50
Nash se dirigió a la cocina. Robert no estaba allí. Preguntó a Elisa por él.
—Ha salido a hacer compras. Pero la comida está lista; espera llegar para servirla. ¿A las dos y media le parece bien? Si quiere comer antes, no hay problema, yo la serviré.
—¿Y los demás? —preguntó mientras reparaba en un envase de tinte cosmético sobre la mesa de la cocina.
—El padre Sarasola y el padre Tadeo se han disculpado, harán ayuno hasta la cena. La enfermera Irene me ha comunicado que el señor Newman está descansando y que es mejor que le suba algo a la habitación.
—Gracias, Elisa. Tampoco tengo apetito. Quizá tome algo más tarde. —La miró pensativa—. ¿Es para ti? —dijo señalando el envoltorio del tinte. Ella sonrió.
—No, yo me tiño en la peluquería. Es para el señor Newman. La verdad es que no creo que le hiciera mucha gracia que usted lo sepa, es muy coqueto.
—Ya me he dado cuenta de que no tiene ni una sola cana.
—Oh, pero no es por las canas, es simple coquetería, o alguna cuestión de la imagen que debe dar, imagino. Llevo años tiñéndoselo personalmente. Este no es ni siquiera su color natural.
—¿Cuál es su color natural?
—Igual que el suyo, señorita —dijo señalando el cabello de Nash—, quizá un poco más claro.
Nash la miró pensativa, siempre había creído que debía el color del pelo a su madre; ahora sabía que era una mezcla de los dos. Suspiró sobrepasada y cambió de tema.
—Elisa, esta mañana he reparado en la trampilla que hay en la pared del pasillo.
—La tolva de la lavandería.
—Me he imaginado que sería eso, pero, a pesar de que he recorrido todo el pasillo de la planta baja, no he encontrado el acceso.
—Eso es porque la lavandería está en el sótano, y el acceso al sótano es desde el garaje y desde aquí.
La mujer se dirigió hacia la zona del office indicando que la siguiera, abrió una puerta y encendió la luz. Nash miró confundida. Era una despensa bastante grande.
—A través de la puerta —indicó Elisa señalando una puerta disimulada entre las molduras de la pared.
Sonrió mientras la empujaba con suavidad, solo con las puntas de los dedos, y la puerta se abría con un clic—.
El arquitecto que diseñó esta mansión lo hizo con la intención de que el servicio pasara inadvertido, para dar la sensación de que todo funciona como si lo hiciera solo.
Nash entró en la despensa, que olía a una mezcla de galleta, pimentón y cartón. Las paredes estaban cubiertas de estanterías hasta el techo y a un lado había también una puerta metálica de una cámara frigorífica.
—Si no le importa, voy a bajar a verla. Siento curiosidad.
—Claro, como quiera. ¿Prefiere que la acompañe?
—No, gracias, Elisa, no es necesario. Quiero tener la sensación de descubrir la casa.
El ama de llaves asintió mientras accionaba un interruptor que iluminaba la escalera descendente.
Al ver cómo se abría la puerta, no había podido evitar imaginar el descenso a un sótano lúgubre, pero nada más lejos.
La luz solo era necesaria para el tramo de las escaleras.
Se encontró en una lavandería moderna e impecable, con las paredes blancas y el mobiliario verde oscuro.
Había una zona de plancha, lavadora, secadora y fregadero.
Se percibía un ambiente cálido y perfumado por el detergente; la luz natural entraba a través de pequeños ventanucos alargados cerca de la línea del techo que daba a un costado de la casa.
Había un gran cesto de mimbre junto a la pared y la abertura de la tolva. Inspeccionó el interior: vacío.
La lavadora estaba en marcha. Se inclinó para ver el programa: agua muy caliente. Tocó el cristal del bombo y percibió el calor. Dentro, lo que seguramente eran las sábanas blancas de la cama de Newman daban vueltas.
Retrocedió hasta situarse en mitad de la sala y miró con detenimiento cada uno de los armarios. Después se dirigió hacia el fregadero y abrió las puertas que había justo debajo. En el interior, un cubo con una bolsa de basura casi vacía y que, sin embargo, había sido anudada.
La sacó y la colocó sobre la encimera. Deshizo con cuidado el nudo. Encontró una botella de agua oxigenada vacía y los vendajes que Robert había retirado de las manos de Newman aquella mañana.
Volcó el contenido sobre la encimera. Supuso que habían usado el agua oxigenada para tratar las manchas de las sábanas. La sangre de los vendajes aún no se había secado del todo y presentaba un color más pardo en los bordes y rojo oscuro en las zonas húmedas.
Metió los vendajes en la bolsa, la anudó y la dejó donde la había encontrado.
Se asomó al tramo ascendente. La puerta seguía cerrada.
Respiró el aroma del detergente expandiéndose por la acción del agua caliente.
Aquel lugar tenía una suerte de reminiscencia uterina que le provocaba paz.
Se acercó a la lavadora y apoyó de nuevo la mano en el cristal caliente mientras sacaba el teléfono y marcaba el número del abogado.
Owen Mitchell contestó afable al otro lado.
—Hola, Nash. ¿Cómo está Newman?
—Hola, Owen. Ha pasado bien la noche; el doctor Sarasola ha empezado con la terapia. De momento parece que la soporta bien.
Mitchell era un abogado excelente y sabía que cuando un cliente lo llamaba no era para intercambiar cortesías sobre el estado de la familia.
—¿Qué puedo hacer por ti?
—Es por algo que me dijiste ayer en el juzgado, sobre tomar el mando, y una especie de corazonada que estoy siguiendo...
—Estoy a tu disposición. De hecho, me alegro mucho.
Sin renunciar a tocar la portezuela de la lavadora, se apoyó contra la pared de azulejos blancos mientras formulaba la pregunta.
—Owen, ¿qué me puedes contar sobre las finanzas de Benedict Newman? Por supuesto, no es necesario que me digas a cuánto asciende su fortuna ni nada así, pero...
—Es un hombre muy rico. No tengo ningún reparo en decírtelo porque él tampoco lo tendría.
De hecho, ahora que tienes su tutela, hay cuestiones que es indispensable que sepas.
Si la situación llegara a prolongarse, y todos esperamos que no sea así, tendrías que tomar algunas decisiones también sobre su economía.
Como si él pudiera verla, Nash asintió sin responder.
—Tiene una gran fortuna. Bienes inmuebles, algunas inversiones en bolsa, ahorros y un buen pellizco en su fundación.
—Todo eso no se gestionará solo. ¿Te ocupas tú?
Miró la lavadora girar mientras escuchaba.
—Por supuesto que no. Tiene un inversor para las cuestiones de bolsa, un gestor para los inmuebles. Él preside la Fundación Newman y Karim dirige numerosos aspectos de la entidad.
—¿Cómo participas tú?
—Bueno, como su abogado gestiono los estatutos, los aspectos legales, pero, si estás preguntando si toco dinero, no, no lo hago, Nash.
Benedict Newman me paga muy generosamente.
Hace años acordé con él que, si quería buenos consejos, no podía formar parte de la administración.
Es un hombre inteligente; tiene gestores independientes para cada una de sus inversiones.
—Ya... —comentó pensativa.
—¿En qué estás pensando?
—En algo que me ha dicho alguien recientemente, y es que a pesar de lo escabroso que parece todo esto que rodea a Newman, no debería perder la pista al dinero.
—Pues en eso puedo ayudarte. Como tutora legal de Benedict Newman ahora mismo tienes acceso total a los informes de cada uno de los gestores. Si quieres te pondré en contacto con ellos ahora mismo.
—No..., no, de momento estaba pensando en algo más sutil. Algo del tipo de quién saldría beneficiado si Benedict Newman quedara fuera de juego al verse implicado en algo tan sórdido como unos asesinatos.
—Bueno, como tu abogado, ya te digo que eso es hilar muy fino. Todas las personas presentes en la vida de Benedict Newman han salido muy beneficiadas de la interacción con él, y Benedict no se olvida de nadie en su testamento, pero la principal beneficiaria serías tú.
No pudo ocultar su sorpresa.
—¿Yo?
—Eres la heredera de la fortuna de tu padre. Me consta que no tendría ningún impedimento en que lo supieras, estoy seguro de que planeaba decírtelo de haber ido las cosas de otro modo.
No supo qué contestar.
—Pero hay otros beneficiarios, directa e indirectamente.
A bote pronto se me ocurre que su editorial sale muy beneficiada de todo lo que tiene que ver con la edición de sus libros.
La fundación mueve mucho dinero en servicios, la gestión de su cartera de inversiones, pero de modo directo también deja beneficiarios en su testamento.
Me deja algo a mí y a mi hijo; Newman fue su padrino de bautismo.
Hay una compensación para Elisa, para Karim, para Robert y hasta para su anterior mayordomo.
Pero mejor que contártelo, míralo tú misma.
Newman guarda una copia del testamento en la caja fuerte de su despacho.
Es una caja pequeña, está en uno de los armarios bajo la estantería en la que tiene el Premio Princesa de Asturias. Y la clave es 26 59 45.
Nash la memorizó.
—Encontrarás documentos legales de tipo personal: seguros, pasaporte, testamento.
No hay joyas ni dinero en metálico. Es solo un lugar seguro donde guardar papeles importantes.
Hay otra caja en su dormitorio con relojes y cosas así.
Conozco las claves desde hace años. En ocasiones, cuando está de viaje, le dejo ahí documentos pendientes de firma.
Échale una ojeada y vuelve a llamarme. Quiero conocer tu opinión.
Nash colgó el teléfono, miró de nuevo alrededor y subió la escalera. Tenía que ver ese testamento.
Atravesó la biblioteca, el aroma a tabaco de todos los cigarrillos que el detective Star había fumado aquella mañana aún flotaba en el aire.
Sintió alivio al cerrar la puerta del despacho a su espalda y al oler solamente la tinta y el papel de los cientos de libros de Newman que tapizaban las paredes.