Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 48
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Nash soñaba con Robert. En su sueño, él se inclinaba sobre ella. El rostro muy cerca. La piel exudaba un aroma limpio, como a mármol y ropa planchada.

No, no soñaba. Estaba aturdida, suspendida en ese espacio extraño entre el sueño y la vigilia donde el tiempo no existe y los sentidos se confunden. Una voz la llamaba desde muy lejos, desde el otro lado de una niebla espesa, haciéndola emerger del sueño.

—Nash.

Suave. Profunda. Masculina.

Abrió los ojos.

Robert estaba inclinado sobre ella, la miraba con ternura mientras volvía a susurrar su nombre.

Ella sonrió y cerró los ojos; los abrió de nuevo para ver su boca, sus labios finos, los ojos azules, profundos y brillantes como un pozo marino.

Sintió su respiración, cálida, real. Deseó besarle.

La voz volvió a llamarla, ahora con una nota de apremio.

—Nash, despierta.

Robert. Susurró su nombre.

Era Robert.

Nash sonrió, confusa. Creyó por un instante que seguía soñando. Pero entonces su vista se aclaró y vio el rostro de Robert tenso, preocupado. Él volvió a llamarla, más alto.

—Nash, despierta.

Ella parpadeó. La niebla mental retrocedió un poco, lo suficiente para que pudiera mirar alrededor. Estaba en el salón. Sentada en un sillón. La cabeza recostada en el respaldo. La luz de la mañana entraba por la ventana abierta, blanquecina y brillante.

—¿Qué ocurre? —murmuró.

La voz le salió pastosa, la garganta seca.

—Nash, la policía está aquí. Acaban de cruzar el portón principal. Están llegando a la mansión.

Nash se incorporó bruscamente. Demasiado rápido. La cabeza le dio un vuelco. Miró alrededor, desorientada.

¿Qué hacía allí?

¿Había pasado toda la noche en el salón?

¿Cómo era posible que se hubiera quedado dormida?

Lo último que recordaba era el fuego ardiendo en la chimenea. Las llamas danzando. El calor de las brasas. La voz de Sarasola hablando de Baztán, de Amaia Salazar, de lugares donde el velo entre lo ordinario y lo extraordinario era más fino. Después... nada. Un vacío oscuro.

Se puso en pie siguiendo un impulso de protección.

Por un instante se tambaleó y sintió la mano de Robert que la sostenía tomándola por el brazo.

Nash se zafó y caminó hasta la chimenea.

Extendió la mano y tocó el cristal protector.

Estaba frío. Completamente frío. Miró hacia las brasas. Apagadas. Ceniza gris.

Giró la cabeza. Entre los dos sillones, sobre la mesita baja, vio los vasos de whisky. Ambos con restos de la bebida en el fondo. Los botellines de agua, casi vacíos. La licorera estaba sobre el aparador. Llena hasta la mitad.

¿Habían bebido tanto?

Nash intentó recordar. ¿Cuántas copas? Robert había servido una. Después ella volvió a servir. ¿Dos copas? ¿Tres? No estaba segura. La conversación se había extendido durante horas. O eso creía. El tiempo se había vuelto difuso.

Miró hacia el sillón contiguo. Sarasola la observaba.

Por un instante, dos, tres segundos, Nash vio en sus ojos la misma desorientación que sentía ella, la misma confusión.

Pero cuando lo miró de nuevo, Sarasola ya había recuperado el control y su rostro volvía a presentar la habitual máscara de serenidad, como si nada hubiera ocurrido.

Unos golpes rápidos y apremiantes resonaron en la puerta de entrada.

Nash se frotó los ojos. Se estiró la ropa. El vestido ligero que llevaba estaba arrugado. Empezó a caminar hacia la puerta siguiendo a Robert. La mano del padre Sarasola la retuvo por el brazo.

Se inclinó hacia ella. Le susurró al oído:

—No mencione nada de esto.

Nash lo miró confundida.

¿Que no mencionara qué?

¿Que se había quedado dormida en el salón? ¿Que había pasado toda la noche allí? ¿Que Sarasola también? O quizá no, quizá él había llegado hacía unos minutos, quizá ella había estado sola toda la noche.

No tuvo tiempo de preguntar. Los golpes se repitieron más insistentes.

Se dirigieron hacia la entrada. Al pasar por el pasillo, Nash atisbó su reflejo en el gran espejo del hall .

Tenía el pelo algo encrespado y vio que un mechón había escapado del moño con el que se había sujetado el cabello la noche anterior; se lo colocó tras la oreja.

Sarasola se estiró la americana con un gesto discreto y se abrochó un botón.

Robert abrió la puerta.

El inspector Barezzi y el pipiolo estaban frente a ellos: los cuerpos tensos, casi como si hubieran llegado corriendo.

Barezzi se bajó la mascarilla antes de hablar y para compensar retrocedió dos pasos.

Sus ojos grises y penetrantes recorrieron el rostro de Nash, después el de Sarasola.

Una expresión difícil de leer apareció en su boca.

—Siento molestarlos tan temprano —dijo, aunque su tono no sonaba particularmente arrepentido.

Detrás de Nash, el padre Tadeo bajaba la escalera. Se posicionó junto a Sarasola sin decir palabra, como un escudero silencioso.

Nash intentó concentrarse. La niebla mental seguía allí, espesa, dificultándole el pensamiento.

—Inspector, ¿qué pasa? —preguntó Sarasola.

Barezzi no contestó directamente. Sus ojos seguían fijos en ella, escrutadores.

—¿Está Newman en casa?

Nash abrió la boca. Se dio cuenta de que no lo sabía. Acababa de despertar. No tenía ni idea de dónde estaba Newman, ni siquiera sabía qué hora era.

Fue Robert quien habló.

—El señor Newman nunca se levanta antes de las ocho.

Aún sumida en la confusión, fue consciente de que aquello no era una respuesta. Pensó en decir algo, pero Sarasola se le adelantó, su voz firme y serena:

—Por supuesto que está en su habitación. Aún descansa. Ayer fue un día muy duro para él. Pero eso usted ya lo sabe. ¿Por qué no pregunta lo que realmente quiere saber?

Barezzi sostuvo la mirada de Sarasola durante unos segundos. Después, como si hubiera detectado su debilidad, se dirigió de nuevo a Nash:

—¿Puedes asegurar que ha estado aquí toda la noche? —lo dijo como si solo le importara su respuesta.

Sarasola respondió antes de que Nash pudiera siquiera procesar la pregunta:

—Por supuesto. Como le he dicho, debido a todo lo que experimentó ayer, estaba en un estado de grave agotamiento. Se acostó temprano. Yo mismo le administré un sedante para facilitar su descanso —mintió Sarasola.

Nash se volvió levemente hacia él mientras se preguntaba por qué lo hacía.

El sacerdote señaló su reloj de pulsera, con el gesto vago de quien no necesita mirar la hora.

—Una enfermera le ha acompañado durante toda la noche. Otra la ha sustituido hace apenas quince minutos.

El inspector miró a Nash, como si presintiera que obtendría más empatía de ella. Sus ojos de lobo se clavaron en los suyos con una intensidad que la incomodó.

—Nash —dijo, usando su nombre de pila—. Hace apenas una hora han descubierto el bolso de una mujer con todas sus pertenencias dentro. Ha sido abandonado del mismo modo que el anterior. El servicio de limpieza lo encontró de madrugada.

Nash miró a Sarasola buscando ayuda de nuevo. No supo qué decir. La niebla en su cabeza se volvió más densa.

El inspector volvió a mirarla, su voz más suave ahora, casi confidencial:

—Sabes lo que eso significa. «El bolso de una mujer es su embajada.» Y esa embajada, Nash, estaba abandonada en la calle. —Hizo una pausa—. ¿Estarías dispuesta a declarar que Benedict Newman no ha salido en toda la noche de esta casa?

Nash no contestó. No pudo. Las palabras se atascaron en su garganta.

Fue Sarasola quien habló:

—Inspector, no solo podrá declararlo la doctora Elizondo. Lo declaramos yo, mis dos enfermeras, el doctor Tadeo, Robert y el resto del personal. Pero si tiene dudas, hay un vigilante que ha permanecido toda la noche custodiando la puerta principal de la finca. ¿Por qué no le pregunta a él?

—Ya lo he hecho —respondió Barezzi de inmediato—. Y, tal y como esperaba, afirma que nadie salió por la puerta principal .

El énfasis en la última palabra cayó entre ellos como una piedra en agua quieta.

Sarasola lo ignoró.

—Pues ahí lo tiene.

Fue Robert quien intervino entonces, con voz educada pero firme:

—Inspectores, es muy temprano. Si quieren pasar a la cocina, les prepararé un café. De lo contrario, y si no se les ofrece nada más...

Pero Barezzi levantó una mano.

—Sí, lo cierto es que hay algo más. Algo que estoy seguro de que será una buena noticia para Newman, y que sin duda le alegrará saber.

Hizo una pausa calculada. Sus ojos grises se clavaron de nuevo en los de Nash con intensidad desesperada.

—La policía irlandesa está en serias dificultades para localizar a Annie Doyle, el único familiar de Collin Doyle con el que habían logrado contactar en Irlanda. Aunque hace días fue citada a declarar, parece que está en paradero desconocido.

Nash intentó procesar las consecuencias de aquella noticia, pero no lograba retener los pensamientos, que se desvanecían como jirones de tela vieja. Si Annie Doyle había desaparecido, no podrían cotejar el ADN. No habría modo de saber si Newman era realmente Collin Doyle.

Iba a contestar, pero una voz prudente en su mente le advirtió que no debía hacerlo.

Fue Robert el que habló:

—¿Pretende responsabilizar también al señor Newman de su desaparición?

Barezzi no respondió con palabras. Tensó los labios. Una mueca extraña le cruzó el rostro. Por un instante, Nash vio algo salvaje en aquella expresión. Como un lobo que muestra un colmillo. Había dejado de ser una sonrisa para convertirse en algo mucho más primario. Una amenaza.

Aquello en sí mismo constituía una respuesta.

Después, relajando el gesto, Barezzi miró a Nash a los ojos. Sostuvo su mirada durante unos segundos que parecieron eternos.

—Ojalá me equivoque —dijo finalmente su voz más grave—. Pero si ese bolso significa lo que creo que significa, volveré muy pronto.

No dijo más. Se colocó la mascarilla de nuevo. Hizo una seña al pipiolo. Ambos se dieron la vuelta y caminaron hacia el coche que esperaba en el camino de entrada.

El silencio que dejaron fue denso, casi sólido.

Robert esperó a que estuvieran dentro del vehículo para cerrar la puerta.

Nash se volvió hacia Sarasola, sintiendo que su cuerpo se desplazaba con la misma lentitud que si lo hiciera en el interior de una piscina.

Necesitaba respuestas. Necesitaba entender qué había pasado durante la noche, por qué se había quedado dormida, por qué Sarasola le había pedido que no mencionara nada.

Pero el sacerdote ya estaba subiendo las escaleras junto al padre Tadeo. Se movía con rapidez, como si tuviera prisa por llegar a algún lugar.

—Padre Sarasola —lo llamó. Su voz sonó tan mal como había supuesto.

Él no se detuvo, continuó ascendiendo y Nash oyó su voz, baja, didáctica, el eco de palabras que eran órdenes resonando en el mármol de la escalera.

—Debemos asegurarnos de que la enfermera mantenga el relato, padre Tadeo, la autoridad es clave ahora.

El padre Tadeo asintió, apresurando el paso.

—Por encima de todo, el paciente debe percibir que el terapeuta mantiene el control de la realidad y del entorno seguro...

Tadeo titubeó dudoso.

—La enfermera está descansando, ha estado de guardia toda la noche..., quizá...

—He dicho ahora —cortó Sarasola.

Nash empezó a subir la escalera tras ellos. La cabeza aún le daba vueltas, pero necesitaba hablar con él. Necesitaba saber.

—Padre Sarasola, espere —rogó.

Llegaron al primer piso. Sarasola y Tadeo caminaron directamente hacia la habitación de las enfermeras. Tadeo llamó a la puerta. Una voz femenina autorizó desde dentro. El padre Sarasola se volvió hacia Nash un instante, su mano ya en el pomo de la puerta.

—Ahora no, doctora —dijo con voz suave pero firme—. Hablaremos luego.

Y cerró la puerta.

Nash se quedó inmóvil en el pasillo, mirando la puerta cerrada y sintiendo cómo su rostro enrojecía. Oyó voces amortiguadas dentro. La de Sarasola. La de Tadeo. Otra voz femenina. ¿Irene?

Esperó unos segundos. La puerta no se abrió.

Se dio la vuelta y bajó la escalera despacio. La confusión mental empezaba a disiparse un poco, quizá en parte como consecuencia del oprobio. Suficiente para que pudiera pensar con más claridad. Suficiente para que las preguntas comenzaran a formarse con nitidez en su mente.

Regresó al salón. Elisa estaba ordenando los cojines.

—Elisa, ¿me dejas sola un momento? Tengo que hacer una llamada —mintió.

Los vasos seguían allí, sobre la mesita. Los botellines de agua. La licorera.

Se acercó. Tomó su vaso y lo miró a contraluz. Los restos del whisky en el fondo tenían el color normal. Ámbar oscuro. Nada extraño. Miró el vaso de Sarasola. Lo mismo.

Después miró la licorera. Anoche, cuando Robert había servido el whisky, no podía recordar si estaba llena, el detective Star también había bebido. Ahora iba por la mitad. ¿Habían bebido tanto? Nash intentó hacer memoria. Dos copas, seguro. Quizá tres. Pero no más. No creía haber tomado más.

Y, sin embargo, la licorera estaba a la mitad.

Tomó los dos botellines de agua. Casi vacíos. Después su vaso de whisky, aún con los restos en el fondo. Buscó su teléfono móvil en el bolsillo del vestido. Seguía allí.

Miró hacia la puerta del salón. Elisa había desaparecido en dirección a la cocina. Sarasola estaba arriba, encerrado con Tadeo y las enfermeras.

Nash salió del salón con los botellines y el vaso en las manos. Caminó por el pasillo hasta el despacho de Newman. Abrió la puerta, entró y cerró tras ella.

Apartó las cortinas para permitir que la luz de la mañana iluminase la estancia.

Dejó el vaso sobre el escritorio. Examinó el agua de los botellines a contraluz. Cristalina. Normal. Después volvió a examinar el whisky en el vaso. Ámbar. Nada raro.

A simple vista, no se apreciaba nada extraño en ninguno de ellos. Pero la sospecha seguía allí, sofocando su pecho como una pesada piedra.

«No mencione nada de esto.»

¿Qué era «esto»?

¿Se habían quedado dormidos como consecuencia del alcohol?

¿O de algo más?

No tenía respuestas, pero tenía muchas preguntas, y tenía muestras.