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Marcó el número mientras se apoyaba contra el tronco de un árbol con la vista fija en la casa de Karim, que aún podía distinguirse entre las ramas. Noah respondió al tercer tono.
—Noah, necesito hablar contigo. No sé qué pensar. No sé en quién confiar —soltó a bocajarro en cuanto oyó su voz.
—Dame un segundo —se disculpó él.
Nash oyó un suave rumor, voces de fondo, ¿un televisor?, y roce como si Noah hubiera cubierto el micro del teléfono. Hubo un silencio breve y, cuando volvió a hablar, su voz tenía la calma que ella necesitaba.
—Cuéntame.
Comenzó a caminar entre los árboles mientras ordenaba sus pensamientos.
—Ya habrás visto lo de ayer en televisión.
Noah no contestó.
—El circo mediático hoy está por todas partes, en redes sociales, en todos los periódicos.
Cuando llegamos a casa, Newman estaba catatónico, pero a la hora de la cena se comportaba de nuevo como el detective Star.
Incluso me proporcionó una pista económica importante sobre la Fundación Newman y me indicó qué investigar.
Mientras buscaba una copia de su testamento en la caja fuerte, encontré un potente sedante hipnótico.
La noche anterior nos drogaron. Al doctor Sarasola y a mí, quizá a toda la casa.
He mandado muestras y las gotas son las mismas.
—¿Las mismas?
—El sedante que encontré en la caja fuerte es el mismo que había en el agua que bebimos.
—¿Quién más tiene acceso a esa caja fuerte?
—Solo Newman. Bueno, él y su abogado, pero Owen Mitchell no estuvo en la casa esa noche, aunque fue él quien me dio la clave. A primera hora de la mañana nos despertó la policía. Quizá ya lo sepas, han hallado otro bolso abandonado.
—Lo sé. Lizarso está pendiente; ya ha hablado con sus fuentes, pero no hay ninguna denuncia por desaparición que coincida con el perfil. Podría ser un bolso robado.
Salió del bosquecillo y caminó por el jardín lateral de la mansión, alejándose de las ventanas.
—Yo no lo creo. Y tú tampoco.
—No —confirmó Noah—. No lo creo.
—Hay algo más. Newman se causó heridas cuando huyó por la ventana del hospital, todos pudimos ver sus vendajes blancos durante la cena.
Pero ayer por la mañana, después de que se fuera la policía, vi a Robert haciéndole curas en las manos; tenía lesiones recientes, había restos de sangre en sus vendajes y en las sábanas.
Robert trató de ocultarlo. Ya es raro que él le haga las curas habiendo dos enfermeras en la casa, pero que lo oculte...
—¿Qué tipo de lesiones exactamente?
—Escoriaciones y cortes, pero no pude verlos bien.
Estoy segura de que eran recientes, había sangrado.
Tengo sospechas de que Newman no es el detective Star todo el tiempo.
O quizá nunca lo es. Alguien me ha informado de que Newman se levanta de noche a cocinar.
Platos elaborados. De alta cocina. Platos que requieren cuatro o cinco horas de preparación.
Y lo más llamativo es que su mayordomo se deshace de ellos y borra cualquier prueba.
Los he visto con mis propios ojos, recuperados de la basura y guardados en bolsas de congelación.
—¿Quién te lo ha dicho?
—El secretario de Newman y director de la fundación. Karim Sahim. Vigila la casa desde su ventana. Ha estado recogiendo la comida del contenedor cada vez que Robert la tiraba después de las sesiones nocturnas de Newman.
—¿Te fías de ese secretario?
—¿De él? —Rio amargamente—. No, no me fío de nadie, Noah. En el momento en que alguien me parece medianamente honrado, descubro que miente.
Llegó hasta el aparcamiento donde estaba su Mustang y se detuvo junto al coche.
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
—¿Qué crees tú, Nash?
Abrió la puerta, comprobó que su bolso estuviera en el asiento del copiloto y se sentó al volante, pero no arrancó.
—No lo sé. Porque al mismo tiempo los médicos que lo están tratando están convencidos.
Y no son cualquier cosa, Noah. Son especialistas del Opus Dei, de los mejores en Europa.
Dicen que no es solo una segunda personalidad.
Dicen que hay todo un sistema. Una constelación de personalidades.
Niño traumatizado, adolescente violento, escritor público, detective, una personalidad suicida, un carcelero interno que controla a todas las demás...
, y la arquitectura es tan sofisticada, tan coherente, que parece imposible que sea fingida.
—Pero tú dudas.
—Dudo de todo. Dudo de todos. El detective Star me da pistas que resultan ser ciertas.
Me llevó a descubrir la droga, me alertó sobre el dinero y el testamento.
Es el único en esta casa que me ha dado información verificable.
Y no sé por qué. No sé si me está ayudando o si me está llevando justo donde él quiere que vaya, pero voy a comprobarlo.
Me pidió que averiguara qué había en el interior del bolso de la víctima del parque.
Oyó suspirar a Noah a través de la línea.
—¿Y por qué quiere saberlo?
—Contestó algo muy críptico sobre los detalles y la importancia que tienen. Tendrías que oírle hablar; es como un detective escapado de una novela de Chandler.
—¿Qué opinas de Newman? —preguntó Noah—. ¿Qué sabes de sus intenciones?
—Un día antes de su ataque llamó al abogado.
Le dijo que estaba pendiente de recibir un dato y que tendría que hacer cambios en el testamento.
Un testamento en el que aparecen su secretario, su editora, su mayordomo.
—Tomó aire—. Y yo. Soy la principal beneficiaria, Noah.
El detective Star me aconsejó que siguiera el rastro de la pasta.
—Los que saldrían beneficiados económicamente.
—Todos lo harían a su muerte. Pero si la situación de incapacidad de Newman se perpetúa, beneficiaría directamente a Karim. Se pondría al frente de la fundación. Una fundación respaldada por millones de euros.
—Tienes sobradas razones para no confiar en nadie.
Nash cerró los ojos un momento.
—Y luego está otra cosa que me hace dudar. ¿Por qué guardaría alguien documentación que puede incriminarle? ¿Por qué un terrorista conservaría pruebas de su identidad original tantos años después?
—Yo también me lo he preguntado —respondió Noah—. Y lo único que se me ocurre es retorcido: que la mantuviera como un seguro, algo que podría utilizar si la otra opción fuera peor.
«Peor», repitió como un eco la voz de su madre en su mente.
—Todo aquí es retorcido. Es el ataque, Noah.
El que tuvo hace casi un año. Su editora me contó que cuando comenzó se comportó como el detective Star durante algunos minutos, justo antes de desmayarse.
Estuvo dos días así, y el coágulo se diluyó sin dejar secuelas.
Cuando despertó actuaba con normalidad sin recordar nada.
—¿Y eso es imposible médicamente?
—Imposible, no; raro, sí.
—Aparecerá en los informes hospitalarios.
—No. Su neuróloga lo solicitó al otro hospital, pero nunca los obtuvieron. Según Margot, ocurrió durante un viaje al extranjero. Ya sabes, hospital privado y protocolos de privacidad.
—Le entregarían una copia para que se la llevase cuando le dieron el alta —dijo Noah con voz firme—. Si existió alguna vez, tiene que tenerla en alguna parte. No es la clase de cosa de la que uno se deshace. Tienes que encontrarla, Nash.
Abrió los ojos y miró la mansión a través del parabrisas.
—Tienes razón.
—Porque una cosa es que el ictus no dejase ningún daño permanente, y otra muy diferente es que nunca haya ocurrido.
—Me parece muy elaborado. Fingir un ictus que después desaparece sin dejar ninguna secuela. Y un comportamiento disociativo que vuelve a repetirse casi un año después, justo cuando más le conviene...
Jadeó ahogada por su propio ímpetu.
—Busca ese informe.
Arrancó el motor.
—Lo haré. Pero primero tengo que seguir la otra pista que me dio Star. Averiguar qué había en ese bolso. Necesitaba..., necesitaba decir todo esto en voz alta. Escucharlo fuera de mi cabeza.
—Llámame cuando tengas algo.
Colgó y salió del aparcamiento en dirección a la ciudad.