Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 47 #3
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—Doctor Sarasola, ha evitado contestar cuando le he planteado la posibilidad de un TID fingido.

Como psiquiatra puedo entender el interés que suscita un caso como el de Benedict Newman, y no puedo obviar el hecho de que es usted un sacerdote de la Iglesia católica...

Tengo una pregunta. Usted es consciente de que Newman está siendo investigado por su relación con los asesinatos de al menos tres mujeres, y que puede que ni siquiera se llame Benedict Newman, sino que sea un terrorista irlandés huido de la justicia.

La pregunta se efectúa sola, ¿no supone para usted un conflicto?

—Antes le he dicho a la editora de Newman que, para curar el cuerpo y la mente, en ocasiones hay que curar el alma; creo firmemente en esto, la enfermedad mental como fuente de violencia y del mal, pero también a la inversa: el mal y la violencia como fuentes para la enfermedad.

—Amaia Salazar me dijo algo muy parecido sobre su madre y el modo en que ocurrieron las cosas para ella.

—La madre de Amaia fue paciente mía. Un caso muy complejo. Cuénteme cómo conoció a la inspectora Salazar —dijo Sarasola cambiando de tema.

—Mientras investigaba el caso Dancur, en Baztán. Fue antes de la pandemia.

—Sé a qué caso se refiere. Lo seguí de cerca. El hallazgo fue extraordinario. El de la niña y el de la bruja.

Nash lo miró interesada.

—¿Obtuvieron confirmación de la data de la momia?

—Enviamos muestras del tejido que envolvía a la momia a Uppsala.

Los resultados fueron muy alentadores —contestó Nash—, pero llegó el confinamiento y, cuando todo esto acabe, quizá puedan continuar con los análisis.

La momia está en un museo navarro. No sé si obtendré demasiada ayuda para progresar en esa investigación ahora que ya no estoy en la universidad.

El caso Dancur me enfrentó con mi jefe. Me despidió.

Y él era el hombre del dinero para investigaciones...

Sarasola la miró con expresión comprensiva.

—Quizá yo pueda ayudarla.

Nash lo miró sorprendida.

—¿Cómo?

—Recuerde que somos la Iglesia católica. Las brujas siempre han sido de gran interés para nosotros. Algunos hasta nos responsabilizan de haberlas creado.

Nash sonrió a pesar de sí misma.

—¿Le llamó la inspectora Salazar para advertirle de que yo lo haría?

Sarasola negó con la cabeza.

—No. Cuando el padre Tadeo me indicó que usted llamaba de su parte, supe que tenía que atenderla y que sería un caso especial. Los que vienen de Amaia Salazar siempre lo son.

Nash lo estudió con curiosidad y dijo:

—Amaia no me dio demasiados detalles de cómo se conocieron. Solo me dijo que usted trató a su madre.

—Ella investigaba un caso de profanación de una iglesia en Baztán. Huesos humanos, símbolos paganos. Fue así como nos conocimos. Fue... complicado.

—¿La iglesia de Arizkun que se describe en Legado en los huesos ?

—Sí, aparece en una de las novelas. —Nash creyó percibir cierto fastidio en su voz—. Amaia Salazar es una mujer extraordinaria. Tiene una mente privilegiada para entender lo que otros no ven.

—Es cierto —admitió Nash—. Cuando la conocí, me di cuenta de que había pasado por cosas que la habían cambiado. Cosas que no se pueden explicar fácilmente. Tiene toda una teoría sobre eso...

—Regresar a Baztán la cambió —dijo Sarasola—. Como cambia a todos los que de verdad se adentran en él.

Nash dejó el vaso sobre la mesita.

—¿Le gusta vivir en Baztán? —preguntó el sacerdote.

La pregunta la tomó por sorpresa.

—Bueno, no creo que pueda decir que realmente haya vivido allí. Me establecí en la zona para una investigación y el confinamiento me atrapó. Mi domicilio está en San Sebastián.

Sarasola negó con la cabeza.

—Usted va a vivir en Baztán.

Nash rio.

—No lo creo.

—El Baztán ya la ha atrapado —lo dijo con la tranquila certeza de quien no afirma, sino constata—. Es un lugar que fascina y que no suelta a quienes han entrado a su servicio. Amaia Salazar también pensaba que podía huir del lugar donde había nacido.

Nash lo estudió un momento.

—¿Cuánto sabe usted de Amaia Salazar?

—Suficiente. Quizá cuando todo esto termine pueda ayudarla con su investigación. La Iglesia tiene un interés muy particular en ciertos hallazgos del valle.

Nash no supo muy bien qué contestar. Tomó su vaso y bebió.

Había en el tono de Sarasola, en la sobriedad con que decía las cosas, algo antiguo y frío. No supo si le gustaba o no.

El whisky se acabó de nuevo. Nash miró la licorera. Estaba a medio camino de levantarse cuando decidió no hacerlo. Ya habían bebido suficiente.

Sarasola hablaba ahora más despacio. Nash notó que tenía que esforzarse para mantener los ojos abiertos...

—Bueno, digamos que fue bastante parecido a las novelas... —Le llegó amortiguada la voz del sacerdote.

El calor de las brasas, el whisky, la oscuridad del jardín..., todo conspiraba para arrastrarla hacia el sueño.

El fuego se estaba apagando, quedaba un resplandor rojo que palpitaba suavemente, como un corazón.

—Baztán... —comenzó a decir Sarasola.

Pero la frase se perdió. O quizá él había dicho algo más y Nash no lo había oído. No estaba segura.

Se quedó mirando las brasas, mostraban un ritmo que parecía sincronizarse con su propio pulso. Rojo intenso. Naranja. Rojo de nuevo. Hipnótico.

Nash parpadeó. Sus párpados pesaban. Cada vez que los cerraba, le costaba más volver a abrirlos.

La voz de Sarasola se volvía más distante. Como el rumor de una marea que se retira.

Todo era... cálido..., lejano...

Los dos vasos, abandonados sobre la mesita, reflejaban la luz mortecina de las brasas.

El silencio era absoluto.