Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 62
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—Pensábamos que ayer se quedaría para la sesión...

El padre Tadeo abrió su maletín y sacó un ordenador mientras hablaba.

—Otros asuntos requirieron mi atención —dijo Nash del modo más seco y cortante. Lo último que quería hacer era dar explicaciones.

—Sin duda —contestó Tadeo.

—Siéntese, doctora. —Sarasola le indicó una de las sillas y se acomodó frente a ella—.

Ya le adelanté en nuestra reunión previa que la intención de la sesión de ayer era principalmente lograr establecer una conversación primero con el Carcelero, personalidad que ejerce de guardián y de la que nos habló Kevin, para que nos permitiera acceso a la Santa.

Y debo adelantarle que, aunque muy larga y tediosa en algunos momentos, la sesión fue muy fructífera.

El padre Tadeo abrió el portátil sobre la mesa auxiliar y comenzó a buscar archivos mientras Sarasola continuaba:

—Dentro del complejo mundo del TID hay muchas clases de personalidades que pueden llegar a manifestarse.

Del mismo modo que el FBI llevó a cabo una serie de entrevistas en los años setenta y ochenta y consiguió perfilar el carácter de muchos asesinos en serie, estableciendo así patrones de conducta que se repetían una y otra vez, el continuo estudio del TID ha permitido desarrollar un perfil recurrente.

—Ayer le dijimos que había aspectos en la narrativa de este caso que nos hacían pensar que podíamos hallarnos ante un caso auténtico —añadió el padre Tadeo sin apartar la vista de la pantalla.

Nash asintió despacio. El padre Tadeo se volvió a mirarla. Alzó la cabeza y empujó sus gafas sobre el puente de la nariz.

—Recapitulemos sobre las personalidades que se han mostrado. El niño que llora representa el trauma original —explicó Sarasola—. Kevin es el protector. Violento, chulesco, pero esencialmente defensivo. El escritor es la personalidad pública exitosa. El detective Star es la parte analítica y moral.

Hizo una pausa.

—Pero hay dos personalidades que entran en la partida y son decisivas.

La Santa y el Carcelero. Y de estas dos, sin ninguna duda, la más importante es el Carcelero.

Clínicamente, a este perfil se le denomina el guardián.

Y es uno de los menos conocidos, por lo poco atractivo que resulta en el cine o en un fingimiento en internet.

Básicamente, el guardián tiene la misma empatía que una institutriz inglesa del siglo XIX .

Fría, educada, distante y aplicando la norma sin que la emoción tenga peso en sus decisiones.

»Y es quien conoce a todas las personalidades, su naturaleza y su estatus dentro del sistema —añadió Sarasola con énfasis—.

Por eso era crucial hablar con él. Es quien controla los cambios entre personalidades.

Puede decidir quién sale y quién no, y vigila el acceso a los recuerdos; protege el sistema evitando que salgan partes traumáticas en momentos inoportunos.

En definitiva, entiende cómo funciona el sistema y, si se consigue contactar con él, suele ser de gran ayuda para el terapeuta.

Nash se inclinó un poco hacia delante.

—¿Cómo lo lograron?

—Con mucho respeto —respondió Sarasola—.

Asumiendo su autoridad. Los guardianes no responden a órdenes emocionales, pero sí lo hacen a la lógica y a la seguridad.

Si hubiera intentado forzar la salida del perseguidor, el guardián habría bloqueado el acceso, causando dolor de cabeza.

Es lo que le ocurre al detective Star cuando se le obliga a recordar cuestiones que son propias de las otras personalidades: niebla mental o disociación total.

Sarasola cruzó las manos sobre la mesa, casi como si fuera a rezar.

—En este caso, el terapeuta debe actuar como un diplomático que negocia un tratado de paz.

Pactando condiciones. El Carcelero no obedece órdenes.

Si cree que el sistema está en peligro, lo apaga, literalmente lo funde, dejando al sujeto en estado catatónico.

Su criterio es siempre la razón y la seguridad del sistema.

El padre Tadeo giró el portátil hacia Nash.

—Voy a mostrarle algunos fragmentos de la sesión de ayer. Primero verá cómo el detective Star se relaja bajo hipnosis suave. Después aparece el Carcelero.

Accionó el play .

En la pantalla, el detective Star estaba recostado en el sillón. Los ojos cerrados. La respiración pausada. Sarasola hablaba con voz calmada, casi letárgica. El padre Tadeo adelantó el vídeo rápidamente.

—Aquí —dijo—. Observe.

El cambio fue sutil pero innegable. El cuerpo de Newman se enderezó. La postura se volvió rígida, militar. Las manos se colocaron sobre las rodillas con precisión geométrica. Los ojos se abrieron y miraron al frente sin parpadear apenas.

La voz de Sarasola en el vídeo:

—¿Con quién hablo?

—Con el sistema central.

La voz era agradable, pero mecánica. Constante. Sin inflexiones emocionales. La mirada indolente del detective Star había pasado a ser analítica, escrutando al terapeuta.

—¿Eres el Carcelero?

—Esa es la designación que utilizan las otras unidades.

—Gracias por acceder a esta reunión. Sé que has estado trabajando mucho últimamente para mantener en orden el sistema. Te agradecemos que lo hayas protegido.

Nash vio cómo asentía levemente.

—A menudo los guardianes suelen estar orgullosos de su eficiencia —comentó el padre Tadeo—. Conviene halagarlos.

—Necesito tu ayuda, Carcelero. He analizado los últimos incidentes, me refiero a lo que ocurrió en el túnel; sé que tú hiciste cuanto pudiste, pero ambos sabemos que la Santa está provocando mucha presión ahí dentro. Kevin habló de descontrol, y yo quiero ayudaros.

—Defina ayuda .

—Quiero proponer una negociación. Necesito hablar con la Santa. No voy a juzgarla, no voy a darle el control de la vida diaria. Pero necesito hablar con ella cinco minutos para entender qué dolor está intentando gestionar a través de la rabia, y así reducir la presión que tenéis ahí dentro.

Hubo una pausa.

—Negativo. Lo que propone es muy peligroso. La unidad designada como la Santa presenta inestabilidad crítica. Riesgo de daño al sistema.

—Comprendo tu preocupación. Pero precisamente por eso necesito hablar con ella. Para entender qué causa esa inestabilidad. Quizá para aplacar su dolor.

El Carcelero permaneció inmóvil durante varios segundos. Como si procesara información.

—Su dolor es necesario.

El padre Tadeo pausó el vídeo.

—Esto que acaba de decir el Carcelero es de vital importancia.

El rol que ocupa la Santa en el sistema es lo que clínicamente se conoce como «un perseguidor».

A menudo cargan con mucho dolor y rabia.

Pueden buscar la autolesión, pero la mayoría de las veces lo hacen para matar el dolor, para castigar al cuerpo o para sentir control sobre el sufrimiento.

Es con mucho una de las partes más difíciles de tratar, pero también es una de las que más compasión y comprensión necesita, pues a menudo cargan con mucha negatividad para que el anfitrión no tenga que hacerlo.

Aunque otras veces... hay otra vertiente.

Sarasola tomó la palabra.

—En ocasiones se ha documentado que el perseguidor toma directamente aspectos y funciones propias de quien infligió el trauma original.

Del agresor original. Lo imita para mantener a raya el sistema; es difícil de entender, pero de alguna manera asume que, si él mismo se causa el daño que le causaría el agresor, deja sin función a este.

Hizo un gesto a Tadeo para que accionase el vídeo en el momento en que el Carcelero contestaba.

—Proponga condiciones.

—Tú mantienes el control. Tú supervisas la interacción. Si consideras que el sistema corre peligro, conservas tu autoridad para intervenir y detener la comunicación inmediatamente.

Otro silencio.

—Condiciones aceptables. Proceda.

El padre Tadeo pausó de nuevo el vídeo y miró a Nash.

—Ese es el método. Hablarle con respeto. Reconocer su autoridad. Ofrecerle control.

—Fascinante —murmuró Nash.

Sarasola asintió.

—Ahora observe lo que ocurre cuando la Santa sale.

El padre Tadeo volvió a accionar el play .

En la pantalla, el Carcelero permanecía inmóvil. Entonces cerró los ojos. Durante tres, cuatro segundos no hubo movimiento alguno. Y de repente...

El cambio fue violento.

El cuerpo se desplomó hacia delante. Los hombros se encogieron. El cuello se estiró de forma antinatural, la cabeza se inclinó en un ángulo extraño. Las manos se contrajeron como garras. Todo el cuerpo pareció retorcerse desde dentro.

Cuando abrió los ojos, Nash estaba sobrepasada.

No era Newman. Ya no era el detective Star. Ni Kevin, ni mucho menos un niño. Ya no era el Carcelero.

Era algo completamente distinto.

Los ojos se habían vuelto enormes, saltones. Los labios se abrieron enseñando los dientes en una mueca que no era sonrisa ni grito. Algo intermedio. Algo perturbador.

Miró alrededor como lo haría un animal enjaulado. Como si buscase una salida, un arma, recursos. Entonces reparó en Sarasola, lo miró valorándolo; en sus ojos había ira contenida y un profundo odio.

La voz que salió fue aguda, chirriante, burlona:

—Buen día para un exorcismo, padre.

Nash reconoció el miedo atávico que reclamaba su terreno. El cine había surtido su imaginario con suficientes voces de demonio como para pensar que estaba escuchando a uno, y quizá por eso le sorprendió aún más la reacción de Sarasola en el vídeo: el sacerdote la recibió a carcajadas.

Cuando paró miró a aquella criatura y le dijo:

—Me alegra comprobar que tienes sentido del humor.

—Y usted, buen gusto para el cine.

Nash levantó la mano pidiendo una pausa a Tadeo.

—No lo entiendo —dijo dirigiéndose a Sarasola—, ¿esta personalidad cree que está poseída?

—No, en absoluto. Se burla de mí. El saludo es parte del diálogo de la película El exorcista ; es lo que el demonio le dice al padre Karras en su primera visita.

El padre Tadeo accionó de nuevo el play .

—¿Eso es lo que crees que vamos a hacer?, ¿un exorcismo? —preguntó Sarasola.

—¿Eso es lo que cree usted que tiene que hacer? —contestó ella.

—Dímelo tú. ¿Necesitas un exorcismo?