tenga algún inconveniente —dijo mientras accionaba el altavoz.
La voz de Thorne continuó, precisa y desapasionada como un bisturí.
—Ninguno. El esquema opera en dos niveles.
El primero es lo que llamamos una red de mulas.
El señor Sahim creó un programa ficticio de becas para jóvenes artistas, con decenas de beneficiarios.
Esos beneficiarios existen: tienen documentos de identidad, cuentas bancarias, incluso perfiles en redes sociales. Pero son identidades sintéticas.
Robert frunció el ceño.
—¿Significa eso —preguntó Robert con voz muy neutra— que los nombres que aparecen en la web de la Fundación Newman no corresponden a personas reales?
—¿Y usted es...? —preguntó Thorne.
—El señor Hetfield —contestó Nash sin dar más explicaciones.
—Sí, señor Hetfield, exacto. Cuentas de correo que no existen. Perfiles fabricados. Como si fuesen fantasmas.
Robert cerró los ojos un instante. Cuando volvió a abrirlos, Nash vio en ellos algo que no le había visto antes. No era sorpresa. Era un cálculo silencioso, el ajuste de una cuenta interior.
—Un paquete completo con número de identificación fiscal, historial crediticio básico, cuenta bancaria operativa.
Los pagos de las becas se dispersan entre estas cuentas fantasma en cantidades pequeñas, siempre por debajo del umbral que activaría alertas de blanqueo.
Esto genera un ruido enorme, cientos de transacciones aparentemente legítimas que saturan cualquier auditoría convencional con pistas falsas.
Nash pasaba las páginas del documento sin ver realmente lo que tenía delante. El estómago se le había encogido.
—Ha dicho que opera en dos niveles.
—El segundo nivel es donde está el dinero real.
Si pasa a la página 7, verá una factura de una empresa llamada Meridian Arts Logistics, con sede en Dubái.
Supuestamente, se encarga del transporte y el seguro de obras de arte para exposiciones de la fundación.
Las facturas son impecables: detallan embalajes especializados, seguros, permisos de exportación.
Cientos de miles de euros en facturas por un servicio que nadie cuestiona.
Pero Meridian Arts Logistics es una shell company , una cáscara vacía.
No tiene empleados, ni oficinas ni flota de transporte.
Es un buzón postal conectado a una cuenta en las islas Seychelles.
—¿Y quién es el propietario de esa empresa?
—Ahí está la elegancia del diseño si me permite la expresión.
El propietario registrado es un testaferro local.
No tiene conexión aparente con el señor Sahim.
Rastrear el dinero desde Meridian hasta su destino final nos obligó a atravesar cuatro jurisdicciones diferentes con distintos niveles de cooperación judicial.
Thorne hizo una pausa.
—Lo que ha conseguido el señor Sahim es notable en su perversidad: en una auditoría tradicional, por exhaustiva que sea, este esquema pasaría completamente inadvertido.
Solo un análisis forense especializado, con acceso a bases de datos de identidades sintéticas y capacidad para operar en múltiples jurisdicciones, puede desentrañarlo.
Robert apartó la vista. La mandíbula se le tensó visiblemente. Nash lo vio respirar profundamente una vez, despacio, antes de volver a hablar.
—Hace tres meses —dijo— hubo un envío de Meridian. Recuerdo el nombre porque el señor Newman me lo comentó al ver la factura. Le sorprendió la cantidad. Dijo que era mucho dinero para el traslado de tres cuadros.