Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 51
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Nash observó al detective Star cuando entró en la sala.

Vio que sobre los vendajes llevaba unos finos guantes de algodón.

Escuchaba la perorata de Sarasola sin asentir ni negar.

No parecía tener una actitud muy colaboradora.

Dedicó a Nash un gesto de saludo y, con expresión resignada, se dejó caer en el sillón, desganado.

A una señal del doctor Sarasola, el padre Tadeo puso en marcha un equipo de altavoces y la sala se inundó de música.

Reconoció las primeras notas de In a Sentimental Mood de John Coltrane.

—¿Es esta la pieza a la que se refería? Coltrane —preguntó Sarasola.

Colt Star asintió.

—¿Se encuentra mejor? ¿Ha desaparecido el dolor de cabeza?

—Me queda un leve recuerdo —contestó con cierta amargura.

Nash se percató de que hablaba un poco más despacio que de costumbre y también más bajo. Seguramente, por efecto del sedante del que había hablado Sarasola.

El padre Tadeo se desplazó con discreción hacia uno de los extremos de la biblioteca y ajustó el ángulo de una de las pequeñas cámaras que, montadas sobre trípodes, grababan toda la sesión desde distintos puntos. La lente enfocó hacia el sillón donde Star aguardaba con los ojos cerrados.

—De acuerdo, señor Star, recuerde la conversación que hemos tenido.

El detective asintió en silencio y Sarasola continuó.

—Ahora cierre los ojos y concéntrese en mi voz y en la música. No es necesario que haga nada, solo escuche la música. No debe contestar a menos que me dirija directamente a usted.

Transcurrieron unos segundos en silencio, solo roto por las notas de Coltrane, antes de que Sarasola dijese:

—Este es un entorno seguro, nuestra única intención es ayudarte, no van a hacerte daño ni a ti ni a nadie.

Me gustaría hablar contigo, pequeño. —Hizo una pausa para observar el rostro impertérrito de Colt Star, y continuó, endulzando el tono, como si se dirigiese a un niño pequeño—: No es necesario que digas nada si no quieres.

Tenemos pinturas de colores. Sé que te gusta dibujar.

Colt abrió los ojos y parpadeó muy rápido, con la mirada desenfocada.

—¿Tú te enteras cuando hablo? ¿Qué te dije ayer?

La voz era radicalmente distinta: joven, áspera, desgarrada.

Como si las cuerdas vocales hubieran sido retorcidas y afinadas en otra frecuencia.

Su postura también había cambiado. Su mirada recorrió la sala con gesto de fastidio, separó las piernas y se inclinó hacia delante con los codos en las rodillas.

Nash entendió la estrategia de Sarasola: si, en efecto, Kevin ocupaba el rol de protector, saltaría como un resorte si alguien rondaba al niño.

—¿Kevin? No pretendía pasar por encima de ti. Ayer me lo dejaste claro, pero hay preguntas que tengo que hacerle al niño, que solo él puede contestar.

—Él no habla.

Los mismos ojos azules de Newman, de Colt. Pero donde antes había cansancio y desgana, ahora ardía algo salvaje. Una juventud feroz y hambrienta.

—¿Por qué no? ¿No puede hablar? ¿O no quiere hacerlo?

—Porque él solo habla conmigo.

—Kevin, ayer me pareció que el niño quería contarnos algo. Nos hizo un dibujo.

—Es un crío pequeño que no sabe nada —respondió con desdén.

—¿Cómo se llama?

—Niño.

—Kevin —dijo Sarasola con voz suave—, necesito hablar con el niño. Es importante, y si no habla puede dibujar.

—No.

—¿Por qué no?

Kevin subió los pies al asiento y se rodeó las rodillas con los brazos. Postura irreverente, aunque con tensión en cada músculo.

—Porque si lo asustas se pasará toda la noche llorando.

—Comprendo. El niño llora y eso te molesta.

—¿Molestarme? Me vuela la puta cabeza, tío.

Bajó los pies y se echó de nuevo sobre las rodillas.

—Y es que una vez que empieza, puede pasar así horas, días.

—¿Por qué llora?

Apretó la mandíbula y se golpeó el interior de una mano con el puño de la otra. Rápido, nervioso, patético. Nash lo observaba fascinada: se comportaba como un matón de barrio, pero había algo en su gesto, en su postura escuálida y empobrecida, que provocaba lástima.

—Llora porque es un crío pequeño. Se supone que es lo que hacen los críos pequeños: llorar todo el puto día y toda la puta noche, llorar por todo. Porque no sabe defenderse, ni protegerse, ni quitarse del medio.

—¿Quién le hizo daño, Kevin?

Silencio. Volvió a replegarse: pies en el asiento, rodillas contra el pecho, brazos rodeándolas.

—Hay cosas que un crío pequeño no debería ver. Cosas por las que no debería pasar.

—¿Qué clase de cosas?

Se detuvo y miró a Sarasola suspicaz, como si pensara que lo iba a engañar. Bajó los pies al suelo.

—Joder, no voy a hablar de esto.

El doctor cambió de táctica.

—Kevin, ¿a ti también te hicieron daño?

La pregunta cayó como una piedra.

Kevin se quedó inmóvil. Durante tres, cuatro, cinco segundos no respiró. A continuación, muy despacio, como si las manos no le pertenecieran, se las llevó al cuello, buscando algo invisible que lo estrangulara. Con dedos torpes se encontró la corbata y la contempló sorprendido.

—¡Qué cojones!

Tironeó de ella hasta deshacer el nudo y la lanzó lejos mientras se frotaba el cuello, donde la prenda seguía ahogándole. Sus ojos se volvieron vidriosos. La arrogancia desapareció durante unos segundos y Nash vio algo quebrado asomarse a través de la fachada chulesca.

—Mmm... Casi...

Su voz era más floja. Más vulnerable.

Se detuvo.

Bajó las manos del cuello y suspiró. Los hombros se cuadraron de nuevo. La máscara volvió a su lugar.

—Pero Dios está de mi parte.

Se puso de pie bruscamente.

—Me eligió. No me pasa nada malo, porque Dios no deja que me pase nada malo.

El psiquiatra asintió despacio.

—Te comprendo, Kevin. Y respeto eso. Pero necesito que comprendas algo tú también.

Kevin lo miró con desconfianza.

—Soy médico, y quiero ayudar al niño, pero para eso necesito hablar con él, y necesito que me ayudes a hacerlo de la forma correcta. De manera que no lo haga llorar.

El chico estudió a Sarasola durante un buen rato. Sus dedos tamborileaban sobre el muslo, rápidos y nerviosos.

—Pareces un cura.

—Eso es porque también soy cura, pero soy médico y muy bueno.

—Primero tienes que hablar conmigo.

Volvió a sentarse apoyando los codos en las rodillas.

—Convencerme de que no vas a joder al crío.

—De acuerdo. ¿Qué necesitas que haga para convencerte?

Pareció pensarlo.

—Necesito...

Alzó la vista. La mirada era dura.

—... que tengas cuidado con él. Mucho cuidado.

Su voz bajó a un susurro amenazante.

—Porque si no tienes cuidado, si lo haces llorar, si le haces daño...

Movimiento de mano. Cuchillo atravesando la garganta.

—... te mataré. Te cortaré el cuello mientras duermes. ¿Lo captas?

Nash sintió que la temperatura de la sala descendía varios grados. El padre Tadeo sacó de una carpeta el dibujo que el niño había hecho en el hospital y sin decir nada señaló a Nash el monigote que empuñaba un cuchillo ensangrentado.

Sarasola permaneció inmóvil sosteniendo la mirada de su paciente.

—Perfectamente, Kevin. Y te doy mi palabra de que tendré el máximo cuidado con él.

Kevin se quedó inmóvil durante unos segundos que parecieron eternos y luego asintió con un gesto leve.

—Vale.

Se recostó con los codos apoyados en las rodillas y el cuerpo tenso como un resorte. Clavó la vista en Sarasola. Luego en Nash. De nuevo en Sarasola.

No dijo nada más.

Solo permaneció ahí. Observando. Con esos ojos azules que ahora eran salvajes, jóvenes, peligrosos.

Finalmente, se inclinó hacia delante hasta acercar su rostro a escasos centímetros del de Sarasola. Vio el paquete de cigarrillos de Star sobre la mesa y señaló con la barbilla.

—¿Son tuyos?

El doctor hizo un gesto hacia el paquete.

—Adelante.

Cogió un cigarrillo. La forma en que lo sostuvo era distinta al modo en que lo hacía Star: entre el índice y el pulgar, como si fuera un porro. Lo encendió con el mechero que había junto al cenicero.

Dio una calada.

Y se atragantó.

Tosió con fuerza, con los ojos llorosos. Observó el cigarrillo con expresión desconcertada, traicionado por el objeto.

—Joder.

Volvió a intentarlo. Otra calada. Otra tos.

Nash observaba fascinada. Kevin no sabía fumar. O no fumaba bien. Era evidente. Aun así, sostuvo el cigarrillo entre los dedos y lo levantó ante la cara de Sarasola antes de contestar. Parecía algo más relajado.

—Lo que quieras saber...

Los hombros encogidos.

—... pregúntamelo a mí. ¿Me oyes?

El psiquiatra mantuvo la voz tranquila, como si aquello fuera lo que esperaba.

—Es sobre algo que ocurrió cuando encontramos al niño en el túnel. ¿Quién llevó el coche hasta allí?

—El detective.

—¿Estaba también Newman?

—El escritor está detrás, no va a salir.

—¿Detrás?

—Detrás, detrás de todos, escondido.

—¿Hablas con el escritor? ¿Te dice algo?

—Él no habla con nadie.

—Está bien, dejemos de momento al escritor. Lo que necesito saber, lo que necesito que le preguntes al niño, es por qué quiso conducir.

—Él no quería, ya te dije ayer que no sabe conducir.

—¿Y por qué lo hizo?

—Estaba asustado, pero no quería hacerlo.

—Y aun así lo hizo. Me gustaría mucho saber por qué.

—Las cosas se descontrolaron un poco.

—Kevin, lo que me cuentas es un poco confuso. El niño no sabe conducir y aun así se puso al volante. Estaba asustado y no quería hacerlo, pero las cosas se descontrolaron y tuvo que hacerlo.

El chico encogió los hombros como si estuviese perfectamente claro.

—¿Quién se descontroló, Kevin? ¿Fuiste tú?

—Yo soy el hombre, tío, yo no pierdo el control. Con seguridad.

—Entonces, ¿quién? ¿Quién se descontroló? ¿El detective, el escritor?

Negó y dejó el cigarrillo en el cenicero.

—¿Otra persona?

Asintió muy despacio. Los ojos muy abiertos, fijos en Sarasola.

Tomó el cigarrillo de nuevo, lo contempló y lo sostuvo diferente esta vez, entre índice y cordial. Intentó dar una calada, pero la dejó a medias.

—¿Quién se descontroló?

—Ella —susurró Kevin.

Nash dirigió la vista al padre Tadeo, pero Sarasola permaneció impertérrito.

—¿Quién es ella?

—Sssssh. —Kevin bajó la voz hasta convertirla en un murmullo apenas audible—. Esa jodida loca del demonio.

—¿Por qué hablas tan bajo, Kevin? ¿Temes que pueda oírte?

—Siempre está escuchando —respondió con voz apenas audible.

Sus ojos se movieron hacia los lados, como buscando algo en las sombras de la biblioteca.

—¿Es ella quien te da miedo, Kevin?

El rostro se le descompuso.

—Pero ¿tú entiendes cuando hablo? No tengo miedo; ella me tiene miedo a mí —dijo intentando aparentar fiereza— y hace bien en tenérmelo. Pero esa jodida loca asusta al niño. Y ya te he dicho que no quiero oírle llorar.

—¿Cómo se llama?

—La Santa —susurró.

—¿La Santa? ¿Es así como se llama?

—Es así como la llamamos.

—¿Ella hizo conducir al niño?

—No, claro que no. El crío tuvo que hacerlo, él no quería.

—¿Puedo hablar con ella?

La indignación se dibujó en su rostro.

—Pero ¿tú eres imbécil? ¿No me escuchas cuando hablo?

Sarasola continuó sin hacer caso del insulto.

—¿Por qué la llamáis la Santa?

—Porque eso es lo que cree que es la jodida pirada.

—¿Está escuchando ahora?

—Siempre está escuchando.

—¿Por qué se descontroló?

—¡Porque está loca, joder! —dijo perdiendo la paciencia.

—Me gustaría hablar con ella.

—No lo hagas.

Nash percibió el cambio en el tono de su voz. Seguía hablando muy bajo, pero se percibía el ruego.

—Llevo mucho rato intentando tener una conversación contigo, Kevin, intentando que me expliques, pero no lo haces. Si no quieres que hable con ella, explícamelo tú.

Kevin cruzó los brazos sobre el torso, como si tuviera frío o estuviera abrazándose, y tomó aire profundamente. Luego movió la cabeza afirmando con un gesto muy pequeño, casi imperceptible.

—¿Quién obligó a conducir al niño?

Bajó la voz todavía más.

—El Carcelero.

El silencio que siguió fue absoluto. Nash oyó el suave rasgar de la pluma del padre Tadeo sobre el papel.

Sarasola se inclinó hacia delante.

—El Carcelero. ¿También está ahí con vosotros?

—Él es el que manda. Él es el que dice quién tiene que estar al frente. —Se encogió de hombros.

—¿Al decir al frente te refieres como tú ahora?

Asintió.

—Y él decidió que el niño condujera.

—Sí. Decide quién conviene que esté al frente del sistema según la situación.

El padre Tadeo deslizó una nota en la mano de Sarasola.

—Dime, Kevin, ¿por qué el Carcelero querría que un niño de cinco años que no sabe conducir se pusiera al frente conduciendo un coche en mitad de un túnel? ¿Por qué no tú, o el escritor? ¿Por qué no dejó que siguiera conduciendo el detective?

—Era la Santa la que no quería. Estaba gritando, hecha una fiera, decidida a impedirlo.

Iba a salir; el crío estaba llorando, yo gritaba, el escritor temblaba en su rincón y al detective le dolía la cabeza.

Ahí estaban todos berreando y la jodida Santa avanzaba, iba a ponerse al frente.

Creo que lo hizo durante un par de segundos, dio un volantazo y llevó el coche hacia la pared del túnel.

El detective se dio cuenta y pisó el freno a fondo, y entonces, antes de que la Santa nos matara a todos, el Carcelero hizo salir al niño.

El psiquiatra leyó las palabras que Tadeo había escrito en la nota.

—Porque el niño no sabe conducir. ¿Fue por eso, Kevin?

—Es solo un crío pequeño —justificó Kevin.

El silencio se extendió en la habitación como una marea espesa.

Nash se estremeció. Kevin seguía ahí. Presente. Real. Protegiendo.

Nadie se movió.

Nadie habló.

Hasta que ladeó la cabeza como si escuchara algo que nadie más oía.

Sus ojos se suavizaron durante un instante.

—Ahí está —murmuró mientras se le llenaban de lágrimas—. Otra vez llorando.

Dirigió a Sarasola una mirada dura.

—¿Lo oyes? Ahí está el puto crío. Llorando como siempre.

Nash y Sarasola se miraron.

No oían nada.

Solo el silencio de la biblioteca.