49
Nash subió de nuevo al piso superior, todavía le daba vueltas en su cabeza a la extraña actitud de Sarasola cuando, al pasar frente a la habitación de Newman, vio que la puerta no había llegado a cerrarse, como cuando alguien la empuja sin la suficiente fuerza.
Se detuvo. Distinguió la voz de Robert susurrando con tono severo, como si riñera a un niño.
Se acercó para entrever por la rendija. Robert terminaba de vendar las manos de Newman.
La mirada del escritor se veía vacía, como el escaparate de una tienda abandonada.
El mayordomo recogió los vendajes sucios que había retirado y los envolvió entre un montón de sábanas que había a sus pies manchadas de algo parduzco.
Nash golpeó la puerta con los nudillos, y la reacción de Robert la desconcertó. Fue hacia la puerta, interponiéndose entre ella y Newman.
—Nash, ¿qué haces aquí? —dijo apretando el hatillo de sábanas—. Deberías estar preparándote; el doctor Sarasola y el padre Tadeo están en la biblioteca, listos para empezar.
Cerró la puerta a su espalda, casi empujándola hacia el pasillo.
—¿Qué hacías?
—Ocuparme de la habitación de Newman, como todos los días —respondió mientras la rebasaba, consciente de que Nash no quitaba la vista del hatillo de sábanas.
Pasó junto a ella, tocó en la pared una escotilla batiente de una tolva de lavandería en la que Nash no había reparado, metió la ropa en su interior y esta desapareció.
Lo vio descender la escalera mientras sentía, en cierto modo apenada, cómo la incipiente confianza que había comenzado a tejerse entre ellos la tarde anterior saltaba hecha pedazos.
—Voy a prepararte un café —dijo él—. Pareces necesitarlo.
Nash volvió a su habitación y se duchó durante más tiempo del necesario, dejando que el agua caliente golpeara su cráneo mientras intentaba procesar lo que acababa de ver.
Las vendas. Las manos de Newman. Las sábanas manchadas que Robert parecía esconder con tanta urgencia.
¿Qué había hecho Newman durante la noche?
Se frotó el rostro con fuerza, como si pudiera borrar físicamente la confusión que seguía creciendo. Primero, lo de anoche, el whisky, despertarse en el salón junto a Sarasola, y ahora esto.
Se vistió despacio —pantalón oscuro, blusa blanca, chaqueta ligera—. El espejo le devolvió un rostro con ojeras. El pelo todavía húmedo enmarcaba sus facciones. Se lo recogió en una coleta y bajó a la cocina.
Robert había cumplido su promesa. El aroma del café llenaba el espacio como una oferta de lucidez. Al verla entrar, levantó la vista y la observó con expresión preocupada.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó. Su voz había recuperado aquel tono de sincero interés al que había llegado a acostumbrarse.
—Bien —contestó pensativa.
Robert puso ante ella una taza de café. Nash añadió leche y azúcar y, rechazando el platillo, lo tomó entre las manos, dejando que el calor le atravesara las palmas.
—¿Ha bajado ya Newman?
—Di mejor el detective Star. Sí, ya está en la biblioteca con el padre Sarasola y el padre Tadeo. Hoy está muy animado y con bastante apetito; ha desayunado huevos con salchichas. La enfermera dice que ha dormido de un tirón toda la noche.
Nash asintió mientras pensaba que Robert le estaba dando demasiada información y lo que eso indicaba. Bebió un sorbo largo. El café quemaba, pero no le importó. Necesitaba esa sensación para terminar de despejarse.
Robert percibió su seriedad.
—Nash, no dejes que lo que ha dicho ese policía te afecte. Es solo parte de su plan de hostigamiento. No tiene nada contra Newman. Solo intenta debilitarte.
Asintió sin contestar mientras se ponía en pie. Antes de llegar a la puerta, se dio la vuelta.
—Robert, ayer noche... ¿Por qué nos propusiste que tomáramos una copa? ¿Es una costumbre de Newman después de cenar?
Robert sonrió.
—No. El señor Newman apenas bebe; suele pedirme que lo ofrezca cuando vienen Margot o su abogado. Pero ayer fue el padre Sarasola quien lo sugirió.
—Gracias, Robert.
Lo dijo quizá un poco fría, del modo en que se le da las gracias a quien te presta un servicio. Él también lo notó, pero a ella no le importó. Salió rumbo a la biblioteca llevándose la taza de café.
La luz matinal se derramaba iluminando las curvas de la elipse perfecta que formaba la estancia.
Sarasola había dispuesto una silla del comedor justo enfrente del sillón Eames en el que se sentaba el detective Colt Star, que sostenía un cigarrillo entre los dedos con el aire despreocupado de un fumador empedernido.
A su lado, en el suelo, un cuenco de cristal que no parecía un cenicero.
Levantó la vista al verla entrar y sus ojos azules la observaron con esa mezcla de ironía y cansancio que Nash empezaba a reconocer.
—Buenos días, doctora Elizondo —saludó Sarasola como si fuera la primera vez que la veía esa mañana—. La estábamos esperando. Ya podemos empezar.
Tadeo se puso en pie y le ofreció una silla. Nash se sentó, distinguió sobre la mesa varios documentos: el informe médico del hospital, anotaciones manuscritas de Sarasola, dos cuestionarios impresos.
Sarasola tomó uno de ellos.
—Detective, como le he explicado, empezaremos con la Escala de Experiencias Disociativas. Son veintiocho cuestiones. ¿Prefiere leerlas usted mismo o que se las lea en voz alta?
Star dio una calada larga al cigarrillo y el humo se elevó en espirales lentas.
—Léalas usted, páter. Me gusta escuchar su voz. Tiene algo... hipnótico.
Sarasola no sonrió, pero Nash vio un destello en sus ojos. Satisfacción, quizá. O el reconocimiento de que Star estaba jugando con él, y eso le gustaba.
—Primera situación: «Algunas personas tienen la experiencia de ir conduciendo un coche y darse cuenta de repente de que no recuerdan lo que ha pasado durante parte o la totalidad del viaje». ¿Le ocurre esto?
Nash tuvo que morderse el interior del labio. Sarasola lo sabía. Por supuesto que lo sabía. Había elegido esa pregunta para empezar.
Star dejó el cigarrillo en el cenicero sin apagarlo y miró hacia la ventana.
—Nunca había sido consciente de que me ocurriera. Pero, por lo visto, eso fue lo que pasó ayer.
Volvió a tomar el cigarrillo.
—Salí del hospital, por la ventana. —Sonrió levemente—.
Fui a mi oficina. Estuve repasando mis notas.
Viejos casos. Recuerdo que tuve una idea; decidí que debía ir a algún lugar a hacer una comprobación.
No recuerdo si era un almacén, o quizá un muelle.
No estoy seguro. Recuerdo haber tomado la decisión y después... nada.
Se llevó la mano libre a la sien.
—Son esas malditas migrañas. Cuando me dan, pierdo horas. A veces, días.
Nash anotó mentalmente: las migrañas como explicación de las ausencias.
—¿Y después? —preguntó Sarasola.
—No recuerdo nada más. Nash me explicó que me encontraron por la mañana dentro de mi coche, detenido en un túnel.
Pero yo no soy consciente de nada de eso.
No recuerdo haber estado allí. Ni a dónde iba ni de dónde venía.
No tengo ni idea de cómo llegué hasta allí.
De hecho, lo siguiente que recuerdo es despertarme aquí, en la mansión.
Apagó el cigarrillo con un movimiento brusco y añadió:
—Fuera donde fuera a donde me dirigiese, sé que era importante. Hago esfuerzos constantes por recordarlo, porque sé que ese recuerdo sigue en alguna parte de mi mente. —Suspiró.
Sarasola anotó sin mostrar reacción y Nash, desde su silla apartada, sintió el peso de aquellas palabras. Star no era un hombre confuso. Era un detective investigándose a sí mismo, tratando de resolver el misterio de sus propias lagunas.
—Segunda: «Algunas personas se miran al espejo y no reconocen su propio reflejo».
Star se tensó y encendió otro cigarrillo.
—En el hospital. Estaba vistiéndome para irme. Usé el cristal de la ventana como espejo. Me miré y... no eran mis ojos.
Sarasola alzó un instante la vista.
—¿Qué quiere decir?
Star exhaló el humo con calma.
—Eran más claros. Más suaves. Como los de Newman. O como los del tipo que vino a verme esa noche.
Nash se puso alerta.
—¿Qué tipo?
—Un visitante. Fue en el hospital, me desperté y estaba allí mirándome. Me preguntó si lo recordaba.
—¿Y lo recordaba?
—No. No sé quién era. Pero sus ojos... eran como los que vi en el espejo. Como si fueran los mismos ojos mirándome desde dos lugares distintos. Quizá solo estaba recordando...
Sarasola anotó algo y Nash vio que Tadeo también escribía en su tablet .
—Tercera pregunta: «Algunas personas encuentran notas o dibujos que no recuerdan haber escrito o dibujado».
Star asintió.
—Encontré al menos dos notas que no eran mías. Estaban en mis cuadernos de bitácora. Yo los había dejado sobre la mesilla del hospital.
—¿Y de quién cree que son?
—Creo que del visitante. El que vino de noche.
Sarasola y Nash cruzaron una mirada y el sacerdote levantó su libreta para que ella pudiera leer lo que había escrito «alucinación». Nash se sintió culpable, tenía que haberle contado que aquel visitante fue real. ¿Por qué no lo había hecho?
—Cuarta: «¿Lagunas temporales recurrentes?».
—A veces. Ayer mismo, desde que iba conduciendo en dirección a algún lugar hasta que desperté en esta casa.
—Quinta: «¿Sensación de estar en piloto automático?».
—No. Excepto por esa laguna, siempre soy consciente.
—Sexta: «¿Voces internas?».
Star dudó.
—No exactamente voces. Más bien... impulsos. Pensamientos que no parecen míos. Ahora que lo dice, me ocurrió mientras conducía en dirección a ese lugar al que iba.
La respuesta pareció llamar poderosamente la atención de Sarasola.
—¿Recuerda lo que decía ese pensamiento?
Asintió consternado.
—Que iba a estropearlo todo, que solo perjudicaría a Newman.
—¿Y no reconoce ese pensamiento como propio? Quizá su simpatía por Newman podía hacerle dudar. O quizá porque la pista que perseguía podía perjudicarle.
—No siento tanta simpatía por nadie como para encubrirle, y menos si pensase que ha cometido un delito tan atroz como un asesinato.
Ahí estaba incólume la moral férrea del detective Star.