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—Y lo más extraordinario es que Star está tan bien dibujado, tan perfectamente construido, que no ofrece fisuras. No tiene dudas. Se comporta como el anfitrión.
Hizo una pausa.
—Pero, claro, no lo es. Es una personalidad alternativa que no parece ser consciente de que existen otras.
Se sentó frente a Nash.
—A diferencia del muchacho, Kevin, con el que pude hablar ayer.
Kevin habló del niño. Pero cuando le pregunté quién había llevado el coche hasta allí antes de que el niño se pusiera al volante, dijo: «No lo sé, quizá el escritor, o el detective».
Con lo que demuestra que esa personalidad sí es consciente del resto del sistema. El padre Tadeo es de la misma opinión.
—Y por eso necesita hablar con él.
—Exactamente. Kevin puede ayudarnos.
—No soy una experta, pero parece muy violento.
—Que no la engañe, es justo lo que él quiere que pensemos. Pero toda esa violencia de la que hacía gala no va dirigida contra el niño, sino contra las personas que le hicieron daño. Es como un gallo, cacareando y mostrando sus armas.
Sarasola dejó el bolígrafo sobre la mesa y enlazó las manos sobre las carpetas, como quien se prepara para explicar algo importante.
—Pero el tándem de Kevin y el niño es precisamente lo que nos hace pensar que estamos ante un caso auténtico de TID.
La causa más común de este tipo de trastorno es, como sabe, haber estado expuesto a un terrible trauma en la infancia.
Ese perfil se correspondería con el niño y su comportamiento, tan traumatizado que no puede ni hablar.
Hizo una breve pausa, buscando la mirada de Nash para asegurarse de que le seguía.
—Y luego está Kevin; encaja a la perfección en otra de las figuras que solemos ver en este trastorno, el protector.
Chulesco, amenazante, a pesar de la hostilidad que muestra hacia el niño, es un protector, una parte de la personalidad que cree tener superados el trauma y el miedo.
Es evidente por el modo constante en que hace ver que no teme a nada; a menudo es una versión más madura del mismo niño.
—Entonces, Kevin sabe lo que le pasó al niño.
Sarasola asintió.
—Eso no significa que vaya a decírnoslo con facilidad. Hay que manejarlo con cuidado, pero si logramos convencerle de que somos sus aliados y de que no dañaremos al niño, él será la llave. Él puede ayudarnos a clasificar el estatus de cada uno dentro del sistema...
—Un sistema, ¿cree que hay más?
—Si es auténtico, los habrá. Por eso propongo que reanudemos la sesión esta tarde. Utilizaremos un sedante suave y algunas técnicas de hipnosis para conseguir que el detective Star baje la guardia y podamos acceder al sistema. Hablar con Kevin. Y si es posible, con el niño.
Nash asintió muy despacio, procesando la información.
—¿Está de acuerdo? —preguntó el sacerdote tomando las carpetas y poniéndose en pie.
Nash lo miró fijamente.
—Doctor, ¿qué ocurrió anoche?
Sarasola no cambió de expresión.
—¿Anoche?
—Esta mañana he despertado en el sillón del salón. Estoy segura de que a usted le ha pasado lo mismo. Cuando supo que la policía estaba en la puerta, me pidió que no lo comentara. ¿Por qué?
Sarasola le sostuvo la mirada.
—Porque no era el momento.
—¿El momento para qué?
Sarasola volvió a sentarse sin dejar de sostener su mirada.
—Para añadir más variables a una situación ya suficientemente compleja.
Nash esperó.
Sarasola continuó, eligiendo cada palabra con cuidado.
—La desconfianza es comprensible, Nash. Pero no puedo desvelar detalles de mi protocolo.
No podemos descartar la posibilidad de un malingering sumamente sofisticado.
Un paciente que finge síntomas para eludir la justicia no solo manipula, sino que ataca.
Si un paciente logra sedar, distraer o dormir a su terapeuta, es una táctica de evasión.
Admitir públicamente que he sido vulnerable pondría en riesgo mi autoridad ante el juez y la policía, y minaría el entorno seguro que debemos ofrecer al sistema de Newman.
Mi prioridad es su diagnóstico y custodia, no mi autoridad profesional.
En este juego, el control total de la narrativa es esencial para protegernos de la manipulación.
«¿Su autoridad no era la prioridad?», se preguntó ella.
—Nash, este caso es extraordinario, el paciente es extraordinario. Y las circunstancias son... inusuales. Por eso necesito que trabaje conmigo. No contra mí.
No había admitido nada. Pero tampoco había negado nada.
Nash lo comprendió: Sarasola sabía. Pero no iba a decirlo en voz alta. No todavía. Quizá nunca.
—Entiendo —concluyó.
—¿De verdad?
Nash sostuvo su mirada.
—Sí. Entiendo perfectamente.
Y lo entendía. Entendía que estaba sola. Que Sarasola tenía su propia agenda. Y que si quería respuestas tendría que encontrarlas por sí misma.
Sarasola se levantó. Exudaba ufanía.
Cuando la puerta se cerró tras él, Nash se quedó inmóvil, aunque su mente bullía. Robert trayendo hielo y agua. El doctor Sarasola apostado junto al aparador. El detective levantándose dos veces durante la cena para tocar aquella licorera.
De momento iba a seguir a rajatabla el consejo de Star. No se fiaría de nadie, ni siquiera de él.