Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 54
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Nash entró en la biblioteca cuando la luz de primera hora de la mañana apenas se derramaba por los ventanales altos.

El padre Tadeo estaba de pie junto a la mesa auxiliar, donde descansaba el equipo de grabación, ordenando cables y ajustando el ángulo de la cámara con movimientos precisos y metódicos.

El doctor Sarasola aguardaba sentado en uno de los sillones con una carpeta abierta sobre las rodillas y una expresión que Nash reconoció de inmediato: la fascinación contenida del investigador ante un descubrimiento excepcional.

—Doctora Elizondo —saludó Sarasola mientras se ponía en pie—. Lamento que no nos viéramos anoche en la cena.

Nash asintió brevemente y tomó asiento en el sillón que quedaba frente a él. El padre Tadeo se acercó y ocupó el tercer asiento, completando el círculo.

—Tuvimos una sesión de trabajo extraordinaria con el equipo de Pamplona —continuó Sarasola, y Nash percibió la energía apenas contenida en su voz—.

Conectamos en línea durante más de tres horas.

Todo el equipo de psiquiatría revisó las grabaciones y los protocolos.

Lo que ocurrió ayer en esta sala fue... —hizo una pausa, como si buscara la palabra exacta— extraordinario.

Nash advirtió el modo en que sus ojos brillaban, con un fulgor que nunca antes había visto en él.

—Por la importancia y complejidad de lo que aconteció en esta sala, hemos pedido al equipo de psiquiatría que esté presente también en esta reunión —dijo haciendo un gesto hacia la pantalla de su ordenador, donde se veía, en lo que parecía una sala de reuniones, a un grupo de al menos diez personas que, con sus impecables batas blancas, iban ocupando sus lugares frente a la pantalla.

Bajo la imagen, el pequeño icono del micrófono aparecía cruzado por una franja carmesí. Aún no podían oírlos.

Nash se preguntó si el número de médicos era directamente proporcional a la necesidad de Sarasola de impresionarla. «Cuanto más público, mejor», pensó.

Esperó hasta que los médicos estuvieron sentados y el padre Tadeo dispuso ante ella un portátil en el que aparecía un vídeo en pausa.

Cuando todo estuvo preparado, el sacerdote miró a su superior, que con una inclinación de cabeza lo autorizó a comenzar.

Con un clic, la señal roja del micrófono se puso en verde y el padre Tadeo comenzó a hablar.

—Buenos días. Como ya saben, el objetivo de la reunión de hoy es informar a la familia del paciente. Se encuentra con nosotros la doctora Elizondo, psiquiatra y psicóloga forense e hija del señor Newman.

Nash saludó con un gesto, se inclinó hacia delante y dejó que su mirada se sostuviera en la de Sarasola antes de hablar.

—Hay algo que deben saber antes de continuar —dijo—. Han llegado los resultados de unos análisis que mandé hacer.

El psiquiatra cerró la carpeta sobre sus rodillas y la dejó a un lado con gesto atento, aunque Nash percibió que habría preferido escuchar esa confidencia antes de abrir el micrófono.

—Atendiendo a unas cuestiones de administración de los asuntos de Benedict Newman —continuó Nash con voz pausada—, y siguiendo las indicaciones de su abogado, abrí la caja fuerte de su despacho. Encontré unas gotas. Sedotine.

El padre Tadeo frunció un poco el ceño.

—Tendría que habérnoslo comunicado de inmediato.

—Antes de dar la alarma, las mandé analizar; podía tratarse de cualquier cosa.

—Nash mantuvo el tono profesional, casi clínico—.

También analicé el agua y el whisky que tomamos anteayer por la noche.

El análisis confirmó que había Sedotine en el agua.

El mismo medicamento que estaba en la caja fuerte.

Sarasola asintió despacio, sin alterarse.

—Lo sospechábamos —dijo con calma—. Los síntomas que experimentamos al despertar eran claros. Sedación farmacológica. Pero confirmar que la sustancia coincide con lo que encontró en la caja fuerte es... significativo.

Nash mantuvo la mirada fija en Sarasola.

—¿No les preocupa que esas gotas estuvieran en la caja fuerte de Newman? Solo él tiene acceso a ella. Bueno, él y su abogado, pero Owen Mitchell no estuvo en la casa esa noche.

—Por supuesto que nos preocupa —intervino el padre Tadeo con voz serena—. Pero ya hemos tomado medidas. Hemos reforzado los protocolos de seguridad. El agua que bebemos ahora viene directamente embotellada y precintada, y toda la medicación está custodiada.

—Y debo añadir —dijo Sarasola— que nosotros no utilizamos Sedotine en ninguno de nuestros protocolos. Ni lo traemos, ni lo administramos. Es importante que quede claro.

—No volverá a ocurrir —añadió el padre Tadeo—. No tiene por qué temer.

Nash mantuvo la mirada fija en Sarasola.

—No es que tema que vuelva a ocurrir. Lo que me pregunto es si esto no debería hacernos replantear todo el caso. ¿No creen que puede ser una señal de malingering ?

Nash percibió una especie de rumor creciente proveniente del grupo de médicos.

Sarasola negó con la cabeza antes incluso de que Nash terminara la frase.

—Si estuviéramos ante un fingimiento, doctora Elizondo, el paciente se habría limitado a fingir una segunda personalidad.

Quizá dos, si fuera especialmente ambicioso.

Pero lo que tenemos aquí... —Hizo un gesto hacia las notas que descansaban sobre la mesa—.

Lo que tenemos aquí es una constelación.

Un sistema completo y extremadamente sofisticado que solo se presenta en casos de trauma complejo durante la infancia.

Con el rabillo del ojo, Nash percibió el movimiento rítmico y acompasado de cabezas que asentían a las palabras de Sarasola desde la pantalla.

El padre Tadeo tomó una de las hojas y la sostuvo entre sus manos con cuidado, como si fuera un documento de valor incalculable.

—Doctor Álvarez —dijo haciendo un gesto hacia la pantalla.

Desde allí, un hombre de unos treinta y cinco años, cabello oscuro y barba perfectamente recortada comenzó a hablar.

—El niño que llora —dijo con voz suave— representa el trauma original. La parte que experimentó el dolor en su forma más pura. Es pequeño, vulnerable, incapaz de defenderse.

—Y Kevin —continuó Sarasola— es la versión adolescente de ese mismo niño.

La que surge para protegerlo. La que se enfrenta a la situación de violencia extrema.

Es un patrón que vemos constantemente: lo que en la fase infantil nos provoca terror crea una barrera de defensa violenta en la adolescencia.

Los hogares expuestos a la violencia generan personas violentas, aunque de entrada les repugne la idea.

Continúe, doctora Villar —dijo dirigiéndose a la pantalla.

La doctora, seguramente una residente, aparentaba apenas veinte años, aunque tuviera unos cuantos más. Nash se preguntó si ella misma había tenido ese aspecto adolescente y desvalido cuando fue residente.

—El escritor —dijo con una voz que sorprendió a Nash por su seguridad— es la representación de la personalidad pública. Perfecta, exitosa, ponderada. La cara que se muestra al mundo. La que ha conseguido el éxito, el reconocimiento, la admiración.

—Y el detective —añadió Sarasola— es la parte analítica. Severa, cínica, pero con una moral intachable. El tipo duro que puede enfrentarse a situaciones difíciles y busca siempre la verdad, sin importar el coste.

Nash pensó en las palabras de Kevin durante la sesión anterior. En su forma de hablar, en su postura escuálida y empobrecida, en la violencia apenas contenida debajo de la bravuconería.

—Pero lo que nos hace estar seguros de que no estamos ante un fingimiento —dijo Sarasola inclinándose hacia delante con renovada intensidad— son dos personalidades específicas. La Santa y el Carcelero.

Nash percibió un movimiento incómodo en la joven doctora.

—Este tipo de personalidades son precisamente las que... —dijo apuntando con su dedo hacia la pantalla.

—Las que olvidan construir quienes fingen este trastorno —intervino otro de los médicos—, los que buscan información en internet, los que creen que tener personalidades múltiples es una ventaja, un descontrol fascinante. Esos nunca incluyen personalidades autodestructivas.

—Bien, doctor Fernández.

Sarasola tomó de nuevo la palabra.

—La Santa representa la autodestrucción inevitable en el trastorno de identidad disociativo auténtico.

Hasta el hecho de que la llamen así habla de una arquitectura compleja.

Se comporta como una mística poseída por una verdad que no está dispuesta a negociar.

Quiere expiar el mal del sistema con la muerte.

Representa los instintos suicidas que aparecen con frecuencia en personas que han vivido traumas severos durante la infancia.

Nash sintió que la inquietud se instalaba en su pecho mientras recordaba las palabras de Kevin: «Esa jodida loca del demonio».

—Y el Carcelero —continuó Sarasola con voz firme— es la pieza más extraordinaria de todas.

Otra elección perfecta de nombre. El Carcelero es el amo del calabozo, el que tiene las llaves para abrir y cerrar las puertas que contienen a las personalidades.

No solo decide quién sale y quién permanece bajo llave, sino que además conoce las razones, las motivaciones que lo llevan a hacerlo.

Nash se quedó en silencio durante unos segundos procesando la información. La lógica era impecable. La arquitectura que Sarasola describía tenía una coherencia interna que resultaba difícil de refutar. Y sin embargo...

—Insisto en el tema de la droga. Me resulta increíble que no aprecien el calado y sus consecuencias —dijo finalmente—. Alguien nos drogó deliberadamente, y justo esa madrugada apareció un bolso abandonado en la calle, del mismo modo que el de la anterior víctima.

Sarasola asintió con expresión comprensiva. Y Nash volvió a percibir la negativa en el gesto de la joven doctora al otro lado de la pantalla. El padre Tadeo tomó la palabra.

—Aún no puedo afirmarlo rotundamente, pero permítame plantearle algo, doctora Elizondo.

A menudo, las personalidades como la Santa actúan impidiendo cualquier avance de las otras personalidades.

Cualquier cosa que pueda llevarlas a una revelación, al éxito, a la sanación.

Sabotean la vida de las otras partes del sistema.

¿Puede considerar que fuera eso lo que quería lograr?

—¿Y se han planteado ustedes la posibilidad de que drogarnos no fuera un sabotaje al sistema, sino un modo de garantizar que podía salir de casa sin que nadie lo percibiese?

—preguntó Nash sosteniendo su mirada—. Fuimos drogados usted y yo, pero quizá las otras personas en la casa también.

Las enfermeras velaban su sueño. Si estaban drogadas...

—Si nos encontramos ante un caso auténtico —interrumpió Sarasola con voz firme—, y cada vez estoy más seguro de que es así, el comportamiento de una personalidad como la Santa nunca da ayuda al sistema.

Todo lo contrario. Jamás facilitaría una salida nocturna de Newman.

Su objetivo es la destrucción total, no la acción deliberada y coordinada.

Nash estudió el rostro de Sarasola, después el del padre Tadeo. Los vio entusiasmados, convencidos, brillantes en su argumentación. Y decidió no insistir más. Quizá tenían razón. O quizá estaban demasiado fascinados con el caso como para mantener la objetividad necesaria.

—Perdón —se oyó con claridad la voz de la doctora Villar desde la pantalla—. Permítame disentir. Tal y como dice la doctora Elizondo, no podemos cerrarnos completamente a la posibilidad de estar ante un fingimiento, al menos parcial.

Fue muy sutil, pero Nash percibió la mirada de Sarasola al padre Tadeo, que con un rápido clic sobre la señal verde de micrófono abierto lo silenció transformándolo en carmesí.

—Hoy tendremos una sesión muy importante —anunció Sarasola—. La hemos preparado cuidadosamente con todo el equipo. Intentaremos comunicarnos con el Carcelero. Y si él nos da permiso, también con la Santa.

—El Carcelero es crucial —añadió el padre Tadeo—.

Además de la Santa, es la personalidad que más autenticidad da a la posibilidad de que nos encontremos ante un TID real.

Es otro de los personajes que olvidan construir quienes fingen la enfermedad.

No lo verá en TikTok ni en ninguna representación popular del trastorno.

—Es una personalidad que actúa como sistema central de control —insistió Sarasola—.

Como la inteligencia artificial de una nave nodriza, como Madre en la nave Nostromo.

Carente de emociones y personalidad definida como las otras.

En ocasiones, sin sexo, sin edad definida.

Es quien manda, quien decide qué parte se pone al frente.

Pero, a diferencia de la Santa, protege el sistema. No busca destruirlo, sino preservarlo.

Nash asintió despacio, porque la complejidad de lo que Sarasola describía era extraordinaria, y si, en efecto, todo aquello era auténtico, significaba que Benedict Newman había vivido algo durante su infancia que había fragmentado su mente en múltiples piezas, cada una con su función, cada una con su propósito.

El psiquiatra se puso en pie y cerró la carpeta que había dejado sobre el brazo del sillón.

—Tomaré un café y empezaremos en diez minutos —dijo con una sonrisa contenida—. Será una sesión memorable.

Nash observó cómo el padre Tadeo se levantaba también y se dirigía hacia el equipo de grabación para hacer los últimos ajustes. Sarasola salió de la biblioteca con paso firme y decidido, como un general que se prepara para una batalla que sabe que va a ganar.

Nash permaneció sentada durante unos segundos más, mirando el sillón Eames vacío donde pronto se sentaría el detective Star, y cuando finalmente se puso en pie y salió de la biblioteca, la luz de la mañana ya se hacía más intensa a través de los ventanales.