Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 63
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La voz de Sarasola resonaba amortiguada a través de las paredes mientras Nash subía la escalera hacia la planta superior.

El padre Tadeo había cerrado las puertas de la biblioteca con aquel gesto suyo de oficiante, y ella había aprovechado para escabullirse.

Las enfermeras descansaban en su dormitorio después del turno de noche, y Robert había salido con Elisa a hacer la compra. No habría mejor momento.

El dormitorio de Benedict Newman ocupaba el ala este de la mansión, una suite amplia con vistas al jardín trasero que Nash solo había atisbado de pasada en sus primeros días allí.

Empujó la puerta y se detuvo un instante en el umbral, dejando que sus ojos se adaptaran a la penumbra.

Las cortinas estaban echadas, pero la luz de la mañana se filtraba por los bordes, dibujando rectángulos pálidos sobre las alfombras.

Olía a madera de cedro y a algo más sutil, un perfume masculino que había impregnado las fibras de las tapicerías durante años.

La cama, hecha con cuidado, presidía la estancia con su cabecero de nogal recto y sin florituras.

A un lado, una cómoda Mid Century con tiradores de bronce.

Al otro, un escritorio más pequeño que el del despacho, destinado a la correspondencia personal.

Nash comenzó por los cajones de la mesilla de noche.

Encontró lo esperable: un antifaz para dormir, pañuelos, un bote de pastillas —las revisó: melatonina, nada más—, un libro de poesía de Mary Oliver con varias páginas marcadas.

Nada que se pareciera a documentación médica.

Pasó al escritorio. Sobres, papel de carta con membrete, una pluma estilográfica Montblanc, sellos.

Tiró del cajón inferior con más fuerza de la necesaria y el contenido se desparramó: fotografías antiguas, sobre todo de barcos, vapores, cruceros, cargueros, postales.

Se arrodilló para recogerlas y fue entonces cuando oyó los pasos en el pasillo.

Robert apareció en el umbral.

Durante un instante, ninguno de los dos habló.

Nash, aún de rodillas con los papeles en la mano, vio cómo la expresión del mayordomo pasaba de la sorpresa a algo que se parecía mucho a la desolación.

Llevaba puesto el chaleco azul marino que usaba para trabajar en la casa, y los gemelos de sus puños, que Nash había notado antes: de oro, con un diseño circular, capturaron un destello de luz cuando cruzó los brazos sobre el pecho.

—Nash.

No era una pregunta, pero tampoco una acusación. Ella se puso en pie despacio, sin soltar los papeles.

—Busco las pruebas del ictus de Newman. El TAC, los informes médicos. Tiene que haber algo.

Robert recorrió la habitación con la mirada, se detuvo en los cajones abiertos, en la ropa interior que asomaba, en el desorden que Nash había sembrado a su paso.

Entonces se acercó a ella lentamente, le quitó los papeles de las manos con suavidad —casi con ternura— y comenzó a colocarlos de nuevo en el cajón.

Sus dedos rozaron los de Nash durante un segundo, apenas un instante, pero ella sintió el contacto como una descarga leve.

Alzó la vista y encontró sus ojos. Eran de un azul muy oscuro, tan oscuro que casi parecía imposible llamarlo azul.

Nash había pensado en otras ocasiones que eran como la profundidad del mar, ese punto donde la luz deja de llegar y todo se vuelve misterio.

—Lo que buscas no está aquí —dijo él sin apartar la mirada.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Porque llevo el control exhaustivo de esta habitación —respondió, y había en su voz una nota de orgullo herido—.

De toda la ropa, de todos los objetos, de todos los documentos.

Sé exactamente qué hay en cada cajón, en cada estante, en cada rincón.

Y puedo jurarte que ningún informe médico ha pasado jamás por aquí.

Nash dejó que él terminara de ordenar los papeles y se sacudió las rodillas.

—Entonces, ¿dónde está?

Robert pareció considerar la pregunta durante unos segundos. Sus ojos, aquella profundidad marina, se posaron en ella con una expresión que no supo descifrar.

Se encogió de hombros mientras negaba.

—No lo sé, pero si el detective Star cree que está trabajando para el señor Newman —dijo finalmente—, y para ti..., puede que haya recabado esa documentación igual que tú intentas hacerlo ahora. Puede que la tenga en su despacho.

—¿El despacho del centro de la ciudad?

—El mismo.

Nash asintió despacio, procesando la sugerencia. Había algo en el modo en que Robert la miraba que la incomodaba, aunque no habría sabido explicar por qué. No era hostilidad. Era más bien la vigilancia contenida de alguien que guarda secretos y teme que otros los descubran.

—Newman tiene un avión privado, ¿verdad?

Robert asintió.

—Te refieres al Pilatus.

—¿Sabes dónde está?

—Por supuesto. En un aeródromo privado, como a una hora de aquí. Tengo las llaves y los permisos de acceso.

—Llévame.

No era una petición, y Robert no la trató como tal. Asintió una sola vez, con aquella economía de gestos que Nash había aprendido a reconocer como parte de su formación, y se hizo a un lado para dejarla pasar.

El aeródromo resultaba invisible desde la carretera, pero cuando se acercaron Nash pudo ver que se extendía como una cicatriz gris entre los campos verdes, una pista de asfalto flanqueada por hangares metálicos que brillaban bajo el sol de mediodía.

Ella había conducido en un silencio incómodo durante casi todo el trayecto, con Robert en el asiento del copiloto indicándole las salidas y los desvíos con aquella voz pausada suya que no delataba nada, y que ella mitigó con la voz de Rosalía.

La magicalidad de sus notas le hizo pensar en un ángel y, casi por asociación inversa, en la Santa, y en su voz de diablo, estridente y malvada, y en cómo el jefe de informativos había descrito la voz de la informante, una voz que no olvidas.

¿Se había equivocado con Margot al pensar que podía ser la responsable de filtrar la noticia? ¿Podía el afán de sabotear el sistema haber llevado al monstruo a delatar ante la prensa la situación de Newman?

La voz de Robert la rescató de sus pensamientos cuando enfilaban el camino de acceso, habló sin que ella preguntara.

—Una de las condiciones del puesto era saber pilotar. Newman lo exigía como parte de la formación de su mayordomo.

Nash lo miró de reojo.

—¿Sabes pilotar?

—Ahora sí. Pero cuando solicité el trabajo, no. Pensé que no lo obtendría por eso. —Hizo una pausa breve—. El señor Newman me exigió tomar clases nada más entrar a su servicio. Pagó la formación completa.

—¿Y el anterior mayordomo?

—Bastian era un excelente piloto. Voló con Newman durante casi veinte años. Aunque entonces tenía otro avión, un modelo anterior. El Pilatus lo adquirió poco antes de que yo entrara a su servicio.

El hangar donde guardaban el Pilatus PC-12 estaba al final de la hilera, más moderno que los demás y con una puerta corredera que Robert abrió con su llave.

El avión apareció ante ellos como un pájaro dormido, blanco con una franja azul cobalto que recorría el fuselaje.

Nash nunca había estado tan cerca de una aeronave privada.

Era más grande de lo que había imaginado, con una hélice de seis palas y ventanillas ovaladas que reflejaban la luz del exterior impidiendo ver hacia dentro.

Robert subió primero por la escalerilla y le tendió la mano para ayudarla.

El interior olía a cuero limpio y a un suave perfume, como de coche nuevo.

Los asientos de piel color crema y la moqueta impecable transmitían una sensación de lujo discreto, de viajes silenciosos sobre las nubes.

Nash se preguntó cuántas veces habría volado Newman en aquel aparato, a cuántos países, huyendo de qué o hacia qué.

—Creo que el detective Star venía aquí aquella noche —murmuró recorriendo el pasillo con la mirada—. Quería comprobar algo del avión.

Robert no contestó. Fue hacia la cabina y accionó el sistema eléctrico para que se encendieran las luces del interior.

Nash estudió el lugar; era perfecto. Reparó entonces en que el mayordomo estudiaba los instrumentos del panel de control con el ceño fruncido.

Nash lo siguió y se asomó por encima de su hombro.

—¿Qué ocurre?

—Permíteme, tengo que hacer una comprobación.

Se sentó en el asiento del piloto, accionó un pulsador y encendió los controles de cabina. Señaló uno de los indicadores.

—El depósito está vacío. Completamente vacío.

Lo dijo con un tono neutro, pero Nash vio cómo su mandíbula se tensaba casi de modo imperceptible. Su expresión se volvió extraña, como si algo no encajara, pero no quisiera decirlo.

—¿Es raro?

—No —dijo él sin convicción.

Ella archivó aquella observación para más tarde y siguió explorando la cabina.

Fue entonces cuando vio un sobre.

Estaba encajado entre el asiento del piloto y la consola lateral. Un sobre blanco con el membrete del aeródromo. Lo sacó y extrajo la hoja que contenía: una orden de repostaje fechada varios días antes del episodio de Newman en comisaría. Depósito completo. Firma ilegible. Varios miles de euros.

—Robert.

Él se volvió y ella le mostró el papel.

—Según esto, el avión se llenó de combustible hace menos de dos semanas.

Robert miró el documento, luego el indicador del panel y de nuevo el documento. Su rostro permaneció impasible, pero Nash percibió algo —¿alarma?, ¿reconocimiento?— que cruzaba como una rápida sombra por sus ojos.

—Eso es imposible —dijo—. El depósito está seco. Por eso me ha llamado la atención. No es habitual que el depósito se quede vacío por completo; por cuestiones mecánicas, no es aconsejable.

—¿Cabe la posibilidad de que se haya efectuado algún tipo de mantenimiento en ese tiempo? —planteó Nash.

Bajaron del avión y cruzaron la pista hacia el edificio de administración, una construcción baja de ladrillo con un cartel descolorido que rezaba: OFICINA DE OPERACIONES .

El encargado era un hombre de unos cincuenta años con aspecto de haber pasado demasiadas horas bajo el sol, la piel curtida y los ojos entornados, incluso bajo techo.

Los recibió mientras se colocaba la mascarilla con una mezcla de curiosidad y recelo que se disipó en cuanto Robert mencionó el nombre de Benedict Newman.

—Ah, sí, el señor Newman. Un caballero. Siempre muy correcto. Perdone, usted trabaja para él; no le había reconocido con la mascarilla.

Nash le mostró la orden de repostaje.

—¿Puede confirmar que este pedido se ejecutó?

El hombre examinó el papel y asintió.

—Claro que sí. Nos llegó la petición, llenamos el depósito y recibimos el correspondiente pago. Todo en orden.

—¿Quién hizo la petición?

—Pues quien sea que se ocupe de hacer esas cosas para un señor como el señor Newman.

—¿A quién remiten las facturas? —preguntó Nash.

—Al secretario del señor Newman. Como todo lo relacionado con el avión.

Nash intercambió una mirada fugaz con Robert. Karim.

—El depósito está vacío —dijo el mayordomo.

El encargado parpadeó.

—Eso es imposible.

—Acabo de comprobarlo yo mismo.

Un silencio incómodo se instaló entre ellos. El hombre se rascó la nuca, visiblemente desconcertado.

—¿Puede haber una avería en el indicador? —sugirió.

—No, lo he comprobado —contestó Robert.

—¿Tienen registrado algún vuelo de salida? —preguntó Nash—. ¿Algún movimiento del avión en las últimas semanas?

—Que sepamos, no. Pero... —Hizo una pausa, y su expresión se volvió evasiva—. Durante la pandemia casi no había vigilancia aquí, y ahora la mínima. Y desde que han levantado el confinamiento, he de reconocer que algunos de nuestros socios han hecho vuelos un poco más largos de lo que han declarado.

—¿Cómo es eso posible?

El hombre se encogió de hombros.

—Son aviones que pueden volar a menos altura. No hacen las rutas comerciales típicas. Es difícil controlarlos si no quieren ser controlados, y oficialmente no es necesario presentar plan de vuelo.

—Parece mucho combustible —dijo volviéndose hacia Robert—. ¿Qué autonomía tiene el Pilatus con el depósito lleno?

—Unas cinco horas de vuelo.

Cinco horas. ¿A dónde se podía llegar en cinco horas desde allí? ¿Y quién había volado si es que alguien lo había hecho?, ¿Newman?, ¿el detective Star?, ¿alguien más? Y los pagos del avión iban a Karim... Otro hilo suelto que tendría que seguir.

Agradeció al encargado su tiempo con una cortesía automática y salió del edificio seguida por Robert.

El sol caía a plomo sobre la pista, haciendo brillar el asfalto como si estuviera mojado.

Caminaron en silencio hasta el coche y Nash se detuvo junto a la puerta del conductor, las llaves en la mano.

—Vamos al despacho de Colt Star —dijo.

Robert asintió, rodeó el coche y ocupó el asiento del copiloto con aquel movimiento fluido y silencioso que parecía formar parte de su naturaleza. Nash arrancó el motor y enfiló la salida del aeródromo, sintiendo en la nuca el peso de todas las preguntas que aún no sabía cómo formular.