Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 55
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Empujó la puerta del despacho de Newman mientras su mente bullía con todo lo que Sarasola había dicho.

La Santa no quería que el detective Star hiciera un descubrimiento, no quería que fuera a ese lugar que a Colt le había parecido tan importante como para fugarse del hospital de madrugada.

Por una parte, estaba la droga que había encontrado en la caja fuerte, la certeza de que alguien la había usado aquella noche, el bolso que había aparecido en la calle a la mañana siguiente.

Pero, por otra, había sido el propio detective Star quien la había puesto sobre la pista del dinero, quien de alguna manera la había conducido hasta la caja fuerte.

¿Por qué lo haría si sabía que la droga estaba allí?

A menos que quisiera que ella la encontrara.

O a menos que Sarasola tuviera razón y se tratara de un sabotaje por parte de otra de las personalidades.

Nash sentía que algo esencial se le escapaba, que aún se escondía en la penumbra de un rompecabezas cuyas piezas no lograban unirse por completo.

Se acercó a la caja fuerte y marcó la combinación.

La puerta se abrió con un chasquido suave.

Debajo del testamento estaba la carpeta con la auditoría anual de la Fundación Newman.

Benedict la había recibido apenas cuarenta y ocho horas antes de su extraño episodio en comisaría.

Quizá había visto algo en esos números, algo que ni el auditor ni todo su equipo habían podido detectar.

Nash reparó en la cinta de raso rojo enrollada sobre sí misma.

La tocó. Era muy suave, de una textura casi líquida que hizo que se desmadejase.

Medía unos cincuenta centímetros; Nash volvió a enrollarla.

Se llevó la cinta y la carpeta de la auditoría hasta el escritorio.

Abrió la carpeta con cuidado y entonces, al separar las páginas, una tarjeta cayó sobre la mesa.

La cogió y la estudió con atención: era de un cartón extraordinariamente pesado, de color hueso, con una calidad que hablaba de dinero y discreción.

Las letras no estaban en relieve, como cabría esperar, sino calcografiadas, grabadas y hundidas en el papel, con una técnica de impresión fina y difícil de falsificar.

No había ningún logo. Absolutamente ninguno.

Los datos eran escuetos:

Orbis Solutions Ginebra-Nueva York

Marcus Thorne Gestión de Continuidad

+41 22 501 8847

Nash dejó la tarjeta sobre el escritorio junto al lazo rojo y sacó el teléfono. Marcó el número suizo y esperó. Uno, dos, tres tonos.

La llamada fue respondida al instante, sin música de espera. La voz era humana, profesional, pero carente de cualquier emoción.

—Orbis.

Nash sintió un momento de vacilación ante la sequedad de aquella única palabra.

—Hola..., eh..., me gustaría hablar con el señor Marcus Thorne, por favor.

—¿A quién debo anunciar?

—Soy Nash Elizondo. —Hizo una pausa breve—. Soy la hija de Benedict Newman. Se encuentra gravemente enfermo y estoy al frente de la administración de sus bienes.

Hubo un silencio casi imperceptible al otro lado de la línea, y, cuando la voz volvió a hablar, Nash percibió un cambio sutil en el tono. Más abierto, quizá más atento.

—Un momento, por favor... Para verificar su autorización de contacto, ¿cuál es la referencia del proyecto?

Nash frunció el ceño.

—¿Referencia del proyecto? No... no lo sé. Solo tengo esta tarjeta. Es sobre la Fundación Newman.

—Señora Elizondo, no podemos conectar ninguna llamada al señor Thorne sin una referencia de proyecto válida. ¿Quizá una palabra clave de compromiso?

La puerta del despacho se abrió sin que nadie llamara. Nash se giró un poco y vio a Karim entrar con una sonrisa en los labios. Instintivamente, cubrió la tarjeta con la mano y la deslizó hacia el borde del escritorio.

—Lo siento —dijo al teléfono, y colgó.

Se quedó inmóvil durante un segundo, procesando lo que acababa de ocurrir, y antes de que pudiera darse la vuelta por completo, Karim la rodeó con los brazos por detrás. La giró con suavidad y se inclinó hacia ella intentando besarla.

Nash lo apartó con un movimiento firme de las manos contra su pecho.

—¿Qué haces?

—No puedo más, Nash —dijo él con voz baja, casi suplicante.

Ella guardó la tarjeta y el lazo rojo en el bolsillo de su pantalón mientras se alejaba un paso de él.

—Te vi desde la ventana con la enfermera. ¿A qué estás jugando, Karim?

—Sé que te gusto —insistió él—. Y tú me gustas; lo sabes desde que llegaste a esta casa.

—Está claro que te gustan las pelirrojas —respondió Nash con voz fría—. Pero también está claro que te he dicho un montón de veces que no entres en este despacho. Y siempre te encuentro aquí. ¿Por qué?

—Te estás equivocando. Desconfías de mí y no sé por qué.

—Explícame por qué Newman llamó a su abogado un día antes de perder la memoria y le dijo que iba a modificar el testamento. Que estuviera preparado porque tenía que confirmar unos datos.

Karim palideció durante un instante, pero se recompuso enseguida.

—Ya te lo expliqué: Benedict estaba comportándose de un modo extraño últimamente.

Obsesivo. Decía que alguien tocaba sus cosas, que las cambiaba de lugar.

Ya te dije a ti y a los médicos que sospechaba que era sonámbulo, que a menudo estaba en el despacho durante la noche.

Mi casa está justo enfrente; veía la luz encendida.

Y luego, cuando le preguntaba: «Benedict, ¿has trabajado esta noche?

», él lo negaba como si yo estuviese diciendo una estupidez.

Así que no sé a qué se refería; estaba muy raro.

El secretario se fijó en el informe de los auditores.

—Cuarenta y ocho horas antes de que se llevaran a Benedict a comisaría llegó el resultado de la auditoría anual a la que se somete la Fundación Newman —continuó con tono más firme—.

Los datos se los envían a Benedict, a su abogado, a los miembros del Consejo de la Fundación y a mí.

Puedes ver el informe. Puedes llevarlo a otro auditor si lo deseas. No tengo nada que ocultar.

Nash lo estudió con expresión impenetrable.

—No tengo pruebas, aún, pero creo que todos tus acercamientos han sido un intento de sacarme de este despacho desde el día en que puse un pie en esta casa. Soy una excelente investigadora. Si hay alguna prueba, la encontraré.

Karim pasó al ataque con expresión dolida.

—Puede que estés equivocando la dirección del tiro, Nash; de todas las personas que aparecen en el testamento de Benedict Newman, soy la única cuyas acciones tienen que someterse a una auditoría anual.

Pero Benedict se había vuelto muy desconfiado en los últimos tiempos, y puede que igual que yo se diera cuenta de que Robert no es quien dice ser.

Nash lo miró intrigada; el secretario comprendió que había dado en el blanco y siguió por allí.

—Apuesto a que ha sido él quien te ha metido esas cosas en la cabeza. Sabe que me gustas, y yo a ti también. Solo intenta confundirte.

Y luego añadió con tono casi infantil:

—Ayer vi cómo te abrazaba en el salón después de que aparecieran las noticias sobre Newman. Cuando discutiste con Margot. De Robert sí que te fías. Y no deberías.

—Sí, Karim, ya me lo dijiste el otro día —respondió Nash con frialdad—. Pero actúas como un crío pequeño.

Karim se cruzó de brazos y la miró con expresión dura.

—Me viste ayer con Virginia, pero eso funciona en las dos direcciones. Desde mi casa tengo una vista perfecta de este despacho y de la puerta principal. Puede que tú estés al tanto de mis actividades nocturnas, pero yo también observo esta casa y lo que acontece en ella durante la noche.

Nash lo miró sin pestañear.

—¿Qué estás insinuando?

—Pregúntale a Robert por qué se levanta de madrugada a limpiar lo que Newman ensucia. Por qué salió de madrugada a tirar al contenedor un plato propio de una estrella Michelin.

Nash se quedó con la boca abierta.

Karim asintió despacio, con una expresión que mezclaba satisfacción y amargura.

—Sí, es justo lo que estás pensando. El detective Star no sabe freír un huevo. Así que el que se levanta de noche a cocinar, a visitar su despacho y vete a saber qué actividades más es Benedict Newman. Pregúntale a tu amiguito por qué lo encubre.

—¿Me estás diciendo la verdad?

—Me pareció muy raro, así que lo recogí, lo metí en bolsas de plástico y las guardé en mi congelador. Te las mostraré si quieres.

Nash lo miraba fijamente, intentando descubrir el engaño.

—No tengo nada que ocultar —añadió él con voz más suave—. Sé que me has visto con ella. Soy un hombre soltero, y ella también. Pero podrías ser tú. Quiero que seas tú.

Nash se lo quedó mirando durante unos segundos.

—Enséñame esas bolsas de comida.

Salieron juntos del despacho por la puerta que daba a la terraza. Una escalinata bajaba hacia el jardín y terminaba justo enfrente del camino de acceso al pabellón de invitados. Caminaron en silencio hasta la entrada. Karim abrió la puerta.

Dentro, la casa era moderna, con pocos muebles y ropa desperdigada por todas partes.

Nash vio la cama deshecha nada más entrar, las sábanas revueltas y la almohada apoyada contra el cabecero.

Había un olor en el aire mezcla del perfume de Karim, de sexo reciente y de una habitación sin ventilar. Hacía calor.

El secretario se dirigió al frigorífico y abrió el congelador. Sacó cuatro bolsas y las fue dejando sobre la encimera de la cocina.

—He probado estos platos otras veces —dijo mientras abría la primera bolsa—.

Durante el confinamiento, Newman cocinaba a menudo.

—Empujó el contenido hacia Nash—. Becada asada a baja temperatura con paté de sus propios higadillos.

En cuanto abrí el contenedor reconocí el olor; puede que sea una exquisitez, pero es demasiado fuerte para mí.

Este otro es un milhojas de patata y bacalao confitado en aceite de oliva.

Una de sus especialidades; este sí me gusta.

Abrió las dos últimas bolsas con el mismo gesto eficiente y las alineó sobre la encimera.

—Bacalao al carbón negro con crujiente deshidratado de su propia piel.

Y osobuco de ternera guisado con vino blanco y hierbas.

Este solo lleva unas cuatro horas de cocción, como mínimo.

—Levantó la vista hacia Nash—. Newman las ha cocinado otras veces.

Conozco estas recetas. Y todas tienen algo en común: se tarda muchísimas horas en hacerlas.

Exigen una parte activa y otra lenta en la que solo hay que esperar. No son platos, son una coartada.

Nash inspeccionó el contenido de las bolsas; incluso después de recogerlo de un contenedor de basura, se notaba que eran platos elaborados.

—Benedict vuelve. No es el detective Star todo el tiempo. De hecho, no te voy a negar que me han surgido dudas de que lo sea alguna vez. Pero es Newman el que tiene el tiempo suficiente para cocinar platos que requieren cuatro o cinco horas de elaboración.

Nash estudió las bolsas abiertas sobre la encimera.

—¿Cuándo las recogiste?

—Cada una de las noches en que Newman ha dormido en esta casa pretendiendo ser el detective Star. El primer hallazgo fue por casualidad. A partir de ahí he vigilado a Robert y el contenedor que hay fuera de la finca.

Nash se dio la vuelta y caminó hacia la puerta.

—Nash —la llamó Karim.

Ella se detuvo y se volvió a mirarlo.

—Ese tipo es un mentiroso —dijo con voz firme—. ¿Sabes que ni siquiera es inglés?

Nash salió de la casa y, en lugar de volver al despacho de Newman, se adentró en el bosquecillo que circundaba la mansión.

Caminó entre los árboles buscando la paz que encontraban los que se refugiaban en la espesura, como había hecho tantas veces en Elbete, hasta asegurarse de que ni Karim, ni nadie desde el interior de la casa, podía verla. Entonces sacó el teléfono del bolsillo.