50 #2
Las gruesas cortinas de color borgoña estaban echadas, pero con la apertura suficiente para que la luz del sol dibujara un reguero plateado que producía la sensación cegadora de estar mirando a un foco. El haz brillante y cálido perforaba la penumbra como un rayo. Nash no encendió la luz.
No tuvo ninguna dificultad para encontrar la caja fuerte detrás de una pila de libros en uno de aquellos departamentos con puertas bajo las estanterías.
Apiló los libros en el suelo y se inclinó hacia el interior del armario.
Pulsó uno a uno los números de la clave y la puerta se abrió con un pitido.
El testamento estaba sobre la pila de legajos. Lo cogió y vio que justo debajo se encontraba el pasaporte de Newman. Un pasaporte estadounidense que, según el inspector Barezzi, era lo único auténtico en la vida del escritor. Un documento legal para una identidad falsa.
Lo abrió por curiosidad. Benedict Newman, nacido en Los Ángeles, California, el 31 de octubre de 1951. Pensó que parecía más joven en la foto.
Lo dejó en su sitio.
Y en ese instante oyó cómo la puerta de la biblioteca se abría.
Atisbó entre las puertas abiertas. Karim avanzó en la penumbra del despacho, se inclinó sobre la mesa de Benedict Newman sin apartar la silla, tecleó y la pantalla se iluminó.
Nash salió de entre las sombras.
—Hola, Karim.
El secretario dio un respingo. Era evidente que lo había sorprendido; sin embargo, disimuló.
—Hola, Nash. Te estaba buscando.
—¿Ah, sí? —repuso acercándose a él con el testamento en la mano.
Casi sonrió cuando vio el modo rápido en que él se percataba de la naturaleza del documento y disimulaba.
—Quería verte.
—¿Para qué, Karim? —preguntó juguetona.
Él sonrió.
—Bueno, no he tenido ocasión de hablar contigo desde ayer. Decidí quedarme a cenar en la cocina para que pudierais hablar con calma entre colegas. Todo este tema de la psiquiatría me queda muy lejos, y me duele oír hablar de Benedict en esos términos.
Asintió lentamente en un gesto que podía ser interpretado de muchas maneras. Karim continuó con el apremio del que intenta arreglar algo que no está roto.
—Siento que tengo que pedirte disculpas. Quizá no estuve muy cordial ayer cuando llegasteis a casa, pero sabes que aprecio a Newman de manera profunda y sincera. No me está resultando nada fácil toda esta situación.
—Sí, ya me he dado cuenta.
—Pero he tenido tiempo para pensarlo y admito que me comporté como un imbécil.
Ella repitió aquel gesto de asentimiento lento y considerado; él continuó:
—He sentido mucha hostilidad en esta casa en estos últimos días, y creo que no hace falta que te diga que desde el momento en que llegaste sentí que podía haber algo especial entre nosotros.
Dio un paso hacia ella y levantó una mano hacia su rostro. Llegó a rozar con las puntas de los dedos el cabello con un gesto que reprimió al instante.
Nash no pudo evitar sonreír mientras pensaba: «La madre que lo parió».
—Ya sé que no es el momento, pero estoy convencido de que todo esto pasará y quiero que sepas que estaré a tu lado. Te voy a apoyar en todo, puedes confiar en mí.
Dio otro paso.
Nash no se apartó. Lo esperó con una sonrisa pequeña y alentadora. Él se acercó muy despacio, como un ave en celo, dejando que sus pestañas abanicasen el aire frente a ella. Acababa de perfumarse, estuvo segura.
La sonrisa se ensanchó.
—¿Qué haces aquí, Karim?
Él retrocedió con expresión ofendida, desconcertada, como un colegial.
—Dios, Nash, lo siento. No sé qué me pasa. He estado a punto de... Lo siento.
—¿A qué has venido al despacho, Karim?
—A verte, Nash.
Abrió las manos a la altura de las caderas, como si no pudiera creer que ella no lo entendiera.
—¿Vienes a verme y desbloqueas el ordenador de Newman?
—Entré buscándote, pero al no verte pensé en comprobar si había algún correo para Newman; es algo que hago de modo cotidiano; también puedo acceder desde mi ordenador. Es solo que estaba aquí y no me pareció que tuviera importancia. Nash, es parte de mi trabajo, no hay nada raro.
Ella se inclinó sobre el ordenador.
—Sí, solo que lo que has desbloqueado es el correo personal de Newman. ¿Buscabas algo?
—Claro que no. Es verdad que generalmente Benedict contesta su correo personal, pero, dado su estado, he pensado en revisarlo por si había llegado algo importante. Como ves, tengo las claves. Y ya te he explicado que quería...
—Sí, que querías verme. Ya me lo has dicho.
Levantó ante sus ojos la copia del testamento.
—Karim, ¿estabas al tanto de que apareces en el testamento de Benedict Newman?
—Newman es muy generoso. No sabía que lo había concretado.
En una ocasión me mencionó que me quería como a un hijo y que no se olvidaría de mí cuando testase.
Yo, por supuesto, no quise que continuara hablando de ese tema.
Solo de pensar en la posibilidad de que a él le ocurra algo, me pongo enfermo.
Puso el testamento sobre el escritorio de Newman y comprobó que Karim no podía dejar de mirarlo.
—Karim, te agradecería que me dejaras sola. Tengo que revisar papeles.
—Claro, como quieras.
Le regaló una sonrisa seductora, se giró en dirección a la salida, pero antes de llegar a la puerta se detuvo.
—Estás preciosa.
Nash sacudió la cabeza, negando incrédula mientras él salía. No era irritación lo que sentía. Era algo más cercano a la fascinación científica: la tenacidad de ciertos organismos ante condiciones adversas era, objetivamente, extraordinaria.
Se sentó en el sillón de Newman y abrió el testamento.
Owen Mitchell tenía razón. Newman era generoso: su abogado, su ahijado, Margot.
Una bodega en Italia. Un apartamento en la Costa del Sol.
Una propiedad en la costa cántabra para Elisa y una buena cantidad anual.
Ciento cincuenta mil euros para Bastian, su anterior mayordomo, setenta mil para Robert con incrementos anuales de diez mil por cada año que estuviese a su servicio.
Legaba el grueso de su fortuna, todas sus demás propiedades y los derechos de todas sus novelas, además de la Fundación Newman, a su única hija, Nash Elizondo.
A Karim le dejaba la misma cantidad que a Robert y, lo quisiera o no como a un hijo, disponía que estuviera al frente de la Fundación Newman como director mientras Benedict viviera y como presidente a su muerte.
Cerró el documento. Principal heredera; verlo escrito en un testamento oficial le produjo una sensación extraña. Como si la muerte de Newman fuera ya un hecho consumado sobre el papel, y su propio nombre, el de una extraña que nada tenía que ver con su vida.
Marcó de nuevo el número del abogado.
—Owen, tengo frente a mí la copia del testamento de Benedict Newman. ¿Qué es eso en lo que tengo que fijarme?
—La verdad es que no lo sé, Nash. Esperaba que unos ojos nuevos detectaran algo que quizá a mí se me escapa.
Veinticuatro horas antes de que Benedict Newman fuera llevado a comisaría, me llamó y me citó para el día siguiente, una reunión que, como sabes, nunca llegó a celebrarse.
Por supuesto, le pregunté de qué iba a tratar, si podía adelantarme algo.
Nash, insinuó que debía comprobar algo, pero lo único que me dijo en concreto fue «quiero hacer un cambio en mi testamento».
Y tuve la sensación, por el modo en que hablaba, no sé, por su tono de voz, de que lo decía para que alguien lo oyera.
—¿No te dijo nada más?
—No, nada más.
Su suspiro profundo fue audible a través del teléfono.
—Owen, ¿te había insinuado algo? Que hubiera discutido con alguien, que estuviera teniendo diferencias. ¿Perdió la confianza en alguna de las personas de su alrededor?
—No me dijo nada por el estilo. ¿Estás pensando en algo concreto?
—Quizá no sea nada, pero Karim está muy raro. Le he pillado dos veces entrando en el despacho de Newman. Ya sé que él está acostumbrado a trabajar aquí, pero le pedí que se trasladase. Hace un rato le he sorprendido abriendo el correo personal de Benedict.
—Bueno, es parte de su trabajo. Y si ahora Benedict no puede contestar, es normal que su secretario lo haga.
Leyó en la pantalla las palabras que Karim había tecleado en la búsqueda de correos.
—¿Cuál es el papel de Karim en la Fundación Newman?
—También es director de arte.
—¿Una búsqueda en el correo que contenga la palabra audit entra dentro de sus asignaciones de trabajo?
—Sí, perfectamente. Todos los años se encarga una auditoría externa de la administración de la fundación.
Yo mismo incluí esa norma en los estatutos fundacionales.
La auditoría debe hacerla una empresa externa y periódicamente para comprobar que todo sigue en orden.
Hablamos de muchos millones, Nash, de muchos patronos y de grandes cantidades invertidas en arte.
Los resultados de la auditoría de este año llegaron cuarenta y ocho horas antes de su interrogatorio por parte de la policía.
No te lo he comentado para no molestarte con otro dato más, pero la unidad jurídica de mi despacho lo ha revisado y está todo en orden.
Colgó el teléfono, cerró la carpeta del testamento y lo guardó en la caja fuerte, pero al hacerlo la carpeta chocó con algo. Se arrodilló para ver de qué se trataba.
Había una botellita pequeña en el fondo. Estiró los dedos hasta que tocó el cristal frío y algo sedoso a su lado. Tomó ambos objetos y los colocó ante sus ojos.
Un lazo de raso rojo.
Y un frasco con un nombre muy inspirador: Sedotine.
Tomó de nuevo su teléfono y marcó el número de la doctora Kalo.
—Kalo, ¿sabes qué es el Sedotine?
—Droga, mi cielo —contestó Kalo con su tono habitual—. Alprazolam. Es bastante potente, su efecto es rápido y dura siete u ocho horas. Produce amnesia anterógrada. Chérie , si no te deja KO, dará igual porque no recordarás nada de lo que hayas hecho en esas siete u ocho horas.
—Voy a buscar una agencia de transportes para mandarte unas muestras de whisky, de agua y este botecito mágico que acabo de encontrarme. Creo que es lo que usaron para drogarme ayer.