Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 62 #3
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—¿Quién?

—La Santa. Si hablas de él, se pone alerta. Siempre lo hace.

—¿Por qué?

Kevin miró a Sarasola con tenacidad.

—Porque es su cometido. La Santa se despierta porque tiene el nivel de alerta más alto. Ya la has visto, es una jodida loca, pero su paranoia nos mantiene a salvo.

—¿A salvo de él?

Kevin asintió.

—¿Cómo lo llamáis?

Kevin bajó la voz hasta un susurro apenas audible:

—El Imperdonable.

Y luego:

—No, joder, no voy a decir nada. Quiere ayudarnos —dijo Kevin como si contestase a alguien que los demás no podían oír.

»Ese es el cometido de todos —dijo el chico.

—¿Cuál, Kevin? ¿Cuál es vuestro cometido?

—Que el Imperdonable no vuelva a ver jamás la luz.

El vídeo se detuvo.

El silencio en la biblioteca fue absoluto.

Nash se puso en pie como si hubiera recibido una sacudida eléctrica. Se dirigió hasta el ventanal decidida y se volvió hacia los sacerdotes.

—No me lo creo.

Sarasola permaneció sentado, con las manos cruzadas sobre las rodillas. No parecía sorprendido por su reacción.

—¿Qué parte no cree, doctora?

—Todo —respondió Nash dándose la vuelta—. Es demasiado perfecto. Demasiado elaborado.

—Por eso mismo es auténtico —intervino el padre Tadeo con voz pausada—. Nadie que finja construye algo tan complejo.

—O precisamente por eso —replicó Nash—. Alguien muy inteligente construye la ficción perfecta.

Sarasola se puso en pie despacio.

—Permítame plantearle algo, doctora Elizondo. Una teoría que el equipo de Pamplona y yo hemos desarrollado después de analizar todos los vídeos.

Caminó hasta el ventanal y se colocó junto a Nash.

—La Santa no es católica. Es protestante. Lo ha dejado muy claro. Las Solas. La burla al rito de confesión. El rechazo visceral a la Iglesia católica. Y eso es extraordinariamente revelador.

Nash lo miró sin comprender todavía.

—Durante el conflicto irlandés —continuó Sarasola—, católicos y protestantes se enfrentaron en una guerra que, además de tener motivaciones políticas, estuvo profundamente marcada por el fanatismo religioso. El IRA era mayoritariamente católico. Sus enemigos, los unionistas, eran protestantes.

El padre Tadeo se acercó también.

—Si partimos de la premisa de que la personalidad oculta, ese «Imperdonable» del que habla Kevin —dijo—, podría ser Collin Doyle, un chaval católico que vio morir a sus padres cuando era niño, criado en medio del odio y la sed de venganza...

—... no sería extraño —completó Sarasola— que su alter perseguidor hubiera tomado la personalidad del agresor original. Del fanatismo protestante que los católicos del IRA percibían en aquella guerra.

Nash procesó la información durante unos segundos.

—Ya le expliqué antes —añadió Sarasola— que en ocasiones el perseguidor toma aspectos del agresor original.

Lo imita. Lo internaliza. La Santa podría ser eso: la voz del enemigo que Collin Doyle escuchó durante su infancia.

El fanatismo religioso que justificaba la violencia.

La idea de que el pecado solo se purga con sangre y fuego.

—Es una teoría coherente —reconoció Nash—. Pero hay algo que no encaja.

Se apartó del ventanal y los miró a ambos.

—Kevin ha dicho que Newman cocina comida elaborada que luego no se come.

—Sí —asintió Sarasola—. Un comportamiento típico de...

—Acabo de descubrirlo —lo interrumpió Nash con voz firme—. Karim me mostró la comida que recoge del contenedor. Platos de alta cocina que alguien prepara de madrugada y después Robert tira. Y de repente, en esta sesión, Kevin lo menciona.

El padre Tadeo frunció el ceño.

—¿Qué está insinuando?

—Que es demasiada coincidencia —respondió Nash—. Justo descubro que Newman se levanta de noche a cocinar, y una de sus personalidades lo confirma. Como si me estuvieran validando. Como si me estuvieran diciendo: «Mira, es verdad, las personalidades existen».

—O simplemente es verdad —dijo Sarasola con calma—. Que usted lo haya descubierto de forma independiente no invalida el testimonio de Kevin.

—¿Y la droga? —continuó Nash—. Nos drogaron hace dos noches. Encontré Sedotine en la caja fuerte de Newman. Esa misma noche apareció un bolso abandonado en la calle. Y ustedes me dicen que fue la Santa saboteando el sistema.

—Es coherente con su perfil autodestructivo —argumentó el padre Tadeo.

—Y también lo es con alguien que necesitaba que estuviéramos inconscientes para salir de la casa sin ser visto —replicó Nash—. Alguien que tiene acceso a esa droga. Alguien que tiene las claves de la caja fuerte.

Sarasola la estudió durante un largo momento.

—Comprendo su escepticismo, doctora. De verdad que lo comprendo, pero debo preguntarle: ¿ha visto alguna vez un TID auténtico?

Nash negó con la cabeza.

—Yo sí —dijo Sarasola—. Varios. Y ninguno se parecía a esto.

Ninguno tenía esta complejidad, esta arquitectura interna tan sofisticada.

Los guardianes son extremadamente raros.

Los perseguidores con perfiles religiosos definidos, más aún.

La existencia de una personalidad oculta que todas las demás intentan mantener encerrada dota al caso de un interés y un fondo extraordinario. Habla de conciencia.

Hizo una pausa.

—Doctora Elizondo, lo que estamos viendo aquí es o el caso más extraordinario de TID documentado en décadas o el fingimiento más brillante que he presenciado en mi carrera. Y le aseguro que he visto muchos fingimientos. Este no se comporta como tal.

Nash sostuvo su mirada.

—Entonces tendremos que averiguar cuál de las dos opciones es la correcta.

Se dirigió hacia la puerta de la biblioteca.

—¿A dónde va? —preguntó el padre Tadeo.

—A buscar pruebas —respondió Nash sin volverse—. Ustedes tienen sus vídeos. Yo tengo mis métodos.