60
El apartamento de Jake Timothy estaba en un edificio residencial a las afueras de Glasgow.
Los zapatos de Gibson patinaban sobre el terrazo pulido y los de Scott Sherrington emitían un crujido gomoso y ridículo.
Un bloque bastante impersonal que olía a nuevo, con pasillos amplios y limpios, donde todos los pisos parecían idénticos.
Timothy abrió la puerta con la mascarilla colgando del cuello y la expresión entre sorprendida y aturdida que hizo pensar a Noah que quizá estaba medicado.
Se quedó un instante mirándolos, como si tardara en procesar la presencia de dos hombres en su umbral, y enseguida se llevó la mano al cuello con cierta torpeza para subirse la mascarilla.
—Disculpen, no esperaba a nadie.
Gibson mostró su identificación y Noah se mantuvo unos pasos atrás.
—Señor Timothy, soy el capitán Gibson. Nos gustaría hablar con usted con relación al caso John Biblia.
La sorpresa se convirtió en algo parecido al interés. Timothy asintió y les hizo un gesto para que pasaran.
—Adelante, por favor.
El apartamento estaba limpio en apariencia, y ordenado, quizá algo vacío.
El salón, el comedor y la cocina formaban un solo espacio abierto.
Sobre la mesa humeaba un plato con pescado y guisantes en salsa que Timothy, era evidente, se acababa de servir.
Junto al fregadero, Noah distinguió el envoltorio de comida precocinada.
La mesa del comedor parecía servir también como escritorio, con un ordenador y varios papeles dispersos junto al plato.
La silla estaba orientada hacia el televisor, encendido con el sonido bajo en algún canal de noticias, y un mando descansaba junto al pan.
Timothy señaló el sofá y ellos se sentaron mientras él cogía una silla del comedor y la acercaba. La salsa de los guisantes se iba evaporando mientras hablaban, y Noah percibió el aroma nauseabundo que llenaba el espacio.
—Lamento que interrumpamos su cena —dijo Noah.
—No, no. En absoluto, no tiene importancia, ni siquiera tenía demasiado apetito. Me alegra tener visita. ¿Puedo ofrecerles té?
—No será necesario, gracias —rechazó Gibson.
—¿Seguro? Lo tengo hecho desde ayer, pero puedo hacerles uno nuevo, no es molestia.
—De verdad, no se preocupe.
Timothy se acomodó en la silla y, antes de que Noah pudiera decir nada, comenzó a hablar.
—Me interrogaron hace años, cuando se confirmó que John Clyde era..., bueno, ya saben. La verdad es que en aquel momento no tenía demasiado que decir. Intenté colaborar entonces y lo haré ahora, por supuesto. Lo que necesiten.
Noah sacó la fotografía del bolsillo interior de su chaqueta y se la tendió.
Timothy la tomó entre las manos y la observó durante unos segundos. Después asintió.
—Sí, claro. Me acuerdo. Quizá porque he recordado muchas veces ese momento en estos años. Estos meses sin salir le da uno muchas vueltas a la cabeza. Uno se acuerda de personas en las que no había vuelto a pensar en años.
Señaló con el dedo a uno de los chicos situados más atrás en la imagen.
—Ese es John Clyde. Aunque, la verdad, nunca he creído que fuera John Biblia. Ya lo dije entonces.
—¿No? ¿Por qué? —se interesó Noah.
—Sí, ya sé la teoría, en muchos documentales sobre true crime eso es lo que dicen siempre los vecinos, que parecía buena persona, que no se lo pueden creer, pero no es por eso.
—Entonces, ¿por qué?
—Por el modo en que ocurrieron las cosas.
He visto muchos documentales sobre John Biblia, hace poco escuché un pódcast. El tipo se pasó años asesinando sin que tuvieran ninguna pista sobre su identidad y de pronto un policía lo sigue, lo captura en mitad de la noche, el policía cae fulminado como por un rayo y el tipo se esfuma.
Gibson se revolvió incómodo, pero Noah continuó calmado.
—Así que no cree que fuera eso lo que pasó...
—Con todos los respetos, eran otros tiempos; quizá llegaron a detenerlo, quizá el tema se les fue de las manos, quizá se lo cargaron en un interrogatorio, no se ofendan —añadió preocupado—, pero, como digo, eran otros tiempos, no sería el primero.
Quizá solo se equivocaron. Pero un tipo que vive en los lagos no se esfuma así como así, y bueno, yo lo conocí poco, pero no sé. No me cuadra.
Noah se inclinó levemente hacia delante.
—¿Por qué no le cuadra?
Timothy dejó la foto sobre sus rodillas. Parecía encantado con el interés de Noah. Este se preguntó si era realmente un fan del crimen o era solo por tener con quien hablar.
—Porque John era un buen chaval —dijo casi conmovido—, obediente, tranquilo.
Tampoco es que hablara mucho, pero se llevaba bien con todos.
No se metía en problemas. Y era muy bueno nadando.
Su profesor de gimnasia del instituto ya lo había detectado y me convenció para que entrara en el equipo comarcal.
Hizo una pausa y miró la fotografía de nuevo.
—Era un chaval muy disciplinado. Por esa época se pasaba el día en la piscina. A veces nadaba hasta que no podía más. Lo veía salir, vomitar junto a los vestuarios y después volver al agua. Estaba en su elemento. Yo estaba seguro de haber encontrado a un futuro campeón.
—¿Y qué pasó?
El entrenador exhaló despacio.
—Dejó de nadar de la noche a la mañana. Y por más que intenté convencerle, no lo logré. No quería nadar. Dejó el equipo. Ganar nunca le importó. De hecho, cuando ganamos esa medalla —señaló las medallas en la foto—, él fue el mejor, y eso que era el más joven del grupo.
—Al ver la foto me ha dado la sensación de que era más pequeño que el resto de los chavales…
—Es probable.
—¿No lo comprobaban para una competición comarcal?
—Entonces no se comprobaban esas cosas, y por decirlo de una manera suave tampoco teníamos ninguna intención.
Ese chaval era el mejor del equipo, lo necesitábamos.
Si había que decir once, eran once; si había que decir doce, eran doce.
La suma de tiempos de todo el equipo mejoró gracias a él.
Y, sin embargo, se puso atrás de todo en la foto, ¿lo ven?
No era vanidoso, y desde luego no encaja con el carácter narcisista que siempre dicen que tienen ese tipo de asesinos.
Noah observó la imagen con atención. Era cierto. John Clyde estaba en la última fila, casi oculto detrás de los otros chavales.
Timothy se llevó las manos al rostro y lo frotó como si quisiera eliminar una capa de piel, su voz se volvió más blanda, sonó arrepentido.
—Yo entonces no era un hombre muy sensible.
Acababa de obtener la plaza como entrenador comarcal, pero estaba más interesado en lograr títulos que en formar equipo.
Me enfadé con el chico por no querer seguir nadando; apelé a su responsabilidad con el resto del equipo, le dije que nos iba a hundir si nos dejaba.
Y al chaval le dio igual, o al menos eso pensé yo entonces.
Hoy en día lo hubiera tratado de otra manera.
Habría tenido una conversación con él. Si hubiera sabido entonces lo que le pasaba, habría podido ayudarlo.
Fue Gibson el que preguntó.
—¿Qué cree que le pasaba? ¿Por qué cree que habría podido ayudarlo?
Timothy lo miró a los ojos.
—Porque el chaval solo estaba triste. Estaba pasando un duelo. Yo no lo entendí en su momento. Pero lo comprendí después cuando supe lo que había pasado.
—¿Un duelo? —preguntó Noah.
—Sí. Había sufrido una terrible pérdida.
A ver, todo el mundo estaba muy afectado; tuve una charla con todo el equipo.
Ya saben, somos una piña, estoy aquí para lo que necesitéis...
Lo que pasa es que, cuando ocurren cosas así que afectan a toda la comunidad, no te fijas en los individuos, en cómo le perturba a cada uno.
Noah notó el latido del corazón de Rafa con más fuerza.
—¿Qué ocurrió?
Timothy miró hacia la ventana como si buscara el recuerdo en algún lugar lejano.
—Aquella pequeña, una chica de su edad. Era amiga suya; de hecho, los había visto alguna vez juntos, ella solía venir a verle entrenar.
—¿Qué le pasó a la niña?
—Pues la verdad es que no se sabe, aunque se supone. Coincidió con una gran tormenta. La cría solía ir a jugar al bosque; las aguas subieron súbitamente. Ocurre a veces. Estás en una llanura, crees que el agua no va a llegar ahí, y en cinco minutos no puedes salir por ningún lado.
—La niña murió en el lago —dijo Noah. No era una pregunta.
—No estoy seguro de que la encontraran. Sé que desapareció. Se hicieron batidas, se buscó. Y como todo coincidió con la tormenta, se dio por desaparecida. Ahogada, supongo.
—¿Recuerda su nombre?
El entrenador frunció el ceño haciendo un esfuerzo de memoria.
—No con exactitud. Mily, Cinthy o algo así; el apellido era Cross. No estoy seguro, no lo recuerdo bien, supongo que a la policía le seguirá constando. Pero nunca olvidaré aquel año.
Hizo una pausa y miró de nuevo la fotografía en sus manos.
—Fue el año en que estuvimos a punto de ser campeones. No lo logramos porque John Clyde dejó el equipo.
Gibson anotó algo en su libreta, pero Noah apenas se dio cuenta. Sentía el pulso acelerado, el corazón bombeando sangre a un ritmo que casi era audible en su oído interno.
Timothy siguió hablando, disculpándose de nuevo por no haber sido más compasivo entonces, por no haber comprendido que el chaval necesitaba ayuda, que había perdido a una amiga. Ahora, decía, lo habría manejado de otra manera. Habría hablado con él. Habría preguntado. Habría escuchado.
Pero Noah apenas lo oía ya.
Se levantaron. Gibson le tendió la mano y le agradeció su tiempo.
—Oh, pero ¿se van ya? ¿Están seguros de que no les apetece un poco de té?
—Se nos ha hecho tarde —se disculpó Gibson dirigiéndose hacia la salida.
Timothy se levantó también y los acompañó a la puerta. Justo antes de llegar al umbral se detuvo, como si acabara de acordarse.
—Esperen un momento. Conservo los teléfonos de algunos profesores y de un par de chavales del equipo. No sé quiénes seguirán vivos, claro. Antes organizábamos siempre cenas por Navidad, pero luego dejamos de hacerlas y, ahora, con la pandemia... Si les sirven, se los doy.
Se acercó a un pequeño mueble del recibidor, abrió un cajón y sacó una libreta de tapas gastadas. Se volvió hacia ellos abriéndola y buscando una página concreta.
—Le agradecemos mucho la atención, señor Timothy —dijo Gibson con voz cortés—. La policía ya habló en su día con todos los profesores y compañeros del señor Clyde. Tenemos los contactos archivados. No se moleste.
Timothy se quedó con la libreta abierta a medias. Bajó la mano despacio. La cerró con un dedo dentro, como si todavía pensara abrirla. Asintió.
—Claro, claro. Naturalmente.
Gibson salió el primero. Noah percibió su incomodidad; en su gesto se notaba que estaba deseando irse de allí. Aun así, Timothy los detuvo en el umbral.
—¿Puedo hacerles una pregunta? No tiene nada que ver con el caso... —titubeó.
Se detuvieron y Noah, que estaba más cerca de la puerta, lo miró a los ojos seguro de que habría preguntado cualquier cosa solo por retenerlos unos segundos más. Pero el peso de su duda le conmovió.
—En la televisión dicen muchas cosas, ya saben, pero ustedes son de la policía. —Hizo una breve pausa que contenía un ruego—. ¿Creen que volverá a ser todo como antes?
Gibson se volvió a medias.
—Las autoridades están trabajando para que vuelva a serlo, señor Timothy —dijo con la misma pulcritud con la que seguramente había repetido esa frase en varias ocasiones durante los últimos meses.
Noah lo miró a los ojos.
—No lo sabemos, señor Timothy. Nadie lo sabe.
Timothy asintió. Bajó la vista al suelo. Se quedó un instante en silencio, como congelado, sin mover la puerta. Después se despidió con un gesto pequeño y la cerró muy despacio, sin hacer ruido.
Salieron del edificio y caminaron hacia el coche. El frío de Glasgow le entró a Noah por las mangas. Gibson hablaba, comentaba algo sobre buscar los archivos de la desaparición de la niña, sobre el año, sobre cómo encajaba todo. Pero Noah no le escuchaba.
Solo sentía su corazón latiendo en el oído interno como una sucesión de latigazos sobre la tensa piel del tambor. Jadeó al reconocer la señal inequívoca, la fuerza de una corazonada que se estaba cumpliendo.
Se preguntó si John Biblia también tuvo alguna vez un corazón.
Si se le rompió cuando tenía doce años y aquella niña desapareció para siempre robándole la ilusión, las ganas y lo poco que le quedaba de infancia.
O si, por el contrario, nunca desapareció, si el corazón de John Clyde se convirtió en la tumba de aquella niña, inaugurando su particular cementerio.