59
Nash sacó el teléfono del bolso antes incluso de salir de las dependencias policiales.
Marcó el número de Noah. Silencio absoluto.
Los inhibidores de la comisaría todavía debían estar bloqueando la señal.
Su cabeza bullía con un millón de preguntas.
Hacía apenas una hora que había hablado con Noah; le había contado sus intenciones y, sin embargo, él no le había mencionado que conocía el contenido del bolso.
¿Por qué no se lo había dicho? ¿Por qué no le había dicho que estaba en Escocia?
¿Por qué intentaba ocultar a la policía que había salido del país?
Nash necesitaba respuestas, necesitaba descartar la sensación de sospecha, la familiaridad de los gestos del hombre que aparecía en las imágenes del cajero y del eco de aquella voz: «¿Me recuerdas? ».
Se giró para comprobar que se había alejado lo suficiente de la jefatura y vio a Ruano.
Caminaba a unos cincuenta metros detrás de ella.
Estuvo segura de que la seguía. Guardó el teléfono en el bolso y apuró el paso hasta llegar al coche.
Arrancó el potente motor del Mustang y deshizo el camino en dirección contraria solo por darse el gusto de saludar a Ruano cuando se cruzó con él.
—Hasta luego, pipiolo —dijo cerciorándose de que él pudiera leer sus labios.
Dos metros más adelante le ordenó al coche:
—Llama a Noah.
El sistema de sonido del coche amplificó la señal de llamada, pero tampoco hubo respuesta. Llamó tres veces más antes de aparcar en la entrada de la mansión.
Al pasar hacia el despacho, vio que la puerta de la biblioteca permanecía cerrada. Sarasola ya había avisado de que sería una larga sesión. Cerró tras de sí la cristalera francesa, encendió las luces y sopló con fuerza mientras se preparaba para acometer aquella tarea.
Empezó por lo más obvio: los cajones de la mesa de Newman.
Ya los había revisado días atrás, cuando trataba de hacerse una idea del hombre que era su padre.
Hoy la misión era otra. Buscaba el informe hospitalario del ictus, un sobre con alta médica, pruebas, resonancias; el tipo de documentación que un hospital privado en otro país entregaría al paciente para que se lo hiciera llegar a su médico.
Al abrir el primer cajón percibió la leve nota almizclada que ya había creído reconocer en la visita anterior.
Recambios de tinta, plumas, la libreta de tapas negras.
Sin documentos. Recordó entonces la clave de acceso que le habían pedido en aquella extraña llamada a Orbis y hojeó la libreta buscando una secuencia de números, o quizá una palabra suelta entrecomillada, subrayada.
Nada. Las notas eran una corriente de pensamiento, análisis sobre la narrativa interna.
La dejó en su sitio y, entonces, percibió el sonido de tambor característico de los dobles fondos.
Extrajo el contenido, tiró de la lengüeta de tela que asomaba y encontró el hueco: una veintena de pendrives.
Abrió el ordenador de Newman y empezó a probarlos uno a uno.
Todos contenían lo mismo: archivos de texto.
Copias de las novelas de la serie Colt Star.
Ciudad sin poesía . El río de plomo . Doce puntos de sutura .
Secretos tras el velo . Malas noticias .
La ciudad respira . Desesperados . Corte en Y .
Metáfora obvia . Nash los fue abriendo con la misma paciencia metódica con que habría revisado cualquier prueba, hasta que el décimo le confirmó lo que los nueve anteriores ya sugerían: no había nada más.
Solo novelas. Copias de seguridad de un escritor que desconfiaba de la nube o quizá simplemente de todo.
Repitió el proceso con el resto de los cajones. Todos con dobles fondos. Todos vacíos. Cuando hubo acabado con la mesa, resopló impaciente y miró la decena de armarios bajo las estanterías.
Iba por el tercer compartimento cuando Robert entró tras llamar dos veces a la puerta.
—Nash, no sabía que habías regresado. —Frenó su avance, extrañado—. ¿Qué estás haciendo?
Se volvió hacia él y contestó malhumorada.
—¿Qué hago? ¿Eso es lo que quieres saber?
El mayordomo la miró sin comprender.
—Busco el informe del hospital que atendió a Benedict Newman hace un año cuando sufrió el ictus.
—Oh, es importante. ¿Quieres que te ayude?
Ella alzó las cejas y lo miró.
—Pues no lo sé, Robert. La verdad, no sé qué decirte. Dime una cosa, si lo encuentras, ¿lo barrerás debajo de la alfombra?
Robert la miraba desconcertado.
—¿O quizá lo sacarás a la basura de madrugada, como haces con lo que Newman cocina mientras se supone que está dormido, que está en la cama, o mientras está en casa?
El mayordomo bajó la cabeza y entornó los ojos.
—Lo siento mucho, Nash.
—¿Qué es lo que sientes?, ¿mentir?, ¿engañar?, ¿o encubrir a Newman?
Robert alzó la cabeza y la miró de frente.
—Lamento que hayas tenido que enterarte así.
—Oh, claro. Habría sido muchísimo mejor que nunca me hubiera enterado. Ese era el plan, ¿no?
—No sé lo que crees, Nash, pero te lo puedo explicar todo.
—Lo que creo es que has estado encubriendo las salidas de Newman. Ahora que recuerdo, tú estabas de guardia la primera noche cuando escapó del hospital. ¿Le ayudaste entonces también?
—No, por supuesto que no. Y te puedo garantizar que Newman no ha salido de la casa.
—¿Por qué tendría que creerte? Hay dos enfermeras en la casa; sin embargo, tú le haces las curas.
Encontré las vendas ensangrentadas. Es imposible que siga sangrando casi cuarenta y ocho horas después de causarse las heridas.
Yo las vi mientras le hacían las primeras curas en el hospital, y creo que lo que vi cuando le cambiabas los apósitos son heridas nuevas, recientes.
Creo que también había sangre en la cama.
Te apresuraste a lavar las sábanas y las blanqueaste con agua oxigenada para que no quedara rastro.
Dio un paso hacia él. Robert no retrocedió.
—Esa noche alguien nos drogó con un medicamento que encontré en la caja fuerte de Newman.
Por la mañana nos despertó la policía para decirnos que había aparecido un nuevo bolso en la calle.
Un bolso que podría ser la señal de que una mujer ha sido atacada.
¿Y tú me dices que puedes garantizarme que Newman no salió en toda la noche?
Una sombra de duda cruzó su rostro.
—Es imposible. Las enfermeras velaron su sueño. Si él hubiera salido, lo habrían visto.
—Si les dio a las enfermeras lo mismo que a Sarasola y a mí, pudo haber salido y regresado.
—Tú lo has visto. ¿De verdad crees que ese hombre es un asesino? Tú no le conoces.
—En eso tienes razón. Y eso es precisamente lo que me hace ser objetiva.
Soy una analista de la mente, y sé, Robert, que, en la medida en que vas conociendo a las personas, te vas dejando influir por lo que quieren que creas de ellas, por la imagen que pretenden dar.
Y tú quieres dar una imagen de lealtad y de cuidado, y es exactamente eso lo que me ha confundido.
Porque es lo que haces: ser leal. Pero no a mí.
Ni a la verdad. Ocultaste las vendas, quitaste las manchas de sangre de las sábanas antes de que las vieran las enfermeras.
Robert no contestó. Se mantuvo impertérrito, muy serio, con un leve aire de ofensa.
—Karim ha visto en varias ocasiones la luz de este despacho encendida durante la noche.
Ayer alguien estuvo cocinando. Sabemos que no pudo ser el detective Star.
No sabe freír un huevo; se lo dice a todo el que quiera escucharle.
Pero quien estuvo en la cocina preparó un plato propio de Arzak, algo que es imposible que hubiera hecho el detective Star.
Un plato que le llevó horas cocinar. Eso que Newman suele hacer para relajarse: una cocción lenta que puede dejarse en el horno durante horas mientras se sale a hacer otra cosa.
Robert no bajó la mirada, pero sus dedos se cerraron ligeramente.
—Has salido de madrugada a tirarlo al contenedor. Y no es la primera vez. Llevas días haciéndolo, cada una de las noches que Newman ha pasado en esta casa. Karim te vio. No te molestes en negarlo. Recogió los restos y los tiene guardados en su congelador.
Robert volvió a repetir aquel gesto parecido a la vergüenza: bajó la cabeza y cerró los ojos mientras inhalaba con fuerza, consciente de que ella sabía que le había mentido. Pero permaneció en silencio.
La indignación de Nash iba subiendo enteros.
—¿Por qué no contestas? ¿Por qué lo encubres?
El mayordomo hizo una mueca de contrariedad. Cuando al fin contestó, la voz le salió serena y controlada, con cierto matiz de pesar.
—Creo que está enfermo, Nash. No sé cómo funcionan las personalidades, no sé qué hace salir a Newman, qué hace que regrese a donde sea que va. Pero lo que sí sé es que no es un asesino. Y te doy mi palabra de que no ha salido de esta casa.
Ella lo miró estudiando sus gestos. Comenzó a negar con la cabeza antes de decirle:
—No puedo creerte. Me has mentido todo el tiempo y sé que hay algo más que no me dices. Será mejor que salgas de aquí. Tengo que encontrar ese informe.
—No soy tu adversario, Nash. —Y después añadió en voz mucho más baja—: Más bien todo lo contrario.
Nash se volvió hacia la estantería y no se movió hasta que oyó el suave clic de la puerta al cerrarse.
Se entregó al registro durante casi dos horas más. Revisó cada compartimento, cada carpeta, cada sobre, cada cuaderno de notas. Nada. El informe no estaba allí. O nunca había existido o alguien lo había ocultado muy bien.
Cuando subió a su habitación, exhausta, encontró sobre el escritorio una bandeja con unos bocadillos y algo de fruta que le había preparado Robert.
Reparó en los detalles. La fruta cortada en gajos finos, no en trozos.
La servilleta doblada con cuidado. Una jarra de agua todavía fría.
Y, junto al plato, sin florero, acostada sobre el lino blanco, una rosa amarilla.
Nash se acercó despacio. La cogió con cuidado.
Era una rosa perfecta, todavía sin abrir, recién cortada.
El tallo verde, vivo, húmedo en el corte.
Se la acercó a la nariz casi sin pensarlo y un aroma denso y dulcísimo subió hasta ella.
Permaneció así unos segundos, con los ojos cerrados.
Después la dejó otra vez sobre la bandeja, variando apenas la posición.
Robert había salido al jardín, había elegido una flor, la había cortado y se la había llevado a ella. No era una bandeja preparada por alguien que la considerara su adversaria.
Nash no se permitió ninguna conclusión más.
Se asomó a la ventana y vio a Karim fumando en su porche. Él también la vio, levantó una mano y la saludó. Nash no contestó al saludo. Esperó un par de segundos para asegurarse de que la viera, retrocedió un paso y corrió la cortina. Hoy no tenía paciencia para él.
Tomó la jarra y vertió un poco de agua. Cogió la rosa de la bandeja, se la llevó de nuevo al rostro y, tras aspirar su aroma, la puso en el vaso asegurándose de que el líquido cubría el corte en el tallo.
Cogió su teléfono e hizo un nuevo intento de comunicar con Noah. No contestó.
Llamó a las Mitxelena y cerró los ojos, viajando mentalmente a la cocina de su caserío de Elbete antes incluso de que ellas contestaran.
Les hablaría de todo: las mentiras, las confrontaciones, la búsqueda infructuosa.
Pero solo durante unos minutos. Después pasarían a lo importante: si la gata había comido, si llovía en Baztán, cuándo volvería a casa.
Las cosas banales que la devolvían a la versión que quería de sí misma.
En un par de minutos, y con cada palabra, aunque siguiera atrapada en aquella mansión de espejos, de alguna manera ya habría regresado.