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Noche en Ciudad
Margot irrumpió en la biblioteca sin llamar. Nash y Sarasola se volvieron sobresaltados. Algo grave tenía que estar sucediendo, porque el psiquiatra había sido muy claro sobre que nadie debía interrumpir la sesión bajo ningún concepto; su mirada reprobadora lo puso de manifiesto.
La editora estaba pálida, alterada; sin embargo, apenas habló.
—Venid conmigo. Tenéis que ver algo. Ahora.
Se giró sin esperar respuesta y salió al pasillo. Nash miró a Sarasola, que ya se levantaba. Antes de salir, hizo un gesto al padre Tadeo.
—Quédese con él.
Mientras caminaban hacia el salón, Nash oyó el volumen del televisor inusualmente alto. Cuando entraron, Robert y Elisa ya estaban allí, de pie frente a la pantalla. Karim llegó desde el pasillo y Virginia bajaba por la escalera.
Margot señaló la pantalla.
—Lo han dicho en el avance. Van a repetirlo.
La música de cabecera del informativo llenó la sala. Un conocido periodista de la televisión nacional apareció con expresión grave.
«Buenas tardes. Abrimos esta edición con una noticia que ha sacudido el mundo de la cultura.
Fuentes solventes apuntan a que el célebre escritor Benedict Newman podría estar atravesando graves problemas de salud.
Según hemos podido saber, el autor de éxitos como la saga del detective Colt Star fue requerido hace cuatro días por la policía en calidad de testigo para ser interrogado en relación con una investigación en curso.
Durante su estancia en dependencias policiales sufrió un percance que requirió asistencia médica urgente.
Fuentes cercanas al caso confirman que Newman fue trasladado e ingresado en el ala psiquiátrica de un centro hospitalario, donde habría permanecido bajo observación.
»Las imágenes que están viendo corresponden a la jornada de ayer, cuando el abogado del escritor, Owen Mitchell, abandonaba el Juzgado de Primera Instancia acompañado del doctor Sarasola, prestigioso psiquiatra y director del área de Psiquiatría de la Clínica Universidad de Navarra, institución vinculada al Opus Dei.
La presencia de este especialista ha alimentado la especulación sobre una posible inhabilitación del escritor y el establecimiento de una tutela legal.
Entre las personas que acompañaban al letrado se encontraba también una mujer joven, cuya identidad no ha trascendido, pero que podría tratarse de un familiar cercano.
»Por otra parte, fuentes policiales han confirmado a esta redacción que la investigación en curso incluye la verificación de la identidad del escritor y la posible existencia de vínculos con el Ejército Republicano Irlandés en décadas pasadas, extremo que hasta el momento no ha podido ser confirmado ni desmentido.
»Desde el entorno del autor no se ha emitido por el momento ningún comunicado oficial. Los mantendremos informados sobre cualquier novedad.»
Mientras el periodista hablaba, las imágenes se repetían en bucle: el rostro serio del padre Sarasola, la imponente fachada de la Clínica Universidad de Navarra y las grabaciones del día anterior en las que se veía con claridad a Nash, al abogado Mitchell y al doctor Sarasola saliendo por la puerta principal del juzgado.
Cuando la noticia terminó y pasaron al siguiente tema, Margot bajó el volumen sin apagar el televisor. Se volvió hacia ellos con el rostro descompuesto por la furia.
—¿Por qué no me contasteis nada sobre los periodistas? ¿Por qué no me dijisteis que os vieron salir del juzgado?
Miró a Nash, después a Sarasola.
—Erais tres. Tres personas. El abogado, el doctor y tú. ¿Ninguno pensó que esto podía pasar?
Nash dio un paso adelante.
—Margot, yo..., ayer fue un día muy complicado.
Encontrar a Newman en el túnel, el modo en que se manifestaron las personalidades, la discusión con el doctor Kutz, ir al juzgado, trasladar a Newman en ese estado a casa.
Era solo una pequeña televisión local, la verdad es que no le di importancia.
No pensé que fuera a trascender, y luego todo fue tan rápido el resto del día que lo olvidé por completo.
—¿Que no le diste importancia? —Margot alzó la voz—. ¿Que no supusiste que iba a trascender?
—Margot, yo... Benedict no estaba allí. Es el tipo de reportero que espera siempre a la salida del juzgado para ver si caza alguna noticia. La verdad es que no parecía saber nada concreto, solo preguntó a voleo. Nada que ver con todo lo que han dicho en esa noticia.
Se volvió hacia Sarasola buscando confirmación.
—Margot —intervino el psiquiatra con voz tranquila—, yo estaba allí.
No se hizo ni un solo comentario. Ni una palabra confirmando o negando nada.
No sé de dónde ha salido todo eso, pero evidentemente no salió de nosotros.
Y dudo mucho de que se haya filtrado desde el juzgado, el juez es de mi total confianza.
Nash pensó que sonaba un poco petulante, como si su autoridad fuese suficiente para dar fe.
Margot se llevó las manos a la cabeza.
—Nash, no tienes ni idea de quién es Benedict Newman. No es solo un escritor importante en este país. Es un autor internacional. Esta noticia va a dar la vuelta al mundo. ¿Lo entiendes? La vuelta al mundo.
Robert intervino:
—Lo que han dicho va mucho más allá de ver a alguien salir del juzgado.
—Señaló la pantalla—. La inhabilitación, la tutela...
, eso podría haberlo intuido cualquiera al ver al psiquiatra y al abogado juntos.
Pero lo del Ejército Republicano Irlandés...
Margot, parece un trabajo de investigación más profundo.
Como dices, el señor Newman es muy importante; tarde o temprano se iba a saber.
Nash sintió que algo se removía en su memoria. Recordó ahora que había visto al doctor Kutz intercambiando unas palabras con uno de los hombres que después los habían esperado fuera. Uno que llevaba una cámara al hombro.
—Creo que puede haber sido el doctor Kutz —dijo con cautela—. Le vi hablando con uno de los periodistas que nos interpelaron a las puertas del juzgado.
Margot cerró los ojos durante un segundo.
—No me lo puedo creer. No me puedo creer que haya sido tan cabrón. Solamente porque no pudo quedarse con el paciente...
—Piénsalo bien —añadió Robert—: el doctor Kutz pudo hablar de la tutela, pero no podía saber lo de las implicaciones de la investigación sobre el IRA. Eso solo lo sabe la policía.
La editora se dirigió hacia la puerta.
—Karim, ven conmigo. Vamos a emitir un comunicado. Y llama a Owen Mitchell, necesito hablar con él. También a los responsables de prensa de la editorial. Hay que averiguar exactamente de dónde ha salido esto.
El secretario se puso en pie, muy pálido.
Margot se detuvo antes de salir y se volvió hacia Nash. La miró con una mezcla de decepción y dureza.
—Y tú, Nash, la próxima vez que pase algo que afecte a Benedict Newman, aunque te parezca insignificante, me lo dices. A ver si tomas conciencia de quién es. Deberías tener un poco más de respeto.
—Margot —la detuvo el padre Sarasola—, haría bien en aplicarse su propio consejo. No vuelva a interrumpir una de mis sesiones, ni aunque la casa esté en llamas —dijo con toda la autoridad de un sacerdote que reprende a un niño en catequesis.
Margot se sonrojó, el rubor le subió hasta las sienes, y salió de la estancia sin decir nada.
Karim miró a Nash mientras negaba con la cabeza, como si no pudiera creer lo que estaba pasando, o la hiciera responsable, y siguió a Margot hacia el vestíbulo.
Ya en el pasillo, se oía la voz de la editora hablando por teléfono, tajante, eficiente.
Elisa había vuelto a subir el volumen del televisor.
Nash se volvió a mirar. Iba cambiando de un canal a otro, y en todos los informativos aparecía la misma noticia.
Imágenes de Newman en presentaciones de libros, firmas, entrevistas.
Y entre ellas, una y otra vez, las grabaciones del juzgado. Su propio rostro. Sarasola. El abogado.
Nash bajó la mirada al suelo, desolada.
Y entonces sintió una mano cálida en su hombro.
Fue como si todas las fuerzas la abandonaran. Se volvió y vio a Robert, que asentía comprensivo, con aquella expresión de bondad infinita.
«No te fíes de nadie.» Las palabras del detective Star resonaron en su mente. Demasiadas preguntas. Demasiadas manos con acceso a aquella licorera. Demasiados frentes abiertos, demasiados enemigos. Y estaba muy lejos de casa. De las Mitxelena. Del único lugar donde nadie le pediría explicaciones.
Solo era un ser humano.
Se echó a sus brazos y dejó que la abrazara.