Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 61
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Había dormido mejor de lo esperado tras la dura jornada del día anterior.

Se levantó temprano poseída por una idea que le rondaba la cabeza.

Tras una breve ducha, dedicó tiempo a arreglarse el cabello, que dejó suelto, comprobando que en los meses de confinamiento había crecido hasta rebasar los hombros.

Siguiendo el aroma del café recién hecho, entró en el comedor de la mansión.

Incluso antes de hacerlo pudo percibir dos cosas: que todos se habían reunido allí y que, por el tono de las voces de los presentes, el ambiente tenso de los días anteriores había sido reemplazado por una suerte de euforia apenas contenida en la voz de Margot.

—¡Oh, ya estás aquí! —exclamó al verla.

—Buenos días —contestó con toda la indiferencia que podía aparentar.

Los sacerdotes estaban sentados a la cabecera de la mesa. Karim, que aquella mañana vestía uno de sus ajustados trajes italianos en color arena, se puso en pie al verla y separó de la mesa una silla al lado de la suya. Robert, de pie sirviendo el café, contestó apenas audible:

—Buenos días.

Pero por un instante, cuando sus miradas se cruzaron, Nash percibió la carga de pesar. No, no era pesar. Era arrepentimiento. Era evidente que lamentaba lo de la noche anterior.

Antes de que pudiera sentarse, Margot se acercó a ella y la abrazó efusivamente. Cuando la soltó y la miró a los ojos, le dijo:

—Oh, Dios mío, Nash, siento mucho cómo me puse, solo espero que comprendas que mi prioridad es y va a ser siempre salvaguardar a Newman y su carrera.

—Lo comprendo —contestó impasible, percatándose de que todos la miraban expectantes.

Se sentó ante la taza humeante de café que Robert acababa de servir.

—Ha ocurrido algo maravilloso, Nash —continuó la editora sentándose junto a ella y arrastrando por la superficie del mantel blanco un portátil con la pantalla abierta—.

No sé cuántas veces habré llegado a decir en mi vida que el mundo literario es impredecible, mágico y sujeto a reglas que no rigen para el resto de la humanidad.

Nash, imperturbable, tomó un sorbo de café como si toda la perorata de Margot le diera igual. Ni con esas consiguió aplacar el entusiasmo de la editora.

—Mejor te lo muestro.

Puso el ordenador frente a Nash y accionó un vídeo que estaba en pausa.

Las imágenes correspondían a un magacín matinal. En la pantalla aparecía una de las reinas de las mañanas televisivas. La periodista hacía una reflexión junto a sus tertulianos en un sofá semicircular:

—A menudo se nos llena la boca hablando de segundas oportunidades, del derecho del ser humano a equivocarse, de que eso no sea un lastre de por vida.

Benedict Newman representa al hombre que busca redención.

Alguien que ha tomado conciencia de la dirección equivocada que llevaba su vida y que decide dedicar el resto de su existencia a regalar lo mejor de sí a los demás.

Crear belleza, entretenimiento, mordiscos arrancados a su propia alma.

Hizo una pausa y continuó:

—Desde hace años soy lectora de Benedict Newman y en muchas ocasiones me he preguntado de dónde provenía su capacidad para explorar la profundidad del dolor, del sufrimiento humano.

No solamente en novelas de gran calado editorial, como las que le hicieron merecedor del Princesa de Asturias, o las que le han llevado a estar constantemente en las listas del Premio Nobel.

Incluso en su versión más popular, el detective Star escarba en la oscuridad del alma humana, pero lo hace siempre con piedad, con una irónica mezcla de crítica intrínseca en su obra e infinita compasión hacia los que desean redimirse.

Hasta en su Ciudad sin poesía , Newman es capaz de hallar el verso suelto, la esperanza.

La periodista se inclinó ligeramente hacia la cámara:

—No sé qué habrá de cierto en la posibilidad de que Benedict Newman fuera en el pasado un combatiente, uno de tantos jóvenes soldados equivocados.

No con la defensa de los idearios que a menudo hemos visto desaparecer en nuestra era, sino con el método, con el uso de la violencia.

Pero como ya cantó Antonio Flores, la belleza está en saber que recompondrías todo lo que rompiste, en saber que esta vez lo harías mejor, en decidir no volver a usar la violencia.

Benedict Newman representa la esperanza del mundo, la esperanza en el ser humano. Y eso nunca puede ser condenado.

Los tertulianos y el público rompieron en una ovación.

Nash miró a Margot.

—Y no es la única. Ni se limita a España.

The New York Times y The Washington Post le dedican foto en la portada y dos páginas completas en el interior.

En redes sociales, booktokers , influencers literarios, críticos, hasta la jodida revista literaria más relamida y el crítico más impío se muestran benévolos.

—Vaya —contestó Nash sin saber muy bien qué decir mientras a su mente acudía la descripción que el jefe de informativos le había hecho de la voz de su informante, y de que no había solicitado una recompensa a cambio. ¿Quizá porque todo formaba parte de una estrategia?

—Eso no es lo mejor, Nash —continuó la editora—. Las novelas de Benedict Newman se están agotando en todas las librerías del mundo. Hemos puesto en marcha reediciones de toda su obra. La gente está haciendo cola para comprar su última novela.

—Enhorabuena, Margot. Me alegra que todo haya acabado bien.

—No ha acabado, Nash, no ha hecho más que empezar.

De hecho —dijo poniéndose en pie—, tengo un Uber esperando fuera.

Hoy haré un viaje relámpago a Madrid. Voy a estar en directo para hablar de Benedict Newman en todos los programas de más audiencia de su franja horaria.

Todavía no sé si me dará tiempo a regresar o tendré que pasar una noche fuera.

La responsable de prensa me ha dicho que la agenda no deja de aumentar con nuevos compromisos.

Se inclinó sobre Nash y la besó arrebatadamente.

—De verdad que lo siento mucho.

Nash levantó una mano disculpándola. Y vio que Sarasola la observaba sin perder detalle.

La editora cerró el portátil y fue hacia la puerta, solo se detuvo un instante para besar en ambas mejillas al detective Star, que llegaba acompañado por la enfermera Virginia.

—Buenos días, bellas damas —dijo sonriendo; después miró a los hombres presentes e inclinó la cabeza con deferencia y se dirigió a Robert—. Muchacho, espero que esa cocinera tuya esté inspirada esta mañana, podría comerme un caballo.

—Eso no será problema, señor Star —contestó el mayordomo mientras disponía una taza para el detective y salía hacia la cocina.

Nash aprovechó la llegada para ponerse en pie y huir de las miradas que aquella mañana parecían converger en ella.

—Colt, ¿tienes un momento? Hay algo que me gustaría mostrarte.

El detective tomó de la mesa la taza de café caliente y la siguió hasta el despacho.

Incluso con la escasa luz que dejaban pasar las cortinas parcialmente echadas, pudo ver de inmediato que alguien, seguramente Robert, se había ocupado de ordenar las consecuencias del registro de la noche anterior.

—¿Has logrado hacer algún avance? ¿Tienes ya la información que te pedí? —preguntó el detective en cuanto cerraron la puerta.

—Sí, pero antes quiero mostrarte algo para ver qué te sugiere.

Sacó el móvil y buscó entre las fotos que había obtenido de su búsqueda en internet varias versiones de un mapa.

—Colt, ayer fui a comisaría y vi que la policía trabajaba en torno a este mapa.

Al principio no supe identificar qué estaba viendo, no conozco este lugar.

Pero luego me di cuenta de que son los alrededores del túnel.

Míralo, por favor, y dime si alguno de los sitios te sugiere algo.

Quizá al verlos se produzca una especie de conexión neuronal y recuerdes a dónde te dirigías o por qué ibas allí.

El detective dejó su taza sobre el escritorio, retrocedió hasta quedar apoyado en el respaldo del sofá mientras sostenía entre sus manos la pantalla del teléfono. Haciendo pinza con los dedos, fue aumentando porciones de la fotografía mientras estudiaba con detalle las nomenclaturas.

—Hay un enlace a la autovía que sale de la ciudad, en las proximidades hay también un importante cementerio, un par de polígonos industriales... —enumeró—. Pero nada de esto me dice nada.

—Hay otras versiones más amplias del mapa. Mira a ver.

El detective pasó a la siguiente foto y la estudió con atención mientras se mordía el labio inferior.

—Lo siento, querida —dijo al fin—. No veo nada en el mapa que me sugiera a dónde podía dirigirme.

—No importa. —Recuperó su móvil—. Solo era una idea.

Buscó otra fotografía y le tendió de nuevo la pantalla.

—Esta es la lista del contenido de los dos bolsos que han aparecido.

El interés del detective fue perceptible. Tomó el teléfono y deslizó la lista mientras leía.

—Aquí está —exclamó.

—¿Qué?, ¿qué has encontrado? La policía ya había hecho una comparación. Yo también inspeccioné el contenido. No hay nada que me parezca notable, excepto quizá el rosario.

—Tampones y compresas —dijo el detective—. Las dos tenían la menstruación.

Nash sonrió incómoda.

—Lo siento, pero la mayoría de las mujeres llevamos tampones en el bolso casi siempre, no solo cuando tenemos la menstruación. Para muchas, la regla no es regular, puede presentarse en cualquier momento. Además, siempre puede necesitarlos otra mujer. Es una consideración que tenemos entre nosotras.

El detective negó mientras sonreía levemente, imperturbable ante sus palabras.

—No, Nash. No lo entiendes, esto es justo lo que esperaba hallar. Ahora solo necesito saber si también los encontraron en el parque.

—¿Quieres decir donde apareció la chica?

Él asintió con gravedad.

—Colt, explícamelo. No puedo entender por qué puede tener importancia la presencia de algo que estoy segura de que casi todas las mujeres llevan en el bolso.

El detective le tendió el teléfono y se dirigió hacia la salida como si diera por terminada la conversación.

—Todavía no. Ahora voy a devorar unos huevos con beicon antes de que tus loqueros me expriman las meninges.

Abrió la puerta y se detuvo como si hubiera recordado algo.

—Benedict Newman tiene un avión privado, ¿verdad?

—Creo que sí —contestó ella—. ¿Por qué?

—Siguiendo la carretera de ese mapa hacia las afueras hay un aeródromo —dijo el detective desapareciendo por el pasillo en dirección al comedor.

Nash fue tras él, pero, apenas asomó la cabeza por la puerta del despacho, el padre Tadeo la interceptó.

—Doctora, el padre Sarasola y yo querríamos hablar con usted antes de empezar la sesión. Podemos aprovechar ahora mientras el detective Star desayuna.