62 #2
—Bueno, si usted fuese un exorcista y medianamente culto, ya sabría que de cualquier manera no iba a funcionar; para que un exorcismo funcione debe ejecutarlo un sacerdote de la fe que se profesa. ¿O pensaba limpiarme el aura con un huevo crudo?
Sarasola sonrió y asintió divertido.
—Tienes razón, y me has dejado claro que no eres católica.
— Sola scriptura, sola fide, sola gratia, solus Christus, soli Deo gloria .
—Las Solas.
—¿Los católicos pensabais que erais los únicos que sabíais latín?
—Ya veo que no, que eres muy culta, y muy lista, además. Pero eso da igual, no estoy aquí para hacer un exorcismo. Soy médico psiquiatra, igual que el padre Tadeo. Estamos aquí para tratar de ayudaros.
—¡Oh! Pero ¿ahora los curas estudian? Por fin la Iglesia católica se ha decidido a poner a sus sacerdotes a hacer algo que no sea engañar a la gente en latín.
Alzó ante su rostro las manos vendadas, simulando un aplauso que sonó sordo.
—Los católicos dais mucha risa.
Sarasola sonrió con beneplácito.
—¿Ah, sí? ¿Y qué es lo que te hace tanta gracia?
—La lista es larguísima: el modo servil en que os plegáis al papa, vuestra antinatural relación con Dios, la equivocada adoración a María. La lista es muy larga. ¿Quiere que continúe?
—Por favor.
—Lo más ridículo de todo, lo que más vergüenza debería daros, es vuestro ritual de confesión.
Puedes pasarte toda la vida pecando, siendo lo peor, y lo único que tienes que hacer en el último momento es arrepentirte y ¡oh, Dios mío!
¡Perdóname! Y angelitos al cielo —dijo moviendo ambas manos a los lados de su cara, imitando un aleteo.
—Hay un importante matiz —puntualizó Sarasola levantando el índice.
Nash pensó que parecía estar disfrutando de la conversación.
—El arrepentimiento ha de ser... total, genuino y de corazón. ¿No crees que en ocasiones existe un arrepentimiento real?
—¡NOOO! —gritó la Santa golpeando con fuerza en los costados del sillón, aunque de inmediato recuperó el control y su desagradable tono burlón—.
¿Y qué importa que sea real? Lo único que importa es el pecado.
Si ha habido pecado, no sirve de nada arrepentirse; la única manera de eliminarlo es expiarlo.
—¿La expiación del pecado?
—Solo hay un modo, mediante el fuego y la destrucción. La única forma de que desaparezca el pecado es que deje de existir.
—¿Es ese tu propósito?
Se contuvo, como si fuera a decir algo y se lo hubiera pensado mejor.
—Si se da la circunstancia..., si se da el momento —dijo al fin.
—¿Qué momento sería ese?
Pero la Santa permaneció en silencio mirando la estancia como si jamás la hubiera visto antes.
—Está bien, no contestes si no quieres —continuó Sarasola—. Ahora que ya nos conocemos un poco mejor, ¿permitirás que os ayudemos?
Dejó caer las manos a los costados del cuerpo y comenzó a frotarlas contra el sillón.
—No sé qué os hace pensar que podéis ayudarnos. ¿Por qué ha pedido hablar conmigo?
—La respuesta es muy sencilla. Según los otros, tú eres la que daña el sistema.
La indignación se dibujó en su rostro.
—¡Los protejo! —dijo enseñando los dientes.
—Pues no es eso lo que me han dicho. Dicen que pierdes el control, que haces llorar al niño, te enfrentas con Kevin y los pones en peligro; quizá deberías darme tu versión y hasta puede que logre convencerlos.
—Son una caterva de desagradecidos.
—Los asustaste, les hiciste pasar mucho miedo el otro día, dentro del túnel. Cuando saliste al frente.
—¿Qué le han contado? —preguntó de pronto preocupada como si de verdad le importara.
—Me han contado que tomaste el control del coche e intentaste estrellarlo.
Se encogió de hombros. Sin admitir ni negar.
Sarasola mantuvo la voz calmada:
—Hemos venido a escucharte.
—A grandes males, grandes remedios. Tuve que hacerlo. Esa chusma no entiende nada, se quedan siempre en la superficie de las cosas, en las acciones, pero no profundizan en las razones. Y ese detective de panfleto barato iba a estropearlo todo.
—¿De qué modo?
—Lo que iba a hacer causaría un cataclismo, desataría toda la vergüenza, todo el dolor, dejaría salir lo peor.
—¿Peor que morir?
La Santa soltó una risa aguda. Y después contestó casi condescendiente:
—Padre, usted es católico, ya debería saber que hay cosas infinitamente peores que la muerte. La muerte solo es el principio.
Volvió a reírse. Una risa que no tenía nada de alegría.
—Es patético. El pecado no se borra con lágrimas. Se borra con sangre. Con sacrificio. —Su voz se iba exacerbando, como la de un predicador enloquecido—. Con muerte. Solo muriendo podemos nacer purificados. Solo destruyendo el mal podemos...
Se detuvo.
Se miró las manos. Durante toda la conversación las había estado frotando contra los reposabrazos del sillón. Los vendajes empezaban a florecer con manchas rojas.
—Estás dañando el sistema. Mira tus manos —dijo Sarasola.
La Santa levantó la vista con furia repentina.
—¡Yo los protejo! ¡Soy la única que sabe cómo hacerlo! Tenemos que morir para expiar su pecado. Para librarnos del mal. Para...
Se puso en pie de golpe. Los brazos se alzaron sobre la cabeza. El cuerpo se lanzó hacia delante como si fuera a atacar.
Y entonces se congeló.
Los brazos quedaron suspendidos en el aire. El cuerpo inmóvil. Como si alguien hubiera pulsado un botón de pausa.
Muy despacio, los brazos bajaron. El cuerpo se enderezó. La postura se volvió rígida otra vez. Militar. Se sentó con la espalda recta. Las manos sobre las rodillas.
La voz cambió. Mecánica de nuevo:
—Intervención ejecutada. La unidad designada como la Santa estaba poniendo en peligro el sistema. He detenido su acceso.
El padre Tadeo pausó el vídeo.
Nash exhaló despacio. No se había dado cuenta de que había estado conteniendo el aliento.
—Extraordinario —murmuró.
—La sesión se volvió muy lenta a partir de ahí —explicó Sarasola—. El Carcelero estaba reticente. Pero conseguimos información crucial.
El padre Tadeo buscó en el vídeo.
—Aquí.
Accionó el play de nuevo.
En la pantalla, el Carcelero permanecía con su postura rígida.
La voz de Sarasola:
—Necesito hacerte una pregunta importante, Carcelero. ¿Quién es el anfitrión del sistema?
—Defina anfitrión .
—La personalidad original, la que tiene el control la mayor parte del tiempo. La que se encarga de la vida diaria.
Pausa.
—Hace todo eso, pero Newman no es el anfitrión.
En el vídeo, Nash vio cómo Sarasola se inclinaba levemente hacia delante. El padre Tadeo dejaba de tomar notas.
—¿Quién es el anfitrión?
—Haga otra pregunta.
El padre Tadeo pausó de nuevo.
—Fue imposible que nos dijera más sobre ese tema —explicó—. Cada vez que intentábamos acercarnos, respondía «código de seguridad».
—Entonces cambiamos de táctica —continuó Sarasola—. Le preguntamos por Collin, el terrorista irlandés cuya documentación apareció en el despacho de Newman. Su respuesta fue clara: «No tengo datos sobre ese individuo». Probamos con descripciones, con diferentes nombres. Nada.
—Actúa casi como un gran cerebro central —añadió el padre Tadeo—. Es como un robot. De vez en cuando se detenía, como si escuchara hacia dentro, y después volvía a hablar.
—Le pedimos comunicar con otras personalidades —continuó Sarasola—. Se negó a permitir que la Santa volviera a salir. Dijo que Newman no quería hablar. Al final, cuando le preguntamos cuántas personalidades había en el sistema, ocurrió algo muy revelador.
El padre Tadeo buscó en el vídeo y lo puso en marcha.
El Carcelero en la pantalla:
—El niño. Kevin. La Santa. El escritor. El detective. Mmm...
Pausa larga.
—... y yo.
Sarasola en el vídeo:
—Has dudado. ¿Hay alguien más?
—Haga otra pregunta.
—¿Quién es ese al que no has nombrado?
—Haga otra pregunta.
El padre Tadeo pausó.
—Hay una personalidad que evita nombrar —dijo Nash lentamente.
—Llegamos a la misma conclusión —confirmó Sarasola—. Pero para entonces ya resultaba inabordable. Y fue cuando, cambiando de estrategia, pedimos hablar con Kevin de nuevo. El Carcelero accedió de inmediato. A pesar de fingirse malhumorado, ya le voy conociendo, Kevin siempre quiere hablar.
El padre Tadeo accionó el play una vez más.
El cambio fue instantáneo. El cuerpo se desplomó. Las piernas se separaron. Los codos se apoyaron en las rodillas. La cabeza se ladeó. Y cuando habló, la voz era joven, áspera, llena de energía:
—¡Joder, tío! ¿Otra vez?
Kevin soltó una carcajada.
—El Carcelero ha fundido a la loca. Me alegro. Estaba hasta los cojones de escuchar a esa puta histérica.
Sarasola en el vídeo:
—¿Fundido?
—Sí, tío. La deja sin fuerzas. La hiberna. Como cuando apagas el ordenador.
—¿Puede hacer eso con todas las personalidades?
—Sí. A veces nos funde a todos. Como aquella noche en comisaría.
—¿Cuando estaban interrogando al escritor?
—Sí. El escritor estaba a punto de cagarla y el Carcelero nos fundió a todos de golpe. Catatonia total. Es como dormir, pero sin recordar los sueños.
Se echó hacia atrás y cruzó los brazos.
—Kevin —continuó Sarasola—, quiero preguntarte sobre Newman.
Kevin se encogió de hombros.
—Newman es raro, tío. Siempre fuera de todo. Pensando, imaginando, escuchando música. Él solo. En su universo interior. No le importamos, creo que no le importa nadie; él no nos oye, es como si estuviera solo en el mundo.
Soltó una risa.
—Cocina comida que luego no se come. Es un puto raro.
Nash se tensó visiblemente en su sillón. Sarasola y el padre Tadeo lo notaron, pero no dijeron nada.
En el vídeo, Sarasola preguntaba:
—Kevin, el Carcelero nos dijo que, además de la Santa, él mismo, el detective, el escritor, el niño y tú, hay otro más en el sistema.
Kevin se quedó inmóvil. Los hombros se pusieron rígidos. Se pasó la lengua por los labios, nervioso.
—¿Te dijo eso?
—Sí.
—No te creo. El Carcelero no habla de él.
—Tienes razón. Me dijo que había alguien más. Y cuando le pregunté quién era, no quiso hablarme de él.
Kevin entornó los ojos, estudiando a Sarasola. Después asintió muy despacio.
—No hablamos de él.
—¿Se llama Collin?
—No tiene nombre. Ya te he dicho que no se habla de él.
Kevin ladeó la cabeza, atento a algo. Sus ojos se abrieron.
—Joder. Se está despertando.