Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 58
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Noah Scott Sherrington había trasladado el ordenador de Gibson a la habitación de invitados junto con la impresora que había llegado esa misma mañana por Amazon.

Llevaba horas imprimiendo material del caso, sobre todo fotografías.

Seguía trabajando a la antigua usanza y no confiaba demasiado en las pantallas.

Necesitaba las imágenes ante sí, poder tocarlas, disponerlas sobre la cama, compararlas.

Desde que había visitado las ruinas de Harmony Cottage junto al lago, algo que Gibson le había dicho persistía en su mente.

Sentía en todos los poros de su piel que algo se le había escapado entonces, hacía cuarenta años.

Estaba seguro de que el espíritu de John Biblia seguía ligado a aquel lugar.

Allí fue donde había nacido. Y allí también fue donde había nacido el monstruo.

Se levantó y caminó hasta la ventana. Afuera, la tarde escocesa se volvía gris.

El jardín de Gibson estaba bien cuidado; Noah supuso que gracias a las exigencias de su esposa, Gibson era la clase de hombre capaz de grandes cosas siempre que alguien lo espoleara lo suficiente.

Geranios, monardas y phlox. Tan distinto a aquel terreno yermo junto al lago donde John Clyde había crecido.

Volvió a la cama y contempló las fotografías.

En su investigación cuarenta años atrás, mientras construía el perfil del fantasma que se llevaba a mujeres no demasiado altas, con el cabello negro, había logrado remontarse hasta el tiempo en que John Biblia era un joven estudiante en la universidad.

El caso de dos jóvenes que desaparecieron en aquel periodo.

Pero ahora tenía la corazonada de que aquello había comenzado muchísimo antes.

Que aquella pequeña casa junto al lago guardaba los secretos fundacionales del mal mismo, y que tenía que ir mucho más atrás en el tiempo si quería entenderlo.

Volvió a pensar en la distribución de Harmony Cottage.

La habitación pequeña donde la madre y las tías, y hasta la joven esposa, dormían apelotonadas en camitas estrechas.

Y después la habitación de John, la más grande, con su cama amplia, sus armarios llenos de ropa de calidad.

Prendas sobrias, de buen corte. El espejo de cuerpo entero.

Los privilegios de un pequeño reyezuelo en una casa con cuatro mujeres, que trabajaban como limpiadoras en hoteles, en apartamentos para turistas, en los barcos de excursiones por el lago.

Mujeres que vivían humildemente, con poca ropa y pocos enseres, que se hacinaban en espacios diminutos para que él tuviera su reino.

Y detrás de la casa, el cobertizo de madera incrustado en el talud. Su refugio privado. Nadie más entraba allí. Las estanterías repletas de libros, la estufa de queroseno naranja brillante, la alfombra de lana. Un espacio masculino del que ellas estaban excluidas.

Los únicos pequeños lujos de los que gozaban eran regalos que John les hacía. Regalos que después se comprobó que habían pertenecido a algunas de las víctimas.

Noah lo había pensado durante años. John proyectaba en sus víctimas lo mucho que odiaba a las mujeres de su familia. Pero ¿por qué? ¿Por qué las odiaba tanto si habían sido sus servidoras, sus esclavas?

Recordaba el modo en que la doctora Natalia Elizondo se lo había revelado.

De dónde podía proceder aquella pulsión por atacar a mujeres justo cuando tenían la menstruación.

El modo en que las detectaba. De dónde provenía un olfato tan agudo, un sensor extraordinario para distinguir a las mujeres en aquellos días, para cercarlas y darles muerte mientras menstruaban.

La doctora estaba convencida de que los abusos sexuales habían comenzado en su infancia, y se habían prolongado hasta que él había sido capaz de dar la vuelta a la situación. Sometiéndolas. Esclavizándolas. Convirtiéndolas en sus sirvientas. Castigándolas con su presencia.

Noah miró una vez más las fotografías que había revisado años atrás.

Las escasas imágenes que existían de John Biblia de adulto.

El propio John se había ocupado de hacer desaparecer cada una de las fotografías que le habían tomado en distintos momentos de su vida.

Desde la que acompañaba su solicitud universitaria hasta la de los pocos carnets identificativos que se había hecho a lo largo de los años.

De su tiempo en la escuela quedaban unas pocas fotos de los anuarios de cuando era un crío.

Y la que ahora tenía delante.

Se detuvo.

En ella aparecía un grupo de unos quince chavales de entre diez y doce años.

Se suponía que John era uno de los que se había situado más atrás en la foto.

Noah no había visto nunca esa imagen. Dedujo que apareció en la investigación que se inició después de que él consiguiera detener y dejar escapar en la misma noche a John Biblia.

Después de que ingresara muerto en el hospital y justo después de que su jefe lo apartara del caso y él decidiera irse del país.

Amplió todavía más la fotografía en la pantalla del ordenador.

Todos los niños llevaban medallas deportivas colgando del cuello. Vestían chándal idéntico. Y tenían el cabello pegado al cráneo. ¿Con sudor? ¿O quizá no?

Se quedó inmóvil, escudriñando la imagen.

El cabello mojado. Las medallas. Los chándales idénticos. Natación.

Accionó la impresora y abrió la puerta de la habitación llevando la foto impresa en la mano y gritó hacia el pasillo:

—¡Gibson! ¡Gibson, ven!

El capitán apareció en la puerta de su despacho con expresión preocupada y Noah le tendió la fotografía.

—Esta fotografía, yo no la había visto nunca.

Gibson la observó.

—Supongo que apareció después de que te fueras.

—¿Cuál de ellos es John?

—Creo que es uno de los que están más atrás, más bajo y delgado, un crío anodino; se diría que tiene al menos un par de años menos que los demás.

—Un crío cualquiera, gris e invisible —murmuró Noah.

Después volvió a mirar la foto.

—Está claro que es un equipo. ¿De qué?

—De natación —dijo el capitán.

Noah sintió que algo encajaba. El lago. La casa junto al agua. Los abusos. El olor. El sensor para detectar a las mujeres menstruando.

—¿Es el equipo del instituto?

—No creo. Es un equipo comarcal.

—Si era un equipo comarcal, tendría un entrenador.

Gibson lo miró con cautela.

—Sí. Creo que en su momento hablamos con él. No aportó gran cosa.

Noah lo miró fijamente y Gibson supo lo que quería.

—No. Joder, ni siquiera sé si podré localizarlo. Aún hay muchas restricciones por la pandemia. No podemos ir a hablar con la gente así como así.

—¿Era joven?

El capitán hizo memoria.

—Unos cuarenta y tantos cuando Biblia huyó, pero era poco más que un crío cuando entrenaba al equipo, y no se acordaba de gran cosa.

—Tendrá ahora ochenta y tres u ochenta y cuatro; con un poco de suerte habrá sobrevivido al covid —dijo Noah.

—Muy mala idea, Scott Sherrington.

—O me llevas tú o iré yo solo —dijo con voz tranquila—. Y si me para una patrulla, diré que soy tu invitado.

Gibson le sostuvo la mirada durante unos segundos. El capitán exhaló despacio.

—A Mildred no le va a hacer ninguna gracia que salgamos ahora.

Noah no dijo nada. No era esa la respuesta que esperaba oír. Solo siguió mirándolo.

Finalmente, Gibson asintió con resignación.

—Dame diez minutos. Y tráete esa foto.

Noah volvió a la habitación y contempló una vez más la imagen.

Quince niños con medallas de natación. Uno de ellos era John Biblia.

Sintió el corazón —el corazón de Rafa— latiendo en su pecho.

No sabía si aquella foto contenía la respuesta que llevaba casi cuarenta años buscando.

Pero tenía una corazonada; tuvo que morir una vez para aprender a no ignorarlas.

La segunda vez lo hizo para volver con un corazón que ahora latía con fuerza indicándole el camino.