Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 49 #3
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—¿Cómo?, ¿quién?, ¿cuándo? —lo dijo entre animado y divertido.

—Ayer por la noche, después de que te retiraras.

—Estaba en el lenguado, ya te dije que no tenía buena pinta.

Nash sonrió. Al detective Star le encantaba.

—Creo que estaba en el whisky.

Star la miró de forma diferente. Protector.

—¿En serio? El whisky es traicionero, lo sé por experiencia. A veces he conducido hasta mi casa después de tomar casi una botella, y otras he caído tumbado al tercer trago.

—No bromeo. No recuerdo haberme dormido y desperté esta mañana en el salón. Sarasola cayó también, aunque no sé por qué razón no quiere reconocerlo.

Star se puso serio.

—¿La misma licorera de la que yo me serví una copa?

—Sí. ¿Qué estás pensando?

—Si el objetivo eras tú o yo. Que yo sepa, en esta casa el que más le da al scotch habitualmente soy yo.

Nash pensó en aquello. Tenía razón.

—Robert dice que Sarasola lo propuso, aunque él no sirvió —dijo con cierto resentimiento. Odiaba la idea de que Robert hubiera hecho algo así, pero había más cosas raras en Robert de lo que querría reconocer.

Star la estudiaba, su expresión era seria ahora. Casi sombría.

—Escucha, ¿quiénes crees que tienen acceso a drogas médicas como para tumbar a alguien en una casa como esta? No es Robert.

Dio una calada.

—Piensa. Los que tienen benzodiacepinas, sedantes, todo tipo de medicación... son los páter. Ayer vi el maletín del padre Tadeo cuando lo preparaba. Parecía una farmacia ambulante.

—En ese caso Sarasola no habría caído.

—¿Y estás completamente segura de que fue así?

La puerta se abrió y los sacerdotes entraron de nuevo en la habitación.

—Gracias por la paciencia —dijo Sarasola mientras tomaba asiento.

Nash y Star se miraron un segundo y después ambos dirigieron su atención hacia Sarasola.

Este abrió de nuevo la carpeta. Su expresión era tranquila, pero Nash notó algo diferente en sus ojos. Como si supiera que habían estado hablando.

—Detective —dijo con voz suave pero firme—, una última cuestión. Es importante.

Star apagó el cigarrillo.

—Adelante.

Sarasola hizo una pausa deliberada.

—Cuando lo encontraron en el túnel... había otra persona en el coche con usted.

Star se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Otra persona. En el asiento del conductor. Alguien que no sabía conducir.

Star dejó caer el cigarrillo en el cenicero. Sus manos temblaban.

—No. Yo iba solo.

—Detective, varios testigos...

—¡YO IBA SOLO!

Se puso de pie bruscamente y el sillón chirrió contra el suelo de madera.

—¿Qué clase de interrogatorio es este? ¿Me ha hecho venir aquí para acusarme de... de qué exactamente?

—Nadie lo está acusando... Solo constato un hecho.

—¡Yo iba SOLO en ese maldito coche! —gritó masticando las palabras.

Nash lo vio apretar los puños inclinándose sobre Sarasola con expresión furiosa.

El sacerdote no se inmutó.

—No sé qué mierda de juego se trae entre manos, páter, pero no me gusta. He venido aquí voluntariamente. A colaborar. Primero, con ese maldito cuestionario insinúa que estoy loco y, después, me sale con que había «alguien más» en el coche. ¿Quién?, ¿un fantasma?

Dio un paso atrás y se llevó las manos a las sienes.

—Me duele la cabeza. Estas condenadas migrañas... No voy a seguir con esto.

Sarasola se levantó despacio, su voz era calmada.

—Detective, comprendo que esto es difícil...

—No comprende una mierda.

Star caminó hacia la ventana y les dio la espalda. Su respiración se agitó.

Nash vio cómo sus puños se cerraban, cómo sus hombros se tensaban, como si estuviera luchando, como si tratara de zafarse de un envoltorio invisible.

Sarasola esperó unos segundos y después miró a Tadeo, que asintió levemente.

—Creo que es mejor que hagamos un receso.

Star no se volvió.

—Creo que es mejor que me vaya.

—Detective...

—Me voy.

Tadeo se puso de pie y se acercó con cuidado.

—Señor Star, si me acompaña, le llevaré a su habitación. Lo mejor será que se acueste, le daré algo para el dolor de cabeza.

Star se giró lentamente. Su rostro estaba pálido. Sudoroso.

—Sí. Eso. Necesito descansar —murmuró mientras levantaba la mano hacia Nash en gesto de despedida.

Caminó hacia la puerta arrastrando los pasos y Tadeo lo siguió.

Cuando la puerta se cerró, un silencio denso envolvió la biblioteca.

Sarasola recogió sus notas sin decir nada.

—Doctor Sarasola, creo que tenemos una conversación pendiente...

—Debió advertirme del visitante nocturno en el hospital. Al principio creí que se trataba de una alucinación.

—Lo olvidé —farfulló ella a modo de disculpa—. La doctora Duval me lo dijo la noche de la fuga...

—Estoy fascinado por este caso —exclamó él, impresionándola por su vehemencia.

Nash asintió. Tenía que reconocer que ella también lo estaba.

—Con quien deberíamos estar hablando es con Newman — continuó Sarasola—. Con la personalidad original. Pero la que se muestra todo el tiempo, como si fuera el anfitrión, es el detective Star.

—¿Por qué cree que es así?

—Creo que el detective Star es la mejor opción para ponerse al frente de la situación que está viviendo Newman.

Fuerte, resolutivo, seguro de sí mismo, acostumbrado a situaciones extremas.

Está al mando porque el escenario es demasiado para Newman.

El escritor se ha replegado en algún lugar en su interior, superado y asustado.

Dejó las carpetas sobre la mesa.