Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 49 #2
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Sarasola aceleró el ritmo. Las siguientes preguntas las mencionaba apenas con conceptos clave, y Star respondía con porcentajes o monosílabos. Nash observaba cómo el detective mantenía la compostura, fumando con aquella cadencia constante que parecía ayudarlo a pensar.

Quince minutos después, Star miró pensativo la colilla de su cigarrillo.

—¿Hemos terminado?

Sarasola recogió el cuestionario y sus ojos recorrieron las respuestas. Calculó mentalmente y alzó la vista.

—Su puntuación es de cincuenta y dos.

No fue una sorpresa para Nash. Las respuestas que había escuchado ya lo anticipaban, pero ver el número confirmado sobre el papel le daba una dimensión diferente. Lo que hasta entonces había sido sospecha acababa de convertirse en diagnóstico.

Star encendió otro cigarrillo.

—¿Es mucho?

—La población general puntúa por debajo de veinte. Una puntuación superior a treinta ya es clínicamente significativa. Cincuenta y dos indica disociación severa.

Star dio una calada larga y el humo ascendió formando una nube sobre su cabeza.

—Disociación. Suena a jerga psiquiátrica para decir que estoy loco.

—No está loco, detective. Su mente está respondiendo a algo. Y necesitamos entender qué es.

Star lo miró con aquellos ojos azules que ahora parecían cansados.

—¿Y qué sigue?

Sarasola abrió una carpeta nueva.

—La entrevista clínica estructurada. Preguntas más específicas. Más profundas.

Hizo una pausa.

—Detective, además de la de ayer, ¿recuerda haber tenido otras lagunas de memoria? Periodos de tiempo de los que no recuerda nada en absoluto.

—No. Bueno, hay veces que no recuerdo ni cómo llegué a casa, pero solo me ocurre los días que ceno whisky.

Nash anotó en su libreta: «Star siempre tiene una explicación racional. Alcohol. Migrañas. Como el personaje que es, ha sido construido sin fisuras ni dudas».

—«¿La gente le dice que hizo cosas, o tuvo conversaciones que usted no recuerda?»

—Nunca me ha ocurrido nada semejante. Distinto es que la gente no entienda por qué hago las cosas.

—«¿Ha sentido alguna vez que pierde el control?, ¿que hay zonas oscuras en su memoria?»

Star apagó el cigarrillo.

—Ya se lo he dicho. Jamás, hasta el momento en que el pipiolo me atizó un porrazo. Siempre sé quién soy y siempre sé qué hago y por qué lo hago. El honor es lo que uno sabe de sí mismo, páter, y no tengo conflictos con lo que sé de mí mismo.

Sarasola sonrió.

—Creo que es más de lo que puede decir la mayor parte de la población.

—Ya sabe lo que se suele decir, «cada perro que...». —Miró a Nash como si se diera cuenta entonces de que estaba allí, y compuso una sonrisa galante de disculpa.

Sarasola continuó:

—«¿Ha tenido la sensación de que el mundo a su alrededor no es real?»

Star frunció el ceño.

—¿Irreal? —Separó las manos a los lados con gesto de incredulidad—. ¿Se refiere a como un decorado? No, padre, nunca tengo dudas sobre lo que es real o no. Distingo la realidad porque a menudo no me gusta.

—Describa su realidad.

—Estoy en Ciudad. Tengo mi oficina, mis casos, mi vida, una secretaria bastante guapa y una clienta con un caso complicado...

Se detuvo pensativo; algo le daba vueltas en la cabeza. Sarasola esperó.

El detective Star encendió otro cigarrillo.

—Pero me llama la atención cómo reaccionan los demás cuando hablo. Cuando les cuento cosas. Como en el hospital, cuando empezaron a hacerme preguntas. Los médicos reaccionaban como si lo que yo decía no tuviera sentido. Como si estuviera mintiendo o inventándome algo.

—¿Y eso le molesta?

Star exhaló el humo despacio.

—Pues no demasiado, páter. El mundo está lleno de majaderos e imbéciles y, por mi trabajo, tengo que tratar con los dos grupos a menudo.

Pero soy un gran observador, y, en los últimos días, cuando hablo de mi vida, de mi trabajo, la gente me mira raro, o se miran entre ellos, como han hecho hace un momento usted y la doctora Elizondo, como si estuviera loco.

—¿Y usted cree que está loco?

—No, páter. Por mi profesión me ha tocado ver cosas...

Y no le diré que algunas son de las que provocan pesadillas, pero, como ya le he dicho, sé quién soy, y que bajar al lodo es parte de mi trabajo.

Soy el detective Colt Star. Vivo en Ciudad.

Llevo casos. Tengo una oficina en la calle Mayor.

Sylvie trabaja conmigo, es mi secretaria desde hace diez años.

La señorita Elizondo me contrató para llevar el caso de su padre, y hay un demonio suelto en Ciudad.

Miró a Nash directamente.

—Todo eso es real.

Star hablaba con la convicción del que dice la verdad. Para él, Ciudad era tan real como aquella biblioteca. Como el jardín que se extendía más allá de las ventanas. Como el whisky que se bebió la noche anterior.

Sarasola hizo una pausa antes de continuar.

—Detective, ¿quién es Newman para usted?

—El escritor. El hombre que relata mis casos.

—¿Colaboran?

—Podría decirse así. Yo llevo los casos, él los escribe.

—¿Lo conoce personalmente?

Star lo observó durante unos segundos y una sonrisa leve, casi irónica, cruzó su rostro.

—Si algo sé, páter, es que en este mundo realmente no se conoce a nadie.

Apagó el cigarrillo.

—Sé quién es, por supuesto. No creo que le resultara fácil encontrar en Ciudad alguien que no supiera quién es. Está ingresado en el hospital de Ciudad. La policía le sacudió duro.

—¿Cuándo ocurrió eso?

—La misma noche en que me interrogaron a mí. Por el mismo caso, pero no puedo hablar de ello. La doctora Elizondo me ha pedido que colabore y lo hago, pero el caso de su padre es una investigación en curso. Mi código profesional me impide comentar el tema.

—Entonces, la misma noche coincidieron en comisaría, los interrogaron y la policía acabó golpeándolos a los dos. ¿Es así?

—La diferencia es que yo estoy hecho de la piel del diablo, y no me arrugo con facilidad.

Encendió otro cigarrillo.

—¿Cree que debería intentar hablar con el señor Newman?

Colt Star se encogió de hombros.

—Creo que debería hablar antes con sus médicos. Hasta donde yo sé, aquella noche le fundieron unas cuantas luces más que a mí, y ya escuchó ayer al juez. El objetivo ahora es protegerle.

—Estamos de acuerdo, pero protegerle ¿de quién? Usted ha hablado de un demonio suelto en Ciudad, es evidente que hace referencia al asesino de esas jóvenes... ¿O hay algo más?

Sarasola seguía mirándole sin inmutarse. El detective Star respondió:

—Si quiere saber lo que opino, la policía de Ciudad es el problema.

Necesitamos hombres íntegros, honestos, veraces, pero ni la policía ni la política tienen nada que ofrecer a un hombre así.

Supongo que hacen lo que pueden con lo que tienen, y no digo que alguno no valga la pena, pero la mayoría forma parte más del problema que de la solución.

Nash observaba fascinada. Esta era la voz de Star. La voz del detective de novela negra. Mordaz, cínica, pero con un código moral inquebrantable. Era el Star que había leído en las novelas de Newman.

—Y ahora sé que no nos dejarán en paz, ni a Newman ni a mí. El asesino está ahí fuera y sabe que estoy tras su pista. Por eso vino a verme, por eso me visitó en el hospital. Solo le importaba una cosa: saber si yo podía acordarme de él.

Nash se inclinó sobre la mesa y comenzó a escribir una nota.

No sabía muy bien por qué no se lo había mencionado a Sarasola.

Quizá porque reconocer que no todo lo que había en la mente de aquel hombre eran fabulaciones la obligaría también a admitir que creía haber reconocido aquella voz. Pero no estaba segura. No podía ser.

El detective Star fijó la mirada en la del sacerdote mientras apagaba el cigarrillo.

—¿Y sabe qué creo? Que ahí está la clave.

En que pueda recordar qué pasó en ese tiempo, a quién pertenecen esos ojos.

Me da igual la puntuación que haya dado en su test, páter, no estoy loco.

Creo que el porrazo que me propinó el pipiolo me ha fundido un par de bombillas ahí dentro, y lo que debe hacer usted es ayudarme a encenderlas, a recordar.

Nash deslizó la nota hacia Sarasola. El sacerdote frunció el ceño y dirigió una mirada, primero a Nash y después a Tadeo, quien asintió con discreción poniéndose en pie.

—Disculpen un momento. Necesito hacer una llamada. Detective, descanse un poco, reanudaremos la sesión en diez minutos aproximadamente.

Se dirigió a Nash y vocalizó sin sonido: «Duval».

Los dos sacerdotes salieron de la biblioteca dejando la puerta entreabierta.

Star encendió otro cigarrillo, parecía agotado, y dio una calada larga contemplando el jardín a través de la ventana.

Nash aprovechó el momento, se sentó en la silla que había ocupado Sarasola y se inclinó hacia él. Susurró la pregunta con aire confidencial.

—Anoche me dijiste que no me fiara de nadie. ¿Por qué?

Star la miró con aquellos ojos azules que ahora se veían más viejos de lo que deberían.

—Porque es verdad, Nash. No deberías fiarte de nadie aquí.

—Dame una pista. Algo que me ayude a entender qué está pasando.

Star dio otra calada y exhaló el humo con parsimonia.

—Acabo de explicarlo. No sé si podré ser de mucha ayuda para nadie hasta que no consiga recordar al tipo que vino a verme al hospital, o a dónde iba cuando me encontrasteis en el túnel.

Es como un recuerdo vago y lejano, algo que sabes que guardas ahí dentro.

—Dio dos toques con el índice en su frente.

—Pero tú eres el detective Star, más sabe el diablo por viejo... —dijo ella apelando a su orgullo.

Él se tomó dos segundos antes de contestar.

—Me temo que este diablo está bastante apaleado, pero tienes razón, tengo muchos años de experiencia a mis espaldas, suficientes como para saber que el primer sospechoso de un crimen siempre es el marido o la esposa.

Sin embargo, cuando no hay marido ni esposa, como en este caso, y el implicado es tan importante y está tan forrado como Newman, la otra opción es siempre la pasta.

Como en todas las novelas de detectives...

sigue la pista de la pasta. Siempre es el dinero.

Nash asintió.

—Creo que anoche me drogaron.

Star arqueó una ceja.