Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 57
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El inspector Barezzi visionaba las imágenes de la víctima del parque pasando ante la cámara de un cajero automático.

La joven cruzaba frente a la entidad y unos segundos después se adivinaba la presencia del hombre que la seguía.

Sumó una más a la centena de veces que había repasado el vídeo tratando de hallar algo familiar que le permitiera decidir quién podía ser.

En algo estaban de acuerdo todos los que habían analizado la cinta: no se movía como un viejo.

Trató de recordar cómo se movía Newman cuando llegó a comisaría.

Era elegante y reposado, pero no de un modo lento, sino estudiado, podría ser él.

Pero debía tener en cuenta también que cuando el escritor se comportaba como el detective Star también parecía un hombre más joven.

Pasó la punta de la lengua por el rugoso corte en el labio, prueba de que el gancho de izquierda de Star era rápido y potente.

En las últimas horas, además, Barezzi se había abierto a la posibilidad de un nuevo actor en aquella obra que encajaba con la talla y la complexión del hombre que aparecía en la grabación, y también se movía como alguien bastante más joven que lo que se podía esperar de su edad: Noah Scott Sherrington.

El Lobo no podía quitarse de la cabeza que lo había sorprendido vigilando la escena del crimen la noche en que la víctima del parque fue encontrada, ni sus vagas explicaciones de por qué estaba allí.

Sonó el teléfono de su mesa.

—Inspector Barezzi, la doctora Elizondo quiere verle.

El inspector alzó las cejas grises de lobo.

—Hágala pasar.

—¿Sala de visitas?

Barezzi miró alrededor: el panel a su espalda con mapas y fotografías del caso, Ruano trabajando en una mesa a unos tres metros de la suya y otro par de subinspectores al fondo de la sala.

—No, que venga al área de investigación.

En cuanto ella traspasó el umbral, notó que algo le pasaba. Nash siempre parecía segura, como si tuviera un propósito, un norte marcado en su brújula. Pero hoy estaba diferente.

—No voy a decir que no me alegro de verte, pero ¿qué haces aquí?

Ella ignoró su galantería.

—Quería saber si hay algún avance en el caso que puedas contarme. Alguna pista sobre la identidad de la dueña de ese bolso que encontrasteis.

El inspector la miró suspicaz, no porque no creyera en su interés por la posible víctima, sino porque algo en su actitud le hizo pensar que la que tenía avances en el caso era ella.

Nash se ajustó la mascarilla para justificar bajar la mirada.

—Quizá no lo creas, pero me preocupa esa chica.

—Nunca lo he dudado. Ni por un momento —dijo él invitándola con un gesto a sentarse frente a él.

La doctora lo hizo en el borde de la silla, como si no pensara quedarse mucho.

Recorrió la estancia con aquella mirada inquisitiva que él ya conocía, pero entonces se dio cuenta de que algo había llamado su atención: el mapa del panel mostraba el lugar donde apareció el coche de Newman en el interior del túnel.

—¿Te apetece un café? —preguntó poniéndose en pie.

—Gracias. Con un poco de leche y azúcar.

Quizá porque estuvo seguro de que lo rechazaría, le pareció que lo aceptaba casi con alivio.

El inspector se alejó en dirección a la cafetera sin perder de vista a su invitada.

Nash seguía mirando el mapa sin pestañear.

Entonces, como si hubiera sido sorprendida en falta, se dio la vuelta para comprobar si él se había percatado de su interés. Barezzi disimuló.

Puede que la doctora Elizondo fuera una magnífica psiquiatra y psicóloga, pero no estaba familiarizada con los métodos policiales.

Ni con el modo en el que «por casualidad» alguien se presentaba en comisaría para hablar con el investigador al mando y terminaba viendo fotos y mapas.

Creía que su interés por la víctima era genuino, pero esa no era la razón que la había llevado allí.

Por eso la había hecho pasar al área de investigación criminal en lugar de recibirla en una sala aséptica y carente de información.

Cuando regresó con los cafés, se sentó ante ella y esperó en silencio, consciente de cómo, casi, se esforzaba para no mirar el mapa tras su cabeza.

Pero la inquietud era evidente en sus ojos: alternaban movimientos rápidos con los que observaba todo a su alrededor y largas miradas al vacío. Estaba pensando.

—Lo cierto es que quería hacerte una pregunta. Quizá te parezca una tontería, y entendería si no puedes revelármelo. Pero querría saber qué había en el bolso de la víctima del parque.

Barezzi pareció pensarlo un par de segundos, tras los que asintió, como si hubiera decidido que no había nada malo en ello. Abrió un cajón y sacó una página impresa y la sostuvo en el aire.

—Se llamaba Sofía. Sofía García.

Nash asintió respetuosa.

—Sofía —susurró.

—No tengo problema en dártela. Supongo que es interés profesional, pero antes me gustaría que me dijeras qué buscas.

Ella dudó durante un segundo.

—Aún no lo sé. Pero hay mucha información emocional en lo que una mujer lleva en su bolso, en todos los objetos que atesoran los seres humanos.

Una parte importante de mi trabajo se basa precisamente en interpretar el mensaje oculto de los objetos de los que alguien se rodea antes de su muerte, sea esta del tipo que sea, y bastante más allá de lo que sería una pista para la policía, nos habla de cómo estaba.

—Código NASH —dijo Barezzi tendiéndole la hoja.

Ella repasó el listado de objetos rápidamente.

—¿Tienes también la relación de lo que contenía el último bolso que apareció en la calle?

El inspector abrió de nuevo el cajón y le entregó una segunda lista.

—Por supuesto, la opinión de una psicóloga forense nos vendrá bien, pero ya hemos revisado y comparado el contenido de los bolsos; es normal.

No hay nada llamativo en ellos. Llevaban las típicas cosas que llevaría cualquier chica, algunas en común, algunas diferentes.

En el caso de Sofía: cartera, documentación y tarjetas de crédito, tampones.

No hallamos documentación ni nada que permitiese identificar a la propietaria del segundo bolso.

Sin embargo, había cincuenta euros, lo que descarta que fuese sustraído con el fin de robar.

Tecleó en su ordenador.

—Cosas en común: maquillaje, pañuelos de papel, gafas de sol.

Las de Sofía, Ray-Ban; las del segundo bolso, de Zara.

En el bolso de Sofía encontramos un rosario.

Su padre nos dijo que son católicos practicantes.

En el segundo hallamos dos muestras de perfume como las que a menudo te regalan cuando compras una colonia, chicles, compresas y dos mascarillas usadas.

Las dos llevaban tickets de compras en metálico, ninguno reciente; estamos cotejando los horarios con vídeos de seguridad de los comercios.

Lo más significativo del primer bolso es el rosario.

Lo más significativo del segundo es que no hay nada que ayude a identificar a su propietaria.

También falta algo en común: el teléfono.

¿Por qué estás aquí, Nash? —preguntó Barezzi a bocajarro.

Ella lo miró de hito en hito.

—No lo sé. Por si puedes contarme algo que me ayude a entender.

—Pues lo cierto es que sí que tengo noticias.

Habría jurado que ella contenía el aliento mientras esperaba.

—Te conté ayer que la policía estaba teniendo problemas para localizar a Annie Doyle, la hermana de Collin, el terrorista irlandés.

Tenemos novedades. La casa ardió hasta los cimientos, no queda nada y no hay rastro de Annie.

Está en paradero desconocido. Hemos tratado de localizar a otro familiar vivo, pero, como te dije, sus únicos parientes eran sus padres.

Ambos murieron hace muchos años y, según la policía irlandesa, fueron enterrados en una fosa común, con lo que hallar ADN con el que comparar es imposible.

—¿Y qué creen que ha pasado?

Negó con la cabeza.

—No lo saben. —Levantó sus manos de dedos largos como conteniendo la deducción—.

Pero es llamativo que, en el preciso momento en que queremos identificar a Collin, ella desaparezca y su casa entera arda.

La policía irlandesa afirma que siempre fue muy combativa, y que sus ideales no habían cambiado.

Se resistió a dar la muestra de ADN, y se puso en contacto con un abogado para retrasar la acción.

Pero me llama la atención que una señora anciana, por muy combativa que sea, le prenda fuego a su casa solo para impedir que identifiquen a su hermano.

Aunque cosas más raras se han visto. Justo antes de que llegaras, estaba viendo esto.

Tocó con su índice largo y huesudo la pantalla de su ordenador.

—Tenemos las imágenes de la cámara de un cajero, de la noche en que Sofía desapareció de camino a casa. Se la ve pasando por una calle y una figura masculina que la sigue a pocos pasos de distancia.

Sin preguntar si quería verlas, giró hacia ella la pantalla mientras observaba atentamente su reacción.

Nash intentó sustraerse del impacto de ver viva a la princesa escocesa.

Solo un instante, mientras se cruzaba frente a la cámara, y al hombre que fue captado segundos después de que lo hiciera la chica.

El inspector congeló la imagen y Nash la estudió, consciente de que él escrutaba milimétricamente cada una de sus reacciones.

No era Newman, pero podría ser el detective Star.

Se movía como un hombre joven, pero eso no era suficiente.

El rostro estaba vuelto hacia el otro lado de la calle; las imágenes no permitían percibir el color del cabello.

Un hombre, que podía ser joven, o caminar como alguien que lo fuera, que no portaba nada en las manos, con traje, sin corbata.

—¿Te recuerda a alguien que conozcas?

«¿Me recuerdas?» Le asaltó de golpe el eco de aquella voz que, unida a la imagen, le trajo un nombre que descartó de inmediato.

—No. —Lo miró—. Podría ser cualquiera.

El Lobo clavó sus ojos grises en los de Nash.

—Deberías corresponderme con la misma moneda. Te presentas aquí y me pides que te cuente, y yo lo hago, pero tú no me das nada a cambio. ¿No me merezco la misma confianza?

¿Y qué podía contarle? Un montón de interrogantes pasaron por su cabeza. ¿Que los drogaron? ¿Podía hablarle de todas las personalidades que parecía tener Benedict Newman? ¿Que se levantaba a cocinar por las noches? ¿Que sus manos tenían heridas recientes?

Entonces el inspector dijo:

—No me has dicho que tu sabueso iba a salir del país.

La sorpresa debió de reflejarse en su rostro, porque aclaró:

—Me refiero a Scott Sherrington. ¿Por qué no me has dicho que estaba en Escocia? ¿Quizá porque él también cree que este caso está conectado con esos crímenes del pasado?

—¿En Escocia?

—Los cité en comisaría, pero solo se presentó su socio con un montón de disculpas absurdas.

Pero te creo, quizá tu sabueso no te pone al día de sus hallazgos.

Y es curioso, porque él también me pidió conocer el contenido del bolso de la víctima cuando lo trajimos a comisaría tras pillarle merodeando por la escena del crimen.

Nash apretó el bolso contra su cuerpo y se dirigió hacia la puerta mientras decía:

—No sé de qué me estás hablando.

Antes de que llegara al umbral, el inspector dejó caer otra bomba:

—Encontramos el bolso ayer, pero en el laboratorio identificaron en la piel manchas recientes de agua de lluvia. La última vez que llovió fue hace tres días. Tu sabueso aún estaba en la ciudad.

Ella se detuvo. Al Lobo le habría encantado ver el gesto de la boca cubierta por la mascarilla. Por un instante pareció que volvería sobre sus pasos, pero se giró de nuevo hacia la salida y se fue.

Barezzi hizo una señal a Ruano en cuanto Nash traspasó la puerta. El subinspector se puso en pie y la siguió.

El jefe de Homicidios accionó de nuevo el vídeo, seguro de que la doctora Elizondo había visto en esas imágenes algo que no le había dicho.

Se dio cuenta de cómo había tratado de aparentar control manteniéndose imperturbable.

Pero había sido precisamente esa intención de control lo que le había hecho sospechar.

Tocó una tecla para volver a ver ahora las imágenes del interior del túnel cuando encontraron a Newman dentro del coche, e inmediatamente las de Newman saliendo del hospital por urgencias la primera noche que se fugó. Se preguntó si podía haber más grabaciones del escritor en alguna parte.

Levantó el teléfono y marcó un número.

—¿Doctora Duval?