53
Noche en Ciudad
Los restos de la cena que apenas había tocado se enfriaban sobre el escritorio de su habitación.
Nash los miró compungida. Robert se la había llevado en una bandeja: crema de calabaza, pan, una pera pelada y cortada en cuartos perfectos.
Cuando se iba, antes de cerrar la puerta le había sonreído bromeando: «Cómetelo todo».
La cena en el comedor se había cancelado. Sarasola y el padre Tadeo se habían disculpado; querían poner en orden sus notas. Habían dicho que tomarían algo mientras trabajaban. Margot y Karim estaban encerrados redactando la nota de prensa e intentando sofocar el incendio.
De todos modos, Nash no se habría sentido con ánimos para sentarse a la misma mesa que Margot.
Comprendía su postura. «La guardia pretoriana de Newman», la había llamado Robert. La editora tenía razón en que Nash debería haberle avisado sobre los periodistas en el juzgado. Pero Nash no era la responsable, y no iba a consentir que nadie la tratara de esa manera, con ese tono.
Estaba harta de interpretar un papel que no había pedido. Harta de la obligación fiduciaria, de la tutela, de toda esta farsa en la que todos parecían saber su texto menos ella.
Tomó un par de cucharadas de la crema de calabaza y cogió su teléfono para ojear las noticias sobre Newman en las redes sociales. Entonces vio las llamadas perdidas. Dos. Doctora Kalo. Seguramente se habían producido mientras veían el informativo.
Abrió WhatsApp.
«Positivo para Sedotine.»
«Estaba en el agua de los botellines.»
«Llama si quieres, ya sabes que no duermo.»
Nash sintió que algo se asentaba en su pecho, una pieza que por fin encajaba. Marcó el número.
Kalo contestó al primer tono.
—Reina, te he visto en la tele.
—Eneka, gracias por el análisis.
—De nada, chérie . Alprazolam. La dosis es muy fuerte, pero también te digo que es difícil matar a alguien con eso.
Es un medicamento eficaz y bastante seguro.
Para saber la concentración exacta de la dosis, tendría que hacer otros análisis, pero, vamos, que alguien quería dejarte fuera de juego unas horas, no matarte.
—Entendido. ¿Has conservado las muestras?
—Por supuesto. Por si las necesitas, oficialmente no te servirían, por la cadena de custodia y esas mierdas, pero...
—Perfecto.
Hubo una pausa breve.
—Eneka, me suena que saliste con un director de informativos de ETB, o TV3, ¿verdad?
—Sí, muy mono, pero la tenía pequeña. Ahora está en la televisión nacional.
—¿Crees que podrías darme su número? Hay una cosa que quiero preguntarle.
—Ya te he dicho que la tiene pequeña. —La risa de Kalo resonó desvergonzada a través del teléfono.
—El único tamaño que me importa —respondió Nash— es el de las fuentes de las que obtiene sus noticias.
—Ah, ma belle , me encanta cuando te pones así. Te lo mando ahora.
Colgó.
Nash dejó el teléfono sobre la cama y ya no se sentía tan perdida: tenía información, tenía un contacto. Miró la hora, demasiado tarde para llamar a alguien que no conocía. Tomó el teléfono para escribirle un wasap, avisando de quién era y que llamaría al día siguiente.
El teléfono volvió a sonar en cuanto lo envió.
Miró la pantalla.
Laurent Herzog.
Por un momento sintió el impulso de rechazar la llamada y lo dejó sonar tres o cuatro veces, pero al final deslizó el dedo sobre la pantalla.
—¿Qué quieres?
Su voz salió fría, cargada de intención. Si Laurent la estaba llamando después de despedirla era porque quería algo.
La respuesta no se hizo esperar.
—Te he visto en televisión. Estás muy guapa.
Nash cerró los ojos. Ese tono. Esa forma de decirlo.
—¿Qué quieres, Laurent?
—Me ha encantado verte. La pandemia te ha sentado bien, no como a mí. Si pudieras verme... He perdido veinte kilos de masa muscular, el covid casi me mata y no recibí ni un mensaje tuyo.
La autocompasión. Por supuesto.
—Yo, sin embargo, recibí tu carta de despido.
Silencio. Después, ese cambio que Nash conocía tan bien. La voz que se volvía suave, comprensiva, razonable.
—Nash, no seas rencorosa. No, no digas nada... Tienes razón...
Adoptó aquel tono seductor y zalamero que ella conocía bien.
Aunque odiaba reconocerlo, en algún momento lo había consentido, quizá hasta le había gustado, como parte de la intimidad entre ellos.
Pero ahora se le antojaba condescendiente, como si hablara con una niña pequeña que no entendía las complejidades del mundo adulto.
—Seguro que puedes comprenderlo. Estaba enfermo, decepcionado y cansado. Tú fuiste la que me dejó fuera.
Por supuesto. Eso era perfecto. Responsabilizarla a ella de sus actos. La momia de la sima de Legarrea. Su hallazgo. Su trabajo. Del que Laurent había intentado apropiarse y Nash, por primera vez, no le había permitido hacerlo.
—¿Qué quieres? —repitió con el mismo tono.
—Felicitarte. Después de todo, tu despido te ha abierto nuevas sendas. Siempre he sabido que estabas destinada a algo importante.
Aguardó, esperando a que ella preguntara. Nash no lo hizo. Permaneció en silencio dándole sedal.
—Mitchell es uno de los abogados más caros del país. Y además estabas acompañada nada menos que por el padre Sarasola.
No iba a hacer la pregunta. No iba a darle la satisfacción.
Nash caminó hacia la ventana abierta a la noche templada. La luna llena brillaba aún baja en el horizonte, enorme y amarillenta.
Sonrió, pero no permitió que se notara en su voz.
—Laurent, es tarde. Iba a acostarme. Si no quieres nada más...
—Claro que quiero... —respondió él con su tono más seductor.
—Acabáramos. ¿Qué quieres, Laurent? —repitió hastiada.
—Ofrecerte una tregua, Nash.
—No sabía que estuviésemos en guerra.
Oyó su risa. Grave, íntima. Nash sintió cómo sus piernas se aflojaban y lo odió. Odió que aquel cabrón arribista todavía tuviera ese efecto sobre ella.
—No voy a presionarte, Nash.
Su voz se había vuelto más íntima. El tono que usaba en la cama.
—Puede que no sea una guerra, pero sé que no me he portado bien contigo. Quiero arreglar las cosas entre nosotros.
Ella iba a contestar que no había ningún «nosotros». Pero Laurent la interrumpió.
—No digas nada ahora. Solo piénsalo esta noche. Volveré a llamarte.
Y colgó sin darle tiempo a responder.
Nash se quedó con el teléfono en la mano. La pantalla se oscureció y sintió el peso del aparato, todavía tibio contra su palma. Laurent nunca dejaba que ella tuviera la última palabra.
Entonces lo vio.
Karim estaba en su porche, fumando, apoyado en la barandilla.
Se apartó de la ventana instintivamente, recordando cómo él la había sorprendido mirándolo la otra noche.
Cruzó hasta el escritorio y apagó la luz, dejando la habitación en tinieblas.
Volvió a la ventana y se acercó hasta el límite que proyectaba la sombra de la luna, segura de que allí no la vería.
En ese momento, una figura apareció desde el lateral de la casa. Cuando pasó bajo la luz del farol que iluminaba el porche, Nash la reconoció. Virginia, la enfermera pelirroja.
Se acercó a Karim, lo tomó de la cintura tirando hacia arriba de su camiseta, y se besaron mientras recorría su espalda con dedos ágiles. Retrocedieron hacia el interior de la casa, enredados.
Justo un instante antes de que la puerta se cerrara, el secretario levantó la vista. Miró descaradamente hacia la ventana de Nash.
No pudo distinguir su expresión en la distancia. No supo si temía que lo hubiera visto, o si, por el contrario, esperaba precisamente eso.
El teléfono sonó. Nash se apartó de la ventana y volvió a la cama, dejándose caer sobre el edredón mientras respondía. Una voz masculina y desconocida al otro lado de la línea.
—Doctora Elizondo, soy Alberto Azpeitia, acabo de recibir su mensaje. Antes de nada, quiero decirle que soy un gran admirador de su padre, y que todos esperamos que se recupere cuanto antes.
—Alberto —dijo interrumpiendo su perorata—.
Quiero hacerle una pregunta muy concreta, y ya sé que es difícil que pueda contestármela directamente, pero tengo un gran interés por saber quién es su fuente, cómo ha tenido su canal acceso a esta información.
—Notó que él iba a empezar a replicar, pero no se lo permitió—.
Alberto, Benedict Newman es un hombre muy importante.
Tanto las cuestiones médicas como las legales se habían mantenido en estricto secreto dentro del ámbito familiar.
Sospechamos que alguien ha filtrado esta información, y su abogado y yo tenemos serias sospechas sobre la intención.
Si usted me ayuda a localizar al topo, no le prometo dar información a cambio, pero sí confirmación de todos los hechos que sean reales. ¿Qué le parece?
Un par de segundos de silencio en la línea antes de que contestara.
—No me dijo su nombre, pero fue una mujer. Insistió en hablar personalmente conmigo. Estoy seguro de que fingía la voz para hacerla parecer más aguda. Hablaba de modo reposado; creo que el adjetivo es sibilino, como si susurrara. No pidió dinero a cambio.
—¿No puede decirme algo más? ¿Era joven?, ¿culta?
—Ambas. Su voz era muy desagradable, por eso estoy seguro de que la fingía. Una voz así no se olvida. Prometió volver a llamar.
Una mujer. Una mujer que fingía la voz y que no pidió nada a cambio de tan jugosa información, ¿quizá porque de algún modo ya salía ganando?
—Saluda a Eneka de mi parte —dijo jovial. Nash dedujo que guardaba mejor recuerdo de la doctora Kalo que ella de él.
—Lo haré —susurró antes de colgar mientras la rabia escalaba su pecho.
Repasó las mujeres del entorno de Newman.
La doctora Duval, que parecía estar desarrollando una extraordinaria intimidad con el detective Star, conocía los pormenores del caso.
Margot, que acababa de echarle una bronca precisamente por no proteger la imagen de Benedict.
Elisa, que llevaba décadas sirviéndole con devoción casi maternal. Y ella misma.
Le parecía imposible que alguna de ellas hubiera podido ser tan malvada. Tan gratuita en su crueldad.
Y, sin embargo, alguien había hecho aquella llamada. Alguien que conocía los detalles. Alguien cercano.
Buscó entre sus contactos el único lugar donde aquella noche podía obtener alivio.
Las Mitxelena.
El teléfono sonó tres veces antes de que alguien contestara. Oyó voces, movimiento y después el clic del manos libres.
—¡Nash!
Las tres voces saludaron a coro.
Nash cerró los ojos.